
La ciudad de Weimar, con apenas 65.000 habitantes y situada en el corazón de Alemania, se erige como un microcosmos en el que convergen tanto el esplendor intelectual como las tragedias más sombrías del país. Este lugar, que albergó a figuras como Goethe, Schiller y Nietzsche, fue escenario tanto del nacimiento de la república democrática alemana en 1919 como de los experimentos regionales iniciales del Partido Nazi una década después. Esta dualidad, marcada por el contraste entre cultura refinada y barbarie política, constituye el eje del nuevo libro de la historiadora Katja Hoyer, quien reconstruye los años entre guerras de Weimar mediante registros públicos, cartas, diarios y memorias de sus habitantes.
En 1926, cuando Weimar ya era la capital de Turingia, la ciudad acogió el primer congreso nazi tras la re-fundación del partido. Las fuerzas policiales calcularon una asistencia de 7.000 a 8.000 personas, un dato que revela la magnitud incipiente del movimiento en ese momento.
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Durante ese encuentro, los nazis celebraron el ritual de la “Bandera de Sangre” en el mismo auditorio donde, solo siete años antes, se había aprobado la constitución de la república. En palabras de Hoyer, “en la cuna de la democracia alemana de posguerra, Hitler realizó una ceremonia para santificar un movimiento que pretendía destruir la joven república”.

En una de las cifras más impactantes del período, la ciudad fue elegida en 1937 para instalar el campo de concentración de Buchenwald, el mayor de Alemania y situado a apenas ocho kilómetros del centro de Weimar.
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La relación entre la comunidad local y el campo fue tangible: los prisioneros llegaban por la estación ferroviaria local, las autoridades municipales suministraron servicios e infraestructuras, y, hasta 1940, los crematorios de la ciudad fueron utilizados para incinerar cadáveres. Aunque oficialmente era un campo de trabajo y no de exterminio, en Buchenwald fallecieron 56.000 internos, en su mayoría judíos.
Así, lo ocurrido en Weimar trasciende la categoría de anécdota local: ejemplifica cómo una sociedad, situada originalmente en la vanguardia cultural y democrática, se transformó en laboratorio político de las fuerzas totalitarias. Durante la crisis económica de 1929, el respaldo electoral nazi en la ciudad alcanzó el 24%, una cifra que superaba por más del doble el promedio de Turingia.
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Ese resultado permitió a los nazis acceder por primera vez al gobierno regional, ocupando las carteras de Interior y Educación en coalición con otros partidos de derechas. El experimento terminó en 1931, pero durante esos años Weimar fue escenario de una aplicación temprana de las políticas nacionalsocialistas.
La dualidad de Weimar también se expresó en el papel de sus habitantes. Un ejemplo central en la obra de Hoyer es Carl Weirich, propietario de una papelería, quien registró sus vivencias y dilemas en diarios privados.
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Acuciado por repetidas quiebras, Weirich optó por votar a los nazis en 1933 y llegó a ser contribuyente financiero de las SS en los años siguientes, aunque nunca formalizó su afiliación al partido. En 1938, tras la Noche de los Cristales Rotos, escribió en su diario: “Comenzó una creciente persecución de los judíos, que era una blasfemia contra Dios mismo”.

El diario de Weirich adquiere particular valor histórico tras la liberación del campo Buchenwald. Con horror, describe el impacto de ver los crematorios y montones de cadáveres al ser llevado allí por tropas estadounidenses, una experiencia común a otros habitantes de Weimar. Sin embargo, en ningún momento —ni siquiera hasta los años 1970, fecha límite de sus registros— reflexiona sobre la responsabilidad personal que pudo haber tenido en la gestación de esos crímenes.
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Katja Hoyer, que se distancia de emitir juicios individuales sobre figuras como Weirich, sostiene en el libro que entender cómo personas comunes, incluso apreciadas socialmente, abandonaron la democracia resulta fundamental para preservar las libertades en la actualidad. Esta advertencia cobra vigencia tras los resultados de las recientes elecciones estatales de Turingia en 2024, cuando el partido de ultraderecha AfD encabezó la votación con 33% del apoyo popular.
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