
La Argentina ya tiene un premio Nobel de Literatura y lo recibió Jorge Luis Borges. El año pasado, cuando el premio “oficial” se suspendió en medio de escándalos y denuncias, la Fundación Filba recogió el guante y, durante la inauguración del décimo Festival de Literatura de Buenos Aires —este año se realizó la 11° edición— , le entregaron en forma póstuma el Nobel “paralelo” al autor de Ficciones.
A decir verdad, aquella no fue la única vez que los argentinos nos apropiamos por la fuerza y el arte del Nobel preciado. La película “El ciudadano ilustre” de esa dupla genial compuesta por Gastón Duprat y Mariano Cohn contaba la historia de un tal Daniel Mantovani —hubiera sido un chiste soberbio que se llamara Carlos Argentino Daneri, como el personaje odiado por Borges en “El Aleph”— que volvía a su pueblo natal después de haber recibido el premio. El juego de los Duprat-Cohn fue más allá y un tiempo después de la película publicaron un libro firmado por Mantovani con una faja que decía “Ganador del Nobel”.
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Dos gestos —humoradas, desagravios y chauvinismo: todo a la vez— que dan cuenta de cómo el país literario está signado por ese espacio vacío.
García Márquez lo ganó —con justicia— en 1982. Era muy joven; no había cumplido 55 años. Tiempo después dijo que una de sus primeras sensaciones fue de alivio. Por lo menos, se dijo, no iba a sufrir la incertidumbre que año a año vivía Borges. Pero el propio Borges se lo tomaba en broma.: con su ironía habitual hablaba de la tradición escandinava que consistía en no darle el premio.
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De tradiciones y vanguardias
¿Será César Aira el nuevo destinatario de aquella tradición? Su nombre circula desde hace varios años como uno de los candidatos más firmes, pero los suecos han elegido a Alice Munro, Patrick Modiano, Svetlana Aleksiévich, Bob Dylan —¡un músico!—, Kazuo Ishiguro. Después del año perdido, dieron los premios a dos europeos: Olga Tokarczuk y Peter Handke. Hace nueve años, desde que Mario Vargas Llosa lo recibiera en 2010, que no se elige a un latinoamericano: no era descabellado que este fuera el año de Aira.
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Aira es un exquisito a la altura de Borges. Alguna vez la escritora Gabriela Massuh hizo una comparación entre ellos: Borges tiene la visión del lenguaje como cárcel; Aira se queda dentro de la cárcel y desde allí construye un mundo. Un mundo desorbitado y extremo, en casi medio siglo de escritura ha publicado más de 100 títulos. Una lista desordenada e inconmpleta: Ema, la cautiva, Festival, La liebre, El divorcio, El misterio, Cumpleaños, El mármol, Margarita, un recuerdo, Cómo me hice monja, La costurera y el viento, un largo etcétera. “Escribo lento pero escribo todos los días”, se justifica más de una vez.
“Escribo lento pero escribo todos los días”, se justifica más de una vez. Sus libros son hechos artísticos, casi instalaciones. Suelen aparecer en editoriales independientes y pequeñas, como Blatt & Ríos, Mansalva, Beatriz Viterbo. Un tipo muy culto —que ha sido, por ejemplo, jurado del BAFICI—, en sus novelas o “novelitas”, como prefiere llamarlas, suele cruzar disciplinas y abordar teorías sobre música y pintura. La más reciente, justamente, es “Pinceladas musicales”. A su modo, Aira reactualiza y reformula una pregunta que viene de tiempos remotos: para qué sirve la literatura.
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¿Por qué, entonces, no gana el Nobel? Una idea —un poco exitista y por eso la elegimos— es que Aira está tan a la vanguardia, que tiene que crear a sus propios lectores. “Mis lectores serán póstumos”, dice una cita apócrifa de Borges. Bien podría habérsela atribuido a Aira.
“La carrera del músico innovador”, escribe Aira en la biografía de Cecil Taylor, “era difícil porque, a diferencia del músico convencional que sólo tenía que halagar al público, debía crearlo, crear su propio público inexistente hasta entonces”. Esa es la manera en que César Aira entiende la literatura y el arte: como una creación continua que nunca es para todos.
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