(Maximiliano Luna)
(Maximiliano Luna)

Federico Jeanmaire habla bajito, muy bajito. Se ríe mucho, Jeanmaire, con una risa contagiosa, de la que es difícil desprenderse. Una risa que le llega a los ojos claros, que se achinan en la conversación divertida. Nacido en Baradero (un nombre propio que seguramente no ha de faltar en ninguna de sus conversaciones), el escritor argentino entabla charla con facilidad y en una lengua llana, que poco y nada tiene que ver con lo elaborado y exquisito de su obra robusta, compuesta por novelas sofisticadas y por momento experimentales, que tras una aparente sencillez esconden algunas de las apuestas más audaces de la narrativa argentina. Dos de esas apuestas renacieron por estos días en función de la coyuntura y los aniversarios. Una es Fernández mata a Fernández y Más liviano que el aire, de cuya publicación se cumplen 10 años. Para hablar de estas novelas, de su obra, de sus lecturas, de Cervantes -su gran amor literario- y de su amor por la cultura china (que tanto tiene que ver con gran parte de su literatura), Jeanmaire pasó por Vidas Prestadas, el programa de Radio Nacional. Lo que sigue es la transcripción de esa charla.

— Recientemente reeditaron una novela tuya del 2011, un libro que tiene un título que hoy adquiere otro sentido: Fernández mata a Fernández. Lo primero que tengo para preguntarte es, ¿es una novela o es una obra de teatro?

— Ay, esa pregunta. No sé, yo uso la palabra novela para muchas cosas que no sé si en realidad son novelas. Me lo estoy preguntando mucho más ahora. Sobre todo, no con ese libro en particular, pero sí con los últimos, y he llegado a la conclusión de que los últimos ya son libros. Me gusta decirles “libros”, como les decía Marguerite Duras, que la amo.

— El género libro (risas).

— Exactamente. Porque creo que ya incluso la palabra novela dice bastante poco, porque entra tanto...

— Escuchamos hablar mucho de autoficción. La autoficción aparece casi como el género novela privilegiado, por lo menos en estos últimos años.

— Sí, claro. Yo acabo de terminar de leer ayer una novela de una chilena, extraordinaria, María José Ferrada -creo que le pegué el apellido, tengo una memoria horrible- que se llama Kramp, que creo que la van a publicar el año que viene acá, y claro, es autoficción. Y ya en la misma tapa aparece algo que te dice que eso es autoficción, pero también se presenta como novela. Y creo que ya dejó de ser interesante la disquisición acerca de qué cosa es cada cosa y me quedo con la palabra libro, me quedo con Marguerite Duras y que en un libro pueda entrar lo que el autor quiera, ¿no?

— La pregunta por si Fernández mata a Fernández es una obra de teatro viene a cuento porque se trata de un texto completamente dialogado, en el cual además todos los personajes tienen el mismo apellido, que es Fernández, y en donde además no hay guiones. De lo que se trata, justamente, es de ir leyendo y prestando absoluta atención para tratar de ver quién está hablando y cuándo termina de hablar un personaje para que hable otro. Si lo viéramos en teatro, eso se definiría mucho más fácilmente porque estaríamos viendo a los personajes. Pero en tu libro no hay una narración que enhebra estos diálogos o “triálogos”, o conversaciones, o como querramos llamarlo, que van desentrañando además el enigma, porque hay una suerte de policial. ¿Cómo fue escribir esta novela?

— Bueno, primero fue muy divertido. Y con respecto a todas las cosas que dijiste, algunas te puedo aclarar.

— Dale.

— Si es teatro o novela: mi idea, una entre tantas ideas locas que tengo, es que la novela es una hija del teatro, la hija dilecta del teatro. Eso me viene de cuando estudiaba mucho el Siglo de Oro y el Quijote. En realidad la primera novela moderna, que es el Quijote, se escribe a partir del saber de un tipo que se llamaba Cervantes cuyo gran saber era el teatro, entonces el Quijote es básicamente el diálogo entre dos personajes, aunque tiene todo un juego narrativo impresionante. Pero no deja de ser lo que en ese momento se usaba en el teatro: un héroe que necesita de alguien, de un lacayo, para poder pensar en voz alta. Entonces, cuando pensé ésta novela y esa serie de novelas que aparecieron en ese tiempo, la pensé por un lado desde el punto de vista cervantino y del nacimiento de la novela. Si es que la novela se está terminando -para convertirse en otra cosa- estaba bueno hacerle un homenaje de alguna manera y, por otro lado, a partir de todo lo que estaba en el discurso social y político de ese momento, que era la idea de “relato” (N. de la R: año 2011). Y ahí lo engancho con otra de las cosas que dijiste: “no sé si esto es un diálogo o una conversación”. En realidad éste libro, y otros, como Más liviano que el aire por ejemplo, en realidad son monólogos. Monólogos que se encuentran con otros monólogos y por eso también es que hay mucho superfluo en lo que se habla, porque los monólogos están llenos de superficialidad.

— De trivialidades, claro. Ahora, son monólogos que se cruzan, que se encuentran.

— Que chocan.

— Que chocan, claro. Qué argentinidad eso, ¿no?

— Exacto.

— Qué difícil llegar a alguna conclusión si solo estamos hablando para escucharnos a nosotros mismos y no para escuchar al otro. Hay algo de eso en tu libro.

— Hay mucho de eso, porque esa fue mi manera de decirlo. Mi manera de entender ese momento histórico de Argentina en el cual se hacía muy difícil charlar. Por suerte aparentemente ahora vamos hacia otro lado, ¿no? O esperemos que lleguemos. Si no, tendría que volver a escribir este tipo de novelas.

— Sí, por ahí con otros apellidos.

— O con los mismos.

— También, es verdad. En alguna de las entrevistas que te hicieron decías que la aparición de esta idea para escribir la novela surge de un viaje a China. ¿Qué tienen que ver la grieta y los monólogos que se chocan con China?

— Eso fue muy divertido, porque yo fui a China con mi hijo. Fue cuando gané el Premio Clarín, viajamos con la plata del premio, o sea que mi hijo tenía 15 años. Y era muy divertido porque los primeros días en China nuestros chistes eran tenían que ver con de dónde habían sacado los occidentales que los chinos eran todos iguales, porque son realmente muy distintos apenas estás un par de horas en China. Entonces, ahí por primera vez tuve la idea de escribir una novela en la cual todos los personajes se llamaran igual. Y bueno, cuando me puse a investigar un poco descubrí que, por ejemplo, en Corea hay solamente tres apellidos, o sea que en Corea ésta novela no tiene nada de raro. Acá sí porque acá vinimos de todos lados, más los que estaban. Pero hay países en los cuales no hay tantos apellidos y son los nombres los que marcan la diferencia. Y, bueno, todas esas tonterías por lo general terminan en mi caso en una novela. No hay mucho más que eso.

— En la novela hay también un episodio con una señora mayor que alimenta a las palomas y a la que los habitantes de la cuadra empiezan a correr; hay “piquetes de la abundancia”, por llamarlos de algún modo, en barrios ricos en los que intentan que las palomas no lleguen. ¿De dónde surge eso?

— Bueno, viste cómo es la ficción. Básicamente yo vivía en la esquina de Hipólito Yrigoyen y Sarandí y había una señora que se bajaba del colectivo con una bolsa de pan y en la esquina esa, en la cual ella no vivía, le daba de comer a las millones de palomas que viven en Congreso. O sea, era a una cuadra de Congreso. Y la paloma es el animal más sucio y más horrible, perdón para la gente que ama a los animales, yo amo a los animales pero no a las palomas, porque tuve que convivir todos esos años que viví ahí con millones de palomas que viven en tu casa prácticamente. Dejás abierta la ventana y te entran. Y bueno, intentamos muchas veces con los vecinos hablar con la señora, convencerla de que fuera a otra esquina, o de que probara en la esquina de su casa, sin ir más lejos. Pero la señora siguió yendo. De hecho yo me mudé hace 12 años de ahí y hasta hace poco caminaba por ahí y la veía, seguía yendo. Entonces, mi idea, cuando empecé la novela, era matar a esa señora. Matarla literariamente. Respecto del piquete…

— Perdoname, pero eso es interesante. O sea, para un escritor se puede resolver una pulsión de muerte interesante a través de la literatura (risas).

— Claro, sí. Y nos hace unas personas mucho más civilizadas.

— Está muy bien eso.

— Hay una cosa muy simpática y es que después de que sale la novela, yo no me acuerdo si fue en el 2013 o por ahí, hubo un piquete por las palomas en Recoleta. Muy cerca de donde yo vivía, que era Paraná y Arenales. Un poco más abajo, creo que en Sánchez de Bustamante, el gobierno de la Ciudad trajo halcones creo, o no sé qué, para matar palomas por el piquete que se armó.

— O sea, es una novela visionaria por donde se la mire.

(Risas) No, yo me divertí mucho cuando vi la noticia por la tele. Hubo notas también en La Nación me acuerdo, las leí todas. Porque yo imaginé la historia como una cosa imposible y finalmente sucedió algo muy parecido.

— Y cuando la ex presidenta Cristina Kirchner hizo el anuncio de la fórmula Fernández-Fernández, ¿qué pensaste ese día?

— No, fue impresionante. Porque yo justo creo que había abierto Instagram, que nunca había tenido ninguna red, entonces me empezaron a llegar cosas, también por el WhatsApp, cosas que aparecían en Twitter y no sé de dónde, de un montón de gente que decía “uy, qué visionario”.

— Hablamos del viaje a China y pienso enseguida en una de tus últimas novelas, que a mí me gusta mucho, que es Tacos altos, en donde la protagonista es una jovencita de 15 años. Ella es china, vivió en la Argentina, tuvo que volver a China después de una tragedia a vivir con sus abuelos y es intérprete en una corporación. Justamente se trata de alguien que trabaja los entresijos de la lengua. ¿Esa novela también surgió de ese viaje?

— Sí y no. Esa novela surge de mi amor por lo chino. Y el viaje surge de mi amor por lo chino. O sea, que tienen un mismo nacimiento. Yo sabía que en algún momento iba a escribir una novela china. Y bueno, en ese momento se dio justo; fue en diciembre del 2013, por ahí la gente no lo recuerda pero fue un diciembre muy complicado, con huelgas de policías de muchas provincias, y hubo saqueos, muchos muertos, pero todos en la provincia, y cuando pasan las cosas en las provincias parece que es mucho menos importante en Argentina. Pero hubo más de veinte muertos. Bueno, en esos días hubo un solo hecho en el Gran Buenos Aires, en Glew, que fue éste que tomé para la novela, que fue en un supermercado chino que estaba frente a la plaza de Glew. Se juntó un montón de gente para saquearlo, el dueño se encerró adentro del supermercado y se lo incendiaron. Habían salido solamente dos notas, en una se decía que el chino había preferido morir, no salir, y en la otra, que no había podido salir porque tenía todo cerrado.

— En Tacos altos, la protagonista está teniendo como su propia venganza personal de una tragedia familiar. Una especie de Emma Sunz china, ¿no?

— Sí. Lo que a mí me hace dudar en el tema de la venganza es que no sé si es tan venganza porque no hay algo premeditado. En ella no hay casi nada premeditado y creo que la situación la lleva a eso. Y en ese sentido es distinto a otra venganza, por ejemplo la de Emma.Yo creo que es de casualidad, como casi todo en esa novela.

— Uno de los puntos más fuertes de Tacos altos tiene que ver con la lengua, y es que se trata de una escritura en permanente presente, lo que le da un tono casi poético, un tono lírico a la narración y que es tan original. ¿Cómo surge esa idea?

— Bueno, ya te hablé de mi amor por lo chino y ese amor por supuesto abarca la cultura y la lectura de lo chino. Yo sabía que el idioma chino no tenía tiempos verbales y yo siempre tengo el problema, no sé lo que les pasa a otros escritores, pero a mí me pasa que estoy muchos meses con la primera página de mis libros. Hasta que encuentro el tono, qué quiero hacer. Hasta que entiendo qué es eso que estoy haciendo. Y con esta novela tenía veinte, veintipico de páginas, y bueno, se me ocurrió. Y lo probé y empecé a disfrutarlo enormemente porque me di cuenta de que cambiaba muchísimo la novela. Que modificaba incluso cosas muy importantes al punto de que un lector normal como puedo ser yo en algún momento no supiera cuándo estaba pasando cada cosa.

— ¿Pero no se corría el riesgo de generar una confusión en el lector?

— Bueno, en Fernández mata a Fernández pasa lo mismo.

— Y también te iba a preguntar lo mismo.

— En el caso de que se provoquen confusiones en algún tipo de lector, bienvenidas. En mi vida todas las confusiones que se me producen las agradezco. Es mucho mejor para mí estar confundido que estar seguro de algo. Y pienso que en mis textos está bueno.

— Recién decías “soy un lector común” y no es cierto. No solo porque estudiaste Letras, no solo porque sos un escritor/lector, sino porque además viviste en una biblioteca durante años, todas tus noches trabajando allí (N. de la R: Jeanmaire trabajó muchos años en la Biblioteca del Congreso). O sea, sos un lector calificado. ¿Qué clase de lectura que te pueda generar este tipo de “confusión” es la que te atrae?

— Bueno, por ahí tendría que haberlo pensado un poco más, pero te voy a contestar con lo que me está pasando hoy con un libro particular. Empecé a trabajar el tema de la vejez y de la muerte hace unos años, hace dos o tres años, y lo que estoy escribiendo está todo ligado a eso en este momento. Yo había comprado un libro en la década del 90 de Simone de Beauvoir, La vejez, y cuando intenté leerlo en aquel momento no me dijo nada. Pero quedó. Viste que los libros te quedan en la biblioteca. Bueno, hace dos o tres años soy un fan de ese libro. Lo leo y lo releo. Yo subrayo mucho en los libros. Creo que estuve muy confundido en la década del 90 y que sigue confundiéndome ese libro. Mi hijo, por ejemplo, cada vez que llega a mi casa agarra el libro y dice ya no te va a quedar ninguna oración sin subrayar. Ese tipo de confusiones, de aquello que te hace en un momento levantar la cabeza, qué sé yo, sacar los ojos de la página y plantearte un par de cosas que no te las habías plantado. A ese tipo de confusiones me refiero.

— Antes dijiste que cuando viajaste con Juan a China fueron con la plata del Premio Clarín, del que se cumple un aniversario.

— Sí, 10 años. Edhasa, que es la editorial que ahora tiene los derechos, sacó una edición aniversario de Más ligero que el aire y me pidieron un prólogo que hice contado un poco cómo fue que escribí esa novela.

— Hablábamos antes de esa novela también, en relación a la cuestión del diálogo, monólogo, que se cruza.

— Sí, sí, fue la primera de esa serie.

— Y fue obra de teatro, con Betiana Blum como protagonista.

— Sí claro. Bueno, Fernández mata a Fernández no fue de teatro de casualidad, porque…en aquel momento que salió la novela vino una directora muy importante, fuimos a hacer los papeles, estaban los actores. Pero al final no se hizo, nunca se hizo. Pero claro, porque es muy teatral. Yo no me acuerdo de nada. Por eso leo La vejez.

— Por eso leés a Simone de Beauvoir.

— Claro.

— Y qué te dice esa novela hoy, porque ahí hay una protagonista que tiene que ver con la vejez y vos hace diez años no te estabas preguntando por las mismas cosas que te preguntás ahora.

— No, no, no, para nada.

— ¿Entonces?

— Hoy me dice cosas. Es de lejos el libro mío que más se vendió. Se sigue vendiendo. Qué sé yo, todos los años se venden muchísimos ejemplares, es algo que no termino de comprender. Mis pensamientos son casi siempre muy circulares, siempre me acuerdo de que a Cervantes no le gustaba el Quijote, y no entendía por qué la gente leía el Quijote y no leía La Galatea. En mi caso, me pasa más o menos algo así, de no entender qué es lo que pasa con esa novela. Supongo que dice cosas que no sé ni siquiera yo. Creo que habla sobre el momento de violencia de la sociedad y de un montón de cosas que creo que me excedieron. Algunas cosas fueron buscadas, el hecho de que la palabra del chico no aparezca en la novela fue una cosa buscada porque…

— ¿Cómo surgió esa novela?

— Es muy divertido. Yo había empezado a salir con una productora de televisión, que bueno, hoy es la productora general de Telenoche, en aquel tiempo era productora ejecutiva, y entonces, bueno, yo nunca había visto un noticiero por la tele, y cuando empezás a salir con alguien querés saber qué es lo que hace y tener algo de qué hablar cuando te encontrás, entonces empecé a ver Telenoche. Y uno de los primeros días apareció un caso de una señora de La Paternal. Un chico había entrado a su casa a robarle y ella lo había sacado a escobazos y los vecinos habían tenido que defender al chico de la señora. Y así, con eso, la idea de la novela.

— Recién volviste a mencionar a Cervantes y sos el autor de Miguel. ¿Qué te pasa hoy con esa biografía de Miguel de Cervantes?

— Bueno, me pasó algo muy, muy bonito que fue que en el 2016, cuando fui a presentar Tacos altos a Barcelona. Herralde, que es el editor de Anagrama, hizo una edición de homenaje porque se cumplían los 400 años de la muerte de Cervantes. Entonces cuando lo voy a ver, era marzo del 2016, y me dice: mira el regalo que te tengo, y saca una reedición de la novela.

— Qué bueno.

— Y para mí esa novela es mucho porque yo estuve cuatro años trabajándola. Y bueno, la quiero, la amo, porque fue también la última novela que trabajé en máquina de escribir. Y entonces era un lío, porque cada corrección yo tenía que pegarle papeles encima, fotocopiarla, que no se notara que estaba corregido. No sé, me hace acordar de muchísimas cosas muy bonitas de mi vida.

— Qué impresionante eso.

— Sí.

— ¿Leés autoras mujeres además de Simone de Beauvoir? ¿Pares, escritoras argentinas?

— Sí claro, sí, sí.

— Hoy se ven muchos más libros firmados por mujeres. ¿Sentís esa diferencia también como autor en este caso?

— No, yo creo que ahí hay dos cuestiones. La primera es que no creo que haya más autoras mujeres pero sí que hay más autoras mujeres publicadas, por suerte. Y hay una segunda diferencia en Argentina y es que hay tres o cuatro autoras mujeres muy buenas y que hoy creo que buena parte de lo mejor de lo que se escribe pasa por ahí.

— ¿Querés dar algún nombre?

— Sí, claro. A mí me gusta mucho Mariana Enríquez. Me encanta. Me gusta Selva Almada. Y me gusta muchísimo, pero muchísimo, Gaby Cabezón. Son mis tres favoritas. Y bueno, creo que todo es muy merecido, digamos. Y que, de algún modo, siempre supimos que la mayor parte de los lectores son mujeres. Pero no era así con los escritores, que eran siempre, históricamente, varones. Entonces me parece que está muy bien eso.

— ¿Regalás libros?

— Le regalo muchos libros a Juan. Es más, con él tengo un arreglo desde que se fue a vivir solo: cada libro que él leyera de mi biblioteca, se lo quedaba. Hoy cada vez que necesito un libro tengo que ir a buscarlo a la casa porque se llevó los mejores, obviamente. Y sí, regalo libros, sí. Además de a Juan. Sí, soy de regalar libros.

(Maximiliano Luna)
(Maximiliano Luna)

— ¿Hay algún libro que hayas regalado mucho más que otros? ¿Te acordás de cuál puede ser el libro más regalado?

— Bueno, suena medio tonto pero es el Quijote. En un momento dado empecé a coleccionar ediciones antiguas del Quijote. Gastaba un montón de plata que no tenía. Y en el momento en que me di cuenta de que no podía seguir con eso porque iba a causar un problema en ese momento familiar, porque estaba viviendo todavía con la madre de Juan, una Navidad regalé casi toda mi colección a los mejores amigos. A Fernando Fagnani, uno. A Silvia Hopenhayn, otro. A varios. Y me quedé solamente con dos o tres y corté con esa locura de comprar ediciones viejas del Quijote.

— Vamos a hacer una vaquita y te vamos a comprar alguno.

(Risas) No, no porque no quiero empezar otra vez.


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