
Cómo dar respuesta al horror. En junio de 1937, a pocos meses del bombardeo a la ciudad vasca de Guernica que dejó centenares de muertos, Pablo Picasso expresó la angustia, el patetismo y el espanto en un famosísimo cuadro de casi tres metros y medio de largo. El Guernica de Picasso se exhibe en el Museo Reina Sofía de Madrid y pararse frente a él es una experiencia que altera los nervios, tal como sucede con Goya y los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 o con La balsa de la medusa, de Géricault. Ver esos cuadros, ver especialmente el Guernica, es una manera de poner en presente la tragedia humana.
Quino, con una capacidad sobrenatural para mostrar que el humor puede ser una forma del arte, actualizó el Guernica y, con una simplicidad maestra, lo cambió de signo. Para muchos —para todos—, Quino va a ser siempre el “papá de Mafalda”, el señor de anteojos y sonrisa campechana que firmaba durante horas en la Feria del Libro, el que le ponía el punto final a la revista del domingo con alguna ironía, con esos chistes que primero te hacen reír y después te hacen pensar de qué, realmente, nos reímos.

A finales de 1982, la Argentina empezaba el lento camino para cerrar la etapa más cruenta de su historia moderna. El gobierno de facto que había impuesto una maquinaria atroz con el terrorismo de Estado mostraba, tras la derrota de la Guerra de Malvinas, resquebrajaduras en su solidez aparente y la democracia aparecía en el horizonte. En ese contexto, Quino hizo uno de sus chistes más perfectos; algunos años después, el original estuvo destacado en una muestra en el Palais de Glace.
Con apenas dos viñetas, mostraba la llegada de un nuevo tiempo, el verdadero tiempo del progreso y la armonía. En el primer recuadro, una mujer y una empleada doméstica miran una habitación completamente caótica: hay libros y discos tirados en el piso, botellas vacías en la mesa, una lámpara tiene la pantalla desencajada y los almohadones del sillón están revueltos. En la pared, destaca el Guernica de Picasso. En el segundo, la casa está en orden. Y el cuadro también.

Quino se apropiaba duchampianamente de Picasso para dar respuesta al horror con mensaje de múltiples interpretaciones: la habitación como un país en ruinas —como el fin de la fiesta de unos pocos o los despojos que deja tras de sí un grupo de tareas—, la esperanza en el futuro que se avecinaba, la concordia de las clases sociales. Es un chiste hermoso de una persona hermosa que nos enseñó a reír, pero, sobre todo, a pensar.
SIGA LEYENDO
Últimas Noticias
El debate sobre la maternidad en el psicoanálisis: clásicos, polémicas y nuevas voces femeninas
Las autoras más influyentes de la especialidad han abordado el tema desde ángulos polémicos y liberadores, cruzando temas de deseo, culpa y emancipación

La inteligencia artificial pone en jaque a la industria editorial: el caso emblemático de una novela
El polémico retiro del libro, luego de comprobarse que contenía largos pasajes escritos con IA, evidencia un desafío que alimenta el temor a una invasión tecnológica en la ficción tradicional

Banksy pierde el anonimato, pero el mito de su arte sigue más vigente que nunca
Aunque muchos lamentan el adiós al misterio, críticos y galeristas aseguran que las impactantes obras del artista callejero mantienen su fuerza y relevancia

Así nació el secuestro digital de datos que paraliza gobiernos y organizaciones
La historia del ‘ransomware’: una idea inquietante convertida en industria que impacta mucho más allá de una serie de simples pérdidas económicas

“Robé un bebé para Dios”: así documentó Gustavo Sammartino la confesión del militar Suárez Mason en su libro “Si lo contás, te mato”
En una entrevista en Infobae al Regreso, Gustavo Sammartino relató cómo, tras más de 30 encuentros con Suárez Mason, logró registrar confesiones inéditas sobre el robo de bebés y las amenazas directas que dieron origen a su libro




