Coronavirus: una película mala y demasiado larga

El gran autor y director teatral Javier Daulte escribió especialmente para Infobae un texto en el que reflexiona sobre la pandemia, el lugar del artista y la dificultad de pensar que este presente producirá cambios beneficiosos. “La humanidad ha pasado por desastres tremendos y no por eso cambió. Yo no siento que esto me esté convirtiendo en mejor persona”, dice

El artista callejero Carlos Giovanni, que firma como TheyDrift, trabaja sobre el retrato de una trabajadora de la salud para una pieza que lleva el nombre de "Quédate en casa", en Seattle, Washington. REUTERS/Jason Redmond
El artista callejero Carlos Giovanni, que firma como TheyDrift, trabaja sobre el retrato de una trabajadora de la salud para una pieza que lleva el nombre de "Quédate en casa", en Seattle, Washington. REUTERS/Jason Redmond

No dejamos de decir que esto que estamos viviendo a nivel global se parece en todo a una película de ciencia ficción. Sí, sin duda es una sensación correcta. Y también sin duda se trata de una película mala y demasiado larga.

Hoy se sabe que esta pandemia estaba en las previsiones y especulaciones de los científicos desde hacía años. Pero también estamos comprobando que no se ha podido o no se ha querido hacer nada con esas previsiones. Sea como sea, se trata al menos de un fallo en la hora y la manera de plantearlo. No ocurre así en cambio con los guionistas, dramaturgos, y los artistas en general. Estos lo han planteado y presentado innumerables veces y en todas las épocas. ¿Es que los científicos lo hacen mal y los artistas bien? No lo creo. A primera vista un acto artístico es más inofensivo que los de disciplinas como la ciencia y la política. Si un artista se equivoca en sus planteos y previsiones respecto de la realidad, eso no invalida en nada su obra y ésta permanece. El error del científico y del político se paga caro. De cualquier modo creo que hay que empezar a pensar la función del artista en la sociedad más allá del entretenimiento del buen burgués.

Hace menos de un año estuve en una mesa redonda donde exponíamos aspectos de nuestro quehacer un actor neoyorquino, un funcionario cultural de Dublin y yo. Ray Yeats, el irlandés (con quien mantengo ahora una respetuosa amistad), es una especie de Ministro de Cultura de la capital de su país. Contaba en esa charla que estando en funciones convocó a artistas plásticos para que pensaran soluciones respecto de los numerosos suicidios que se producían en uno de los puentes del centro de la ciudad. Los artistas trabajaron duro, intervinieron el puente en cuestión y la tasa de suicidios bajó de manera sustancial. El artista, decía Yeats, puede y debe tener una función dentro de la sociedad más allá de su territorio específico (salas de exhibición, teatros, cines).

Cuando se produjo el 11S me llegó una noticia que ahora dudo si es real o inventada. Para el caso da lo mismo. Leí en alguna parte que tras los atentados la cúpula del Pentágono convocó a los mejores guionistas de Hollywood, los reunió en una oficina y les pidió que imaginaran cómo podría ser el próximo ataque. Curioso. La imaginación del artista como herramienta para operar en la realidad.

Un hombre lleva su barbijo en la ciudad de Bari, Italia REUTERS/Alessandro Garofalo
Un hombre lleva su barbijo en la ciudad de Bari, Italia REUTERS/Alessandro Garofalo

Hoy los científicos, los economistas, los políticos, están haciendo su trabajo lo mejor que pueden. Y ese trabajo está orientado a salvar vidas y aplacar los embates del desastre económico que todo esto conlleva y conllevará. Pero la vida continua mientras esperamos que esas soluciones se produzcan. En el mientras tanto ¿qué hacemos? ¿De qué se trata la vida cuando lo único que hay que hacer es vivir?

El errático progreso

Tengo la suerte de conocer a un teólogo laico con quien hace años tomé una serie de clases privadas. Quería que me instruyese acerca de algunas cuestiones de la Biblia cuyos misterios siempre me fascinaron a pesar de haber crecido en una familia agnóstica. Entre otras muchísimas cosas acerca de las que me desasnó, un día me habló de los profetas. Me decía que al respecto hay un problema de traducción. En general entendemos por profeta un ser que profetiza, en el sentido de que puede anticiparse a los hechos, adivinarlos antes de que se produzcan. Es una profecía cumplida quiere decir para cualquiera que se trata de algo que alguien llamado profeta de algún modo anticipó. Este amigo mío me explicó que eso es incorrecto. Que los profetas no profetizan la realidad sino que la poetizan. Es decir que nada tiene que ver con poderes adivinatorios sino con la capacidad de leer poéticamente el presente, la realidad, o como queramos llamar a eso intangible en el que se produce nuestra existencia. Pero poetizar la realidad no quiere decir ponernos poéticos recitando versos esperanzadores y ese tipo de cosas. Se trata de hacer una lectura transversal de eso llamado realidad. Eso es lo que hacen los profetas / poetas. ¿Por qué sino encontramos en los clásicos ecos de lo que nos pasa ahora mismo o nos pasará mañana? No porque los autores clásicos fuesen adivinos, sino porque en los pliegues de la realidad de cualquier latitud y época se encuentran las mismas resonancias, y son los poetas los que las capturan y registran en sus obras.

Javier Daulte
Javier Daulte

Las circunstancias y condiciones de vida en las sociedades fueron cambiando de manera drástica con el correr de los siglos. El mundo era otro antes de descubrirse América. Otro después de Internet. Y así podríamos pensar en muchísimos más ejemplos. Pero los seres humanos seguimos siendo en esencia los mismos. La idea de progreso es una idea equivocada, o al menos en la acepción vulgar que le damos al término. Se supone que la humanidad progresa y que eso implica que es mejor después de que se inventara la rueda, y aún mejor cuando se descubrió la penicilina, y aún mejor cuando se prohibió el trabajo infantil, etc, etc. Pero curiosamente nuestro psiquismo no progresa. Sigue regido por las mismas leyes desde siempre. Pero no hay que pensar que eso es algo malo. Es lo que nos une.

Cuando, refiriéndonos a los estragos del patriarcado, surgen argumentos tales como era otra época, de inmediato siento que se trata de una falaz justificación. ¿O no podía cualquiera en cualquier época darse cuenta de que maltratar, ningunear, golpear o asesinar a una mujer era algo que estaba mal?

Una trabajadora de la salud llega al hospital Mount Sinai en medio del brote de COVID-19, en Nueva York. REUTERS/Brendan McDermid
Una trabajadora de la salud llega al hospital Mount Sinai en medio del brote de COVID-19, en Nueva York. REUTERS/Brendan McDermid

No es el progreso lo que nos salvará. Sí, sin duda gracias a él se curarán enfermedades como ésta, pero también gracias a él surgirán otras, tanto o más letales que el Coronavirus.

Los 100 días del pavo

En no pocos escritos referidos al tiempo que nos toca vivir he leído citado a Nassim Nicholas Taleb y su lúcido y novedoso concepto de los Cisnes Negros. Y a pesar de que ya muchos afirman que esta pandemia no es un Cisne Negro, recomiendo mucho leer con atención el texto del economista libanés. Desarrolla a lo largo de una seiscientas páginas y de forma muy amena una manera peculiar de ver el mundo y sus fenómenos a todo nivel.

Él afirma que intentar descubrir las claves de lo que pasará gracias a nuestra experiencia pasada es un error. Para hacer clara esta idea da el tragicómico ejemplo de los 100 días del pavo. Un pavo vive en una jaula. Cada día la jaula se abre y una mano pone un poco de riquísima comida en su plato. El pavo come. Pasan 10 días y el fenómeno se repite de manera ritual y exacta. Pasan 20 días más y todo sigue igual. El día 99 no se diferencia de los 98 anteriores. ¿Qué podría hacerle suponer al pavo que el día 100 algo será distinto? Pues ocurre que el día 100 es el Día de Acción de Gracias. La mano no ingresa para dejar comida sino para agarrar al pavo por el cuello, cortárselo y cocinarlo y comerlo en la cena familiar. Obviamente el pobre pavo ignoraba la variable del calendario americano y esa tradición en particular. Hacer suposiciones y especular acerca de lo que vendrá tiene algo que me hace acordar a los 100 días del pavo.

Es siempre interesante leer lo que muchas eminencias en distintas disciplinas tienen para decir acerca de lo que nos ocurre. Y no dejamos de estar atentos a los que con la autoridad que les da su especialidad parecen ser más idóneos y responsables en sus dichos y especulaciones. Pero casi todas las teorías que conocemos (muchas de ellas complejísimas) son teorías que se elaboraron después de que los hechos que las motivaron se produjesen. Todo lo que se sabe acerca de lo que llevó a Alemania a ser un estado asesino y totalitario en tiempos de Hitler es algo que se elaboró tras los hechos. Nadie pudo prever aquel desastre. ¿A qué otros desastres no estaríamos pudiendo adelantarnos ahora?

La plenitud del sinsentido

Todas estas sesudas reflexiones pierden a mi gusto sentido cuando pienso en los que menos tienen y para quienes la falta de agua potable es ya un problema desde hace tiempo. Son muchos, la mayoría, los que están sumergidos; otros muchos están perdiendo lo poco que tenían; otros calculan cuánto tiempo más podrán subsistir pagando los servicios que los provee de lo básico. Los menos pueden preocuparse por su calidad de vida y pueden continuar tomando clases por zoom y tener sus sesiones de terapia on line.

Una mujer muestra los papeles que la autorizan a circular en Buenos Aires, durante la pandemia REUTERS/Agustin Marcarian
Una mujer muestra los papeles que la autorizan a circular en Buenos Aires, durante la pandemia REUTERS/Agustin Marcarian

Estamos viviendo, en el mejor de los casos, la experiencia del sinsentido de modo pleno. ¿Qué beneficio puede obtenerse de todo esto? Yo creo que poco o ninguno. Muchos dicen que la humanidad será mejor, que tendremos más conciencia ecológica y social, que apreciaremos más la posibilidad de movernos libremente por las calles. No lo creo. La humanidad ha pasado por desastres tremendos y no por eso cambió. Yo no siento que esto me esté convirtiendo en mejor persona. Una pesadilla no me hace disfrutar más de mi día. Una pesadilla me hace sufrir mientras dura y al despertar sólo respiro aliviado porque ya pasó.

Que el poder político de los países que habitamos entiendan que la salud pública está mal administrada y que el mayor desastre de lo que estamos viviendo responde a su desmantelamiento obedeciendo las leyes de mercado, es algo que está en nuestros anhelos. Pero dudo mucho de que un significativo cambio al respecto se produzca en los hechos. No al menos de manera natural o espontánea. Habrá que crear estrategias muy complejas para que eso se haga realidad. Y habrá que luchar de forma larga y sostenida.

Este tipo de cosas ha pasado en otros momentos y en otros lugares. Lo que nunca había pasado es que se produjese en todos los lugares al mismo tiempo. No hay espejo donde mirarnos. O mejor dicho, habiendo solo espejos, la imagen que nos devuelve el mirar no nos ayuda a elaborar nada, porque carece de perspectiva. Todos, o muchos, nos lo decimos en nuestros mensajes cotidianos: hay que vivir el día a día. Supongo que es lo que les pasa a los que están en prisión. Pero aún ellos tienen una ventaja. Saben que un día recobrarán o no la libertad. Será horrible, pero no hay incertidumbre.

Enojarse no sirve de nada.

Esperar es algo desesperante.

Resignación es casi una mala palabra.

"Bajemos el telón para cuidarnos", es la leyenda sobre el teatro de la calle Corrientes
"Bajemos el telón para cuidarnos", es la leyenda sobre el teatro de la calle Corrientes

El clímax de la cultura líquida

Me duele todo lo que no puedo hacer en estos días. Me asusta que la gente enferme y muera. Me preocupan los que menos tienen. Pero yo, en mi particular situación, trato de no justificarme. Creo que mucho de lo que no puedo hacer tampoco podría hacerlo si no estuviésemos en cuarentena. La cuarentena y el virus pueden convertirse en los perfectos culpables de todos nuestros males. Trato de no engañarme. Sé que muchos de esos males no provienen de la coyuntura que nos toca vivir. Son cuestiones que ya estaban en mí pero que en el devenir del cotidiano, cuando creemos que todo está bien, se disimulaban o se sobrellevaban mejor. Mi dificultad para concentrarme, mi incapacidad para perseverar en determinadas tareas, mi defectuosa manera de vincularme con otros y otras; de estas y de muchas más cosas no tiene la culpa el coronavirus ni la cuarentena. Tampoco es una época en la que siento que merezca yo ningún castigo por eso. Pero si algo encaja como nunca en nuestra sociedad es el concepto de Cultura Líquida de Bauman. No completo nada, no acabo nada, no profundizo en nada, no termino de leer ningún libro, no llego al final de ninguna nota de fondo, empiezo un escrito y lo dejo por la mitad. Porque este libro me aburre pero seguro que el próximo me entretiene, porque esto que estoy escribiendo es una pavada y seguro que a la tarde se me ocurre una idea mejor, y así con todo.

La tarea

Humildemente lo que intento es terminar al menos una cosa por día. O cada dos días. Y tengo la convicción de que eso es muchísimo. Terminar esto que estoy escribiendo, por ejemplo. Intentar atravesar la experiencia completa. No dejarla por la mitad. Reflexionar a fondo. Sobre lo que sea. Alejarme de los dichos de los supuestos gurúes de cualquier calaña. Crear. Confiar en mí. Confiar en el otro. No postergar. Porque lo inacabado tiene sabor a frustración. Y el coronavirus además de enfermarnos quiere hacernos ver la frustración cara a cara. No se lo voy a permitir.

J.D.

(Buenos Aires, 1 de abril de 2020

Durante la cuarentena del Coronavirus)


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