
Hay historias que nacen en los márgenes. En aulas pequeñas, en ejercicios de improvisación, en actores que todavía están buscando su voz mientras aprenden a escuchar la del otro. Y hay obras que ya nzcen como un fenómeno, ya tienen algo de verdad latiendo debajo de cada escena. Eso sucede con MetAMORfosis del amor, la propuesta teatral surgida del laboratorio de Montaje Teatral —último año de la escuela de actuación de NÜN Teatro Bar— que encontró en los vínculos de pareja un territorio tan incómodo como universal: el lugar donde el amor convive con el miedo, la dependencia, la pérdida y las heridas que nunca terminan de cerrar.
Con funciones los domingos a las 15.30 hasta el 31 de mayo, la obra se convirtió en una de esas experiencias teatrales que no se limitan a entretener. Porque detrás de cada diálogo, de cada escena atravesada por el humor o la crudeza, aparece una pregunta que incomoda al espectador incluso después de salir de la sala: ¿qué hacemos cuando amar ya no alcanza?
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Lejos de las fórmulas románticas perfectas, se instala justamente en las zonas grises de los vínculos. Allí donde nadie tiene razón del todo. Allí donde quedarse puede doler tanto como irse. Allí donde el deseo de amar choca contra las limitaciones humanas más profundas.
La obra está interpretada por Mica Cvitanovic, Cintia González, Abril Grousett, Florencia Morosan, Ionatan Pérez, Sebastián Rigolino, María Ruggeri, Erica Rusyniak, Tincho Tudela y Danilo Cavilla, con voz en off de Emilia Risso y dirección de Thelma Demarchi y Marcela Grasso. Pero más allá del elenco coral, lo que atraviesa la experiencia es la sensación de estar viendo fragmentos de vidas reales, pequeños pedazos emocionales donde cualquier espectador puede reconocerse.
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En charla con Teleshow, Florencia Morosan, quien interpreta a Federica, destaca que la construcción de su personaje nació de la observación obsesiva de lo cotidiano. “Mi historia surge desde la búsqueda de intentar pensar cuál sería el mayor dolor que una pareja puede atravesar para no estar juntos”, explica. Y en esa reflexión aparece uno de los núcleos más desgarradores de la obra: dos personas que se aman profundamente, pero que al mismo tiempo están atravesadas por algo tan inmenso que termina separándolas.
“Hay veces que el amor no alcanza”, analiza la actriz. Y esa frase parece resumir el espíritu entero de la obra. Porque no busca respuestas cómodas ni moralejas tranquilizadoras. Habla de personas haciendo lo que pueden. De vínculos imperfectos. De emociones contradictorias. De la dificultad de sostenerse cuando el dolor gana terreno.
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Danilo Cavilla (Santiago en la ficción) reconoce que uno de los mayores desafíos actorales “fue explorar esos vínculos donde las emociones se confunden. La obra me invitó a preguntarme qué pasa cuando la línea entre el afecto, la necesidad y lo patológico se vuelve casi imperceptible”.

Y justamente allí aparece uno de los grandes aciertos del espectáculo: no juzgar a sus personajes. La obra no señala culpables. No divide entre buenos y malos. Observa. Expone. Humaniza. Como si cada escena fuera un espejo roto donde el público pudiera ver fragmentos de sí mismo.
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El proceso de creación colectiva también terminó marcando profundamente al elenco. Mica Cvitanovic, quien interpreta a Lucía, recordó uno de los momentos más íntimos de los ensayos: cuando los actores comenzaron a compartir experiencias personales vinculadas al amor, al desamor y a las pérdidas emocionales.
“Fue muy movilizante descubrir que la creación colectiva no es algo lineal”, explica a este medio. Entre distintas ideas, búsquedas y miradas, todos coincidían en algo esencial: querían hablar de vínculos reales. De relaciones imperfectas. De emociones reconocibles.
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Entonces ocurrió algo inesperado: “Empezamos a compartir nuestras propias contradicciones sobre el amor y las parejas, y ahí entendimos que eso que nos atravesaba a nosotros también podía atravesar al público. Fue como encontrar el corazón de la obra”.

Ese corazón aparece constantemente en escena. En los silencios incómodos. En las discusiones cargadas de ironía. En las risas que llegan justo antes de una escena devastadora.
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Sebastián Rigolino (Iván en la ficción) asegura que el humor funciona como un puente emocional indispensable dentro de la propuesta: “Hay algo muy verdadero en la convivencia de lo cómico con lo trágico, porque así pasa en la vida. Todo junto y muchas veces sin poder verlo venir”.
Esa mezcla genera un efecto particular en el espectador: primero la risa, después el golpe emocional. Y quizá ahí radique una de las razones por las que la obra logró generar tanta conexión con el público. “Cuando te reís, bajás defensas”, sostiene. “Entonces quedás más receptivo para emociones más complejas”.
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La respuesta de quienes asistieron a las funciones terminó confirmando esa conexión inesperada. Erica Rusyniak, que interpreta a Valentina, admite que el elenco todavía se sorprende con las reacciones del público: “La gente se reía en momentos que ni siquiera imaginábamos”. Y enseguida agrega que después de la risa aparecía otra cosa: silencios, emoción, identificación, incomodidad. “Ver lo que se genera en el otro nos inspira muchísimo”, aseguró.

Con entradas agotadas y devoluciones que crecieron función tras función, MetAMORfosis del amor empezó a consolidarse como una de esas obras independientes que encuentran potencia justamente en su honestidad emocional. Sin grandes artificios. Sin golpes bajos directos. Sólo personas intentando entender por qué amar puede ser tan hermoso como devastador.
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Ahora, mientras se acercan las últimas funciones, el grupo ya piensa en lo que viene. Tincho Tudela, en el rol de Juan, reconoce que el primer objetivo es cerrar esta etapa de la mejor manera posible, pero también proyectar el espectáculo hacia nuevos escenarios: “Es una obra muy viva”, explica. “Siempre aparecen cosas nuevas para ajustar, descubrir y potenciar”.
La posibilidad de presentarse en festivales o continuar el recorrido en otros espacios aparece como uno de los próximos desafíos. Aunque también existe otro obstáculo muy concreto: coordinar las agendas de diez actores y dos directoras.
Sin embargo, el entusiasmo sigue intacto. Porque cuando una obra logra que el público se vea reflejado en escena, algo cambia. Ya no se trata solamente de teatro. Se transforma en experiencia compartida. En conversación pendiente. En emoción reconocible.
Y quizás ahí esté el verdadero corazón de MetAMORfosis del amor: en recordar que, aun en medio de las heridas, de las contradicciones y de las despedidas inevitables, las personas siguen intentando encontrar una forma posible de amar.
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