Yair Magrino, Diego Di Vincenzo y Macarena Trigo (Nicolás Stulberg)
Yair Magrino, Diego Di Vincenzo y Macarena Trigo (Nicolás Stulberg)

De negro. Los tres poetas aquí presentes, en un café cualquiera de Palermo, más introspectivos que tímidos, están vestidos de negro. Tal vez ellos lo nieguen pero es probable que se trate de algún tipo de causalidad cósmica, de destino marcado, de lógica matemática que hace que, incluso sin conocerse previamente, los tres decidan asistir a esta entrevista con Infobae Cultura vestidos del mismo color. Sonríen. Los poetas dudan de todo, pero al mismo tiempo se aferran a la fe que los impulsa a seguir: la literaria.

Sobre nuestras cabezas, el techo, cuatro pisos, un sol radiante. Sobre la mesa, cafés y cortados. Y sus libros. Las trayectorias de Yair Magrino, Diego Di Vincenzo y Macarena Trigo son diversas. Los une la poesía, pero tal vez eso sea lo único. Los tres han publicado sus libros recientemente. Todavía sienten en bajo el paladar el sabor de los últimos versos. Tres libros que pintan el mundo, lo representan, lo simbolizan. Algunos poemas lo congelan, otros lo prenden fuego, pero todos atentan contra él.

Yair Magrino tiene 37 años, integra el Grupo Alejandría, dirige las editoriales Clubcinco y Sorojchi, escribió dos libros de cuentos y una novela. Pittsburgh (Santos Locos, 2019) es su primer poemario y estos versos: “Pero el día que murió Kurt Cobain / aparecieron en las revistas / los pedazos del cerebro / atravesado por una bala de escopeta, / esparcido en los azulejos de un baño / que podía ser en Pittsburg, / pero que fue en Seattle”. También estos: “Voy a preguntarme / esta noche: / ¿esta primavera, / qué tendrá de primavera?”.

El latido de este mundo, editado por Caleta Olivia, es el primer libro de Diego Di VIncenzo, pero su relación con la literatura viene de largo rato: es Profesor en Letras, da clases en distintos niveles de enseñanza, fue editor de Santillana, Estrada y Kapelusz y ejerce el periodismo cultural. “Alguien a quien no reconozco / medita sobre una piedra. / Una lee un libro sobre el pasto. / Son las 9.30 de la noche. / Una familia hace picnic. / Yo voy impulsado por el apuro. / Hago todo para que no te mueras”, se lee en su libro.

Nacida en Madrid en 1979, Macarena Trigo es actriz, directora teatral y autora de varios libros antes. Rabia y Relojería, que acaba de editar Qeja, mezcla el verso, la prosa y el diario íntimo, pero todo se desliza bajo un tono poético. “Aprendo a tirar el poema y esconder la mano”, se lee allí. Y también: “Nunca seremos eso que el poema atrapa no somos la mariposa atravesada por el alfiler del coleccionista de belleza, pero ahí estamos. Un residuo de nuestra luz palpita entre los versos”.

“El latido de este mundo” (Caleta Olivia) de Diego Di Vincenzo, “Rabia y relojería” (Qeja) de Macarena Trigo y “Pittsburg” (Santos Locos) de Yair Magrino (Foto: Nicolás Stulberg)
“El latido de este mundo” (Caleta Olivia) de Diego Di Vincenzo, “Rabia y relojería” (Qeja) de Macarena Trigo y “Pittsburg” (Santos Locos) de Yair Magrino (Foto: Nicolás Stulberg)

—Empecemos así: ¿cómo llegaron a la poesía?

Yair Magrino: —En mi caso fue azaroso. Yo escribía narrativa casi exclusivamente y la poesía nunca había formado parte de mi forma de expresarme. De pronto, situación personal, catarsis, fin de semana largo, lluvia y frío todos los días. Me quedé en mi casa encerrado y digo: “Me están pasando un montón de cosas y necesito decirlas de algún modo”. Y escribí este libro, Pittsburg, de un tirón, en un fin de semana. Quedó ahí. No tenía mucha noción de qué había hecho. Se lo di a Marcos Gras, el editor de Santos Locos, y le digo: “Decime qué acabo de hacer acá, porque si esto es un horror, nunca más lo intento”.

—"Hice esto, ¿qué me pasó?" —agrega Macarena Trigo entre risas.

—Claro —continúa Magrino—. "Hice esto, no sé bien qué es. De última sigo escribiendo narrativa o me pongo una remisería en Laferrere o ya fue, me dedico a otra cosa". Según su criterio sí había hecho un libro de poesía. Fue bastante azaroso. Sí había leído mucho y me paseé por todos los ciclos que hay. Eso fue una especie de preparación: escuchar a los pibes y pibas que están escribiendo hoy y eso se decantó de un modo medio mágico.

MT: —Yo tengo el recuerdo clarísimo de la primera vez que alguien me leyó algo en rimas. Tendría cuatro o cinco años y la profesora leyó un libro de la colección El barco de vapor: La bruja Mon de Pilar Mateos. Y eran de los libros que circulaban en los ochenta en España con los que aprendimos a relacionarnos con la poesía. Tengo ese recuerdo: la lectura en voz alta y en verso, y quedarme totalmente hipnotizada con esas palabras que sonaban diferentes. Ese registro... Y después empecé a escribir poesía sin saber que estaba haciendo eso. Pero de adolescente.

YM: —No me siento tan mal, entonces.

MT: —Y durante mucho tiempo escribí como uno escribí en la adolescencia: para mí y a lo sumo para los amigos. Recién en la universidad, cuando empecé a estudiar Teoría de la Literatura, me di cuenta de que estaba haciendo cosas que ¡ah! técnicamente existían. Y ahí me puso a tomármelo más en serio y a trabajar para que eso tuviera una forma. Como que hubo una conciencia. Y tuve la rara suerte de ganar en algún premio y entonces te convierten en joven talento, hasta que cumples los treinta, y después ya no sos nadie. Yo trabajo en teatro y me costó treinta y pico de años considerarme actriz, sin embargo ser poeta fue como una cosa normal, no se me hace nada raro, porque empecé muy joven y porque es una más entre las cosas que hago. No le veo un mayor peso.

Diego Di Vincenzo: —Yo crecí en una casa con mis abuelos italianos, así que escuché una música distinta desde chiquito. El hecho de crecer casi bilingüe, aunque mis abuelos eran tanos, típicos inmigrantes, nos hablaban a los nietos en italiano pero nos exigían que respondiéramos en italiano. Es una música que te hace aguzar el oído. Y yo creo que ahí hay algo. Y después mi abuelo sabía muchas coplitas en italiano, sabía cosas de Dante, pero cosas populares que seguramente circulaban cuando él iba a la escuela, y las decía. Me acuerdo bien de los versos del Canto III de la Comedia, cuando habla de la puerta. Entonces él me decía que Dante entraba al infierno y que la puerta lo recibía, y para mí ese era un mundo de ensueño que me volvía loco. Así que ahí seguramente hay un primer acercamiento. Después, tipo en sexto o séptimo grado, yo escribí un poema en verso, una cosa horrible sobre la Patria, que lo vi no hace mucho y por lo menos estaba ordenado de rima. Después en secundario tuvo un cimbronazo fuerte de literatura porque tuve una profesora power, capa, que me hizo leer poesía grossa: todos los clásicos del Siglo de Oro, a Góngora, a Quevedo. Y justo coincidió, por la época que en se moría mi abuelo, este abuelo del que les hablo, me hizo leer las coplas de Manrique, que son un clásico y muy lindas porque pegan fuerte. Soler, el de Vox Dei, contó que escribió "Presente" después de estudiar en el colegio a Manrique. Y después me hizo leer la Elegía de Hernández y yo dije: "Loco, esto a mí me gusta mucho". Entonces pensé en estudiar Letras, que fue lo que terminé haciendo. A los 18 empecé a escribir, a los 22 empecé a ir a un taller y empecé a producir bastante, pero todo eso lo guardaba en una máquina, en una computadora que después se hizo miércoles y que no pude recuperar. O sea que perdí un montón de textos. Después laburé mucho tiempo como editor, casi doce años. Así que estaba siempre deseos de escribir cosas, pero era como que estaba siempre del otro lado del mostrador. Después me salí de las editoriales y volví a dar clases, y empecé a escribir la lectura: todas las cosas que leía para mis clases, sea literatura o teoría literaria, las empecé a poner en papel. Y después empecé a tomarme el ejercicio de escribir todos los días algo. Junté eso y cuando vi que tenía una forma se lo mostré, como él, a gente que sabía, a gente grossa. Les dije: "Díganme si está bueno", y me súper animaron.

—¿Y se sienten poetas?

YM: —En mi caso, creo que aún no. Me siento más escritor de narrativa todavía. Igual ese "yo poeta"... esas etiquetas me causan mucha risa. Como "yo escritor".

DDV: —A mí también. Como medio caretongui.

YM: —Justo ayer estaba viendo un video de Juan Xiet, en un slam de poesía que organizó el FILBA hace varios años. Pasaron treinta poetas durante toda la noche, había una cantidad inédita para la poesía, como doscientas personas, y me acuerdo que me lo encuentro a Juan Xiet, que iba a participar del slam, y me dice: "Me olvidé todos los textos". Se había ido a otro lado y había perdido todo, y no tenía nada para leer. Y agarra la mochila y saca un envase de Cepita. Y cuando le toca, empieza a leer con toda la pose de poeta el envase de Cepita. Claramente ganó. Un poco burlándose de toda la pose del "yo poeta".

DDV: —Creo que yo que hay algo que tiene que ver con el laburo de la palabra. Yo tengo una concepción medio orfebre del poema, y ahí no hay eso, hay otra cosa.

YM: —Totalmente.

Yair Magrino (Foto: Nicolás Stulberg)
Yair Magrino (Foto: Nicolás Stulberg)

—Como más performático, ¿no?

DDV: —Claro, pero que es un modo también.

YM: —Una parafernalia para poyar el texto.

DDV: —Que no está mal. Me encanta.

MT: —A mí me pasa que no lo vinculo al poeta sólo con la literatura. Siento que la poesía es una forma más. Mi poeta favorito es Rothko, que es pintor. El poeta es el que genera una intervención que modifica y consigue activar una mirada. Cualquier que señala con el dedo de un modo distinto es un poeta. Y en ese sentido, la literatura es sólo un ámbito de lo poético, y no pienso solamente en gente que trabaja con la palabra cuando piensa en un poeta. Es un orfebre, sí, pero en todos los ámbitos. Ejercer lo poético, que no es la poesía, me parece que es un genérico para cualquiera que se dedique al arte. ¿Si me considero poeta? Sí, de hecho lo pongo en mi currículum. Tiene que ver con una forma de ver el mundo, es algo de lo que hago.

—De hecho, cuando alguien piensa en el ensayo, en el cuento o en la novela sí piensa en el género literario, sin embargo con la poesía pareciera que es algo mucho más amplio.

YM: —Creo que está vinculado a las bellas artes; a la música también. La narrativa necesita de otras estructuras para soportar el texto, para hacerlo entendible.

DDV: —Entre los que se dicen poetas, porque hay un grupito, para qué negarlo, hay un cierto supuesto acerca de lo que es la poesía.

MT: —Porque se idealiza el término poeta, así como se idealiza el término actor. "Actúo pero no soy actor".

DDV: —A mí me gusta más decir el verbo, porque eso no te fija. Vos podés escribir, dar clases, actuar y como que no te quedás metido en algo. Me da mucho miedo quedarme pegado.

MT: —Hay mucho prejuicio en lo que implica el ejercicio. Por ejemplo el "soy músico" y ¿qué significa ser músico: que componés, que tocás un instrumento...?

YN: —¿...que ganás plata?

MT: —¿...que vivis de eso? Son lugares muy diversos. Son prejuicios del que está afuera. No sé si el que está adentro piensa así.

—Justamente, siempre dentro de esa idealización, la figura del poeta aparece más ligada a la bohemia. Por ejemplo, uno piensa en un novelista o en un ensayista frente a una computadora, en un escritorio, trabajando en su obra. Al poeta, desde la idealización, uno lo imagina buscando la inspiración en cualquier lado.

DDV: —La versión baudeleriana, maldita y autónoma de lo que es la poesía. Pero esa es una. Hay poetas que fueron re oficiales de un régimen, hubo poetas orgánicos. Es cierto que el costado que más pega del poeta es ese que vos decís: un arte autónomo, en los márgenes, que construye con los restos. Pero hay poetas que barren la vereda de su casa todos los días, que se levantan a las cinco de la mañana.

—Teniendo en cuenta el fin de esa idealización, ¿qué significa ser poeta en el siglo XXI, en esta Argentina, en medio de esta crisis, no sólo editorial, sino también económica y social?

YM: —Hace poco un debate y se había planteado cómo se modificó la poesía en el último tiempo. Creo que estamos escribiendo siempre sobre lo mismo, que son las diez, veinte, treinta preguntas que nos hacemos y no podemos responder, y seguimos buscando respuestas que van a estar siempre erradas, y la generación que venga se va a volver a preguntar lo mismo. ¿Cuántos poemas de amor hay? ¿Siete mil quinientos millones...? ¿Y cuántos poemas de desamor? El doble, seguramente. ¿Cuántos poemas épicos, cuántos poemas que critican modelos políticos y económicos? Millones. Me parece que estamos escribiendo siempre lo mismo, y vamos a seguir así.

—¿Eso lo decís con pesimismo o...?

YM: —Es un hecho. No le pongo ninguna connotación. Y me parece que esta buenísimo siempre preguntarse cosas, buscar nuevas interpretaciones, nuevas formas de mirar. Algo que decía ella: esta forma de señalar algo y a partir de ahí empezar a tirar de un hilo invisible que sigue y que te modifica. Los que vengan van a seguir escribiendo sobre lo mismo, pero de diferente modo. Me acuerdo del Pierre Menard de Borges. Lo que postula ahí son las distintas formas de leer. "Decime cómo se va a leer y yo veo cómo escribo para esa gente". Vendrás nuevas formas pero en el hueso del asunto no hay ni habrá grandes modificaciones. Las próximas generaciones harán poemas épicos sobre Instagram, o críticas furiosas sobre Snapchat, o cosas hipermercantilizadas en cuanto a la imagen, no sé.

DDV: —A mí me copa la idea de que uno ponga a jugar una serie de sentidos que sean esquivos al sentido común. Por lo menos trato de escribir así, o por lo menos me dicen que escribo así: salir de algo reconocible y cotidiano y que termine como estallando en sentidos que se escapan a agarrarse y asirse en una interpretación unívoca. A mí me copa eso, porque es un poco salirse de la vulgaridad de lo mismo, del sentido común. Se produce mucha basura en términos de contenido en las redes. Uno escribe muchas boludeces por día. Entonces estos espacios de escritura, incluso la poesía, son modos de, como dirían los formalistas, opacar la palabra y de no hacerla tan transparente. Llamar la atención sobre el sentido, pensar el sentido, no mercantilizarlo, dejar que ruede con significados nuevos difíciles de atrapar. me parece que es un modo de la resistencia, y me parece que el arte tiene que ser eso: llamar la atención, explotar algo de la negatividad, aún cuando circule en las industrias culturales. Y ese llamado de atención tiene que ver con los sentidos.

YM: —Creo que hoy ese llamar la atención hace que, en esta posmodernidad tan de re social, se empiece a confundir con los "me gusta", con los likes.

DDV: —Por eso digo, que llame la atención la palabra, y que provoque belleza además. Porque en las redes no hay belleza.

Diego Di Vincenzo (Foto: Nicolás Stulberg)
Diego Di Vincenzo (Foto: Nicolás Stulberg)

YM: —Hay una poesía que circula Instagram y que viene absolutamente masticada, casi como un vómito, que parecen aforismos de Narosky y que no tienen un sentido oculto, y que no hay nada más que las diez o quince palabras que hay ahí.

MT: —A mí me parece fascinante. Si a mí me llegaron a decir de adolescente que iba a haber un futuro donde la gente se iba a pasar la vida leyendo y escribiendo, no habría podido creerlo nunca. Yo me he pasado la vida escribiendo cartas y que me contestaran las cartas mis amigos era un ejercicio desmedido. Ahora es increíble. No sé si importa tanto qué se escribe y qué se lee. El hecho de que estemos todo el tiempo leyendo y escribiendo, que haya gente que consiguió que eso se haya convertido en una manera de estar o de que se los escuche o visualice, sea Instagram o lo que sea, es enorme. ¿Estamos tan rebeldía hoy como en el siglo XIX y Baudealire? Es una mecánica muy vieja. Esto —y toma uno de los libros sobre la mesa—, ¿va a durar? Son 300 ejemplares, no se va a acordar nadie, por más que esté en papel.

DDV: —Hay cosas más sutiles: jugar con sentidos no tan hegemónicos, que la palabra se vuelve un objeto de reflexión en sí misma. Hay algo de resistencia. Ahora como que no hay artificio, no hay magia, no ha mediaciones, todo es muy descarnado, muy directo. Me parece que el laburo con el lenguaje que puede habilitar la poesía tiene algo orfebre, de artesanal. A mí eso me copa.

MT: —No se innova nada. Pensemos en el teatro, por ejemplo: ¿por qué carajo sigue existiendo una cosa que es tan rudimentaria, que no necesita apenas nada, apenas poner el cuerpo? Y consigues que un montón de gente cruce la ciudad, por más que sea un infierno, quince personas, un día de lluvia, para ir a ver una obra. Te das cuenta que resisitir es eso: ponerle el cuerpo en la medida que sea, en la escritura, en editar, en tocar en un parque. Y estos cuatro años son la constatación vital de que, de no haber sido por eso, no sé dónde estaríamos hoy día. Pasamos de un nicho a otro, de un evento a otro para apoyarnos, para sentir que eso se mantiene, aunque lo demás se vaya al carajo.

YM: —Consiglio hace poco decía que hay que celebrar esos entramados subterráneos.

MT: —Que estos tres libros están acá en este contexto es un delirio.

YM: —Hay un entramado subterráneo... la cantidad de teatros y de librerías que hay en Buenos Aires es casi ridículo en comparación a otras grandes ciudades.

MT: —Yo no sé si el Obelisco, el aire. No sé qué mierda hay. Como un epicentro ficcional que nos devora. Hasta que no te vas no te das cuneta lo que hay. Acá das por sentado que el resto del mundo es así. Cuando la gente se va a Madrid y me pregunta que puede ver. "Nada". Es que no puedo recomendar especialmente por el contraste tan tremendo que hay en cantidad y en calidad. Y las editoriales independientes siguen sacando libros.

YM: —De hecho en estos últimos años, si bien hay una bibliodiversidad impresionante en Argentina, han proliferado editoriales de poesía independiente. En contraposición con el país, te preguntás: "¿Cómo puede ser?"

DDV: —Si bien las tiradas son chicas, te podés quedar sin ejemplares. ¿Y si no podés mandar a reimprimir porque no hay un mango? Creo que eso es algo que está latiendo en los editores, porque si tenés una devaluación cada veinte días, son todos insumos importados, el valor del dólar es lo que juega, entonces no tenés precio.

YM: —Terminé la FED con lo que facturé tenía un libro. A los quince días tenía medio libro.

MT: —Es una locura.

DDV: —Y con un Estado que no da ningún apoyo. Por lo menos el gobierno anterior invertía mucha guita en compra de libros para bibliotecas públicas. Ahí las editoriales se hacían un mango y se atrevían a editar cosas un poquito alternativas. Ahora no pueden traer libros de afuera... bueno, todo el tiempo leemos notas sobre la crisis del sector. Imaginate en poesía.

MT: —La cantidad de gente que hay detrás de cada libro, eso es impagable.

—Hay una militancia en eso.

YM: —Acabo de venir de una feria en 25 de Mayo, un pueblito de La Pampa en la frontera con Río Negro. Fuimos con tres cajas de libros de La Coop. Pasó algo medio mágico: yo hago muchas ferias y estoy acostumbrado a los aglomerados de gente donde vos tenés que convencerla de que te compren en el libro. Y ahí no, yo estaba parado, muerto de frío, y venía la gente, miraba: "¿Y esto cuánto sale?" "$500". "Me lo llevo". "Pero esperá que te cuente de qué se trata..." "No, no, me lo llevo". Y vendí lo mismo que en la Feria del libro de Salta.

DDV: —Yo creo que en la Argentina, por ahí digo una perogrullada, pero hay algunas cosas que resisten cualquier embate. Por ejemplo, los libros. Hay una devoción a los libros, a los bibliotecas, al objeto, ¿no? Con el teatro pasa lo mismo…

MT: — Totalmente.

Macarena Trigo (Foto: Nicolás Stulberg)
Macarena Trigo (Foto: Nicolás Stulberg)

DDV: —Con las cuestiones vinculadas a la docencia y la escuela pública. Ahí hay una reserva de dignidad que, caiga quien caiga, eso sigue ahí...

YM: —Como podemos...

DDV: —Pero tu experiencia es la más clara: te vas a un lugar pequeño y va la gente a comprarte libros sin preguntarte. Ahí hay una veneración al objeto.

YM: —Más de la mitad de los libros que vendí eran de poesía. Y cuando vas a estos pueblos chicos, la oferta es muy limitada. Acá estamos acostumbrados a otra cosa.

MT: —Allá no llega nada. Sobre todos las editoriales independientes, que no pueden llegar, porque la distribución es carísima. Ese tipo de ferias es la manera donde la gente recibe un panorama que de otra manera no tiene. Es titánico el esfuerzo que hacen todos. La Coop ni hablar: una iniciativa de distribución urbana que es increíble lo que hace. Y todas esas movidas, como la Feria de Editores. Es increíble la cantidad de gente que va.

DDV: —Increíble, no se puede ni caminar.

MT: —Imagino que hay mucho movimiento y pocas ventas, sobre todo por cómo están sufriendo las librerías...

YM: —Eso es verdad. Nosotros como feriantes hemos visto cómo el mismo tipo que antes se llevaba de tres, de a cuatro o de a cinco, hoy se lleva dos. Los grandes lectores se llevan dos libros.

DDV: —Cuando iba a la Conabip, había una guita que le daba el Estado a las bibliotecas populares que iban y compraban un montón a las editoriales chiquitas. Estoy hablando de políticas culturales. Si no hay apoyo del Estado...

MT: —...es imposible. Yo en los últimos años no he comprado un libro que no sea de acá. No recuerdo, por ejemplo, el último libro de Anagrama que compré. Y soy una persona que consume libros. Se ha convertido en artículo de lujo, algo que me parece una cosa espantosa.

YM: —Yo compré algunos hace poco, pero porque los conseguí muy baratos, a 300 pesos, de Julian Barnes. Sino, imposible...

MT: —Y sino, los vendés y te comprás otros...

—Pero ahí, ya el objeto adorado en la biblioteca no estaría.

YM: —¡Yo no te vendo nada! El otro día hacía la cuenta, debo tener un auto cero kilómetro en la biblioteca.

—Bueno, última pregunta. En medio de este diagnóstico que dieron, ¿por qué apostar a la poesía en tiempos de crisis económica tan fuerte?

MT: —No creo en absoluto que tenga que escribir poesía todo el mundo. Empecemos por ahí. Como que todo el mundo tenga que ir a un museo. Ni en pedo. No me parece que sea la obligación de la carrera de nadie. Escribir, digo. Me gusta esa cosa de Rilke de "si usted puede vivir sin escribir, no lo haga". Me parece que es uno de los mejores consejos que nos han podido dar a los que nos definimos como escritores de alguna manera.

—Bueno, la mayoría de la gente ni siquiera lee.

MT: —Bueno, si consiguieron llegar hasta aquí sin leer, bueno, sigan así, está bárbaro, son afortunados.

YM: —Muchos amigos míos, gente universitaria, preparada, de siete u ocho hay uno o dos que leen. El resto terminó su carrera y no agarró nunca más libro. Y es gente que tiene cierto ejercicio intelectual.

MT: —Yo me pasé la vida en España haciendo gente que hacía la materia Hispánicas y odiaba leer. Y estaban haciendo una carrera de Letras. Algo insólito.

DDV: —Es que a veces pensamos que leer es ir y comprarse una novela de Anagrama, pero en la web la gente lee muchísimas cosas.

MT: —A eso me refería yo cuando decía que ahora nos pasamos la vida leyendo y escribiendo.

YM: —Pero ahí son registros distintos, ¿no?

DDV: —Pero ahí tenemos más una práctica de lectura de fragmentos. Esta idea más moderna de agarrar el libro, abrirlo, tenerlo y terminarlo es algo un poco perdido. Aunque hay mucha gente que lo sigue haciendo.

Diego Di Vincenzo, Macarena Trigo y Yair Magrino (Foto: Nicolás Stulberg)
Diego Di Vincenzo, Macarena Trigo y Yair Magrino (Foto: Nicolás Stulberg)

MT: —Nunca se leyó tanto como ahora. Estas todo el día leyendo. Todo el tiempo tienes el aparato en la mano. No sé qué conclusiones tendrán dentro de cien años con respecto a este período de la historia.

YM: —Bueno, pero ¿por qué escribir poesía, por qué leer poesía...?

—Sí, sí. No nos vayamos de ahí.

YM: —Porque es un modo de resistencia.

DDV: —Y hay un modo de representar el mundo y vincularse con él que es propio de ese registro, de esa cuerda. Me parece que la narrativa, que es mucho más representativa, de crear un mundo más reconocible. A mí me parece que la poesía tiene una cosa que se escapa todo el tiempo y a mí eso me copa. Hay algo de querer agarrar que no termina de agarrarse. Y algunas experiencias como muy fundamentales de la vioda tienen que ver con eso. El deseo, por ejemplo.

YM: —Sí, me parece que hay algo de esta búsqueda de nuevos sentidos ante una realidad que es bastante chata. La poesía, la música, cualquier otra manifestación artística que a vos te toque y te interpele. Creo que es eso: un modo de la resistencia, un modo de buscar nuevos sentidos. A mí me fascina, por ejemplo, cuando Pamela Terlizzi Prina habla de la medibacha. Y a partir de la medibacha ella hace una reflexión sobre la feminidad y sobre la mujer. Agarró un término que es un horror y empezó a reconfigurarlo, a tirar de ese hilo y de esas imágenes y le encontró un nuevo sentido a todo eso. Y creo que la poesía pasa por buscar sobre las cosas que están vedadas, y si no están vedadas, nosotros las inventamos para que otros se la crean y digan: "Sí, eso lo estoy viendo".

MT: —Yo recomendaría leer porque la poesía te ofrece la posibilidad de ver algo que no estaba ahí, que abre otra cosa que no está siempre y que hay que entrenarse para verlo. El acontecimiento poético está todo el tiempo rondando. El prejuicio del que es difícil, de que te cuesta, de que no se entiende. Hay que vencer ese miedo en favor de que te ofrece una puerta distinta. Y después me parece que cualquiera que se desempeña en cualquier otra actividad artística, leer poesía es flexibilizar la génesis de metáforas. El lenguaje poético habilita posibilidades que, después, el que lee poesía poesía pinta mejor, compone mejor, actúa mejor. A mí me pasa en el teatro constantemente. Les digo a los alumnos: "¿Cómo puede ser que no lean poesía?" Lo sienten como una cosa lejanísimo. Hay que encauzarlos ahí para que entiendan que la metáfora que quieren construir en escena es la misma que está en el poema. La voz del poeta es la misma que está en el personaje. Unir. Desde que empezás a ver las separaciones de género y de disciplinas te das cuenta que el poema es absolutamente el todo.

YM: —Todo puede ser un poema.

DDV: —Yo leo mucho para muchos chicos porque doy clases, y siempre armo desde algún lugar. Ahora leímos las vanguardias argentinas, entonces laburamos la ciudad. Y agarramos los clásicos: Borges, Oliverio, Alfonsina. Seguimos un poquito: Fernández Moreno. Y llegamos al rock, algunas letras. Entonces restaban como medio tranquilos porque saben que si bien van a leer poesía, algo que consideran difícil, el tema era la ciudad. Pero claro, muchas cosas se escapaban. Y yo creo eso: te deja muy inquieto la poesía. Y los pibes, que básicamente tienen consumo más electrónicos y mediáticos, quieren cerrar en un sentido, y la poesía se escapa todo el tiempo de eso. Están todo el día: "A lo mejor quiso decir..." Y te miran como esperando a que vos le digas: "Sí". "La verdad que no sé, pero qué se yo". Pero además por qué querés decir lo que quiso decir. Qué sabés.

MT: —Es una gran herramienta para hacerse preguntas.

DDV: —Tal cual. Y la verdad que no está el pibe para preguntarle si quiso decir eso. Mejor que no pensemos qué quiso decir, fijate qué te pasa a vos, qué pasa con las palabras. Es como un ejercicio muy desestabilizante y me parece genial para un pendejo: dejarlo en bolas y que no sepa qué decir. Me parece importante como experiencia de vida.

MT: —Sí. Trabajar en contra de las certezas cuando todo es conclusión, toda es una línea de entendimiento, todo es "resolvamos acá", todo tiene que dejar algo productivo. Y la poesía es todo lo contrario a eso. La poesía es lo más inútil en ese sentido.

DDV: —Claro, contra ese lenguaje y utilitario.

YM—Inútil e imprescindible.

DDV: —Estamos en un contexto político y gubernamental en donde ésto, el lenguaje utilitario, sencillo, concreto, al pie, el powerpoint, es como la regla. Es el lenguaje con el que nos manejamos. Por eso, hay que sacar la cabeza un poco, porque no hay hueco ahí, negro. Y es un embole si vos no encontrás hueco para delirarte con algo distinto.


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