Esther Diaz
Esther Diaz

"Ojo, que no soy una una mujer tradicional. Cojo pendejos, me muestro desnuda en la película, cojo en la película con un chico que es cuarenta años menor a mí". Así comienza el diálogo de Infobae Cultura con esta mujer particular llamada Esther Díaz, 79 años, doctora en filosofía, autora de una autobiografía titulada Filósofa punk que da cuenta de la evolución de una vida desde una barriada de clase media trabajadora de Hurlingham a una liberación intelectual y existencial en la academia.

En la primera frase de esta entrevista, Díaz se refiere a la película Mujer nómade, que filmó el cineasta Martín Farina sobre su historia. Y continúa la enumeración: "Cojo en la película con un chongazo hermoso, que tiene unos tatuajes preciosos. Es la única parte de ficción de la película. Martín me dijo: 'Sería importante que hubiera sexo en el film'. Yo le dije: 'Claro, pero no hay chongo'. 'No te preocupes, que en el cine es lo más fácil de conseguir'. Tuvimos una química buenísima, salió bárbaro. Esa escena Martín la tuvo que alivianar porque el distribuidor en los Estados Unidos le dijo que, así como estaba, iba a hacer que la película no la dieran ni en los cineclubs. Allá no tienen problema en matar a medio mundo, pero son realmente mojigatos. Igual la película es fuerte, como el libro".

“Filósofa punk” (Ariel), de Esther Diaz
“Filósofa punk” (Ariel), de Esther Diaz

En las confesiones de San Agustín él cuenta su vida de excesos y al contarlas, ya como filósofo de la Iglesia, el exceso se convierte en virtud por esa confesión misma. En su caso, ¿es el exceso mismo virtud?

–Cuando accedí a las Confesiones pensé que Agustín no salió del exceso, sino que cambió de exceso. Hacía ayunos terribles, castigaba su cuerpo, tenía mucho deseo sexual porque él mismo lo dice… Todos tenemos deseo sexual, sólo que no todos nos lo permitimos decirlo. Cuando estaba en los excesos del mundo, como él les dice, Agustín tenía una mujer con la que se llevaba bien y que le dio su juventud. Cuando decide dejarla y meterse al monasterio, sigue con tipos. Y a los ochenta y pico de años sigue cuestionándose si esa amistad que tenía cuando era adolescente con un compañero era una amistad en la virtud o de la carne. Seguía pensando en ese aspecto de la vida. Hasta cuenta que cuando tiene poluciones nocturnas se siente culpable. Sigue pensando constantemente en el sexo al extremo de irse a vivir con hombres. Cambió de excesos y tiene que ver con llegar a más de la mitad de su vida, era viejo ya para esa época. En cambio yo, no con la fuerza de cuando las hormonas están en su apogeo, pero no cierro el negocio. Sigo sin prejuicios sociales ni sexuales y dispuesta a agarrar viaje. En mi época de mayor promiscuidad o exceso también era paralelo a un exceso de estudios. En Agustín lo veo como dos etapas de su vida. En mí, como un paralelo. Yo podía estar de joda hasta las cuatro o cinco de la mañana, me daba una ducha e iba a dar clase. Nunca dejé de estudiar y nunca dejé la joda. No me arrepiento de nada y estoy dispuesta a cualquier aventura.

Filósofa punk cuenta la evolución que produjo este devenir Esther Díaz. Sus padres le habían impedido cursar la secundaria y el desarrollo de su crecimiento intelectual y sexual se produjo a fuerza de voluntad y curiosidad, pero ya cuando era adulta y pudo abandonar a un esposo que la golpeaba y con quien tuvo dos hijos. Así pudo conocer los claustros de la academia que, a diferencia de los monacales, suelen brindar productividad de ideas.

¿Se puede marcar un antes y un después en el desarrollo de su vida?

–A mí no me quedó más que seguir el mandato de no estudiar, pero nunca he cambiado el pañal de una muñeca o de un nieto, que no quiere decir que no los quiera. Les doy otro tipo de cosas. El corte se dio con mi independencia. Cuando se me frustra la posibilidad de estudiar me metí a monja de clausura, pero no es tan loco como parece. Yo fantaseaba con que las monjas estudiaban. Esto sucede antes del Conciclio Vaticano II. Las benedictinas están doce horas en el coro cantando, se dedican todo el día a la oración. Llegué a ser postulante, pero cuando las conocí me di cuenta de que eran unas ignorantes. El latín lo cantaban por fonética, no sabían latín.

En ese mandato familiar de no estudiar, el rol de su madre fue muy fuerte. Pareciera ser una madre particular…

–Es una madre que aún hoy es así, tiene 102 años y yo gasto la mitad de mi jubilación en mantenerla. Con mis dos hermanas, que somos todas longevas y yo tengo 79 años, no sé cómo haremos cuando alguna de nosotras falte para mantenerla. Era una madre que me confesó a los 99 años que había tenido relaciones con mi marido, ¡cuatro meses después de la muerte de mi hija! Me pidió que fuera a verla y quiso que hubiera un testigo, que fue la chica que la cuida. Con los ojos cerrados, me dijo eso. Me quedé helada. La chica salió y le dije: "¿Vos sabés quién es Guillermo? ¡Mi marido! ¡Me dijo que había tenido relaciones con mi marido!".

Teniendo en cuenta su reivindicación de la liberación de la pulsión sexual, ¿le podría reprochar ese acto a su madre?

–Y sí. El tipo vivía conmigo y yo era su hija. Si la misma madre tiene esa relación con una hija a la que le enseñaba la cuestión de la fidelidad. Siempre se mostraba como la inmaculada concepción. Uno es responsable de cómo administra el propio deseo. Yo me siento culpable por haber tenido relaciones con amigos de mi hija, luego no lo volví a hacer. Aprendí a administrar ese deseo.

¿Cuáles son en su perspectiva actual las formas de deseo que se permite y las que le producen límite?

El límite son las drogas pesadas, por ejemplo. Tuve una época de reviente, pero nunca fui una adicta. El alcohol, lo mismo. No soy alcohólica, pero estuve muchas veces borracha y no quiero más eso. Y según pasan los años hay menos posibilidades de ligar, pero si somos adultos y estamos de acuerdo en algo, no creo que haya objeciones en realizar el deseo.

Dice que hay cada vez menos ligue, pero para la película estudió teatro y tuvo un affaire con un compañero, a la vez que en el film mismo tuvo escenas con otros hombres.

–Sí, pero cada vez menos, y de modo ocasional. Sigo sin ninguna atracción por personas cercanas a mi edad, no hablemos de mi edad. Ahora puedo asumir a un cincuentón, pero hasta ahí. Obvio que no me gustan los menores de edad.

Y en esta etapa, ¿consideró la contratación de taxiboys?

–Me da mucho miedo la prostitución y sus vicios. La única vez que tenía las hormonas enloquecidas y quise tener un tipo de relación así, lo hice con un sexólogo. Son chicos y chicas estudiantes, que no son lúmpenes, que se ganan unos mangos prostituyéndose. Pero son tan mojigatos, tienen tan poca experiencia, que te quitan el deseo. Y yo vivo acá a tres cuadras de la zona roja de Constitución, pero a esa prostitución sí le tengo miedo.

En cuanto al feminismo, ¿se considera como tal de acuerdo a sus prácticas anteriores a este movimiento en auge?

–Totalmente. La mujer como problema lo descubrí desde la práctica antes que de la teoría. Luego al estudiar a la Generación del 80, esos oligarcas que hicieron la Argentina, veo que le bajaban las mismas consignas de moralina para dominarnos mejor y el dominado las hacía propias. Las restricciones que yo tenía cuando era joven salían del núcleo mismo de la burguesía, ese cinco por ciento que domina la esfera social, y ahí empecé a ser feminista y a adentrarme en la teoría. Lo que me molesta de cierto feminismo es lo mismo que me molestaba de ciertas militancias que conocí al ingresar a la facultad. Lo veo en feministas que se convierten en policías de lenguaje. El lenguaje masculino es una consecuencia de la sociedad machista, no al revés. Si no nos cagaran a palos, no nos acosaran por la calle, si hubiera equidad entre los géneros, no me importa nada si me hablan con "a", con "e" o con "o". En cambio, si me hablan con "e", pero me siguen cagando a palos, siguen los femicidios, seguimos sin estar en los lugares de poder, no es por ahí.

Fotos: Christian Bochichio 

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