
Hace nueve años que tengo Aristipo Libros, una pequeña librería de usados especializada en literatura, filosofía y ciencias sociales.
En todo este tiempo conocí a personas muy particulares, seres extraordinarios que parecían salidos de una novela de Marechal, locos solitarios, genios desconocidos, jóvenes soñadores, lectores voraces, libreros obsesivos, poetas, filósofos, coleccionistas, buscadores de tesoros, amantes de la literatura; todos ellos, de alguna manera maravillosa, convocados por ese objeto mágico y misterioso que es el libro. También viví alguna que otra aventura al ir a comprar una biblioteca, y escuché muchas historias.
Durante los primeros cuatro años fui tomando notas en un cuadernito rojo, algunos apuntes, frases, ideas para cuentos. Con el tiempo, el cuadernito se fue llenando de garabatos. Hasta que un buen día empecé a escribir unos textos que yo siempre llamé crónicas pero que en realidad son cuentos, relatos. Esto fue hace cinco años.
De a poco y sin apuro, fui dando forma a estas crónicas. Muchas veces las dejaba y después las retomaba, y algunas veces, cuando me parecía que valían la pena, las publicaba en Facebook o en el suplemento de cultura del diario La Capital de Rosario. En total escribí más de sesenta. Sólo publiqué algunas.
Hace más de dos años, Miguel y Valentina de la editorial Bajo La Luna me dijeron que si algún día decidía armar un libro con las crónicas de la librería, se lo mandara, que lo querían leer. Les dije que les tomaba la palabra, pero que todavía faltaba para eso. Las crónicas aún no estaban maduras. Ya les iba a avisar.
Seguí escribiendo, con paciencia y constancia, sabiendo que, tarde o temprano, algo iba a salir de todo eso. En ese año y medio que siguió escribí las que, para mí, son las mejores.

En octubre del año pasado supe que ya era hora de armar el libro. Entonces agarré todos los textos, los apuntes, los relatos inconclusos y los terminados. Los junté, los leí y seleccioné los mejores. Dejé sólo los que me convencían por completo, al cien por ciento. Un amigo escritor me dijo una vez que siempre es mejor dejar algo sin publicar que hacerlo y después arrepentirse. Creo que tiene razón.
Quedaron veinticinco.
Durante casi un año trabajé el libro, revisé y reescribí las crónicas. Recibí la ayuda invaluable de Paz Marenco, Alejandro Larre y María Notcheff, que leyeron y corrigieron sin piedad el texto. Nada de esto hubiera sido posible sin ellos.
En ese tiempo surgió la idea de incluir un mapa donde se marcan algunos lugares menciondos en las crónicas y el índice de autores citados —la idea fue de Iván Hochman— con un listado de sus mejores libros con la edición y la traducción que yo recomiendo, y que puede funcionar, si se quiere, como una especie de guía de lectura. También agregué el papelito suelto en el que se cuenta la historia de otros dos papelitos que encontré en unos libros.
En junio lo terminé y se lo mandé a los editores. A las pocas semanas me contestaron. Lo habían leído. Lo querían publicar lo antes posible.
Así fue.
El libro se llama Ejemplares únicos.
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