
La inminente llegada del fenómeno de El Niño y la posibilidad de un Superniño para 2026 en Centroamérica encendieron las alertas entre especialistas y organizaciones sociales.
Rubén Quintanilla, de la Mesa Permanente para la Gestión de Riesgos, advirtió sobre el impacto que estos eventos climáticos tendrán en la seguridad alimentaria, la salud y la economía del país.
Destacó que el fenómeno ya se hace sentir en El Salvador, con temperaturas récord y lluvias escasas, y advirtió que los efectos del Superniño podrían ser aún más severos.
En una entrevista concedida a la radio YSUCA, Quintanilla detalló que la región enfrenta una vulnerabilidad estructural, agravada por la desigualdad social y la falta de preparación estatal ante escenarios climáticos extremos.
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Subrayó la urgencia de acciones integrales y de prevención, en contraposición a la tradicional reacción tardía frente a los desastres. El especialista recalcó que el riesgo de desastre y la desigualdad social son fenómenos interconectados y pidió atención a las causas humanas que potencian los efectos climáticos, como la deforestación y la falta de regulación en proyectos habitacionales.
Un ciclo natural que amenaza con convertirse en crisis: qué es El Niño y por qué preocupa el Superniño
Rubén Quintanilla explicó que el fenómeno de El Niño es un ciclo natural caracterizado por un inusual aumento de la temperatura en distintas zonas del planeta, especialmente en el océano Pacífico.
Este cambio climático altera los patrones meteorológicos y provoca escasez de lluvias, fenómeno ya visible en El Salvador, donde la temporada lluviosa se ha retrasado de manera preocupante. “Ya estamos pasando por el fenómeno de El Niño, que es una de las características: aumento de temperatura, pocas lluvias y, por supuesto, todas las consecuencias que trae con eso”, indicó.
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Diferenció a El Niño del fenómeno de La Niña, que, por el contrario, genera abundancia de humedad y lluvias intensas. Sin embargo, lo que distingue al episodio actual es la expectativa de un evento más intenso, conocido como Superniño. Según Quintanilla, los pronósticos de organizaciones internacionales advierten sobre consecuencias más duras que en ciclos anteriores: “Esto es desde ya deberíamos estarle poniendo atención a este fenómeno. No es tan sencillo, es muy delicado lo que viene”.
Sequía, calor extremo y producción agrícola en riesgo
El entrevistado describió que la sequía y el calor extremo ya están afectando a la población salvadoreña. Mencionó reportes recientes que confirmaron temperaturas de 41,7 ℃ en Santa Rosa de Lima y 33 ℃ en Ahuachapán, evidenciando el impacto anticipado del Superniño.
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Estas condiciones generan estrés hídrico y una reducción significativa en las lluvias, lo que afecta de manera directa a la producción agrícola. Quintanilla citó datos de la FAO y el Programa Mundial de Alimentos que advertían, desde la segunda quincena de abril, problemas de abastecimiento de alimentos en El Salvador.
La vulnerabilidad se multiplica porque el país no es autosuficiente en la producción de lo que consume, situación que arrastra desde años anteriores.

El especialista ilustró con casos concretos de zonas como La Unión, donde la primera siembra ni siquiera se realiza porque no llueve lo suficiente.
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Muchas familias dependen exclusivamente de la siembra postrera, que a veces también se pierde por lluvias imprevistas o insuficientes. “No va a haber mucha lluvia. Esperaríamos que sí, pero necesitamos la lluvia, no solo una cubeta de agua”, comentó.
Salud física y mental: los efectos menos visibles de El Niño
Quintanilla enfatizó que el fenómeno no solo golpea la agricultura, sino que también tiene consecuencias directas en la salud física y mental de la población. Destacó problemas respiratorios y alérgicos derivados del aumento de polvo y partículas, así como la proliferación de incendios forestales y la consiguiente contaminación del aire.
La escasez y deterioro de la calidad del agua pueden facilitar infecciones gastrointestinales y enfermedades como diarrea o cólera. Además, la reducción de cultivos y el deterioro de la ganadería incrementan el riesgo de desnutrición y falta de seguridad alimentaria para miles de familias.
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Quintanilla alertó sobre el impacto psicológico que genera la incertidumbre económica y la imposibilidad de cultivar: “El estrés también mata, genera otro tipo de cosas”. Entre los problemas emergentes, destacó el aumento de vectores como zancudos y moscas, y enfermedades en la piel y los ojos debido a la mayor radiación ultravioleta.
Vulnerabilidad social y acceso desigual a los recursos
El especialista subrayó que la desigualdad social y la pobreza hacen que ciertos grupos sean mucho más vulnerables ante el desastre climático. Explicó que las familias marginadas, con menos ingresos y bajo acceso a la alimentación, sufren de manera desproporcionada los efectos de la sequía y el encarecimiento de los alimentos.
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Señaló que en El Salvador existen zonas identificadas como parte del corredor seco centroamericano, como La Unión, donde el impacto de la sequía es casi permanente. La falta de lluvias y recursos limita las posibilidades de cultivo, y muchas comunidades rurales no cuentan con acceso a agua potable. “No es la gran mayoría de nuestra población la que puede regar sus plantas; la mayoría sufre la escasez a diario”, afirmó.
Ante este panorama, Quintanilla insistió en que la respuesta debe ser colectiva y basada en la equidad: “Estos fenómenos nos debe de obligar a tomar decisiones políticamente adecuadas para la gran mayoría”.
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Factores que agravan el impacto: ambiente, regulación y decisiones políticas
Quintanilla fue enfático al señalar que los efectos de El Niño y el Superniño no pueden atribuirse solo a causas naturales. Denunció la deforestación, la pérdida de vegetación y la permisividad en proyectos habitacionales sin estudios de impacto ambiental como factores que agravan la crisis. Criticó que muchas veces “pagas tu permiso y construyes”, sin controles reales que protejan los recursos naturales.
A esto sumó el uso intensivo de combustibles fósiles y la falta de políticas ambientales coherentes. Recordó que El Salvador ha manifestado escepticismo ante la Agenda 2030 y acuerdos internacionales como el Acuerdo de París, lo que, a su juicio, evidencia un desinterés oficial por las causas estructurales del cambio climático: “Hay una agenda 2030 donde uno de los temas tiene que ver con esto... pero quienes tienen en sus manos no le ponen atención, porque tiene que ver con otro interés, un interés económico”.
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Redes internacionales y monitoreo constante
Finalmente, Quintanilla explicó que la Mesa Permanente para la Gestión de Riesgos participa en redes regionales y globales como la Concertación Regional para la Gestión de Riesgos y la Red Global para la Gestión de Desastres (GNDR). A través de estos espacios, reciben información, elaboran informes y buscan incidir en políticas públicas tanto a nivel nacional como internacional.
El especialista valoró los reportes del Ministerio de Medio Ambiente pero insistió en que el monitoreo debe traducirse en acciones concretas: “Ante eso, ¿Qué estamos haciendo? Nosotros como Mesa Permanente ponemos todos nuestros recursos en función de que nos sentemos. Yo creo que es este momento de hacer un alto y tomar en cuenta la necesidad que nuestra vida a nivel global y a nivel nacional tiene”.
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