
El que me dio la idea para mi libro fue el mismo Diego. En un reportaje dijo: “Corrí durante millones de minutos en todas las canchas del mundo. Me acompañó la televisión y cualquier chico puede hablar de Maradona porque lo vio en directo”. Fue como una rayo que me iluminó y pensé: “Es por acá”. Diego y los medios.
Empecé a girar sobre la idea central de que si la televisión fue el medio de comunicación más importante del siglo XX y el fútbol, el espectáculo masivo más grande, entonces el matrimonio televisión y fútbol tuvo un hijo perfecto: Diego Armando Maradona.
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Por eso no fue casual que Diego haya debutado en la TV varios años antes de debutar en primera y convertirse en Maradona. En esas imágenes en blanco y negro que vimos hasta el cansancio de él a los doce años haciendo jueguitos en el potrero y contándole a la cámara de manera muy natural que sus sueños son dos. Allí debutó.
Tampoco es casual que los dos goles frente a Inglaterra en México 86 fueron, seguramente, los goles más repetidos de la historia del fútbol y de la televisión. ¿Se imaginan esos goles sin la TV?
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El Maradona futbolista dominaba la pelota como nadie. El Maradona personaje era un crack con la cámara de TV. Por eso su gol contra Grecia en el mundial del 94 fue a gritarlo con toda su furia a una cámara. No se lo gritó a la gente que estaba en la cancha, se lo gritó a los millones que lo mirábamos desde nuestras casas.
A veces juego a pensar que toda la carrera brillante de Diego que hizo después, es decir, la copa del mundo en México, todos sus golazos, los dos a Inglaterra, Boca, el Nápoli, Italia 90, todo ese fútbol, fue una excusa para darle sustento y vida a ese fenómeno mediático descomunal y único en la historia.
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Fuera de la cancha, Diego, el Diez, el Diego, Pelusa, Maradona, mezcló audacia, carisma, picardía, timing y mucha inteligencia para convertirse en el mejor comunicador de la historia del fútbol y tal vez de nuestro país. Dueño de una rapidez mental para improvisar frases que ni el mejor creativo publicitario ni el mejor guionista del mundo podrían empardar. Frases como “la pelota no se mancha”, “me cortaron las piernas”, “Se te escapó la tortuga” y tantas otras que ya están grabadas con tinta en nuestro diccionario de la RAE, pero argento.
Dueño de un imán hipnotizador que generó de todo menos indiferencia. ¿Quién fue capaz de ignorarlo si lo tenía enfrente?
Mediáticamente era perfecto, lo tenía todo. Fotogénico, showman, gracioso. Jamás hablaba “con el casette puesto” y siempre te regalaba algún título. Entendió como nadie el funcionamiento del engranaje mediático para salir a hablar en cualquier radio chica o grande, diario o revista, de acá o de otro país, para saber que al día siguiente, todos los medios importantes del mundo iban a levantar sus declaraciones. Operaba a través de los medios para su propio beneficio. ¡A los 20 años!
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Los periodistas, salvo excepciones (y siempre vinculadas a cuestiones personales) lo adoraban. Diego podía cobrarle 10 mil o 100 mil dólares a una cadena internacional por un reportaje y dejarlos plantados. Pero al día siguiente le daba una nota de media hora con definiciones jugosas (futbolísticas, políticas, personales) a un medio chico. Y gratis. Solo porque tenía ganas, porque le caía bien el periodista o porque de esa manera, le demostraba al poder -y a los poderosos- que el que decidía era él. Total, era Maradona. Cualquier enojo o bronca que podía generar su actitud lo solucionaba en un minuto, con una foto, una camiseta autografiada y un chiste.
El carisma de Diego era impresionante y movilizaba a cualquiera que se le ponga adelante. Me acuerdo ahora de una anécdota que me contó Matías Martin para mi libro. La copio textual: “Cuando ganamos en México lloré, grité, fui al Obelisco y lo viví como un hincha más. Pero después, siendo periodista, traté de despegarme de eso. Alguna que otra vez no estuve de acuerdo con todo lo que Diego decía y tuve una discusión interna conmigo mismo. Me decía: ‘Bueno, es el Diego, ¿le harías frente?’. Si, le haría frente. Si no estoy de acuerdo, me da lo mismo que sea Diego o cualquier otro. Tenía esa disputa interna hasta que me lo crucé por primera vez. Me agarró un miedo terrible, me superó la situación. Me lo crucé en un hotel cuando él dirigía a Mandiyú y yo trabajaba en TyC. Creo que me fui de los nervios que tenía. Después lo vi en la cancha de Ferro, cuando él dirigía a Racing. Entró y lo siguieron cien fotógrafos. Él se apoya parado en el banco de suplentes. Todos lo rodeaban a cinco metros, no paraban de disparar fotos. Yo en ese momento hacía campo de juego. Él gira la cabeza, me mira, y me guiña el ojo. Y se me cayeron las medias. No podía más y pensé: ‘¿Yo le voy a discutir a este pibe? Si me hizo llorar de alegría’”.
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Veintitrés años después de su último partido de fútbol, Maradona sigue siendo un fenómeno mediático acá y en el mundo. Por eso hoy es el protagonista de las tapas de los diarios y las revistas más importantes del planeta.
En los medios y en nuestros corazones, Diego sigue jugando.
*Lalo Zanoni, autor de “Vivir en los medios” (ed. Marea, 2006)
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