
Solo la literatura permite entrar en contacto con el espíritu de un muerto, de manera más directa, más completa y más profunda que lo haría la conversación con un amigo, pues por profunda, por duradera que sea una amistad, uno nunca se entrega en una conversación tan completamente como lo hace frente a una hoja en blanco, dirigiéndose a un destinatario desconocido.
Michel Houellebecq
Recibí la noticia de la muerte de papá cuando daba la última clase de mi seminario sobre literatura japonesa en la UBA.
Kenzaburō Ōe está atravesado por la culpa, les decía, y me acerqué al pizarrón y subrayé la palabra “culpa”. En ese momento sonó el teléfono por primera vez.
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Distinguí la vibración y la luz debajo de mis apuntes. Nunca apago el celular en clase, como si esperara algún llamado importante. Miré la pantalla: número desconocido. No sé por qué no lo doy de baja. Me llaman poco, y solo por encuestas políticas o para ofrecerme servicios que no necesito. Tarjetas de crédito, un celular nuevo, esas cosas.
Tiré el celular sobre el escritorio y retomé el hilo: Ōe, como les contaba, es el último autor moderno que vamos a ver, con su filosofía del desarme y el pacifismo. Ya saben que no incluí a Murakami en el programa, a pesar del fanatismo que despierta entre ustedes. Algunos alumnos bajaron la vista, más de uno me había venido con la queja. Nadie se comprometió con su tiempo como Ōe, insistí. Ōe viajó a Hiroshima tras la bomba, se involucró, fue a entrevistarse con sobrevivientes y médicos. Ese evento definió toda su vida y su literatura posterior. Ōe se asombró de ver a enfermos y moribundos con sobradas razones para matarse y que sin embargo se empeñaban en...
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El teléfono volvió a sonar. Disculpen, dije a la clase, y atendí.
No alcancé a dejar el aula a tiempo. Con una mano en el picaporte, frente a mis alumnos, escuché la noticia. Un anuncio irreal, como si me hablaran de un extraño: apenas un muerto más en una larga estadística de la Gran Guerra, en uno de los libros que había dejado abiertos sobre el escritorio.
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Un momento por favor, dije, y salí del aula.
¿Con quién me dijiste que querés hablar?, le pregunté. Sí, soy yo, pero… Claro, sí, es mi padre… Entiendo.
No le pregunté su nombre, tampoco ella se presentó, quizás incómoda por tener que darme la noticia. Así y todo no se trataba de una comunicación rutinaria, no era una empleada cansada de informar la misma muerte. La cadencia de sus palabras disimulaba algún sentimiento hacia mi padre. Ella había querido a papá, me dije, aunque su voz sonaba muy joven para ser su mujer.
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Lo siento, le dije. Ella hizo silencio, como si se hubiese alejado el teléfono de la cara. Pensé entonces que no debía haberle dicho eso. Al fin y al cabo le correspondía a ella presentarme sus condolencias, no a mí. Me explicó que el velatorio había sido el día anterior. Una ceremonia íntima, para los más cercanos. Así dijo: los más cercanos. Incluso en la muerte se seguía alargando la distancia con mi padre.
Le pregunté cuándo lo enterraban.
No... lo vamos a cremar, me explicó. Es lo que él quería. Es en la Chacarita, a las cuatro.
Entendí que le costaba pedirme que asistiera, pero que ese era el verdadero sentido del llamado.
Me apuré a darle las gracias para terminar la conversación. Me sentía un poco aturdido, no quería seguir hablando. Ella también me dio las gracias, como si la hubiese ayudado a cumplir una misión pesada.
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No había colegas en el pasillo, nadie que me molestara. No tenía razón para apurarme. Fui al dispenser de agua antes de volver a clase.
¿Cuánto hacía que no hablaba con papá? Desde que murió mamá, de a poco nos fuimos alejando. Yo no quería saber nada con él. Lo que pasó con mamá me había devastado y papá me lo recordaba. Verlo a él era verla a mamá, y eso me resultaba intolerable.
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Entré al aula, cerré la puerta. Por unos instantes permanecí inmóvil, con el vasito de plástico vacío en la mano, de espaldas a mis alumnos. Me costó volver al escritorio. Si no hubiese tenido mis cosas ahí, me hubiese ido directo a casa.
Me senté, aunque nunca daba clases sentado. Me aflojé contra el respaldo de la silla y esperé. No sé qué, pero esperé.
Me trajo a la realidad el murmullo de los primeros bancos. Cierta inquietud generalizada, aunque tímida. Mis alumnos estaban acostumbrados a mis excentricidades.
Me levanté y busqué el borrador. Me costó encontrarlo, había quedado enterrado bajo una torre de libros. Lo pasé por el pizarrón; la tinta azul se desvaneció, barriendo los vestigios de la Hiroshima de Ōe y los cien mil muertos en los primeros nueve segundos de la bomba. Me di vuelta y les dije: ¿Qué son algunos miles de muertos abstractos cuando uno acaba de enterarse de un muerto ―un solo muerto― real?
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Me tomé mi tiempo para delinear bien los kanjis sobre el pizarrón. Trazos precisos y suaves, como si no hubiera nada más importante en ese momento que la buena caligrafía. Escribí:
Kawabata Yasunari
川端 康成
1899-1972

Noté caras curiosas. Una chica incluso atinó a preguntarme algo. Decliné con un gesto solemne y seguí: Kawabata, como ustedes saben, fue el primer japonés en ganar el Premio Nobel de Literatura.
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Su infancia estuvo signada por la peor soledad. Su vida se inicia con una presencia de muerte. Así la calificó él: presencia de muerte. Fíjense qué curiosa esa elección de palabras, insistí. Si la muerte es vacío y ausencia, Kawabata elige hablar de una figura, de una entidad corpórea. De una presencia.
Algunos levantaron la vista de sus apuntes, se interesaron por esa caracterización humana de la muerte.
Tempranamente Kawabata fue perdiendo uno a uno a todos los miembros de su familia, les dije. Varias veces escribió que se sentía un huérfano. Su padre murió de tuberculosis cuando él tenía tres años. Al año siguiente murió su madre, también de tuberculosis. Una tía adoptó a su hermana; él quedó bajo la crianza de los abuelos. Al poco tiempo fallece su abuela; no mucho después fallece su hermana. Su abuelo ciego se transformó en el único familiar sobreviviente.
Kawabata relata su vida con su abuelo ciego en Diario de mi decimosexto aniversario, el primer texto que escribió, en 1914. En las páginas de ese diario, Kawabata nos permite asomarnos y espiar sus miedos, el terror de perder a su último pariente cercano. Su abuelo ciego es lo único que le queda, y también eso le sería arrebatado: muere poco después. Aun bajo esta pena y patetismo, la belleza es la nota central de esa vida de pérdidas, ¿lo ven?
Una de las chicas que se sentaba adelante levantó la mano. No entiendo, dijo. ¿En qué se nota la belleza?
Me quedé pensando. Por supuesto que no lo podían ver. Había llegado a la última clase del seminario y no había conseguido que entendieran la belleza japonesa. ¿Por qué no había arrancado con esto? ¿Por qué relegué tanto tiempo a Kawabata? Entendí que me había reservado a Kawabata para mí, como algo íntimo. Me había convertido en esa rara especie de profesor que siempre desprecié: no en esos profesores anodinos, incapaces de interesar a sus alumnos en nada porque ellos mismos no tienen nada para decir, sino en aquellos que tienen qué decir y prefieren guardárselo.
Seguí adelante, eludí dar una explicación. Repetí detalles y cronologías aprendidas de memoria, hablé de muertes queridas en la familia de Kawabata, que había dejado varios volúmenes de sus obras completas llenos de confidencias autobiográficas. Pero yo sabía que, en realidad, no hacía otra cosa que hablarles de papá y de mamá. Papá, que lo habían velado el día anterior, solo para “los más cercanos”; mamá, que había muerto hacía muchos años. Demasiados. Quince o veinte. No llevaba la cuenta.
Nunca olvidaré a mamá, pero los recuerdos se volvieron difusos, se aplacaron. Le prometí a papá no contarle a nadie lo que pasó con mamá. Ni siquiera entre nosotros volvimos a tocar el tema. Y ese pacto de silencio convirtió el recuerdo de mamá en un secreto.
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