La belleza del día: “Una clientela dura", de John George Brown

En tiempos de incertidumbre y angustia, nada mejor que poder disfrutar de imágenes hermosas

"Una clientela dura" (1881), de John George Brown. Oleo sobre lienzo ( 76 x 63,5 cm), en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid, España
"Una clientela dura" (1881), de John George Brown. Oleo sobre lienzo ( 76 x 63,5 cm), en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid, España

El británico John George Brown (1831 – 1913) fue un cronista de los niños indefensos, de los explotados, de los olvidados. Creció en un hogar con muchas carencias y tuvo que trabajar para ayudar a sus padres para mantener a sus hermanos. Esa experiencia la marcó para siempre y fue el eje central de su obra, como sucede en Una clientela dura, que se encuentra en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid.

Fue un pintor de éxito en el sentido de las ventas. Paradójicamente, aquellos que utilizaban a aquellos niños como carne de cañón, mano de obra barata, eran en gran parte su clientes. Sin embargo, desde la crítica del arte no se le tenía en buena consideración, aunque perteneció a varias instituciones de “arte oficial”.

Brown pintó muchas de sus obras en Nueva York, a la que se mudó en 1853. Antes de eso, se desempeñó como cortador de vidrio en una fábrica junto a su padre, mientras por las noches estudiaba en distintas academias de arte. En EE.UU. siguió la misma rutina: trabajador del vidrio de día y se perfeccionaba tras la caída del sol.

En la Flint Glass Company de Brooklyn encontró a su mecenas, William Owen, uno de los propietarios, gracias a él a su amor: su hija. Se casaron y con el apoyo de Owen pudo abrir su estudio como retratista, practica que dejaría por consejo de su marchante, Samuel S. P. Avery, y del coleccionista John H. Sherwood, quienes le resaltaban que sus obras con niños debían ser su firma inconfundible. Decisión que, en cuestiones económicas fue acertada.

"Un momento excitante"
"Un momento excitante"

Eran años difíciles para ser un niño en la Gran Manzana. Había miles de menores que vagabundeaban de aquí para allá, abandonados, sin familias, otros que habían quedado solos tras la Guerra de Secesión que finalizó en 1865 y que debían arreglárselas para sobrevivir, como también aquellos que, si bien tenían hogar, debían trabajar para ayudar de su familia de migrantes, sean del campo o del exterior, que llegaban a una ciudad que comenzaba a crecer a un ritmo frenético y producía más desigualdad que oportunidades.

Eran niños “envejecidos prematuramente, maltratados y privados de todo lo que es propio de la infancia”, dijo Brown a su primer biógrafo, y agregaba: “quiero que dentro de cien años la gente sepa qué aspecto tenían los niños que yo pinto”.

Consultado sobre su éxito -tuvo que registrar los derechos de muchas piezas ya que se reproducían incluso como cromolitografías o fotografías-, comentaba: “No lo hago sólo porque al público le gusta ese tipo de cuadros y me pagan por ellos, sino porque quiero a esos chicos, porque yo también fui un muchacho pobre como ellos”.

En su obra aparecen vendedores de la calle, con los más diversos productos: desde flores, como en esta obra, a periódicos, estaban los que cantaban, y también las pandillas, lo que marcaba un relato de época. Pensemos, por ejemplo, en aquella histórica huelga realizada por niños a los periódicos The New York World, de Joseph Pulitzer, y The New York Journal, de William Hearst, quienes tras la “Guerra Hispano-americana” (1898) -el primer mega caso de fake news de la historia-. Tras las gastos para cubrir la noticia, los magnates decidieron aumentar la comisión que les cobraban a sus vendedores, en vez de aumentar el precio del diario, los niños se unieron y produjeron una drástica caída de las ventas.

"Extra"
"Extra"

Ahora, Brown conocía en carne propia las injusticia del mundo con la niñez, pero ¿realizaba una pintura de crítica social? Claramente, no. Es verdad que ponía el foco en temas que tenían cierta invisibilidad, pero, por ejemplo, la Convención sobre los Derechos del Niño de Unicef es de 1989, por lo que entonces el trabajo infantil no solo era aceptado, sino también era lo correcto. Los niños eran pensados como trabajadores independientes, que debían ganarse el pan sin tener un sueldo fijo.

Es verdad que los niños de Brown atraviesan dificultades, pero en esos rostros “envejecidos” no hay tristeza: hay infancia, hay alegría. En un punto, su trabajo tiene cierto paralelismo con su contemporáneo Gaetano Chierici (1838-1920), en eso de representar a los niños en situaciones desventajosas. Aunque el italiano lo hizo desde el humor, la ternura se despertaba de toda la composición escénica, no solo desde la expresión. Hay entonces en Brown una mirada idílica de algo que él consideraba injusto.

En ese sentido, Brown renuncia a la mirada de su tiempo británica, como era la representación de dickenseana de Oliver Twist, en el que se expone la crueldad de los adultos para aprovecharse del trabajo de los menores, y adopta la del estadounidense Horatio Alger (1834-1899), al igual que Charles Dickens (1812-1870), un bestseller, pero de esta parte del Atlántico. Alger escribió más de un centenar de obras con más o menos la misma historia, una suerte de sueño americano ad infinitum para los niños desafortunados, en los que resaltaba que todo era posible si se era honesto y trabajaba duro. A diferencia de Dickens, los niños no eran víctimas, sino que dependía de ellos poder alcanzar sus objetivos. Son más aventureros, al estilo Huckleberry Finn, la gran obra de Mark Twain (1835-1910), pícaros, algo diablillos, jovencitos a la conquista de la vida.

Si lo ponemos en contexto con otra representaciones artísticas de entonces sobre la mirada hacia la niñez, la dirección apunta hacia la fotografía. Y allí, el terreno es mucho más directo. Un poco más adelante en el tiempo, Lewis Hine ( 1874-1940), por ejemplo, recordado por aquella foto de los trabajadores comiendo su almuerzo sobre una viga de un edificio en construcción, reflejó a los niños en sus dramáticas condiciones laborales, sin artificios, sin sonrisas. Antes que Hine, el danés Jacob Riis (1849-1914) realizó un increíble trabajo fotoperidístico sobre las familias, la escuela, las fábricas y los niños allí tampoco brillan de algarabía como en la obra de Brown.

Fotos de Jacob Riis y Lewis Hine
Fotos de Jacob Riis y Lewis Hine

Los niños de Brown sonríen. No son sombríos, no hay atisbo de maltrato, ni de dolor. Los modelos eran realmente niños de las calles, elegidos por el artista o sus ayudantes. Los llevaban a su estudio, se los bañaba y vestía para la obra. En Una clientela dura, la biógrafa Martha Hoppin destaca que la niña lleva ropa usada, pero decente. Hay en ese sentido una construcción de pobreza digna, de cierta nobleza.

En la pieza los niños rodean a la vendedora de flores, que parecen no prestarles atención, concentrada en su trabajo. Hay una confianza entre ellos, dos ya tienen ramilletes en sus prendas, y en una especie de cortejo, ellos la miran extasiados. Los colores de la obra son oscuros, pero fuertes, generan un contraste que va de afuera hacia adentro, escalando el marrón, los rojos -en pelo, gorro y bufanda- hasta el blanco del centro en las flores.

La joven tiene un anillo de oro que parece ser más grande. Es extraño el detalle, el artista hace preguntarnos cómo lo pudo conseguir o desliza una historia más profunda alrededor del puesto de flores. En aquellos tiempos, existía un acuerdo de protegerse mutuamente, estaban quienes guardaban los “tesoros” robados en la calle para que los ladroncillos pudieran seguir con su trabajo a cambio de alguna pieza de su particular interés. ¿Era el caso?, ¿eran estos niños ladrones en realidad?

La joven aparece en otra pintura de Brown también como vendedora. Aunque en Compre un ramillete (realizado el mismo año), que se encuentra en el North Carolina Museum of Art, Raleigh, EE.UU, aparece sola, con el mismo gorro y medias aunque con otro vestido.

"Compre un ramillete"
"Compre un ramillete"

Brown es recordado como el pintor de “los hijos de los pobres, los desheredados, los vagabundos y los huérfanos”. Sus obras son bellas, eso está fuera de discusión, y quizá rescatan el momento en que los niños pueden ser niños cuando las condiciones de su vida no los dejaban. Pero ¿qué quiso mostrar?, ¿la niñez como espacio de disfrute más allá de la adversidad o fue una versión edulcorada y de corazón burgués en pos de satisfacer una clientela que, de alguna manera, lavaba sus culpas?

Brown perteneció a los círculos selectos del arte, fundador de la Brooklyn Art Social y la Brooklyn Art Association, desde 1858 hasta su fallecimiento; a excepción del año 1871, expuso en la National Academy, donde también fue miembro asociado y miembro con plenos derechos, ocupando su vicepresidencia entre 1899 y 1904. Su obra lo hizo famoso y rico, pero a su funeral, tras una neumonía en 1913, no hubo niños que lo lloren. Y menos, que le lleven flores.


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