Por Mariano del Mazo

Luis Cardei
Luis Cardei

Tenía una expresividad que desbordaba emoción, seducía con las delicadas armas de un carisma al mismo tiempo aristocrático y callejero, puso reglas propias para plantarse en un escenario frente al público, era un conversador culto y pasional, le gustaba el whisky, las mujeres lo amaban, tuvo problemas con la heroína y murió joven. No estamos hablando de Luca Prodan; estamos hablando de Luis Cardei, un artista extraordinario.

Resulta complejo mensurar la influencia de Cardei en el panorama tanguístico de mediados de la década del 90. Fue un punto de inflexión de la notoria renovación finisecular, protagonizada mayormente por milongueros en zapatillas y estudiantes de escuelas de música popular que se zambulleron en el conocimiento del tango. Fue una movida efusiva, proteica y diversa, que tuvo como extremos estéticos y políticos a la aguerrida Orquesta Fernández Fierro con el expansivo cantor Chino Laborde a la cabeza por un lado; por el otro a El arranque, con la sobria voz de Ariel Ardit. Luis Cardei transitaba otro sendero pero, curiosamente, fue un antecedente inmediato y transversal de ese fenómeno que en aquel 2000 problemático y febril algunos categorizaron como "tango joven".

Asomó desde la médula de una de las tradiciones más entrañables y marginales de la historia del tango, la del cantor de boliche. Durante décadas decoró los miércoles de La Esquina de Arturito, una cantina ubicada en Pavón y Chiclana, con la mínima compañía de un bandoneonista apocado y todo terreno nacido en Italia llamado Antonio Pisano. En la alta noche desplegaba en ese comedero del sur sentidas ceremonias de la evocación, que terminaban con una frase que sonaba a epifanía: "¡Qué lindo!" Cardei fue al tango lo que René Lavand al ilusionismo: practicaba un tipo de arte en estado de pureza, complementado por relatos alucinantes, tiernos, de ritmo moroso, como musicalizados por la chicharra de la siesta. El humus de lo que contaba y cantaba era su propia infancia, los primos, la vereda, la radio, el carnaval.

Esa niñez estuvo marcada por una enfermedad implacable como la hemofilia, a la que se sumó una renguera producto de la poliomelitis. A los 20 años, para mitigar los dolores, se inició en la heroína y anduvo a los tumbos durante años. Este deambular como adicto se puede rastrear en la biografía Cardei (Galerna), de María Maratea, su último amor, y también en la olvidable película El Torcán, protagonizada por Oski Guzmán.

Todo fue, siempre, cuesta arriba. En escena exorcizaba ese cuadro dramático con un humor exquisito, autopiadoso. En un universo como el del tango, que siempre presumió del tenor galán y en algunos pasajes de su historia de la voz caudalosa –ahí está el último fenómeno popular, Julio Sosa-, Cardei funcionaba como un cantorcito a contramano que venía desde el fondo de los tiempos para recordarnos que el tango también le cantó a las novias ausentes, a los novios tristes, a las glicinas, a los baldíos, a los "zapatos tan aburridos".

Nació en los '40, no entendió los '60, exhumó los '20 y los '30. Sus decisiones artísticas tenían mucho de un extraño fundamentalismo. Opinaba que la mayoría de las creaciones de los '40 y '50 –aquellas de Manzi, de los Expósito, de CobiánCadícamo– pecaban de intelectuales. Había en ese empecinamiento algo de justicia poética: el tango había permanecido estacionado demasiadas décadas en Malena, en Naranjo en flor, en Los mareados.

Su impronta apuntaba a un repertorio sensible, cándido, con hallazgos como Ivette, Prisionero, Traicionera, Dónde, De madrugada, Cómo se muere de amor, que embelesaban a los incautos comensales y a los otros. En algún momento el público se extendió de la bohemia barrial a poetas, escritores y periodistas "del trocén", como decía. Por ahí andaban Guillermo Saavedra, Luis Gusmán, Luis Chitarroni. Irene Amuchástegui fue la primera en revelar los enigmas de su genio y figura en la contratapa del Suplemento Espectáculos del diario Clarín.

Algunas piezas empezaron a encastrar: se supo que habitaba una casa chorizo de la calle Miller, en Villa Urquiza, junto con su mujer –Inesita- y su hijo –Alfredito-. Es que vivía un mundo en diminutivo: Pisano era Antonito y él era, para todos, Luisito. Hincha de Gardel y de Félix Loustau -el wing izquierdo del River de La Máquina-, cuando escaseaba el peso levantaba quiniela con discreción y una red de buenos amigos. Cardei fue un recorte de cierto estereotipo del tango: la casa chorizo era de ventanas abiertas, tenía su piletón al fondo, la jaula con el canario, el patio damero, la foto de Carlitos, y los domingos se dejaba invadir por el aroma del tuco de los ravioles de Inesita.

El boca a boca fue un reguero y en pocos años Luisito pasó de Pavón y Chiclana a la calle Corrientes –memorables jueves en la Librería Gandhi, a instancias de Elvio Vitali– y al mejor sitio para escuchar tango de la época: El Club del Vino. En un abrir y cerrar de ojos, Luis Cardei cantaba con Antonio Pisano entre mozos que transportaban bandejas de mollejas al verdeo y milanesas a caballo y de pronto apareció compartiendo espacio con el Quinteto Real, Salgan-De Lio y Nelly Omar, y grabar con Néstor Marconi Trío y con la orquesta de Carlos Buono. Sacó discos, fue convocado por Pino Solanas para la película La nube y vivió como pudo –un tanto perplejo, tardíamente, siempre renegando contra las penurias físicas- el torbellino de sus quince minutos de fama. No supo qué pensar cuando el diario Le Monde de París publicó una nota sobre su fenómeno con un inequívoco título: "Le boiteaux fascinant". "El rengo fascinante me pusieron. ¡Qué bárbaro!", se reía.

Delicado, dueño de un buen gusto natural, la voz pequeña y bien colocada habría que ubicarla dentro del linaje interpretativo de Raúl Berón, Angel Vargas, Carlos Dante. Su fraseo llegaba más a un público no específicamente tanguero que a los veteranos del género. Aquellos especialistas que habían orejeado los años de oro –Héctor Larrea, Jorge Göttling, Julio Nudler, Oscar Del Priore– relativizaban su arte. "En los '40 hubiese sido uno más, y tal vez ni siquiera eso", musitaban. Los jóvenes en cambio lo adoraban: Lidia Borda, el Cardenal Domínguez, Brian Chambouleyron, Victoria Morán y tantos otros, se mezclaban entre los feligreses de Gandhi o El Club del Vino. Para todos Luis tenía una palabra, un recuerdo, diez minutos para compartir el último whisky después del show. Desfilaban frente a su mesa como si se tratara del oráculo de un tango perdido. Le pedían que contara yeites, que diera clases. Llegó a aceptar a regañadientes a algunos alumnos. Una vez un aspirante a cantor había preparado una versión de Marioneta, aquel tema que dice: "Tenía aquella casa no sé qué suave encanto, en la belleza humilde del patio colonial…". El lo detuvo: "Pará, pará… Andá más despacito, ¡te llevaste por delante todas las macetas!".

Se separó, se enamoró, se fue del barrio y peleó hasta al final sin demasiadas chances: su pequeño cuerpo estaba ya cascoteado por tantos años de transfusiones. Murió el 18 de junio del 2000. Con él se fue una cosmogonía un tanto fantástica: Luisito hablaba y vivía como si el mundo fuera un lugar amable y melancólico. Le dio al tango una sensibilidad que no fue reemplazada. Su tendencia al diminutivo era una manera de mirar, una filosofía. Nada es muy importante, parecía decirnos, excepto el amor, la amistad y Carlos Gardel. En algunas estiradas sobremesas tangueras se lo sigue nombrando como un conjuro o una contraseña. Seguramente Luis Cardei no cambió la historia del tango, pero sí cambió la vida de una secta que peregrinó de Arturito a Gandhi, de Gandhi a El Club de Vino y que todavía espera a esa voz que para subrayar un acting nostálgico decía, con el énfasis exacto, simplemente: "¡Qué lindo!".

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