
Paul Theroux cuenta que un día, en la época en la que todavía eran amigos, el premio Nobel V. S. Naipaul le explicó: «Escribir es como practicar la prestidigitación. Si te limitas a mencionar una silla, evocas un concepto vago. Si dices que está manchada de azafrán, de pronto la silla aparece, se vuelve visible». Son los divinos detalles, como decía Nabokov.
La frase de Naipaul es elegante y didáctica, aunque no cabe duda de que sostener que escribir ficción es como practicar la magia es un lugar común, una obviedad. Sí, en efecto, todos los novelistas somos un poco prestidigitadores. Pero muy pocos escritores consiguen cultivar esa faceta concreta de la escritura con la hondura y la potencia con que lo hacía Enrique de Hériz.
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Él era muy consciente de ese don, por supuesto. No solo tomaba clases de ilusionismo y hacía trucos para los amigos (incluso participó haciendo juegos de manos en la presentación de uno de mis libros), sino que su última novela, Manual de la oscuridad (2009), tenía precisamente como protagonista a un mago. Se trata de una historia muy hermosa, pero mi preferida, dentro de la breve y poderosa obra del autor (solo publicó cuatro novelas) sigue siendo Mentira (2004), ese texto insólito, delicado, complejo, burbujeante, rotundo y liviano al mismo tiempo, un artefacto perfecto que a nadie deja indemne.
Y es en Mentira, precisamente, aunque no esté protagonizada por un ilusionista, en donde, a mi entender, brilla más esa magia narrativa que él tenía. Es decir: su capacidad para ilusionar, hipnotizar, engañar, aturdir, inquietar, deleitar y en definitiva, maravillar, dicha sea la palabra en ese sentido esencial en que se maravillan los niños, capaces de creer en lo imposible y lo bello. Sí; Hériz tenía el don de convertir en niños a sus lectores, como los buenos prestidigitadores siempre hacen.
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Y creo que gran parte de su truco consistía no solo en lo que contaba, sino sobre todo en lo que callaba. Los grandes magos son los reyes del escamoteo, y ahí estaba Hériz, maestro de lo visible pero también de lo invisible, tejiendo divinos detalles en los que nos entreteníamos y obnubilábamos, mientras él llenaba de vida y de verdad los rincones del silencio y de las sombras.
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