
Ruinas bajo tus pies nace de recuerdos falsificados y un presente adulterado. Este fraude inimputable, protegido por la inmunidad que nos ofrece la ficción, es novela y es libro para reordenar aquel pasado y este presente.
Las catástrofes, masivas o individuales, llegan sin la deferencia de avisar a sus víctimas. Y si avisan, si amablemente se resignan a dar alguna señal anticipatoria, de seguro lo que no piden es permiso.
El terremoto de Haití de enero 2010 es el mayor desastre que les toca vivir a los protagonistas de esta novela. El sismo barrió Puerto Príncipe, la capital, y otras ciudades del país, dejando unos 300.000 muertos bajo los escombros. Lo que no fue derrumbado el martes 12 de enero cayó días después, cuando un segundo sismo terminó de soltar lo que pendía de un hilo. Este segundo temblor volvió a golpear a los que ya estaban en Haití, y dio la bienvenida a los que recién llegaban como parte de la ayuda humanitaria. Los protagonistas de esta novela, Juan y Lucio, trabajan para las Naciones Unidas y se reparten entre ambos grupos. Mientras a Juan lo acompañan la planificación y proyectos de lucha contra la pobreza, Lucio viaja por el mundo con una cámara fotográfica.
Pero el terremoto, inmenso y omnipresente, no llega solo. Antes y después, los protagonistas enfrentaron otros desastres, más personales y acotados, pero igualmente destructivos: la enfermedad congénita de un niño. Una enfermedad rara, poco común, de las que poco se conocen, y llamadas enfermedades catastróficas.
En Haití la naturaleza decidió dónde y cuándo golpear. La dimensión del impacto también respondió a causas antrópicas: la pobreza, un Estado malogrado y los mil intentos fallidos de la cooperación internacional contribuyeron al desastre. Activó respuestas sensatas y efectivas, y de las otras. En una enfermedad genética la naturaleza también decide a quién y cuándo golpear. La moneda cae del lado equivocado. Pero la dimensión de su impacto también se acomodará a la víctima -quien es, pese a todo-, y a la humanidad de su contexto.
En Ruinas bajo tus pies las dos dimensiones de la tragedia se conectan, se mezclan, y ponen a los personajes ante disyuntivas que marcarán el rumbo de sus vidas. Esos rumbos no serán perfectos: vivimos una sola vida, que incorpora todo aquello que podría haber sido y no fue. Los personajes de Ruinas bajo tus pies transcurren lo que es, lo que les es dado y lo que deciden, mientras cargan con el peso de sus vidas alternativas. Y este juego dispara el resorte de la pregunta contrafactual: ¿qué habría sido de alguien que quedó atrapado bajo los escombros de un terremoto, si segundos antes caminaba en otra dirección? ¿Dónde habría estado si en vez de subir las escaleras las bajaba? ¿Quién habría sido el niño que nació con una grave enfermedad, si la caprichosa combinación genética se ordenaba de otro modo? ¿Por qué sí y aquí, cuando podría haber sido no y allá? No hay respuestas, y no las habrá. Sin embargo, alguna, al menos, lucha por insinuarse como respuesta universal: es falso que el amor mueve montañas. No evita terremotos ni las enfermedades. Pero al igual que la tragedia, transforma.

A los protagonistas, Juan y Lucio, los moviliza el bien común, la solidaridad, y todo el catálogo del humanista ideal. Servir al prójimo. También los guían sus carreras, la competencia y el narcisismo. Servirse a uno mismo. Personajes que no nos dan clases de nada, ni sabrían cómo hacerlo. Pero todas sus decisiones tienen, en algún punto, una dimensión moral, aunque ni ellos lo sepan. Todo lo que los rodea ofrece soluciones y a la vez más destrucción: ayuda humanitaria, ejércitos de salvación, organismos internacionales, filantropía, hospitales, laboratorios, centros de asistencia, médicos, medicamentos, tratamientos. Así, Juan y Lucio deciden, y son decididos -por la fortuna, la casualidad, una fuerza mayor o sus propias historias- cómo triunfar o fracasar, de mil maneras distintas. Y en un mundo de culturas, geografías e idiomas cruzados, avanzan y retroceden, se enamoran y desenamoran, se acercan y alejan de Camille, Agnes y Ariana. Y de Lalo.
Ruinas bajo tus pies sucede en Puerto Príncipe, la capital de Haití, días después del terremoto de 2010. Y sigue en Park Slope, Brooklyn, hasta llegar al 2020. El calor permanente y desolado del Caribe haitiano se fusiona con los inviernos nevados y brillantes de Nueva York.
Tras dos años de borradores e insultos frente al espejo, de mirar fotos y hacia mi costado, puse un punto final a esta novela. Contra Netflix y las redes sociales -ambos sé que existen pero no tengo el gusto de conocer- hice esquemas, dibujé flechas en ambos sentidos, crucé fechas con lugares. Repasé imágenes, recortes periodísticos, cuadros clínicos. Poco importa que una novela tenga un anclaje en lo real: debe valerse por sí misma, o eso creemos los que aprendimos a escribir libros leyendo libros. Pero en esta oportunidad, la coincidencia -que no es tal- quiso que elija escribir sobre lugares que visité, situaciones que viví, y temas que conocí.
Como en mis tres libros anteriores -Un sendero iluminado, Suma cero, Jazz escondido-, los protagonistas viven incómodos. Ningún espacio tiempo-lugar es el ideal. Siempre se podría estar en otro espacio, mejor. Un siempre tan inmenso, que equivale a decir nunca. Los personajes están unidos por el dolor de las pérdidas -rumbos, certezas, confianza- y la expectativa -probablemente engañosa- de hallar cierta reparación.
Dicen que nací en Buenos Aires en la primavera de 1969. Que leí Julio Verne, Emilio Salgari y Las aventuras de Tintín, hasta que las novelas de F. Scott Fitzgerald, Thomas Mann, Ian McEwan y Paul Bowles me sugirieron sentarme a escribir (con leer ya no alcanzaba, había que ubicarse del otro lado del libro). Que me gradué en Derecho y Relaciones Internacionales, en Buenos Aires y en Londres. Que viví en Buenos Aires, Londres, Nueva York y Panamá. Y que todo aquello, de algún modo u otro, aparece en mis novelas.
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