"El ojo y la flor" (Alfaguara), de Claudia Aboaf

Después de Pichonas (2014) y El Rey del Agua (2016), decidí narrar en El ojo y la Flor (2019) el punto final de los desencuentros vinculares entre las dos hermanas tan diferentes entre sí, una criada por su madre en la noche, la otra por su padre en el día. A Juana y Andrea, criadas a contraturno pero en la misma casa, se las ve, en esta última novela, ya de grandes, poniéndole cuerpo -cada una a su modo- a las experiencias que las marcaron.

Al primero de la trilogía lo llamo de entrecasa “el libro del miedo”, al segundo, “el libro de la identidad” y el tercero “el libro del vínculo”. La idea que empujó la escritura de cada una de estas novelas, fue la imposibilidad de abordar el vínculo sin hablar del miedo o sin abordar la identidad y sus creencias. Imposible encontrarse, o mejor dicho que las hemanas que yo había dividido en aquellas primeras páginas como con un bisturí, se encontrasen. Tenía que seguir escribiendo. Finalmente, luego de 600 páginas sumando los tres libros, durante cinco años del trabajo de la extracción de la verdad en cada una, sentí que podía restaurar ese tiempo familiar quebrado.

Al comenzar a escribir la primera parte de El ojo y la flor, que refiere a Juana, en la que iba narrar lo que había sufrido en el camarín en el teatro, en esa vida nocturna que llevaba junto a su madre -ya planteado en Pichonas- sentí que no lograba la voz necesaria para narrar ese crimen sexual, para abordar a fondo lo que había imaginado para Juana: el abuso reiterado cuando era muy chiquita, en la etapa en que el lenguaje se está organizando. Era indecible.

Sin embargo precisaba encontrar esa voz que me lo permitiera y, anhelaba abordar todo el espectro que me fuera posible de lo que sucedió en ese caso de tanto maltrato. Entonces, cada vez, me decía a mi misma sentada delante del texto, que no bastaba, que fuera más a fondo. Hasta que esa voz imperativa que sonaba en mi cabeza se volcó al texto y anunció en la primera página: “Vamos a contarles sin hundirte las astillas”, pero luego me resultó urgente agregarle signos de exclamación: ¡Juana, tenías que haber nacido para desenvolver tu infancia! ¿pero que era lo que te sucedía? Esa voz, un poco de alcantarilla que empujaba la escritura, también alerta a Juana: ¡Fuera de allí! O le señala que “los recuerdos son corredores de larga distancia” o “que mastican cabezas sin saciarse nunca”…o advierte ”que no los apile en cajones sucios”, pero decidí que nunca juzgara. También tomó lugar, como tomó en mi cabeza de narradora, en la cabeza de Juana personaje, reemplazando su propia voz cuando ella concluye que si de lo importante no se puede hablar, y si cada palabra que intenta decir derriba adultxs, se va a quedar fuera de toda conversación: “Juana no habla”.

El escenario en que transcurren mis novelas es el más vasto y lleno de sucesos: la Naturaleza. Y no hay manera de que no sea un mundo distópico desde que nosotros habitamos la Tierra, distopía es mal lugar en su raíz griega. Amo investigar, siempre leyendo estudios científicos, sin tentarme con Wikipedia, aunque a veces tiene la mejor info, para darle verisimilitud a las calamidades bio políticas que planteo. Advertir el entorno a veces es suficiente, vivo en Tigre que es de una belleza penetrante pero también un observatorio de la voracidad inmobiliaria y de todas las violaciones posibles a los cuerpos de agua. El Delta es un paisaje fluvial saqueado.

Luego de hacer una arqueología política -como lo reseñara Fernando Petit- ensamblada a la historia familiar; cuando escribí las últimas páginas de El ojo y la Flor, después de haber narrado el crimen sexual, el crimen ecológico y las formas extremas del capitalismo, me surgió la necesidad de la utopía. Ese lugar que nunca se alcanza tal vez podía inventarlo para las hermanas. Si ellas eran una metáfora del mayor problema que nos catapulta al desastre, que es el de Relación: entre nosotrxs y la Tierra, con la tecnología, con las parejas y con los hijos, con los animales, y ese es el origen de todos los conflictos, podía refundar la saga de origen, y en vez de la lucha por la superviviencia del más fuerte, la lucha de garras y dientes, la competencia en el más prolijo de los casos, tal vez la cooperación y la simbiosis podían ser nuestra huella de origen. Todxs nos necesitamos entre todxs y compartimos, aunque más no sea, el aire que respiramos. Quizás este había sido siempre mi motor narrativo.

Estaba en las últimas galeras, los momentos finales de correción, momento en el cual ya no puede modificarse mucho más que una coma, pero aun persistía algo que me molestaba. En cada releída con los ojos agotados surgía el mismo sentir incómodo: la última frase con carácter de verdad final de la historia la expresaba un personaje hombre, Dalezio, que no es nada machirulo, sin embargo luego de que Juana fuera un faro para la historia y Andrea atravesara, hundiendo los pies en el barro, en una épica caminata para encontrar a su hermana inmersa en una sociedad despiadada regida por las cuentas geométricas, donde el hambre es el ejercito de avanzada para eliminar el último eslabón de la sociedad: “lxs pies de barro”, migrantes llegadxs desde lo que fuera otrora la zona norte, la más rica siguiendo la geografía ribereña, entonces, luego de que estas hermanas pusieran cuerpo y alma, me decidí y metí mano (complicando a mi querida editora Julieta Obedman) y le di otro final al El ojo y la flor: el último párrafo fue para ellas. ¿Me habría dado cuenta antes de esta ola verde de la que soy contemporanea? Creo que el feminismo es un ojo abierto, que advierte cosas que antes no veíamos y que nunca mas va volver a cerrarse.

* Los libros que conforman la trilogía pueden leerse en forma individual y en cualquier orden.

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