La hora de Zelda Fitzgerald, la gran artista que fue reducida a “flapper” y a “esposa de”

Por mucho tiempo, las obra de la escritora, bailarina y artista plástica vivió bajo la sombra de Scott Francis Fitzgerald, con quien tuvo un matrimonio tortuoso y al que acusó de plagio en más de una oportunidad. Hoy, su figura vuelve a resurgir con fuerza

Zelda Fitzgerald (Everett/Shutterstock)
Zelda Fitzgerald (Everett/Shutterstock)

Ser una mujer libre e independiente no era sencillo ni bien visto en las primeras décadas del siglo XX. Zelda Sayer, mucho antes de cumplir los veinte y de ser la esposa de Frances Scott Fitzgerald, no sólo rompió con todo lo que se esperaba de una mujer en esa época (madre, esposa y ama de casa, buena y hacendosa) sino que se convirtió en una de las mayores representantes de lo que se dio en llamar “Flapper”: aquellas mujeres que, con el pelo corto, vestidos sobre las rodillas y un cigarrillo en los la mano, manejaban, bebían alcohol y bailaban con la misma libertad que los hombres de su edad, buscando su propia felicidad y deleite.

Nacida el 24 de julio de 1900 (se cumplen 120 años de su nacimiento) en el seno de una familia del sur de los Estados Unidos, con un padre rígido, una madre displicente y siendo la menor de seis hermanos, Zelda Sayre dio rienda suelta desde niña a sus ganas de vivir una vida diferente a la establecida socialmente. Fue el gran dolor de cabeza de su padre, el juez Anthony Sayre, bajo la atenta pero permisiva mirada de su madre. En su adolescencia abandonaba las clases para ir a beber y fumar con sus amigos, en su mayoría varones, junto a su gran amiga y futura estrella hollywodense Tallulla Bankhead. El baile era su gran pasión y había comenzado a tomar clases de ballet siendo muy pequeña. Esta será una de las actividades que la salvarían del dolor y el abandono en su adultez y que deberá abandonar -nuevamente- tras una desmejora en su salud mental que desencadenará una etapa de su vida -la última- con entradas y salidas constantes a instituciones psiquiátricas.

Zelda y F. Scott Fitzgerald (Everett/Shutterstock)
Zelda y F. Scott Fitzgerald (Everett/Shutterstock)

Pero volvamos a las primeras décadas del convulsionado y anhelado 1900. Zelda iba de baile en baile, conociendo y siendo admirada por todos los muchachos de la zona, bailando, bebiendo y fumando, buscando romper con las estrictas reglas que normaban la vida de las mujeres y encarnando ese nuevo modelo de mujer llamado “flappers”. En una de esas fiestas de finales de su adolescencia conoció a un soldado que esperaba ser destinado al frente en la Primera Guerra Mundial, un muchacho que más que con ir al frente de batalla soñaba con ser escritor: Francis Scott Fitzgerald. Fitzgerald se enamoró perdidamente de Zelda, pero ella no estaba aún dispuesta a casarse, a pesar de ello se mantuvieron en contacto y se escribían con frecuencia. En esa época el futuro autor de El gran Gatsby estaba escribiendo su primera novela y era tal su fascinación por la joven que modificó el personaje femenino principal para que se pareciera a ella. Este gesto que podría tomarse como una muestra de amor, sería el primer uso que haría Fitzgerald de la vida, las experiencias e incluso la escritura de su futura esposa en sus obras, borrando incluso su presencia y su aporte.

Esta primera novela de Fitzgerald tendría un gran recibimiento por parte del público y de la crítica. A este lado del paraíso (1920) convirtió a Francis en un escritor de súper ventas, una celebridad y un hombre rico. Con ese libro -y sus ganancias- en la mano se presentó ante Zelda y le pidió matrimonio. Una semana después -y tras dos años de vivir un noviazgo intermitente- estaban casados. Era el 9 de abril de 1920 y partieron enseguida a Nueva York donde las fiestas, el alcohol y los escándalos comenzaron a acompañar a la pareja en su vida diaria. Los echaron de bares y hoteles por mal comportamiento, se treparon a los techos de los taxis, Zelda se metió a la fuente de Union Square, la histórica y emblemática plaza de Manhattan. Estas conductas sólo los hicieron ver más brillantes, más divertidos, convirtiéndolos en celebridades cuyas travesuras salían en todos los medios. Todos querían conocerlos, ser sus amigos, compartir sus aventuras, fueron la expresión del “sueño americano”: jóvenes, hermosos, felices y exitosos. Al menos en la parte que mostraban al público.

Mientras Scott se encontraba enfrascado en la escritura de la que sería su segunda novela, Zelda queda embarazada. Frances Scott Fitzgerald, su primera y única hija nació en octubre de 1921, y sufriría los embates de una relación llena de violencia, celos y desprecio.

En 1922 Fitzgerald publica su segunda novela Hermosos y malditos, y si bien fue bien recibida no alcanzó el éxito de Al este del paraíso, por lo que las cuentas de la familia comenzaron a resentirse. Pero no era esa la causa principal de los problemas que comenzaron a surgir en la pareja. En una reseña que le pidieron desde una revista a Zelda sobre la última obra de su esposo dice: “Me parece que en una página reconocí una porción de un viejo diario mío, que desapareció misteriosamente poco después de mi matrimonio, y también fragmentos de cartas que, aunque bien editadas, me sonaban vagamente familiares. De hecho, Mr. Fitzgerald (...) parece creer que el plagio comienza en casa”. La apropiación del material producido por Zelda (en cualquiera de los formatos en que ella los escribiera) se había vuelto una costumbre.

Cansados de la vida en Estados Unidos (y de los altos costos que esta tenía) decidieron mudarse a Europa y recalaron en primer lugar en París. En esa ciudad conocieron a los integrantes de la llamada “generación perdida”, escritores norteamericanos que vivieron en Francia y en otros países europeos desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta la Gran Depresión de 1929. Entre ellos se encontraban John Doss Passos, William Faulkner, John Steinbeck y Ernest Hemingway. Este último se convirtió en gran amigo de Fitzgerald y en el primer detractor a viva voz de Zelda, tildándola de loca y acusándola de llevar a su marido al alcoholismo. Ella por su parte, recriminó en numerosas oportunidades a Francis Scott la relación con Hemingway, llegando incluso a reclamarle que la engañaba con él.

Cuadros e ilustraciones de Zelda Fizgerald
Cuadros e ilustraciones de Zelda Fizgerald

La vida en París no fue muy distinta de la que llevaban en Nueva York. Fiestas, demasiado alcohol y escándalos los siguieron hasta allí. Fitzgerald bebía cada vez más, se había convertido ya en un problema serio e inmanejable para él y acusaba a Zelda de ser la causante de su falta de concentración a la hora de escribir. La estancia en París del matrimonio dio a Zelda la posibilidad de desarrollarse en dos artes que la apasionaban desde niña: la escritura y el baile. El talento de Zelda para describir a sus personajes, para profundizar en las emociones la llevaron a escribir numerosos cuentos y una novela en los cuales lleva adelante una serie de críticas a los prejuicios de clase. Algunos de esos cuentos y la novela Our Own Movie Queen son publicados bajo el nombre de Francis S. Fitzgerald. Él era el profesional, le decía según algunos testigos, y ella solo una amateur.

Pocos años lleva el matrimonio Fitzgerald pero el declive es evidente. Peleas constantes, borracheras que dejaron de ser parte de las fiestas, desprecio por parte de Francis hacia su esposa y un control constante sobre ella y su obra desquebrajan la relación hasta hacerla insoportable. En esta época Zelda, mientras Fitzgerald estaba concentrado en la escritura de El gran Gatsby y vivían en La Riviera francesa, se enamora de Edouard Jozan un piloto francés con quien comparte salidas nocturnas, fiestas y paseos por la playa. Decide ponerle final a su relación con su marido y le pide el divorcio, éste lejos de aceptar decide enfrentar al amante y encierra a su esposa en su cuarto. El encuentro entre el aviador y el escritor jamás se dará. Abandonada por Jozan y presa de una crisis depresiva decide continuar con su matrimonio.

F. Scott Fitzgerald, su esposa Zelda y su hija, Scottie, salen a dar un paseo en algún lugar de Italia (1924-1931) (Everett/Shutterstock)
F. Scott Fitzgerald, su esposa Zelda y su hija, Scottie, salen a dar un paseo en algún lugar de Italia (1924-1931) (Everett/Shutterstock)

Zelda le da, en esa época, mediados de los años ´20, una nueva oportunidad al ballet y comienza a tomar clases con la afamada profesora madame Lubov Egorova. Lo que en un principio fue un intento de hacer algo que le diera placer y le permitiera tener su propio lugar se convierte en una obsesión: le dedica a los ensayos más de ocho horas diarias sin pausas para el descanso o la alimentación. Semejante esfuerzo dio sus frutos: en septiembre de 1929 es invitada a unirse a la compañía de ballet San Carlo de la ciudad de Nápoles para interpretar el papel de Aída. Sin dar razones rechaza esta oportunidad, pero podemos encontrar la causa en el estado mental de Zelda en ese momento. Su comportamiento comenzó a ser errático y obsesivo. El colapso estaba cerca.

El 23 de abril de 1930 Zelda es internada por primera vez en un hospital psiquiátrico. Algo que sería una constante desde ese momento hasta el final de sus días. Unas semanas después por su propia decisión y en contra del consejo profesional abandonó el sanatorio, pero sus alucinaciones, sus ataques de angustia y hasta un intento de suicidio demostrarían que necesitaba atención psiquiátrica y fue nuevamente internada. Luego de unos meses de internación y del diagnóstico de esquizofrenia, Zelda comenzó a mejorar. Escribía con dedicación y pintaba como parte de su terapia. Tanto sus textos como sus pinturas seguían un estilo surrealista, sus lienzos al comienzo estaban llenos de colores vívidos, alegres, pintaba retratos y paisajes, y las bailarinas eran su tema preferido, rememorando quizás aquel deseo de trascendencia mediante el ballet que quedó en el olvido. Tras recibir el alta y quebrados económicamente los Fitzgerald regresan a Estados Unidos, a vivir a la casa de los padres de Zelda.

A su arribo a Baltimore, encuentran al juez Sayre muy enfermo. Francis, a pesar del dolor de su esposa por la situación delicada de su padre, decide ir a trabajar a Hollywood por unos meses, y a su regreso Zelda sufre un ataque de histeria. Deciden volver a internarla y el 12 de febrero de 1932 ingresa a una clínica en su ciudad natal. Allí escribirá su segunda novela (la primera que se publicará bajo su nombre) en apenas dos semanas: Resérvame el vals (La tercera editora/2019). Un nuevo escándalo en la pareja más glamourosa de los años veinte se avecinaba.

Resérvame el vals (La tercera editora), de Zelda Fitzgerald
Resérvame el vals (La tercera editora), de Zelda Fitzgerald

En Reservame el vals Zelda Fitzgerald narra la historia de Alabama, una joven sureña que se casa con un pintor reconocido, se van a vivir a Europa y allí ella logra su lugar, reconocerse a sí misma, cuando comienza una carrera en el ballet. La historia de Alabama es un reflejo de la vida de Zelda y su marido. Al igual que Fitzgerald la autora utilizará su propia vida como material para la inspiración literaria. Contará a su manera y desde su mirada aquellos años que vivió junto al escritor estadounidense. Pero Francis no lo toleró, no por vergüenza de ver su vida retratada en un libro sino porque ese material autobiográfico pensaba usarlo en la novela que él mismo estaba escribiendo, Suave es la noche que sería publicada en 1934. Un material, la vida en común, que consideraba de su propiedad. Intervino entre Zelda -quien estaba internada- y su editor para poder hacer los cambios que consideró necesarios sobre el texto de su esposa, obligándola a quitar partes y personajes y a re escribir según sus indicaciones la segunda parte del libro. Esto derivó en una novela, más allá de su gran valor literario por la narrativa de Zelda, con una gran desconexión entre la primera y tercera parte con relación a la segunda, que perdió integridad frente a los cambios realizados.

Resérvame un vals fue publicada en 1932 y si bien tuvo cierto recibimiento favorable por parte de la crítica no logró llegar al gran público debido a las reseñas desfavorables de los amigos de Fitzgerald, quienes compararon las obras de ambos autores denigrando el texto de Zelda. Esto no amedrentó a la autora quien siguió escribiendo cuentos y una nueva novela que quedó inconclusa tras su muerte.

La pareja tuvo una relación tormentosa
La pareja tuvo una relación tormentosa

La distancia, tanto física como emocional, que separaba al matrimonio no impidió -y quizás propició- un profuso intercambio epistolar, material del cual Francis Scott volvería a sacar tajada (párrafos completos) para su nueva novela. Los textos de Zelda fueron nuevamente tomados por su marido para su propio provecho y publicados como de su autoría. Así como en algún momento plagió las páginas de su diario íntimo, las cartas que la autora escribía a su esposo fueron usadas como material literario.

Con Zelda internada, Fitzgerald rehízo su vida. No se divorciaron, pero él vivió sus últimos años con otra mujer. En 1937 conoció a la periodista Sheilah Graham y se mudo con ella tras sufrir dos ataques cardíacos. El tercero fue el definitivo: Francis Scott Fitzgerald murió el 21 de diciembre de 1940.

La vida de Zelda dio un vuelco. Siguió escribiendo, pero su forma de relacionarse con el mundo cambió. Comenzó la escritura de una novela en la que narraba su vida como enferma mental, sus ingresos a las clínicas psiquiátricas y sus experiencias en ellas, pero no llegó a terminarla. Tras la muerte de Fitzgerald su pintura también se modificó, en esta época predominaron en su obra los colores neutros y las escenas bíblicas y espirituales.

El 10 de marzo de 1948 no fue un día más en el hospital Highland, en Asheville, Carolina del Norte, donde Zelda estuvo internada de forma intermitente los últimos diez años. Está encerrada en su cuarto y tiene una sesión de electroshock prevista para las próximas horas, pero eso nunca ocurrirá. Un incendio se desata en la cocina y arrasa con varios pisos del hospital matando a nueve pacientes, entre ellas Zelda. Ese fuego mató a la mujer, pero no al mito. A partir de ese momento sus detractores terminarán de construir sobre sus cenizas una historia que dejará afuera a la escritora, la pintora y la bailarina y sólo dejará en pie a aquella adolescente rebelde de principios de siglo.

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