Detalle de “Narciso de mataderos o El espejo” (1984-1985)
Detalle de “Narciso de mataderos o El espejo” (1984-1985)

Un perro triste, echado, adentro de una caja de cartón.

Cuando el espectador entra a la megamuestra de Pablo Suárez con la cabeza inclinada hacia arriba y los ojos bien abiertos para ver las inmensas obras de esta retrospectiva titulada Narciso plebeyo, se encuentra con una disrupción: la escultura de un perro triste, echado, adentro de una caja de cartón, obliga al espectador, casi como un acto reflejo, a bajar la vista y ver, ahí, junto a la puerta de entrada, qué hay.

Se trata, podría decirse, no sólo de una de las tantas disrupciones curatoriales estimuladas, sino también el resultado del inquietante desparpajo con que Pablo Suárez pasa de una escala a otra, de un tema a otro, de una emoción a otra. El viaje estético por esta propuesta es largo, extenso, con rampas, sentidos, contrasentidos, exuberancia y sensibilidad.

Pablo Suárez. Oralidad,1964
Pablo Suárez. Oralidad,1964

Pero claro, antes del perro vienen otras cuestiones: los seis carriles de la Avenida Figueroa Alcorta, la escalinata del Malba, el museo con las colecciones del empresario Eduardo Costantini, un hall moderno y algo anglosajón, la escalera eléctrica hacia el primer piso y entonces sí, la primera disrupción se llama Gallinero. La primera escultura de Suárez está fuera de la muestra, es una gallina picando maíz. Al costado, una enorme pared rosa con una rata dibujada.

¿Hora de entrar? Los curadores, Jimena Ferreiro y Rafael Cippolini, explican que la entrada, esta vez, es por la salida. Entonces mientras caminamos hacia la salida el pasillo es un breve recorrido histórico por la carrera del artista argentino fallecido en 2006: fotos con sus obras, todas en blanco y negro, y los nombres de aquellas muestras: la primera individual que hace es en 1961 en la Galería Lirolay; Desde Mataderos de 1984 fue una de sus exposiciones más recordadas; la última se hizo en 2008 en Recoleta. Desde entonces, la espera. Hasta hoy.

Pablo Suárez, La del cabaret, c.1980
Pablo Suárez, La del cabaret, c.1980

"Su obra es clásica y descarada a la vez. La casa de Suárez era el arte argentino, Suárez era un criollo en el universo", dice Cippolini y su par, Ferreiro, agrega: "Un provocador. Era muy crítico del sistema del arte. Su obra es una reflexión sobre los márgenes". Mientras caminan entre las obras, los curadores conversan con Infobae Cultura y proporcionan, aseguran, un mix generacional, una mirada más plural sobre este exótico mundo que construyó con minuciosidad y a la vez desparpajo.

Pablo Suarez. Para escapar de la exigua realidad, 1999
Pablo Suarez. Para escapar de la exigua realidad, 1999

Ya adentro, el perro titulado Sentimental —obra de 1992 que el año pasado formó porta de la exposición colectiva Formas de violencia en el CCK— matiza lo que hay en la primera sala. A la izquierda, dibujos oscuros, que se zambullen en lo abstracto y aportan una mirada muy cercano a lo terrorífico. Méndigo es un gran ejemplo. Luego, mientras el espectador avanza, aparece esas obras del Suárez más reconocido, el de las los cuerpos exuberantes y caricaturescos que da cuenta que fue un alumno predilecto de Antonio Berni.

Mujeres aberrantemente sexuales mandan aquí. En sus rostros todo es enorme. Y en sus cuerpos, la sensualidad estalla. Claras alusiones al cabaret, una rubia —¿siempre es la misma?— con los párpados azules y las tetas tiesas baila y se contorsiona con una serpiente, sale de una ducha y a su vez del cuadro, y es literalmente cabalgada en una cama por un hombre feliz. En el centro, la escultura de una mujer come una banana bajo el título Oralidad.

En el siguiente salón aparece el cuerpo masculino, y para quien no conozca a Pablo Suárez la disrupción temática es total: de pasar a mujeres talladas bajo una mirada bien masculino, aparecen hombres esculpidos con una mirada femenina. Los trazos de lo gay comienzan a verse desde los sandwichongos hasta pinturas de una sobriedad y delicada sensibilidad —El sillón azul (1972), por ejemplo— que se contrastan con todo lo previo.

Aunque también cuerpos de hombres desnudos con penes imponentes, como las tetas de las mujeres, todos —acá no importa el género— con colas perfectas. Hay espejos, hay miradas sobre los espejos, hay un trabajo sobre el narcisismo incluso varios años antes de esta época, la de los egos y la autorreferencialidad.

¿Quién o qué es Pablo Suárez? El viaje estético empieza a presentar turbulencias y esas disrupciones que parecen insólitas, como un pozo en el medio de la ruta, muta hacia un camino empedrado que sólo acepta zigzagueos. Saltos y sobresaltos de un artista que nació para provocar.

Pablo Suárez. Ante todo cuidá la ropa y que Dios te cuide el culo, 1993
Pablo Suárez. Ante todo cuidá la ropa y que Dios te cuide el culo, 1993
Pablo Suárez. Dormí tranquilo, 1994
Pablo Suárez. Dormí tranquilo, 1994

Porteño, del 37, hijo de  un médico y pintor aficionado y de una pianista. Estudió en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, pero no terminó. Comienza a practicar boxeo, pelea de forma amateur pero al tiempo deja. Empieza a pintar y nunca más en su vida suelta el pincel.

Autodidacta, sí, pero tuvo maestros: su mayor formación estuvo en el taller de Raquel Forner y Alfredo Bigatti. Y tuvo amigos maestros, como Germaine Derbecq, Alberto Greco y Antonio Berni. Todos veían algo en Suárez, no era sólo la estética, tal vez lo que destacaban era su actitud que, claro, se traducía en su obras. Viaja también, va a Bulgaria, Estados Unidos, Venezuela y expone en muestras colectivas. En el 65 colabora con Rubén Santantonín y Marta Minujín en la Menesunda y con ellos, al año, hacen Un día de nuestras vidas.

Pablo Suarez.Florero con hojas,1976
Pablo Suarez.Florero con hojas,1976

En un momento de los 70, mientras aún gobernaba este país la dictadura militar, se hastía del arte. Algo en él dice basta y se va a San Luis. Ese es el momento de inflexión donde retoma la pintura más clásica, la naturaleza muerta, el modernismo, la técnica figurativa, los colores apagados. Ahora, mientras vemos lo que la tercera sala nos muestra, las ideas cierran: óleos de plantas, de elementos de cocina, solitarios, sin una sola figura humana… todo es tranquilidad.

Cuando vuelve la democracia, dos años antes, se traslada a Mataderos, barrio motor de su trabajo, y empieza a frecuentar espacios alternativos, como el Parakultural. A su obra, entonces, vuelve el color. Y utiliza también la modelación en resina: cuerpos que se desprenden del plano inaugurando un nuevo espacio. Las esculturas pasan a ser más preciada obsesión. Ahora, en el recorrido que comandan Ferreiro y Cippolini por Narciso plebeyo, proliferan las esculturas: cada una funciona sola, con su propia universo de sentido, pero juntas, todas juntas, adquieren un poder que desmorona.

Pablo Suarez. Exclusión,1999
Pablo Suarez. Exclusión,1999
Pablo Suárez. El Mate, 2000
Pablo Suárez. El Mate, 2000

Es entonces, en la última sala, donde se retoma el desparpajo y la exuberancia de la primera, pero con una minuciosidad superadora. Se nota la experiencia, la maduración, la claridad conceptual. Aparece el famoso Exclusión de 1999: un hombre colgado del tren a fondo con los ojos saltones. Ojos que, según dijo Suárez en una entrevista, los pinta emulando la imagen de su padre: se ahorcó y esa era la expresión de su rostro cuando lo encontró.

"Era un provocador, como te decía, solía dar esas declaraciones picantes", dice Ferreiro con una sonrisa irónica. "Mirá estas esculturas —señala Cippolini las esculturas de hombres desnudos—, Suárez ponía una excesiva dedicación en esculpir bien un culo, total sabía que lo otro después se hacía". Al costado, dos obras a medio hacer dan cuenta de aquello: el punto de origen, la semilla creativa parece estar en el culo.

Pablo Suárez Narciso de mataderos o El espejo 1984-1985
Pablo Suárez Narciso de mataderos o El espejo 1984-1985
Foto de la exposición en el Malba
Foto de la exposición en el Malba

La última —otra disrupción— es insólitamente conmovedora: una chica sentada cubierta de pasto, como forrada en césped, sobresale del piso también de césped. El color es de un verde vivo, esperanzador. "Acá se permitió la ternura que no concedía en el resto de sus obras", concluye Cippolini.

¿Quién o qué es Pablo Suárez? El viaje estético ha terminado y en la cabeza del espectador hay más dudas que certezas. ¿Será esto el arte? ¿Por qué me resulta tan singular esta experiencia?, se preguntará el espectador. El arte no vende respuestas.

 
 

* Narciso plebeyo de Pablo Suárez
Hasta febrero de 2019 en el 
Malba
Av. Figueroa Alcorta 3415 – CABA

Entrada general: $140 | Estudiantes, docentes y jubilados acreditados: $70 | Menores de 5 años: sin cargo | Personas con discapacidad: sin cargo

 

______

SEGUÍ LEYENDO