
“Ya somos el olvido que seremos/El polvo elemental que nos ignora”, sentencia Jorge Luis Borges en un soneto. Y algo de eso hay en lo último de la escritora entrerriana, Selva Almada. En Una casa sola (publicado por la editorial Random House), el litoral profundo es el gran escenario, donde el espinal y sus habitantes conviven, a los codazos, con la gente. Esta vez, la voz que cuenta la historia es una vivienda precaria, que conserva las huellas, memorias y presencias de quienes alguna vez la habitaron, pero ya no. La protagonista principal se dirime entonces entre el monte y sus fantasmas, los bichos y la vegetación que se la devoran y la misteriosa desaparición de la última familia que vivió allí: Los Lucero. Y en esa pulseada, habla de los que vivieron allí, como yendo al rescate de los recuerdos. Como si quisiera que nada se olvide. “No puedo darme cuenta del día en que Lucero, la Lorena y los gurises se fueron. Porque cada tanto se iban a hacer sus cosas, decía, compras, hospital, jineteada. (…) No era llamativo que se fueran todos, lo inusual fue que no volvieran ese día, ni al otro, ni nunca hasta el día de hoy”.
Como sea, la morada de los Lucero es la única testigo y guardiana de la ausencia, sin aviso, que no termina de explicarse. Perdida en el monte entrerriano, hace 10 años ya que está deshabitada y la naturaleza empezó a tomar lo que alguna vez fue suyo: raíces que avanzan sobre los cimientos, animales que ocupan las habitaciones y el tiempo que erosiona los rastros de vida humana. Un clima muy propicio, que atrapa al lector, al punto de no poder soltar hasta el final. Y qué final.
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La presencia de la ausencia
Aunque la novela de Almada no es un policial y tampoco un thriller, el suspenso está y es inquietante: ¿Qué pasó con Lucero, su mujer y sus 4 hijos? No se sabe. Aunque algunas pistas hay por ahí. Pero no alcanzan. No son suficientes para revelar el paradero de los perdidos. Y el enigma se transforma en motor del relato. Entonces, la casa recuerda, observa y reconstruye fragmentos de sus vidas, mientras intenta entender la partida que la condenó a la soledad. “El olor de los Lucero seguía entre estas paredes, los juguetes de los hijos desparramados en la galería, ropa tendida en el alambre, las botas de él, sucias de barro, atrás de mi puerta. Tantos años después no queda casi nada. (…) los mosaicos del piso en partes levantados, rotos por los hormigueros, yuyos brotando de las paredes, y esta lluvia de aserrín desprendiéndose de las vigas mientras ararás cavan sus túneles, convirtiendo la madera en viejos huesos porosos”.
Pero lo que en verdad interesa aquí, no es tanto la desaparición en sí, sino más bien las marcas que deja, los espacios deshabitados y la insistencia de la memoria. Aquello de Borges en Everness, que afirma que “solo una cosa no hay: es el olvido”. Y en la narración queda resaltado con claridad: el vacío, tiene una existencia infinita y rebota, de manera indefinida, entre los párrafos. Como si fuera un eco. No hay olvido. La casa recuerda todas y cada una de las personas que la habitaron y, muy en especial, a la familia Lucero.
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El encanto de los fantasmas
“Mientras los Lucero vivieron aquí, los del espinal venían y se colaban dentro, en los roperos o debajo de las camas. Escuchaban sus conversaciones, los quejidos del fleje. A veces, si habían apagado todas las luces, rompían algo, un vaso, una taza, porque demás jodones son. La espiaban a la Lorena mientras se bañaba. (…) El del agujero en la mejilla, en cambio siempre se metía en la pieza de los gurises. Le gustaba acariciarles los piecitos que sobresalían de las sábanas. (…) La melliza más callada, solía descubrirlo. Pero no le tenía miedo.”

El espinal es un capítulo aparte en el libro de Almada. Y al igual que la casa, también tiene vida propia y pasan cosas ahí adentro. Como un sub-mundo. Un lugar vedado a los vivos, exclusivo de los muertos. Hay soldados de distintas guerras, un excombatiente de Malvinas, al que le dicen el Cortito, la señora de la casa que engañó a su esposo con un indio y se ahorcó y también hay niños que murieron de alguna enfermedad de época. Lo cierto es que todos ellos hablan, se conocen y forman su propia comunidad. Regresan a la vida de la mano de la autora para contar sus desgracias y también para darnos miedo. Porque: ¿quién se animaría a salir de noche, en medio de la nada y meterse adentro del monte? Yo, no. Y ustedes, tampoco. Además, la falta de los Lucero hace crecer más aún la expectativa y uno termina imaginando cualquier cosa. Hasta pegás un salto en medio de la lectura si alguien justo te habla. Es el lugar prohibido donde nadie puede ni quiere ir. Lo mismo sucede con El Mosca, el arroyo que ahora está seco, pero a veces se desborda. “Allí tenían prohibido acercarse los gurises de Lucero. La Lorena era de más aprensiva. El padre les había enseñado a nadar y a tenerle respeto al Mosca. Pero ella siempre con el corazón en la boca.”
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De manera que tanto el espinal como el ecosistema de la región en general son más protagonistas que otra cosa, que atesoran los rastros de antiguos pobladores, en medio de un paraje repleto de árboles espinosos, algarrobos y talas que, de noche y con luna llena, parecen espectros. De esta forma, y en coincidencia con la trilogía de varones: El viento que arrasa, Ladrilleros y No es un río, Almada despliega, con pluma maestra, una especie de fuerza poética en la descripción del paisaje. Para ella la naturaleza no es algo más: respira, avanza, tiene entidad y termina imponiendo sus propias reglas. La ganadora del First Book Award, del Festival Internacional del Libro de Edimburgo, logra que escuchemos el crujir de los espinillos, percibamos la presencia de los que ya no están y sintamos el olor a humedad de los muros abandonados. Una casa sola es breve pero intensa y deja la sensación de que las viviendas, como las personas, conservan, por siempre, aquello que han visto. Final: Selva Almada nos regala una de las experiencias de lectura más hermosas de la narrativa contemporánea. Es la que va.

¿Quién es Selva Almada?
Nació en la provincia de Entre Ríos. Estudió Comunicación y profesorado de Literatura. Autora de las novelas: El viento que arrasa (2012), Ladrilleros (2013), No es un río (2020), de los cuentos Los inocentes (2019), y los libros de no ficción Chicas muertas (2014). Fue distinguida con varios premios tales como: el Premio Konex 2024, el First Book Award de Edimburgo, por El viento que arrasa, el Premio IILA, a la mejor novela latinoamericana publicada en Italia, por No es un río y fue finalista del International Booker Prize 2024, también por No es un río. Sus libros fueron traducidos a una docena de lenguas. Co-guionista del largometraje Jesús López (Mejor guion Cóndor de Plata 2023), de Maximiliano Schonfeld. Actualmente reside en Buenos Aires y dirige Salvaje Federal, librería especializada en la literatura escrita y editada en las provincias argentinas.
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