(Maximiliano Luna)
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Su voz es suave, pausada. Está de piernas cruzadas sobre un sillón de dos cuerpos en una librería palermitana llamada Libros del Pasaje, sobre la calle de Thames. El pasaje Russel, de apenas dos cuadras, choca contra Thames —justo en la puerta de la librería— y desaparece. El sol no puede aliviar demasiado el frío que recrudece con los días, por eso en las calles hay muy poca gente. Adentro, el clima es agradable. Algunos almuerzan, otros toman café, la mayoría tiene un libro en las manos. "La literatura tiene que abrir preguntas y mantenerlas siempre abiertas. Cuando venís a dar respuestas es cuando no sirve", dice Valentina Vidal.

Luego de algunas fotos con las enormes bibliotecas que empapelan este lugar de fondo, la autora conversa con Infobae Cultura sobre su último libro: Fuerza magnética. Acaba de editarlo Tusquets y no han sido pocos los que lo han halagado. Es una novela de capítulos breves, varios personajes y trama galopante. Se lee con tal voracidad que es probable que quien comience a leerla con atención la acabe en apenas unos días.

(Maximiliano Luna)
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Envuelta en una bata floreada, acostada sobre una camilla, Alina cruza los pasillos de una clínica privada mirando el techo. Está en tratamiento oncológico por un cáncer recientemente detectado. El lugar, para ella, es conocido: aquí trabaja y, por consiguiente, aquí también se atiende. Alina tiene una amiga, tal vez mejor amiga, que también trabaja en la clínica. Se llama Jimena y, mientras la acompaña e intenta que no se desmorone anímicamente, observa con detenimiento las transformaciones que suceden en su ámbito laboral. El inminente cambio de directorio de la clínica amenaza con borrar de un plumazo una cantidad importante de puestos de trabajo. El fantasma de los despidos. 

¿Cómo se moverán los jugadores en este escenario precarizante? ¿Quién será el encargado de señalar con el dedo a los que se deberán quedar afuera? ¿Quién firmará los papeles y guardará silencio cuando se recorten los medicamentos oncológicos? ¿Quién grabará los debates que se realizan en la asamblea de los trabajadores para luego mostrárselos a los nuevos jefes? ¿Puede florecer el amor, el sexo, la amistad, el compañerismo en un suelo tan árido y angustiante?

Valentina Vidal trabajó muchos años en una clínica. Ante la pregunta de qué tal esa experiencia, revolea los ojos y asegura —con la sonrisa de los temas superados— que fue un horror. "Me parecía un escenario súper interesante para poner a jugar personajes, sobre todo personajes en riesgo: la inminencia de perder un laburo o perder la salud y cómo se iban intercambiando los roles ante la angustia, ante la crisis, y cómo el poder corrompía a algunos. Lo que más me interesaba era narrar los vínculos", asegura.

La clínica real, esa en la que trabajó y se inspiró para construir esta novela, terminó "cerrando, declarándose en quiebra y dejando a todo el mundo en la calle". Con inteligencia y dedicación convirtió esa experiencia en literatura. Aunque no fue tan fácil: "Primero había pensado en hacer un libro de relatos, que todos los capítulos cerraran como un cuento. Así que en un principio eran todos relatos que tenían que ver con el lugar: la clínica. Después, al leerla completa, no me cerraba, no me parecía que quedara bien y lo empecé a reescribir agarrando lo que me servía y reescribiendo un montón de partes".

(Maximiliano Luna)
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El tema que aborda de frente Fuerza magnética es el trabajo. "Y la vida y la muerte revoloteando sobre el trabajo", agrega. "Porque todos los trabajos tienen algo, pero en salud está eso. Hay pacientes, se trabaja con personas. Tanto los médicos y los técnicos como los secretarios tienen que estar lidiando con eso todo el tiempo, y no es nada fácil. Y atrás de todo eso hay un empresario, además. Es muy estresante trabajar en salud. No fue sólo mi experiencia y los ex compañeros que tuve, he hablado también con otras personas que también laburan en salud y tienen la misma sensación: es otro tipo de carga, de estrés".

Entre los personajes hay una joven doctora que está haciendo su residencia en la clínica. En ella, el sexo y la masturbación son los pequeños escapes que le permiten descomprimir la hostilidad a la cual es sometida. "El residente es mano de obra barata", sostiene la escritora. "Por lo menos, en el privado es así. Los explotan con eso de aprender, que obvio que tienen que aprender y estar ahí los tres años, los cuatro años que hayan elegido, pero mientras tanto las noches de guardia sin parar las hacen".

Otro personaje secundario pero gravitante es Salta, un técnico que supo ser un gran compañero pero ahora, con este cambio de directorio, se convirtió en una suerte de verdugo. Cómo el poder corrompe a las personas es un tema recurrente que excede a la literatura. La película alemana de 2001 El experimento lo muestra muy bien. Hay una canción de Attaque 77 que es precisa en este aspecto. Dice: "El más sumiso de cualquier barrio / puede volverse un tirano teniendo la opción". Salta representa esa metamorfosis humana.

"A veces, cuando entra con los tapones de punta un nuevo directorio —dice la autora— hace ciertos juegos maquiavélicos como de ajedrez. En este caso lo que había era un acoso laboral a los trabajadores con más antigüedad y lo que se hizo fue cambiar figuritas: agarrar a alguien que no tenía nada que ver con recursos humanos, como es el caso de Salta, porque era técnico del área de imágenes, y darle el poder para poder manipularlo. Era muy fácil lograrlo. Ahí estaba: cada uno iba agarrar para el lado que pudiera, que sus valores o su instinto de supervivencia le disparara".

(Maximiliano Luna)
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Supervivencia. En algún punto, Fuerza magnética ofrece un panorama originario: personas sobreviviendo. "Yo lo que quise hacer fue narrar una situación particular que remite a esa clínica, que por supuesto es replicable a un montón de otros trabajos", comenta.

La irrupción del sindicato es lo que ofrece una posibilidad de cambio: la organización de los trabajadores mediante un sistema asambleario donde se discuta qué hacer. "Cuando yo trabajaba en la clínica, el sindicato entró porque los sueldos no se pagaban, las cargas sociales tampoco. Aunque no hizo mucho: vino a poner ciertos parámetros, hacer asambleas, pero finalmente no se llegó nada y el resultado fue el mismo. La figura del síndico, de los sindicatos, tiene que existir, porque sino sería cualquier cosa. Pero muchas veces no operan a favor del trabajador. En este caso de la novela en particular sucedió eso", comenta.

—En la novela, los personajes parecen estar en principio despolitizados y van tomando diferentes posturas a partir de la irrupción del sindicato. Y se puede hacer un paralelismo con la sociedad actual. ¿Los ves así? ¿Notás cierta despolitizaión?

—Sí, lo veo así. Sobre todo porque cuando yo tuve esta experiencia, que fue a principios del 2000 y estábamos dejando atrás los noventa. La verdad que es similar. La situación en lo que se refiere al trabajo, la precarización laboral, a la nueva aparición del sindicato, a los paros extraños que de repente son en días que no sirven de mucho. Sí, hay un paralelismo y me di cuenta cuando la terminé de escribir. Esta escritura llevó cuatro años entre baches y cosas, y fue una pena terminarla y darme cuenta que se podría haber escrito hoy.

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Hace unos años Valentina Vidal empezó a creer en la literatura. No es que antes no lo hiciera, pero de pronto los extraños mecanismos del mundo la pusieron frente a una gran obra. Lo supo desde el principio —tal vez de forma algo inconsciente— y por eso decidió pulirla pacientemente. Pero el resultado, Fuerza magnética, tiene una trayectoria que la excede.

Las primeras lecturas de Valentina Vidal fueron en su propia casa. "Mi viejo siempre tuvo una súper biblioteca y la verdad que desde los 15, 16 años me bajó Rayuela y ahí arranqué. Después me empezó a regalar Demian, Romeo y Julieta y toda esa lectura ya me metió en la literatura. Después fue ir leyendo, escribiendo y formarme más con talleres. Hice uno con Vicente Battista. Para esta novela hice una clínica con Federico Falco. Y mucha lectura, más bien por instinto, un poco autodidacta", cuenta.

Al empezar a leer, la escritura decantó enseguida. De chica escribía cosas sueltas. "En la adolescencia me hacía la poeta. Por suerte no quedó nada de eso como para que yo lea", dice y se ríe. "Salvo un fragmento que mi viejo, cuando salió el libro, con orgullo me lo mostró. 'Mirá, yo ya guardaba tus cosas…' No estaba tan mal, por lo menos", y vuelve a reírse. "Pero medio que no me daba cuenta. No tenía en mi cabeza escribir una novela, sacar un libro. Escribía porque me sentaba con un cuaderno a escribir, por la simple pulsión de la escritura".

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Internet. Ahí hubo un gran cambio. "En el momento que salieron los mails, de repente me mandaba unos correos kilométricos contando cosas y llegó un momento en que mis amigos me empezaron a decir: '¿y si te hacés un taller literario y no molestás más?' Entonces empecé a probar con talleres", confiesa.

Y llegó Fondo blanco en 2012, editado por Llanto de Mudo. "Eran todos cuentos fantásticos que estaban pisando lo realista. Yo estaba muy metida en eso, y en algún momento me hizo click la cabeza cuando leí de un tirón esta novela, y vi que funcionaba. Cuando la empecé a trabajar, con un montón de esfuerzo porque pensé que no iba a poder, me di cuenta que estaba bueno el género. Y ahora ya estoy escribiendo otra".

—¿Cuándo tomaste consciente que lo que estabas trabajando —en este caso un segundo libro— era una obra, una carrera? 

—Con esta novela, cuando la estaba gestando de una manera más concreta y que ya tenía la forma, sí, pensaba en una obra. Más que nada cuando me di cuenta que ya no puedo pensar en otra cosa que en estar escribiendo o en estar leyendo. Tengo la literatura en la cabeza todo el tiempo. No sé. No hay muchos opciones. Laburo, doy talleres y hago otras cosas, pero estoy pensando en literatura todo el tiempo. A partir de ahí me di cuenta que no había muchas opciones. Por ejemplo, durante muchos años toqué el bajo en banda y no me pasaba lo mismo con la música. Entonces creo que ahí fue el cambio. Yo seguía tocando, sí, pero en algún momento sentí que me estaba sacando el tiempo para escribir. Entonces dejé de tocar.

(Maximiliano Luna)
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Literatura es también reescribir lecturas críticas. Solo Tempestad es una revista literaria, un sitio web de reseñas de libros. Nació en febrero de 2015 y a finales de ese mismo año se sumó Valentina Vidal. Hoy es la Jefa de Redacción y lleva tres años y medio publicando sus lecturas. 

"A mí me encanta la literatura", dice y pone las manos sobre sus rodillas. Es una confesión de parte. "Hay unos talentos impresionantes. Creo que hoy hay una renovación, un viento de cambio. Hay autores que ahora seriamente tienen que ascender a las editoriales grandes porque no podemos seguir con los nombres de siempre. Alguien tiene que surgir, y está lleno. Después de casi tres años y medio de estar reseñando autores y autoras en Solo Tempestad creo que el nivel es impresionante. Y muchas mujeres", asegura. 

Mujeres. Una nueva y poderosa ola. Pero no se siente representante, sino parte. "La representación la llevó adelante Claudia Piñeiro en Diputados con la lucha por el aborto. ;e siento parte, sí, de un movimiento que empezó hace un par de años y que se está afianzando. Es muy lindo lo que pase. Creo que las mujeres ahora tenemos una voz propia y la estamos haciendo escuchar en la literatura. Se nos está leyendo con el mismo respeto que se lee a los hombres. Antes era literatura femenina. Eso está dejando de pasar".

Justamente, Fuerza magnética no es literatura femenina porque no narra un "universo femenino" ni le habla específicamente a lectoras mujeres. "Salvo en algunos géneros específicos, ya no ocurre eso. Cadáver exquisito de Agustina Bazterrica o Cometierra de Dolores Reyes no narran un universo femenino. Además, a esta altura, ¿qué es un universo femenino? Esas líneas ya se desdibujaron. Me parece que es un diálogo, y que no es único sino que son muchos", dice. 

—En mundo como este, en una época como esta, ¿para qué sirve la literatura?, ¿tiene un objetivo, una función?

—Yo creo que la literatura, y todo el arte, tiene que mantenerse siempre independiente. Abrir preguntas y mantenerlas siempre abiertas. Cuando venís a dar respuestas es cuando no sirve. Aparte, pienso en la literatura como un ser omnisciente y omnipresente: la literatura la vamos haciendo todos. Creo que en los libros está el reflejo de los cambios, pero no creo que el cambio en sí mismo surge de la literatura, sino de todos nosotros que vamos deconstruyendo o entrando en nuevo diálogo y se verá reflejado o no. Y cada uno tiene su responsabilidad y sabrá lo que quiere decir.

 

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