Tiempos de reclusión, de encierro, de quedarse en el hogar. Todos con la tele encendida mirando de reojo las noticias, o consultando a través del celular, mediante las redes sociales, intentando estar informados sobre la pandemia que azota al mundo y las medidas de cuarentena que se van extremando con los días. ¿Qué hacer frente a aun escenario colapsado y de incertidumbre? Para los lectores, lo mejor es leer.

Infobae Cultura habló con varios autores y autoras que, además de escribir, leen con gran voracidad. Bajo el concepto de “libros que hacen bien”, recomendaron textos apasionantes que disfrutaron más que otros.

Esta es la selección.

Claudia Piñeiro elige: Rey Lear, de William Shakespeare

Me pone de buen humor leer cualquiera de las obras de teatro de Shakespeare. Siento que todo el mundo, todas las personas están metidas adentro de cualquiera de sus personajes. Particularmente mi obra preferida es Rey Lear, que justo leí hace unos días que la escribió estando aislado por una cuarentena. Creo que puede ser inspirador para los escritores también, al igual que cualquier obra de Shakespeare porque uno siente que hay personas conversando y personajes que entran y que salen. En el teatro están todos en movimiento, en una obra de Shakespeare está el mundo en movimiento.

Eduardo Sacheri elige: El mundo ha vivido equivocado, de Roberto Fontanarrosa (Planeta)

Si la consigna es esa, no dudo en recomendar a Roberto Fontanarrosa, con, por ejemplo, El mundo ha vivido equivocado. Porque los cuentos del Negro siempre te tienen con la sonrisa puesta y la carcajada en ciernes, es un autor de la hostia, con un oído privilegiado para reproducir voces. Su manejo de la coloquialidad es envidiable.

Gabriela Cabezón Cámara elige: La bestia ser, de Susana Villalba (Hilos Editora)

"Escarbo / escarbo / escarbo // el hueso de dios / todavía puede estar / en el corazón caliente / de la tierra // tengo celos de dios / el árbol / sólo mira hacia arriba / es imposible para mí / amar a un árbol”: poesía.

Esta hermosura se titula “El perro” y es un fragmento de un poema de un libro hermosísimo de Susana Villalba, La bestia ser. Son tres monólogos: hablan el perro, el árbol y la piedra, de un lirismo loco y material, un lirismo de lo no humano, de lo otro que vive, que hace al mundo junto con nosotros. Bueno, nosotros más bien lo deshacemos.

Son tres monólogos que son tres formas de pensar el amor. La del árbol que dice: “pero también el amor / me dio esta forma / retorcida // la tormenta / y la sed de infinito / deslumbramiento”. La del perro: “la intemperie es una soledad / el amor es un adentro // doy vueltas / alrededor del árbol // le salto / salto de amor / y caigo / otra vez en mí // enamorarse es eso”. Y la de la piedra: "todo es fragmento / polvo del sentido / de las piedras // si mi amor es eterno / también la soledad / incorruptible”.

Y también son tres tiempos estos monólogos, lentísimo el de la piedra, muy lento el del árbol, más veloz, pero es tan hondo su presente, el del perro. Tres tiempos que son el tiempo de la poesía y también otro tiempo posible, uno con silencios, uno que no aturda, uno fuera de las redes: un tiempo necesario para enfrentar esta pandemia de virus y también viral, de redes sociales enloquecidas donde parece estar pasando todo y todo el tiempo sin censuras, sin interrupciones ni antes ni después.

Lean este libro hermoso que va a ser como aire limpio para sus cabezas.

Daniel Guebel elige: La noche politeísta, de Luis Chitarroni (Interzona)

La literatura argentina es riquísima y está en un gran momento. Libros vastos, variados, extremos, sofisticados. Recomendaría libros de mujeres, pero en esta grieta de los sexos creo que los hombres están un poco acorralados, arrinconados, sobre todo porque las escritoras sólo hablan de las escritoras y las periodistas sólo hablan de las autoras y las lectoras sólo compran libros de mujeres, así que, sólo para compensar un poco (los obsesivos somos así), voy a tirar una soga a mi género, y recomendar libros de autores que publicaron este año y son de lo mejor que leí.

La noche politeísta, de Luis Chitarroni. Tampoco importa si Luis Chitarroni exhuma, extenúa y desguaza a Borges, reinstalándole el barroquismo que perdió por culpa de Bioy (teoría de Juan Becerra). Sí, en cambio, que hace estilo como nadie, que piensa como ninguno, que escribe para quien puede seguirlo.

Leyden Ltd (Eterna Cadencia), de Luis Sagasti: obra breve y extraordinaria que demuestra que la tradición de Macedonio Fernández no es un límite ni un fin y que se puede ir más lejos y mejor, con la técnica compositiva de los poemas de Mallarmé.

Enterrados(Edhasa), de Miguel Vitagliano: una obra desaforada y erudita que indaga con frenesí en la tradición, en la traducción, y en el horror de la política nacional. Nadie puede no asomarse aquí, a riesgo de no perder la cabeza.

La parte recordada (Literatura Random House), de Rodrigo Fresán. La última parte de su tríptico sobre la vida, obra y afanes de un escritor, donde Fresán echa una mirada retrospectiva y demente sobre los mitos y los hitos de una juventud perdida.

La conquista, Iris y Construcción (Literatura Random House), de Sergio Bizzio. No importa si un parásito coreano quiso robar el virus del talento al argentino Bizzio, robándole Rabia. Bizzio viene escribiendo de lo mejor de la literatura argentina desde hace años. Su último libro es una lección acerca de cómo hacer arte ligerísimo y complicado con la mayor apariencia de levedad.

¡Felicidades! (Seix Barral), de Juan Becerra. Becerra es el gran novelista realista argentino, que le debe todo y nada a Joyce, Bergson y Proust. Este libro sacrifica a Cortázar, resucita a Néstor Sánchez, revisa y exalta como esquema narrativo válido La Odisea, y construye el primer relato conservador de un autor de vanguardia.

Tamara Tenenbaum eligió: Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Moshfegh (Alfaguara)

Recomiendo mucho la novela Mi año de descanso y relajación porque se trata de una chica que decide que va a dormir todo el año, que está cansada y empieza a armar una estratagema para que una psiquiatra medio sospechosa le ande recetando medicación para dormir todo el tiempo. Está dormida todo el año, no ve a nadie, solamente a una amiga que cada tanto la visita y le trae comida. Lo que tiene interesante el libro es que es gracioso; tiene su emotividad, pero es un libro muy gracioso. Lo estaba releyendo en estos días y pensaba que está bueno para reírse un poco de lo que está pasando, sin dejar de tomarse en serio las precauciones, pero a la vez reírse de esta cuestión del encierro y de cómo la autora logra convertir el encierro en una premisa de humor negro que está buenísima.

Ana María Shua elige: Tres truenos, de Marina Closs (Bajo la luna)

Es un momento buenísimo para conocer a los nuevos autores argentinos. Tenemos un semillero extraordinario. Tenemos gente muy joven que está escribiendo muy, muy bien.

Tres truenos es un libro lindísimo. La autora es muy chica, argentina, misionera. Está escrito con un lenguaje poético realmente extraordinario, que al mismo tiempo no deja de ser una narración interesante y entretenida con tres historias de mujeres que me parecen imperdibles. Es un gran libro. Me da mucho gusto y placer recomendarlo.

Hernán Casciari elige: Borges, de Adolfo Bioy Casares (Editorial Destino)

Sin duda para esta época el libro imprescindible —porque es interminable, porque lo podés agarrar de cualquier lado— es el Borges, escrito por Bioy Casares. Es una recopilación de su diario íntimo que escribió durante toda su vida, una recopilación de las partes en donde aparece Borges, que son muchas, y es maravilloso porque ahí descubrimos que Borges y Bioy vivieron una especie de coronavirus permanente: estaban todo el tiempo encerrados en la casa de Bioy revisando discos, libros, historias, es decir, navegando en internet antes de la existencia de internet.

Es un libro maravilloso porque además de desmitificar la dos figuras, la de Borges y la de Bioy, sobre todo la de Borges, nos enteramos de un submundo de chusmeríos y de superficialidades que la mayoría de la gente no sospecha en la conversación privada de estos dos escritores. Ese es el libro. La mala noticia es que el que ya no lo compró hace unos años no lo podrá tener porque es tan gordo y tan bestia que ha dejado de editarse, y en Mercado Libre y esos lugares está carísimo.

Agustina Bazterrica elige: El papel preponderante del oxígeno, de Ángeles Salvador (Reservoir Books)

Un libro que a mí me hizo mucho bien es El papel preponderante del oxígeno de Ángeles Salvador. ¿Por qué? Lo estaba leyendo arriba de un avión, mientras escuchaba música con auriculares, y estaba tan cautivada por la lectura que nunca me di cuenta de que estábamos aterrizando y me asusté cuando el avión llegó a tierra. Ése es el poder de este libro.

Ángeles tiene la capacidad de abordar una historia que puede parecer simple o llana, una peluquera en la época de Menem, con una mirada de una potencia y originalidad que pocas veces leí. Es capaz de hablar de aquellas cosas que el resto solo intuimos. Es un libro lleno de humor, de ironías, podría ser un diario sobre experiencias sexuales, pero también es una radiografía de una época anestesiada, pero además habla de la soledad de una persona y de las distintas formas de lo que llamamos amor. Es delirante, explosivo, mágico.

Ya lo leí varias veces y en cada una de esas lecturas sigo encontrando nuevas formas de mirar el mundo y por eso lo recomiendo, porque cuestionar la realidad y transformar la mirada a mí me hace bien.

Julián López elige: Autorretrato en el estudio, Giorgio Agamben (Adriana Hidalgo)

Es un libro que recupera la arqueología propia del lugar de trabajo, de los estudios en los que trabajó Agamben. Pero, sobre todo, está la recuperación de una perspectiva fundamental: la huella de les otres en el espíritu, en la indagación propia, en el trabajo sobre lo propio. Está lleno de tono y de dulzura, por eso hace bien, por eso reconforta, sobre todo en este momento.

María Teresa Andruetto elige: Los enamorados, de Alfred Hayes (La Bestia Equilátera)

Pienso en libros que siendo bellos no sean catastróficos, que nos lleven a otras zonas de pensamiento, de emociones, desde poemas hasta algún fragmento de Gente conmigo de Syria Poletti o de Guiando la hiedra de Hebe Uhart o El trino del diablo de Daniel Moyano, todos libros muy conmovedores, que apelan fuertemente a lo emotivo.

Pero para recomendar me quedaría con Los enamorados, una novela de Alfred Hayes. Lo recomendaría porque es una historia de amor. Una complicada historia de amor desde la perspectiva de un varón. Casi siempre las historias de amor están contadas desde la perspectiva de las mujeres y aquí es un hombre contando, confesándose acerca de cómo está él: perdido en los laberintos del amor.

Pablo De Santis elige: Deleite, de J.B. Priestley ()

Si hay libros que me ponen de buen humor, son las colecciones de ensayos breves de Gilbert K. Chesterton. Cualquiera puede servir: Maestro de ceremonias, Enormes minucias, o el volumen que reúne sus escritos sobre el género policial. Chesterton es sabio y a la vez es alegre. Considera a la alegría un deber no porque ignore la tristeza, sino porque la conoce muy bien. Chesterton escribía estas páginas para periódicos, por eso son textos breves, contundentes y están llenos de humor.

En general elige un tema, pero solo para hablar de una cosa bien distinta. Nos dice que la arquitectura es un arte nocturno, como los fuegos artificiales; que a los niños les desagrada estar solos, porque estar solo es una idea espantosa. Cuando alguien critica un libro por no ser otra cosa que una selección de fragmentos, él señala que toda nuestra filosofía y nuestra religión y nuestra propia vida no son más que colecciones de fragmentos.

La mayoría de los libros, sabemos, habla de cosas tristes. Partidas, batallas, corazones rotos, muerte: qué haría la ficción sin su alimento de percances y desgracias. J.B. Priestley, autor del famoso drama Ha llegado un inspector, eligió, en cambio, escribir un libro sobre la felicidad. Se llama Deleite, y en él se propuso enumerar y comentar algunas de sus pequeñas felicidades. Que yo sepa, es el único que se propuso una meta semejante. He buscado el libro en la biblioteca, también en mi memoria. En vano: sólo recuerdo el título de uno de sus breves capítulos: “Leer novelas policiales en la cama”. Como dice Chesterton, nuestra mente es una biblioteca mal catalogada.

Esther Cross elige: Vidas breves de idiotas, de Ermanno Cavazzoni (Eudeba)

Un libro que siempre me hace bien es Vidas breves de idiotas, de Ermanno Cavazzoni. Más lo leo, más me río. Es una suma de relatos breves, a razón de uno por cabeza (de ese tipo de cabezas, se entiende), llenos de gracia y sensibilidad, que cuentan la manía de cada cual: el genio (si puede llamarse genio) y figura de cada uno de estos verdaderos personajes.

Me acuerdo especialmente de “El novelista realista”, “El perito aeoronáutico” que remodela un viejo Fiat para huir volando de la vida familiar, “La mujer llamada ballena”, “Las excursiones de los domingos” de una familia que era normal “salvo cuando iba en auto” y el falso noble que no hace gestos ni ríe para que no se le arrugue la cara ni se agriete una laca que usa sobre la piel.

Y lo mejor es que esas manías son una especie de lema del alma, un rasgo propio al que se aferran y los vuelve humanamente comprensibles. Irónico pero nunca humillante, Cavazzoni es un genio del humor. Y en este caso con una excelente traducción de Guillermo Piro.

Guillermo Martinez elige: La luz negra, de María Gainza (Anagrama)

Elijo La luz negra, de María Gaínza. En tándem con Bellas Artes (Eterna Cadencia) de Luis Sagasti porque marcan los puntos más altos de un nuevo modo de pensar la novela, cómo motivos musicales que retornan y envuelven historia, pintura, reflexiones filosóficas y pequeñas ficciones en el filo de lo real.

Ariana Harwicz elige: De un castillo al otro, de Louis-Ferdinand Céline

Mí elección sería De un castillo al otro de Céline. Es justamente la relación con el relato siempre falso y siempre el único verdadero que tenemos a mano de su infancia y adolescencia. Y el relato de sus padres. Se trata de otro confinamiento. El de asesinos y oficiales nazis. Pero toda vida, vivida, es en cierto modo un confinamiento y todo hombre un castillo.


*La idea de esta producción se basa en una nota publicada en The New York Times


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