"Los años argentinos (1963-1972)" (Editorial Leviatán), de Luisa Futoransky

El objetivo declarado de este libro es simple: iniciar la recopilación de toda la poesía escrita y publicada por Luisa Futoransky desde su primer poemario, Trago Fuerte, de 1963, hasta sus trabajos más recientes. La idea surgió a mediados de 2018 en el café Le Rostand de París, nuestro lugar de encuentro desde hace unos diez años, primero todos los jueves cuando volví a vivir a Francia entre 2009 y 2011, y luego de manera mucho más esporádica, una o dos veces por año, cuando paso de visita por la ciudad y nos reencontramos. Fue en una de esas charlas que tenemos sobre todo y nada, siempre con la literatura como eje, que le propuse a Luisa dedicarme a recuperar todos sus poemarios publicados en estos ahora más de 55 años y comenzar a armar su obra reunida, mientras ella continúa con tranquilidad con su sana costumbre de regalarnos nuevos libros y nuevos versos. Me pareció que había llegado el momento de arrancar con este trabajo indispensable de reunir lo disperso acá y allá para que los textos “olvidados” volviesen a circular. Generosa como siempre, Luisa, un poco sorprendida por el proyecto, dio su luz verde para la aventura.

Al hablar de la obra de una poeta de tan vasta trayectoria, a lo que debemos sumar su carácter itinerante (más de media vida entre Japón, China, Italia, Israel y Francia), se puede comprobar rápidamente que lo más antiguo de su producción literaria no está al alcance de la mano —o directamente es inaccesible—, y siempre corre el riesgo de perderse en los laberintos de la inmensa memoria de la Biblioteca Nacional de Argentina, o alguna biblioteca privada. Los primeros libros de Luisa simplemente no se consiguen, y por lo tanto no pueden leerse. Imaginé que así como yo estaba interesado en leerlos, otros también querrían hacerlo. Por eso, hay que volver a ponerlos sobre la mesa y en las librerías.

Para que aquello que hablamos una tarde en París no quedase en palabras al viento o en una expresión de deseos, dada la magnitud del trabajo (al menos para mí), pensé que el mejor modo era dividir de manera cronológica las publicaciones y dedicar un “primer tomo” a los años argentinos de Luisa, aquellos anteriores a su partida definitiva del país a mediados de los 70 y que corresponden a su “nacimiento” como poeta y escritora, a su juventud, a sus primeros viajes. Se encuentran así en este volumen el ya mencionado Trago Fuerte (1963), El corazón de los lugares (1964), Babel Babel (1968) y Lo regado por lo seco (1972).

La construcción de la poeta tuvo como escenario principal a Buenos Aires. “Estábamos buscando un sentido a esa Buenos Aires que siempre se nos escapó por la tangente. Esa Buenos Aires hirviendo de calenturas y utopías mil”, según sus propias palabras. Pero también desde muy temprano el viaje estuvo presente como componente esencial e indispensable de su formación literaria. Por ello no es nada casual que su primer poemario haya sido publicado en Potosí, Bolivia, en una de esas primeras travesías. La recuperación de este volumen, que no se encuentra en la Biblioteca Nacional, ya justifica a mi entender el trabajo emprendido.

Luisa Futoransky
Luisa Futoransky

“Luisa Futoransky, es una muchacha argentina, de extraordinaria sensibilidad lírica. Voluntariosa, no sabe de imposibles. En el último tiempo ha viajado por gran parte de Suramérica, conociendo gentes y tierras, saturándose de sueños y de paisajes. Vibrante antena para recoger lo que hay de natural y propio en el ser americano o para grabar en el alma los espléndidos paisajes de la montaña y del valle, nos dará, en lo futuro, obra sazonada de su experiencia estética y humana, como ahora, a su paso por Potosí, nos dejó para su aparecimiento, este ramillete de poemas, miel y sal de su espíritu luminoso”, dice la corta presentación de Armando Alba, el director de la colección de la editorial boliviana donde aparecieron sus primeros versos, escritos en Buenos Aires entre 1960 y 1961.

La profecía de Alba sobre la joven poeta prometedora se cumplió. En la temprana Futoransky está ya la Futoransky que conocemos hoy en día. Pero también está una Futoransky desconocida, una Futoransky más cruda y más emocional, más desnuda tal vez, como lo muestran los versos de Trago Fuerte en los que canta al amor y sus dolores:


“me conozco en la fuerza de su mano

y la textura de la mía hasta encontrar la noche

en la gravedad de su olor

en el ruido de su paso

en las horas detenidas en la cama de viernes a domingo

en el cuidado de cuidarlo y de cuidarme

en lo que nos hace falta

en esto que tenemos


amo


y él dice lo mismo”


Una Futoransky que también nos deja ver sus influencias, sus lecturas de aquel entonces, como en ese Nuevo barco ebrio rimbaldiano de Babel Babel:

Bajel, cuando llegue la mañana

serás alguien experto ya en la desolación de los naufragios

y la tierra habrá bebido tu inocencia:

la playa donde arribes te tiene reservado

el más cruel de los desiertos

y el más infernal de los silencios;

no vuelvas tu cabeza

porque es en vano que pretendas ayudar

al que a sus espaldas ya emprendió la estéril travesía.


O los poemas con la mente en T.S.Eliot, la presencia temprana ya de temas universales vinculados con las sagradas escrituras como Jonás, o los mitos griegos como los de Ulises y Eurídice, la primera experiencia en Israel contada en Amanecer en Hebrón de Lo regado por lo seco (1972):

“It’s dangerous for you, me dijeron los militares que me vieron derivar a las 7 p.m. con mi gitanerío a cuestas, pueblo abajo en Hebrón”.

“El poema hay que irlo a buscar”, suele decir Luisa. Y vaya si lo ha estado haciendo desde ya hace más de 50 años, con una exquisita erudición y su infatigable carácter de exploradora de la palabra. En Futoransky se condensa lo más argentino de la lengua española y lo más universal de las tradiciones literarias, una suerte de Arca de Noé de nuestra poesía, un delicado ejercicio de equilibrista entre lo arltiano y lo borgeano.

En estos primeros poemarios —“mi catedral de ruinas”, como los define— vemos también un componente esencial de toda su obra: la música, algo que viene con ella desde los tiempos del Conservatorio Municipal de Buenos Aires con Cátulo Castillo como profesor, así como de su pasión por la ópera. Junto a esa melodía, a veces explícita y otra secreta, que articula sus poemas, se despliegan diferentes registros lingüísticos, que van del hablar de los arrabales y su Santos Lugares natal a un lenguaje más lírico y elaborado, y que provocan en el lector una sensación simultánea de intimidad y extrañeza. Su permanente andar por latitudes y decorados lejanos le ha permitido encontrar los pasadizos para decirnos aquello que se encuentra en lugares a los cuales no podemos acceder desde la prisa y la ceguera.



El gigante, de El corazón de los lugares (1964)

1

Inmensa tierra

en que la impunidad nombra los pecados capitales

y en donde el hombre es un pequeño ser

agobiado por su propio peso.


Ángulo obtuso de la fuerza.

Ángulo agudo de la ingenuidad.


En la impericia de nombrarte,

en la primaria zona de la demencia,

con el color que nos abruma

y la niebla que nos rige;

con el tenaz amor de los desposeídos,

empiezo a hablarte de por vida,

tierra de nadie abierta a todas las explosiones

dame la voz oh, América!


2


Tierra que aún guardas la ventaja

de no conocernos.


Uno tiende su cabeza,

levanta sus brazos.

Tú,

impasible,

no delatas.


Tierra igual a otras

nos enseñaste a confiar en la sonrisa pronta;

por eso vamos inermes,

con el hábito ingenuo,

espiando en las llagas de los ojos

la impudicia de crueldades forasteras.


En una palabra:

lentamente gastados,

y sufriendo.


3


El ángel de la muerte

el ángel de la vida

regentean sus dominios.


Hay un gigante atado a sus deseos,

y los niños que caminan por su cuerpo

suelen ahogarse.


El gigante ha narrado a los elegidos

verídicas historias para que alguien

cercano a la demencia

profetice a los adeptos.


Iemanjá

Oxum

Cotoarg

Quetzatcoatl

Tepeu

Ah Raxa Lac

Ah Raxa Tzel

y tantos otros,

se empeñan en la liberación del gigante.


La fortaleza de los ángeles castiga sus intentos.


Las sucesivas invasiones y conquistas de nuestras tierras

son el resultado irreversible de su poderío.


4


En esta hora de aflicción sorprendo

confundida en sus cloacas fronterizas

el limitado vientre ciudadano:

palpo la traición.


Luego, me falta voz

para sobrevivir en los convites

y hablar de la buena tierra de promesas.


Arropada en la sucia sábana de pesadumbre

pienso en mí

(me refiero a los que amo).


Hay veces en que el gigante siente una cansada piedad

y seca alguna lágrima que le importuna.


5


Fue preciso habitar en las treguas de la miseria

cercenando voces que requieren sitio.


Las arcas se ofrecen, paso revista al feudo:

aceites macilentos, ritos olvidados, alguna moneda.

Trastos raídos de la historia común.


Tierra de América, gigante de yeso que tiembla

y no sabe guardarnos.


Luisa Futoransky
Luisa Futoransky


Llanos del Sur, de Babel Babel (1968)

A Kity y Ricardo Futoransky, entrañables


los calmos bergantines las flores más sangrientas los lienzos de la discordia los panes del milagro


adjetivos y ritos profusamente iluminados

por la luz mala y fosforescente de lo corrupto

se yerguen de la llanura atrás del acero oxidado de sus armaduras

allí donde el ganado abona el suelo

pero las simientes olvidan crecer


extensión de la condena soledad es tu nombre

repiten las aves que graznan augurios


el sol no tiene prisa en tu calvicie

los vientos fatigados se detienen a contemplarse en tus riachos

pampa de la desesperanza

sólo tu feroz tenacidad hace que entres

por la puerta grande de la tragedia


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llano enrojecido

llano del atardecer donde la palabra descubre el secreto

y los pájaros enloquecen de temor


hora en que los elementos son un haz vandálico

un estremecimiento prolongado en el espinazo de los vivos

hora en que los hechiceros soplan las narices de las enfermos

pero no logran felices resultados

hora en que la lejanía y la vecindad de los estrechos

confunde aguas y tierras


únete viento

ven basilisco que es tu turno

huye unicornio por las altas gramíneas

refúgiate en los tapices de las damas

que ya las maderas del presagio

arden en razones de cuidado

y el silencio es un enigma que no predice

un solo día venturoso


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Entre la cima y el valle

el menor esfuerzo, nada agotador

nada que turbe la indiferencia de las tierras llanas

ciudad cuyo medio propicio es la humedad

pulpo extendido, ambiguo y perezoso

tu abrazo es el ahogo febril que impones a los otros

ansiosa ciudad gris

a la que es necesario ganar palmo a palmo la alegría

ciudad de artilugios y espejismos

con su poder agazapado en las tinieblas

contigo los pactos de honor

están destinados al fracaso

ciudad perdida en estéril oratoria

y en la retórica infernal de los posesos

predispuesta de antemano a la condena

cuando las algas se adueñen de tu estridencia

y el limo se solace en tus bodegas

cuando te sumerjas en la noche sin espejos

¿quién tendrá piedad por tu arrogancia?


cuando los peces retiren sus ovas

de los recovecos de tus construcciones

otra vez un ingenuo, un loco, un guerrero

un fanático, un ambicioso, o todos ellos juntos

o alguien con todos y más de estos defectos y virtudes

erigirá un fortín en el desierto

y te llamará de alguna nueva o vieja manera

buenos aires


Alevodo homenaje a la memoria, de Lo regado por lo seco (1972)


La memoria, supuesta hechicera,

supuesta equilibrista ciega;

una de esas viejas a las que nuestro ardor puede inventar

un pasado

(quiere decir fugas, alucinaciones, amistades peligrosas,

extrañas complicidades, amores y viajes al silencio)

trae sin orden a esta pobre mesa de un ínfimo arrabal del mundo,

los hallazgos de su propio estupor


(la vieja podría exhibir una cinta roja roída por los dientecitos del zar de todas las rusias, un frasquito de sales de catalina de medicis, cuatro plumas del casco de moctezuma y regalarte una medallita de plástico con la imagen de un elefante, con la trompa para arriba, por supuesto, una de las ciento que lleva encima porque estás en la ciencia y hará un trabajo para que tengas salud, dinero y amor y creerás como un inocente en sus farfulladas oraciones y santiguamientos)


de la mesa se yergue la orquesta de señoritas que viste una vez al entreabrir la puerta hace quince años del modern saloon donde una mujer vagamente rubia dirigía el conjunto sobre una tarima de maderas gastadas y hoy vuelve a la ficción de la vida casi sin motivos que lo justifiquen, insolentemente asomada a tu tiempo, mientras discurres sin excesivo entusiasmo en tanto un concierto de crímenes, atrocidades, pequeños regocijos y misterios más allá de tu posibilidad de entendimiento te ciñen la voz y agrietan la endeble construcción de tu esperanza


(la viaje parte de tu mesa llevando consigo el olor rancio de las ropas con las que se ha viajado demasiado tiempo, un pájaro se le posa en el deplorable sombrero y arrastra sus pesadas bolsas de fruslerías para alterar el sueño de otros tan incautos como nosotros).


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