“Bajo lluvia, relámpago o trueno” (Entropía), de Fermín Eloy Acosta
“Bajo lluvia, relámpago o trueno” (Entropía), de Fermín Eloy Acosta

Bajo lluvia, relámpago o trueno empieza justo antes de que se desate una tormenta. En campo abierto, asistimos a una acumulación de signos e impresiones que anuncian que el cielo está a punto de desgarrarse... Lo que sigue es la voz de una muchacha que intenta cumplir con la última voluntad de su madre: ser enterrada en Villa Evangelina, un mítico pueblo al otro lado de la provincia. Junto a su tía Rudes y a su hermana adoptiva Elena, la protagonista contrata a Pedernera, un baqueano tuerto, para que las conduzca en carreta, mientras vigilan de cerca el ataúd. A medida que avanzan, y en recodos muy específicos del camino, la voz del fantasma de la madre interrumpe a la de la hija para conversar, aconsejarla o, directamente, darle órdenes que tratan de prevenir los sucesos que se aproximan. Durante esa travesía, el paso del tiempo se torna ambiguo, lo mismo que las intenciones de personas, animales o fenómenos meteorológicos que escoltan y amenazan a los personajes. Sobre la caravana, además, sobrevuela una magia ya inútil que los arrastra hacia el infortunio. Si se la mira de lejos, Bajo lluvia, relámpago o trueno es una novela que avanza por el paisaje como lo hacen las fuerzas de la naturaleza: sin piedad, sin control y, en muchos casos, sin ofrecer respuestas sobre el desastre que dejan a su paso.

Trabajé en este libro sin tener una idea previa sobre la historia o el derrotero que iban a trazar los personajes. Cuando escribo me gusta soltarlos al vacío, dejarlos avanzar, generar las condiciones para que las cosas sucedan, se anuden o se desanuden. Dotarlos de cierto carácter y después permitir que algunas imágenes vayan llamando a otras. Recuerdo que cuando empecé a estudiar dibujo en la universidad nos pedían que pintáramos con lápiz blanco sobre una hoja negra a la luz de una vela, para que visualizáramos la escena a partir de las zonas donde rebotaba la luz y no al revés. En ese lugar donde las cosas se iluminaban se armaba el retrato. En mi caso, escribir es como caminar con una linterna en la oscuridad, algo que les ocurre de forma literal a los personajes de esta novela en varios tramos del libro. De hecho, creo que la novela terminó siendo un registro casi exacto de ese caminar a ciegas tan hostil como placentero que puede resultar el ejercicio de la escritura.

Estudié, y me dedico a enseñar, narrativas audiovisuales. Y tengo muy interiorizada la conocida fórmula clásica de tres actos de los guiones cinematográficos: principio, desarrollo y desenlace. Traté de no perderla de vista durante la escritura: que las cosas llegaran a puerto, que hubiera elementos que mantuvieran en vilo a quien leyera, como si escucharan una historia alrededor de un fogón. Pero esta novela no es una historia tradicional. Quería que la ficción se desviara, tuviera mesetas, asperezas, accidentes, toda una geografía del territorio que se extendiera a la forma en que estaba escrito. Y es que el territorio es un personaje más de esta novela. Cuando empecé a escribirla, contaba apenas con un puñado de imágenes pero sabía que quería crear una atmósfera rural, por momentos desértica, ese ambiente silvestre de los pueblos del centro bonaerense, donde crecí. Y quería que ese universo estuviera habitado, casi en exceso, por plantas y animales, como un gran cuadro repleto de pequeños detalles.

Fermín Eloy Acosta (Ana Acosta)
Fermín Eloy Acosta (Ana Acosta)

También me interesaba que el relato tendiera un puente con la literatura de género y en especial con los recursos que posibilita el fantástico o la novela gótica, donde los personajes pueden ubicarse entre la alucinación y la realidad, la sorpresa y el espanto. Quise trabajar esa veta: la imprecisión entre lo animal y lo humano, lo vivo y lo muerto, lo mágico y lo real, todas ambigüedades que juegan un papel central en el mapa de este mundo. Quizá por eso me atrajo el fin del siglo XIX. Porque albergó la convivencia (no siempre pacífica) de varios modelos de pensamiento que estuvieron a medio camino entre la superstición, el esoterismo y la ciencia positivista: fue el período de la fotografía de fantasmas, el decadentismo, las teorías lombrosianas, la invención de la histeria femenina, el nacimiento del cine y el espiritismo.

Creo que esa transición difusa está presente en el libro, como una topografía que los personajes van alumbrando, un mundo que es testigo de su propio declive. El tiempo histórico de la novela es una recreación esmerilada de esa época, que traté evocar o recrear ficcionalmente, sin ataduras historicistas, borroneando toda marcación temporal y espacial. Ubicar una voz en un tiempo tan lejano suponía un desafío pero también habilitaba la potencia creativa de no atarse al presente: cada palabra que usaba para nombrar un objeto, una planta, un animal fue cuidadosamente seleccionada. De hecho, uno de los personajes, Rudes, la tía de la protagonista, una vieja que va en el pescante de la carreta con un arma en la falda, suena muy parecida a mi abuela cuando cuenta las experiencias de su vida en el campo. Mantuve largas conversaciones con ella para nutrir el habla de ese personaje. Otra serie de escenarios que recorren el texto recrean las sensaciones que tuve de chico al leer un texto infantil de Guillermo Hudson en la mítica colección Robin Hood. También recurrí al recuerdo difuso del hastío que me producía viajar en el asiento de atrás del auto de mis padres cuando salíamos de vacaciones: lo único que había para ver eran los cardos, los pájaros, las lagunas o los árboles solitarios que se alternaban una y otra vez.

Me gustaba la idea de un relato que fuera la larga evocación de una única voz que guiara todo el trayecto, que cayéramos en una especie de ensoñación, como una telaraña donde se perdiera la referencia entre lo real y lo imaginario, el sueño y la vigilia. Mi plan era que, a medida que esa voz se fuera gastando a fuerza de hacer ese viaje, el acto de lectura también se desintegrara, a la manera de una nave espacial que va dejando atrás sus pedazos mientras sale del planeta. Quizás por eso para mí fue tan importante el argumento como el desarrollo de una forma particular del texto que también va desgarrándose.

El título, Bajo lluvia, relámpago o trueno, llegó al final. Quería algo que sugiriera la invocación mágica de las fuerzas de la naturaleza pero también lo ingobernable del territorio. Una de mis ideas iniciales tenía que ver con la idea del galope que atravesaba el campo y aludía más al ritmo de la escritura, a la musicalidad del texto y al tema del viaje. La sugerencia definitiva fue de Hernán Ronsino, a partir del epígrafe de Macbeth que está al inicio del libro y que traza relaciones muy particulares entre las mujeres protagonistas y el mundo en que se desencadenan los hechos.

Finalmente, resta decir que fue un proceso de alrededor de tres años que se inició en 2016. En aquel entonces había llegado, gracias a Leopoldo Brizuela, a una serie de lecturas que narraban la atmósfera rural del sur estadounidense. Esos libros, escritos en la primera mitad del siglo XX y agrupados bajo el mote de gótico sureño norteamericano, me entusiasmaron muchísimo. Pero también tuve muy presentes las escrituras de una serie de autoras que habían imaginado voces marginales para narrar el paisaje argentino desde lugares y puntos de vista muy heterogéneos. Le di forma al texto en una clínica con Julián López, cuyo acompañamiento fue central para el desarrollo del proyecto. El trayecto final fue en el taller que ofreció Hernán Ronsino en la Bienal de Arte Joven. En mayo de este año recibí el primer premio de la Bienal en la categoría novela de manos de un jurado conformado por Selva Almada, Félix Bruzzone y la editorial Entropía, que fue lo que me permitió publicar la novela.

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