Lucas Soares: “El límite de la divulgación es cuando la filosofía se transforma en una mercancía de la góndola de la autoayuda”

Entrevista con el docente y poeta, director de la colección “La revuelta filosófica”, quien acaba de publicar “La médium”, un singular libro de memorias, híbrido de poesía y prosa. Amigarse con no entender, recomendaciones de clásicos que no pueden faltar y el empobrecimiento de la retórica en el discurso político, algunos de los temas

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Lucas Soares (Foto Télam)
Lucas Soares (Foto Télam)

Lucas Soares es docente y es poeta; es autor de varios libros de poemas -El río ebrio, El sueño de las puertas, Mudanzas, El sueño de ellas, La sorda y el pudor, Un drama eléctrico- y acaba de publicar La médium (Mansalva), un libro hermoso y conmovedor, narrado con un elaborado cruce de géneros: se trata de un híbrido en el que hay poesía, textos breves y sobre todo la memoria de un argentino nacido a mediados de la década del 70. Soares nació en el seno de una familia integrada por intelectuales reconocidos como su padre, el periodista Norberto Soares (autor del libro de cuentos Gente que baila) y sus tíos Nicolás Casullo y Ana Amado, estos últimos nombres clave de las ciencias sociales de las últimas décadas. Al mismo tiempo que se dedica a enseñar y a producir obra, desde el año pasado el escritor e investigador conduce además un proyecto de divulgación que lleva adelante con un conjunto de colegas.

Semanas atrás Lucas Soares visitó el programa Vidas prestadas en Radio Nacional, para hablar de sus libros, de la importancia de la filosofía en el pensamiento de todos y de cada uno y también de la necesidad de leer a los autores y no solo quedarse en la palabra de los divulgadores. Lo que sigue es una reproducción de esa conversación.

— “La revuelta filosófica” es una colección de Galerna en la que se publican textos sobre filósofos que no son justamente los más conocidos. No están ni Platón ni Sócrates, por ejemplo. ¿Qué hay detrás de esa decisión?

— La colección surgió de una manera bastante rara porque yo hace 20 años que doy cursos de extensión para públicos no especializados en el Rojas y tuve de alumno durante un año al director de la editorial Galerna. Entonces, cuando terminó uno de los cursos me pidió si no podíamos hacer eso mismo en el formato de una colección. Ahí empecé a pensar una colección que no fuera introducción general a Platón, a Hegel, porque hay muchas así. Eso me parece que ya está hecho, y bien hecho y mal hecho, pero el formato así de “Platón: o Hegel: Una introducción” ya existe. Entonces empecé a pensar primero un eje que fue el de la revuelta. Y, después, la idea de tomar filósofos más contreras, que en su momento iban en contra de las tradiciones hegemónicas de su tiempo.

— Casi una vanguardia filosófica.

— Entonces me gustó empezar por Epicuro porque justo es un filósofo que se pelea con la tradición platónica, aristotélica; que propone la idea de una filosofía no tan sectaria o para los académicos, para los peripatéticos, sino una filosofía en la que pudieran participar jóvenes, viejos, ricos, pobres. Una concepción más ampliada de la filosofía. Fue como una declaración de principios. Empezar por Epicuro fue una manera de decir bueno, nos interesan estas filosofías que van un poco a contramano de las hegemónicas. Y después tomar por ejemplo a un filósofo medieval que se llamaba Eriúgena, que era un racionalista en el Medioevo y que no es tan conocido -salvo por Borges que lo menciona varias veces-, después Spinoza. Entonces esa fue un poco la idea.

— Los menos divulgados.

— Exacto. Y ver qué resonancia tiene hoy la revuelta filosófica que ellos propusieron en su momento, porque también me interesa ver cómo interpelan esas revueltas en el presente. Que no sea un trabajo arqueológico, como si la filosofía fuera una especie de salón de museo donde vas a ver algo que no tiene ninguna incidencia en el presente.

— Otra particularidad de la colección que dirigís es que quienes escriben provienen de la academia pero también practican la divulgación, sin perder rigor. Además, en los libros no solo hay ensayos de los expertos sino textos de los propios filósofos.

— Tal cual. En mis clases yo generalmente hago una selección de textos para que los alumnos pasen por la letra del filósofo. Parece una obviedad pero en muchos cursos de filosofía y muchos libros de divulgación el lector no llega nunca a la letra. Y eso genera un espejismo, porque el lector cree que entiende, y después va a leer al filósofo y no entiende absolutamente nada. Entonces siempre te quedás con un saber de oídas, indirecto, repitiendo como mantra la palabra del divulgador, y la filosofía se transforma en eslogan, ¿entendés? En frases que no sabés de dónde vienen o a propósito de qué surgen. Porque la filosofía es una historia de peleas, o sea con quién se está peleando un filósofo a partir de cada frase. Entonces, lo que hacemos de alguna manera es ofrecer a través de los autores un guión de lectura, y después, la mitad del libro es una selección de textos que te permite incluso discutir con la palabra del especialista. Porque tenés como una lectura más autónoma y un pasaje por la fuente. No hay libro de divulgación ni profesor que pueda sustituir el placer de lectura que te pueden dar unas páginas de Nietzsche, unas páginas de Spinoza. No hay, no existe.

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— ¿Esto es porque al mismo tiempo estamos hablando de sujetos que al pensar algo nuevo también generaron una nueva forma de escribir?

— Claro, o sea, hay algo que es central y es que el estilo de escritura hace a la filosofía. Vos no podés separar a Nietzsche del estilo de escritura. Primero, porque él genera una fusión entre literatura y filosofía como también la encontrás en Heidegger o en Deleuze. Como ya la encontrás desde los orígenes de la filosofía. No te olvides de que la filosofía empieza como poesía, con el poema de Parménides en el siglo VI A.C. o Heráclito, que escribe en formato poético. Uno se olvida y cree que la filosofía es ese tono hipertécnico, austero, tipo La crítica de la razón pura, pero la filosofía en Grecia empieza como poesía. O sea, como una amalgama entre filosofía y poesía. En una época en donde la filosofía está enhebrada a la religión, a la poesía, no está separada como hoy y no como un discurso autónomo. Nietzsche recupera eso, Deleuze recupera eso, y entonces leer al autor es leer también una forma de escritura, y eso no hay libro de divulgación, ni buen manual ni buena introducción que lo pueda sustituir.

— Vos sabés que la filosofía también puede ser un fenómeno editorial, no solo en la Argentina, sino también en países centrales como Alemania. Es algo que a uno le puede gustar más o menos, pero se pueden llenar teatros hablando de filosofía. ¿Qué pensás de este fenómeno, cuál es el límite de la divulgación filosófica?

— Bueno, el límite de la divulgación es cuando la filosofía se transforma en una mercancía de la góndola de la autoayuda, ¿no? O sea, cuando la divulgación se transforma en un fin en sí mismo. A mí me interesa que la divulgación sea un medio para que el lector en algún momento y estimulado por el libro llegue a la fuente, llegue a la lectura, aunque sean unas páginas. Cuando la divulgación se plantea como un fin en sí mismo ahí me parece que no está cumpliendo su cometido. A mí me parece que el norte es ese, que vos le brindes al lector una especie de guión. Y me parece que hay divulgación muy bien hecha y divulgación que a mí no me interesa. No voy a decir que está mal hecha porque tampoco me quiero poner en ese lugar. Me parece que hay una divulgación que para mí cumple su cometido y hay otra que no. A mí me interesaba también mostrar que desde la academia, desde la universidad, no solo desde los medios de comunicación, podemos producir un tipo de divulgación rigurosa, creativa, y abierta para un público más amplio no especializado. Por eso convoqué justamente a gente de mi generación, todos docentes de la carrera de Filosofía.

— ¿En qué año naciste?

— En el 74. Y más o menos invité como autores a gente de mi generación que son docentes de la carrera de Filosofía e investigadores del CONICET. De alguna manera ahí vos ves las solapas y son todos académicos. Pero académicos que trabajan con soltura en los dos registros, en la prosa académica y en la prosa ensayística. Y aparte hay algo de una divulgación que a mí no me interesa que es que todavía sigue trabajando en el antagonismo academia-divulgación. O sea que para constituirse a sí misma se para en un lugar de antagonismo con la academia, y eso me parece que ya es viejo. Esta colección es una muestra de que hay académicos que también pueden hacer la divulgación de una forma rigurosa, interesante.

— Pasa con la ciencia también.

— Pasa con la ciencia. Fijate el fenómeno de divulgación en neurociencia. Pasó con la historia, donde tenés buena y mala divulgación. Pasó con la biología. Pasó con la economía.

— Sos hijo de un padre periodista cultural y escritor. Madre psicoanalista, por lo que te rodeaba un ambiente intelectual. Pero fuiste por otro lado. ¿Cómo elegiste la filosofía y cuándo?

— La elegí a los, más o menos 17 años. Yo venía escribiendo poesía desde los 15. Estaba entre la carrera de Letras y la carrera de Artes, porque mi tía, justamente, que se llamaba Ana Amado, dirigía la carrera.

— Yo te hablé de tus padres, pero si nos ponemos a hablar de lo que es tu familia, también podrías haber tenido una librería maravillosa como Ghandi (N. de la R. uno de sus tíos era Elvio Vitali, el conocido dueño de la librería Gandhi). Y estaban Ana y Nicolás Casullo, claro.

— Tenía unos tíos brillantes.

— Sí, claro que sí.

— Y yo pintaba para la carrera de Artes por la influencia de mi tía o la carrera de Letras y en el medio mi madre se pone en pareja con un psicoanalista que había hecho la carrera de Filosofía y cuando lo conozco le pregunto a él qué onda la carrera, qué me podés recomendar. Y nunca me voy a olvidar, me dio un texto de Pascal que se llama La apuesta, que tiene tres, cuatro carillas, donde un personaje le apuesta a otro que existe Dios. Lo leí y me quedé fascinado. Dije “bueno, si existe una carrera donde durante cinco años voy a estar leyendo esta clase de textos, la hago”. Y finalmente hice una carrera donde se dan esa clase de textos y la volvería a hacer porque es hermosa.

— Ahora, vos entraste a Filosofía sin saber estrictamente qué te ibas a encontrar después. ¿Tenías claro eso?

— Un poco sí, porque también vengo de una familia que pasó por la academia y esa disciplina de estudio que te instala la academia para mí era genial porque cuando tenés esas lecturas adolescentes sos muy disperso. La filosofía es una tradición milenaria de pensadores para la que necesitas un poco de sistemas de lectura. Y la academia te da eso también, pensá que es una carrera que tiene un siglo y pico y que implicó generaciones que se dedicaron a pensar sistemas de lecturas de estos filósofos y no es fácil ser autodidacta en filosofía, digamos, no es fácil. No digo que no los haya.

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— Tu último libro, se llama La médium. Aparece la memoria de tu padre y la memoria de una época que viviste de chico. ¿Cuánto de aquello que hacía tu papá tiene que ver en esta idea de divulgar lo que sabés? Tu papá hacía periodismo cultural, y él era joven en la época de la mayor divulgación cultural en Argentina, con las colecciones del Centro Editor de América latina a la cabeza. En ese contexto el periodismo cultural tuvo un lugar fenomenal, ahí donde estaba tu viejo justamente, Norberto Soares.

— Sí, es increíble porque se conecta un poco con lo que hablábamos, el Centro Editor justamente sacaba libros incluso de filosofía y de sociología con selección de textos. Ahora se anuda con lo que hablábamos antes. Sí, no había pensado nunca así la cuestión de la influencia pero mi padre tuvo justamente una función de difusión de muchos de los autores centrales de la época del 70, por ejemplo Ricardo Zelarayán, o Las tumbas, de Enrique Medina, o Gombrowicz. En Primera Plana, en La Opinión, en los suplementos culturales de la época, de los cuales yo hablo en una parte de La médium. O sea, ciertos autores que hoy son bastante conocidos, o muy conocidos, ya canonizados, pero que fueron difundidos en esa primera época. Hace un tiempo yo tuve que relevar alguna de esas notas y me impresionó la cantidad de primeras obras reseñadas por mi padre en esos textos larguísimos.

— Casi como asumiendo el riesgo de presentar a esos autores.

— Total. Desconocidos y de golpe cinco carillas, o tres, cuatro carillas. Pero muy largas sobre un desconocido.

— ¿Cómo lo recordás como lector?

— Como un lector exquisito, siempre. A mí su formación literaria, no sólo la educación sentimental que tuve con él sino la formación literaria que tuve con él fue increíble. O sea, me evitó muchos malos tragos en lo que respecta a la formación literaria y me abrió panoramas; me hacía leer a Gombrowicz a los 15 años, me decía tenés que leer esto, tenés que leer esto. Un lector exquisito, la verdad que hoy lo sigo recordando así, alguien que descubría todo el tiempo prosas. Me hablaba de Thomas Bernhard... Y de golpe todos mis amigos estaban leyendo Cien años de soledad y está genial pero, digamos, yo tenía de golpe todo un canon de autores de los cuales ahora sí tengo mucha más idea pero en esa época...

— En el libro de María Moreno Black out se reseña precisamente esa época y tu padre es uno de los protagonistas. ¿Cómo fue leer ese libro?

— Bueno, fue un puñal en el buen sentido, porque da en la tecla. María fue una de las mejores amigas de mi padre y le dedica un capítulo de su libro. Aparte de que es mi padre, me parece uno de los capítulos más hermosos del libro porque se nota el amor por ese personaje. Y la sensación que tuve es la sensación de cuando te enfrentas a una verdad. Una verdad donde te rendís. Realmente el retrato que hace ella hace es un retrato verdadero y es mucho más objetivo que el que puedo tener yo como hijo. Porque muestra eso, un personaje completamente autoexigente con su escritura, por lo cual terminó publicando su primer libro a los cincuenta y pico y ninguno más. De una autoexigencia tremenda que quizás tenía que ver con el hecho de ser crítico. Y después también un autoboicot vital que se liga también con su alcoholismo. Entonces ese itinerario de la promesa eterna y después el autoboicot María Moreno lo retrata muy bien.

— En La médium, aparece tu padre también como protagonista y me gustaría que me cuentes cómo surge la idea de escribir este libro y cómo decidiste la forma, ya que aparece el verso, el texto breve más al estilo poema en prosa.

— Sí. La forma tardó mucho tiempo; es un libro para el que me costó mucho encontrar la estructura. Yo siempre en mis libros trato que haya una estructura, una cuestión arquitectónica muy fuerte, y en este me costó. Y finalmente la idea es la de un personaje que consulta a una médium para contactarse con el espíritu de su padre. Y toda esa parte en prosa, que son como prosas poéticas, me sirve para desplegar una serie de personajes que después aparecen en la segunda parte, que es en verso. Y las dos partes dialogan. Y también quería un poco salir de la poesía, del verso, y empezar a jugar un poco con la prosa. Pero me interesaba que estuvieran las dos formas; siento que es algo que no está tan explorado, la conversación en un mismo libro entre diferentes géneros. Sí quizás entre la ensayística y otros, pero entre la poesía y la prosa para mí no estaba tan explorado y, digamos, me jugué por ese formato. Y podríamos decir que el clima epocal es ése: un preadolescente que está viendo un poco ese retrato que trabaja María en su libro. Por eso no es casual que la contratapa de La medium sea de María Moreno y, aparte, entre los personajes aparece su hijo, aparece su madre... El hijo de María era mi mejor amigo hasta más o menos los 12, 13 años, con lo cual aparece todo un mundo que la compromete a ella también.

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— ¿Por qué pensás que en un país como el nuestro que suele -como solemos a veces graficar- pegarse tiros en el pie es importante la filosofía?

— Un poco para pensar por qué nos pegamos tiros en el pie (risas), eso sería lo principal. Y por qué es una sociedad tan autoboicoteada desde su origen, ahí hay un tema para pensar no solo psicológicamente sino también filosóficamente, por qué no podemos salir de este lodo. Ese es un primer punto. Después, para pensarnos de otra manera. O sea, para mí lo más genial que tiene el pensamiento filosófico es que pone en entredicho esas maneras habituales de pensar las cosas. Y esto me parece clave: cómo podemos pensar de otra manera el país. Cómo podemos pensar de otra manera la relación entre gente que piensa distinto y no desde la guerra, no desde la permanente agresión. Me parece que estamos todos pidiendo eso.

— Hay algo de achatamiento de la retórica también en la Argentina, ¿no? Porque uno llegó a escuchar a políticos distintos, con los que coincidía o no, pero que podían hablar. En los últimos tiempos existen, por supuesto que existen, pero las sesiones en el Congreso por momentos dan vergüenza ajena. No solo por lo que ofrecen en términos de pensamiento sino por el modo en que eso se ofrece.

— Claro, en términos de retórica política. Bueno, una de las cosas que te enseña la filosofía, y sobre todo la griega, es ver que en los orígenes de la democracia el logos, la retórica política, era el arma política por excelencia. O sea, vos no podías participar en política si no sabías hablar, por eso estudiabas con los sofistas. Hoy podés ganar una elección solamente con el marketing político, sin hablar. De hecho creo que no es un problema local, la twitterización del pensamiento la encontrás en Trump. O sea, no es un problema de Argentina.

— Pero ahí está la pauperización de las figuras políticas, también, ¿no?

— Pero esto me parece que es global. Yo hablo todo el tiempo de una tedificación del pensamiento, esto de una idea genial en 20 minutos. Pero no es un problema con las charlas TED sino que hay una cuestión de una economización, no solo un achatamiento como decís, sino una economización cada vez mayor del pensamiento.

— Pierre Bourdieu hablaba del fast thinking.

— Sí, exacto, exacto. Pasa por ahí. Y a mí me parece que el pensamiento filosófico es todo lo contrario: es arborescente, es expansivo, es artesanal digamos, no es esta cosa industrial, economizada, de tantos caracteres o de 20 minutos.

— Pero a un lector le puede preocupar mucho decir “yo no voy a entender” o “cómo hago para entender”. Y a veces hay que leer mucho para que quede algo. ¿Cómo se hace para adquirir esa paciencia?

— Bueno, esto me parece clave: primero hay que amigarse con el no entender. O sea, el no entender es clave. Es como el acicate del trabajo filosófico, es como lo que aviva el deseo de indagación en la filosofía. Lo que pasa es que está muy sobrevalorado el entender pero en filosofía tenés que amigarte con eso. Hay momentos en que estás leyendo la obra de un filósofo y vas a vivir, vas a experimentar pasajes de no entender. Pero esos pasajes de no entender que pueden generar angustia también te generan un deseo de indagar más, de comprarte un manual para tratar de entender a ese filósofo, de comprarte otro. Entonces es positivo; hay que capitalizarlo en el buen sentido, hay que encauzarlo y hacerlo llegar a un buen puerto.

Lucas Soares (Foto: Télam)
Lucas Soares (Foto: Télam)

— Si yo te preguntara por cinco libros de iniciación a la filosofía que uno tiene que leer, ¿cuáles serían esos que no pueden faltar en una biblioteca?

— Primero, El banquete de Platón. Ahí está toda la síntesis entre literatura, filosofía, religión. Y encima sobre el tema del amor. Ese sería el primero. El segundo, Ecce homo, de Nietzsche, que es una especie de autobiografía intelectual. No el Zaratustra sino Ecce homo. El tercero, Caminos de bosque de Heidegger. El cuarto que a mí me gusta mucho es Conversaciones, de Deleuze. Son precisamente conversaciones en las que habla de los ejes de su filosofía.

— Y es más sencillo que entrar directamente a su filosofía.

— Es más sencillo, es un Deleuze entrevistado. Y otro libro que marcaría como el quinto es El concepto de la angustia de Kierkegaard. Yo a esos cinco libros vuelvo siempre.

— Mencionas a Heidegger, que es un personaje controvertido por cuestiones que no tienen que ver estrictamente con su filosofía sino con sus decisiones personales y políticas y adhesiones a regímenes horrorosos. ¿Uno puede leer a un autor pese a que como persona sea alguien que para uno falló?

— Sí, también te pasa con la literatura. Pienso en Céline ¿no?

— Exactamente, sí, sí, yo pienso lo mismo pero por eso te pregunto.

— Creo que sí. En el caso de Heidegger hay dos líneas; están los que creen que en su obra filosófica se puede advertir, rastrear algo del orden de la posición antisemita o nacionalsocialista, etcétera, y están los que deslindan una cosa de la otra. Si vos partís de la posición de deslinde, creo que se puede leer perfectamente y hay mucha riqueza en ese pensamiento. Si estás comprometido con la otra línea creo que no. Creo que los dos tienen su parte de razón. Pero yo no soy de comprar en bloque los sistemas de pensamiento filosófico. Todos tienen fallas, todos tienen defectos. Porque son humanos; uno los endiosa pero son seres humanos, con fallas. En el caso de Heidegger vos podés tomar partes y dejar de lado otras. Lo mismo de Nietzsche. Bueno, justamente con Heidegger podés hacer eso, dejar esas partes en donde hay ciertas resonancias del bucolismo nacionalsocialista.

— Te hago la última, Lucas. Si te pregunto cuál es el libro que más veces regalaste ¿te acordás?

— Sí, regalo mucho Crónicas de motel, de Sam Shepard, qye tiene también eso de prosa y poemas a la vez. Ese lo regalo mucho.

— Hermoso libro.


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