La tarde del lunes se asomaba calurosa y poco después de las 15, el gran músico argentino Rodolfo Mederos recibió a Infobae Cultura en su pintoresca casa del barrio de Constitución.

A días de su próxima presentación -mañana, jueves, en el Torquato Tasso- en su estudio retumban los sonidos de un fuelle. Allí se respira la bohemia del tango: sus paredes guardan celosas los sonidos del bandonéon —que descansa recostado—; mientras un piano vertical sostiene la eterna sonrisa de un Osvaldo Pugliese en miniatura. Al costado libros y fotos nos observan.

Frente a la alta puerta, como en toda casona con historia, está el escritorio. De él se sujeta una lámpara grande con luz tenue, pero suficiente para iluminar un reloj de bolsillo y un teléfono azul con un largo cable, ahora catalogado como vintage. "¡Acá saco los conejos de la galera; hago aparecer y desaparecer cosas!", bromea sentado en su silla cuando le pregunto si allí es donde ocurre la magia.

Cálido, sencillo, reflexivo. Emotivo en sus recuerdos —mates mediante— Mederos repasó su vida, reveló sus proyectos y se refirió al tango en este siglo y en esta sociedad: "Ya no estamos en la sociedad que contó Troilo con Homero Manzi". El pasado, presente y futuro de unos de los hombres que más le dio a la música ciudadana argentina.

Pasado: los primeros años

¡La magia es entre todos!—reflexiona sobre el concepto que inició esta entrevista— Si yo hiciese un gesto y nadie lo viera no serviría para nada y aún viéndolo, si esos que ven ese gesto no se emocionaran no serviría para nada; por lo tanto uno hace las cosas y otras reciben, pero en tanto que uno hace las cosas y el otro recibe… ¿Pero qué tanto uno hace las cosas y el otro recibe? ¿No será que uno las hace, también, a través de otros? O a partir de los otros y en todo caso las devuelve, porque no hay que quedarse con cosas ajenas. Entonces uno devuelve cosas... Yo estoy devolviendo lo que otros me dieron. Si eso es magia, bueno, pongamos. Yo creo que es un mecanismo humano necesario, reconfortante… Necesario sobre todo en estas épocas donde lo humano empieza a ser agua, empieza a licuarse, a esfumarse… Me parece que el ser humano tiene más vocación de inhumanidad que de humanidad.

Así, reflexivo, arranca Mederos (78). Nació en la Ciudad de Buenos Aires cuando se la llamaba Capital Federal, en 1940. Único hijo de un ferroviario y una ama de casa, quienes los  alentaron desde 5, cuando quedó deslumbrado ante los sonidos cercanos de un bandoneón y entendieron que en su mirada había algo más que sorpresa.

Vuelve a ese punto de su historia que hoy parece extraño por el contenido social que lo rodea: "Hoy uno escucha músicas grabadas, yo escuchaba a músicos que tocaban. Hoy uno abre latas para comer, yo veía cuando sacaban la lechuga de la tierra. De manera que la época a la que estamos refiriéndonos la percepción era distinta. Descubrir el bandoneón, digamos 'accidentalmente', si queremos usar esa palabra, a raíz de un vecino que tocaba, hecho entonces para nada extraño. Hoy decir que mi vecino toca el bandoneón sorprende '¡Ah! ¿toca el bandoneón tu vecino?' En ese momento era: '¿Cómo no hay en la cuadra alguien que toque el bandoneón?' ¡Era casi normal! Ese sonido ya estaba de antes, creo que desde la panza de mi vieja tendría probablemente esos sonidos. Descubrir ese artefacto sonoro, que se mueve… Es el único instrumento que se mueve y que trabaja con el aire, el aire es lo más parecido al alma. Que se mueva, que tenga alma lo hace bastante humano, bastante vivo".

Mederos cuenta con detalles ese instante en el patio de Miguel Pauluk, el vecino que visitó aquella tarde de domingo junto a sus padres. Y su mirada se pierde como si mirara tras una rendija, para luego volver a meterse definitivamente en esa reunión; y hasta huele los pastelitos que había preparado su madre. "Creo que yo a los 5 ó 6 años, cuando esto ocurrió debo haber quedado muy impactado, muy sorprendido y seguro aquel vecino leyó en mis ojos esa extrañeza, esa sorpresa, esa cosa tan maravillosa que produce algo y que uno lo expresa con la mirada, la mirada es algo que no engaña".

(Foto: Ricky Levy)
(Foto: Ricky Levy)

Pauluk ya no vive, físicamente. Pero en sus recuerdos está, al igual que esos años en su primer barrio: "Yo pertenezco a la clase humilde. Mis viejos eran humildes: mi padre fue ferroviario y mi madre ama de casa, y yo crecí así… En un barrio de casas bajas, de vecinos que se prestaban las ollas, la sal cuando alguien no tenía y esas cosas…", recuerda y sigue: "Aquella tarde de aquel domingo el hombre hizo una reunión entre los vecinos, éramos tres familias las que vivíamos en esa zona. El resto eran cardos y pastos; gallinas y perros… Y mi madre hizo, como siempre hacía para esas ocasiones —sonríe y resalta:— ¡las grandes ocasiones! Mis viejos vivían eso como una gran ocasión… Ir a la casa de otra persona, ser recibido por otra persona no era un hecho simple, era muy halagador que otra persona te recibiera en su casa, aunque sea para tomar unos mates. Esa tarde de aquel domingo —su mente se pierde en el recuerdo—atravesamos la calle, mi madre me tenía con una mano y con la otra llevaba el plato con los pastelitos que había hecho cubiertos con un repasador; y mi padre se había puesto el único traje que tenía. Y llegamos a esta casa muy precaria, porque recién se estaba construyendo, y ahí los vecinos tomaron mate y comieron los pastelitos y yo estaba afuera jugando con la arena, los ladrillos, las zanjas… De pronto me llaman, estaba cayendo la tarde, ya los pájaros buscaban anidarse, y entré… Y este hombre estaba sentado en una silla con ese artefacto sobre su regazo y empezó a tocar. ¡Quedé verdaderamente fascinado!"

Sigue: "Creo que ese rostro que habré puesto, esa manifestación que habré hecho gestual el hombre la captó; y mis viejos también porque al día siguiente, el lunes cuando volví del colegio, mi madre me mandó a buscar el plato y el repasador que había quedado ahí. Entonces fui y este hombre, muy inteligentemente, me arrimó un banquito, me dijo: '¡Sentate!' Y me puso el bandoneón en la falda. Y yo me quedé, otra vez caía la tarde, con esta enorme cosa que me llegaba por acá —levanta sus manos hasta la frente— en un piso de tierra, con gallinas por ahí, perros por allá; y este hombre trabajaba en su casa, levantando las paredes de la siguiente habitación y yo empecé a hacer sonar 'eso' mientras los pájaros buscaban dónde anidar de nuevo, quizás los mismos pájaros… No lo sé, pero había una complicidad entre esos pájaros, esos perros, esas gallinas, ese ruido a cuchara de albañil y yo intentando sacar eso. Esto aunque fue hace muchos años me ha quedado muy nítidamente grabado".

Cada día, después del colegio, Rodolfo cruzaba a la casa del vecino para sacar los primeros sonidos del instrumento que hasta hoy lo acompaña. "No recibí ninguna instrucción. La única era el deseo y la posibilidad de explorar, entonces mis oídos me iba diciendo por dónde era. Cómo era Palomita blanca, como era Romance de barrio, cómo eran esas cosas y las iba tocando".

Con el paso de los meses logró hacer música y sacar de oído los temas que escuchaba. Cuando las reuniones con los vecinos se hacían en su casa, estos bailaban al compás de la música de Rodolfo.

"Hasta ahí mi vida era muy feliz —confiesa—Digamos, no conflictiva. El conflicto empezó cuando mi madre le dice a mi padre '¡Al nene hay que hacerlo estudiar!', música… ¡Como si la música pudiera estudiarse! Para ellos yo tenía que estudiar música, y por supuesto el estudio de la música en aquellos años, o también ahora, era de carácter medieval, no era aprendizaje si no sometimiento. Parece que la música se mide por notas, por cantidades, donde no interviene ningún otro factor 'mágico', para usar una palabra que ya hemos usado. De manera que ese maestro de barrio, enterado que yo tocaba de oído, me prohibió terminantemente hacerlo".

Para sus padres ya era tiempo de que el chico tuviera su propio instrumento. "Imagino que habrá sido un esfuerzo muy grande para mis viejos, de bolsillos flacos, no solamente mandarme a estudiar (que eran clases que superaban el presupuesto mensual), sino más adelante comprarme un bandoneón. Esto habrá sido una proeza, no sé cómo habrán hecho mis viejos, pero supongo que habrán pensado que era lo mejor para mi, que yo sería feliz de esa manera. No se equivocaron".

Con ese gran gesto sus padres aceptaron que Rodolfo, seducido por los segundos años dorados del tango, fuera parte de la generación que estaba encabezando Astor Piazzolla. "Siempre agradeceré ese gesto de enorme amor y cariño, y sensibilidad",  los recuerda.

La adolescencia, la Biología y Astor Piazzolla

(Foto: Ricky Levy)
(Foto: Ricky Levy)

La vida de la familia Mederos se desarrolló en Entre Ríos y siguió en Córdoba, donde el Rodolfo adolescente repartía sus días entre los estudios de Biología y la música.

La curiosidad sobre el por qué de la vida y la necesidad de comprobar cosas lo llevó a la Facultad de Ciencias Exactas, pero su vocación lo vestían de oscuro y por las noches salía junto a su primer grupo a tocar. "Tenía doble vida", bromea y repara: "Creo que sigo con esa misma actitud porque las teclas del piano y el lápiz son como tubos de ensayos, uno sigue probando, mezclando… Uno sigue haciendo eso. No sigo huellas sino que busco nuevas cosas".

La música ocupó su vida y, en parte, el responsable fue uno de los músicos más importantes del país porque lo obligó a mirarse y verse, como frente a un espejo, para que sepa quién era Rodolfo.

"En un viaje que hace Piazzolla a Córdoba, para presentarse en un programa radial, fui a verlo porque me fascinaba. Era como encontrarse con la quintaesencia de las cosas. Era el año 1960, tenía 20 años, estaba haciendo el Servicio Militar, era peladito, flaco y en bicicleta me escapé del cuartel y fui a la emisora donde se presentaba con su Quinteto y cuando llegué los técnicos le estaban haciendo escuchar una precaria grabación del grupo mío… ¡Y vi que Astor estaba escuchando entusiasmado! ¡Me paralicé del terror!", recuerda.

Lo que siguió fue un claro pedido de Piazzolla: "Me felicitó y me dijo ¿por qué no te venís a Buenos Aires?". El joven estudiante del tercer año de Biología dudaba. Dos meses después, el astro regresó a Córdoba e invitó a Rodolfo y quinteto a ser parte del show. Astor estaba convencido y frente a la facultad donde el joven estudiaba le insistió para que se mudara a Buenos Aires y se integre a su orquesta.

(Foto: Ricky Levy)
(Foto: Ricky Levy)

No supo qué responderle. "Pensé en mis viejos, en la expectativa que tendrían de que yo fuera doctor, 'M'hijo el dotor' —menciona la obra de Florencio Sánchez— Para un ferroviario que su hijo fuera doctor, aunque no supiera lo que era la biología, era muy importante y pensé que quizás podría ser una traición".

Es allí donde las palabras de Astor resonaron en su cabeza: "Dejá la biología para los biólogos, ¡Vos sos músico!".  Unos días después habló con su padre en el patio de la casa. Quince días después hizo su valija y partió a Buenos Aires.

¿Cómo le dijo a sus padres que se iría?

—Fue una decisión de vida casi… En ese momento me senté en el patio a tomar mate con mi padre. Me costó decírselo, pero le dije 'Mirá papá tengo esta posibilidad: Astor Piazzolla me propuso esto y quisiera probar porque va a ser terrible si no pruebo. Pase lo que pase necesito saber qué podría pasar'. Mi padre escuchó. Él era de pocas palabras, como esa gente sabia que no adorna demasiado ni anda dando vueltas, y me dijo con una sonrisa muy linda, de mucho amor: 'Bueno, si es tu gusto'.  Y se levantó, fue al dormitorio, yo lo seguí con la mirada… Quedó la puerta entreabierta y vi que abrió el ropero y sacó un sobre que tenía adentro de la ropa… ¡Eran sus ahorros! ¡Imagínate cuántos podrían haber sido los ahorros de un ferroviario…! Y me los trajo, con mucha dignidad me dijo: '¡Tomá, para el viaje!'.

Emocionado por el recuerdo, Mederos ceba mate en silencio mientras su memoria se hundía en aquel día y el instante en que juntó sus cosas y decidió partir para hacer realidad sus sueños. Y lo hizo, lo hizo muy bien. Tanto así que hoy es uno de los últimos grandes bandoneonistas de Argentina.

El tango, el presente y los proyectos

¿Cómo ve hoy al tango?

Lo veo terminando su ciclo, como todas las cosas. Y esto no es discutible, no es que a mí me parece ¡esto es así! Es tan real como que vos y yo estamos haciendo ahora una entrevista. No nos parece, está ocurriendo ¡está ocurriendo de manera natural, igual como ocurren todas las cosas! No hay fenómeno que no tenga un inicio, un desarrollo, una meseta y el decaimiento para dar lugar a otra cosa. Esto pasó siempre, la vida de un hombre es eso. El gran problema no es que ésta música va a cumplir su ciclo y que es como una obra determinada a la que no se le pueden agregar más rayitas o más cosas. Hay que observarla y disfrutarla, pero al lado hay una tela vacía que es la que tenemos que llenar los músicos que estamos con vida… Y a veces no sabemos qué poner porque nos toca vivir una época de mucha confusión estética e ideológica; y no sabemos qué poner, a veces no sentimos el poder de la herencia, sabés. Uno hace sus cosas en virtud de una herencia que recibe, un impulso que recibe, de eso que está detrás de uno, que se llama historia. Si eso no está qué puedo hacer y qué puedo modificar… No sé para dónde voy y entonces quedo colgado de aspectos industriales de la música.

Mederos, gran lector y eterno aprendiz del mundo, analiza el contexto social en que el tango de su generación y de la anterior cobró vida. Aquellos compositores como Gobi, Discépolo, Homero Manzi contaban cómo era la sociedad en la que vivían. La palpaban, la habitaban. Y es allí dónde se para para afirmar que el tango hoy no es de esta sociedad.

"Lo que los artistas hacen es tomar la realidad y convertirla en poesía, en música, danza lo que fuere. ¿Hoy de qué deberíamos hablar? ¿De un teléfono celular? ¿De un gigabyte? ¿Cuál sería la expectativa de los seres humanos? ¿La inmaterialidad? Todo está en una nube. La música nueva debería orientarse a ese lado, pero nos da como cosa. Entonces queremos pegotearnos con viejas melodías, pero la realidad nos lleva a otro lado y no sabemos qué hacer. Estamos en aspecto retrógrados, imitativos o fantasiosos y no representamos la realidad. Quizás esa realidad sea la cumbia o el reggaetón porque es eso con lo que disfruta la gente, la gente que integra el verdadero pueblo, disfruta con eso y no estamos juzgando la estética".

"Exigirle más al tango me parece que es un despropósito. Hay que disfrutar con lo que ocurrió y pensar en otra cosa. Ese es el gran desafío, el gran paradigma de las nuevas generaciones y el mío también", resume y apunta que no es una cuestión solo de los músicos sino que es una cuestión social.

Siempre curioso, reflexivo como pocos, Mederos es un indagador y buscador innato de respuestas y caminos. Así hizo el propio y así busca un heredero para dejarle su bandoneón, del mismo modo que Piazzolla le prestara (regalara) el suyo cuando en un regreso a Buenos Aires le robaron aquel que sus padres le dieron en la niñez.

¿Es feliz?

¡Absolutamente! Y sobre todo porque sé que me voy a morir. Esto me permite seguir creyendo que lo que uno ha hecho perdurará, en alguna medida, en nosotros, sabés. No sería feliz si me dijeran que voy a ser eterno. ¡Sería muy aburrido! ¿Cómo voy a bancarme la eternidad? ¿Qué voy a hacer tanto tiempo? Sería casi opresivo pensar que uno es eterno. ¡Entonces pongámosle un fin! ¡Muy pronto no, en lo posible! —ríe— Eso también es un desafío… '¡Bueno, Mederos! Te queda este tiempo, esta energía ¿qué hacemos?' No como exigencia sino como desafío: 'Tenemos el fuego y la leña, ¿qué hacemos? ¿Lo prendemos?'  Y, hay que prender el fuego… ¡Sí, soy muy feliz!

Rodolfo Mederos no se cansa de descubrir ni de explorar. Tanto así que en su escritorio una carpeta negra contaba que su magistral Generación Cero —la banda de culto que fundó—, pronto estará de vuelta.

*Este jueves a las 22, Rodolfo Mederos con su orquesta se presentarán en el Torquato Tasso, Defensa 1575.