
A principios de 2011, cuando trabajaba en un perfil sobre José Mujica —quien entonces era presidente de Uruguay—, tuve una entrevista con Lucía Topolansky: su compañera afectiva y, principalmente, una senadora nacional de presencia fuerte en el Parlamento. En aquella charla, Topolansky habló de la gesta colectiva que había sido el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), al que ella y Mujica se habían sumado en los 60, contó cómo esa militancia tenía sus réplicas en las decisiones de gobierno, recorrió su propia vida y evocó los eventos políticos y personales que habían marcado su juventud. Ahí mencionó, sin mayor detenimiento, la Operación Estrella: una fuga carcelaria que ocurrió en Montevideo el 30 de julio de 1971, que llevó a la libertad a treinta y ocho presas políticas y que, hasta el momento, aún cuando tenía cualidades llamativas, no había sido recordada por ninguno de mis entrevistados anteriores.
¿Cómo había sido ese escape? Busqué más información en Internet, pero solo encontré un vacío. Una falta de datos que llevaba a pensar que el silencio de la gente con la que yo había hablado no era una condición circunstancial, sino el síntoma de otro silencio mayor, histórico, que había caído sobre aquel episodio. ¿Por qué nadie hablaba de él? Con el paso del tiempo, y después de un trabajo de archivo un poco más persistente que el que propone la web, surgieron al menos dos hipótesis.
La primera es que, dos meses después, en septiembre de 1971, en Uruguay se dio otro escape descomunal que dejó fuera del penal de Punta Carretas a ciento once varones —casi todos presos políticos— y que opacó buena parte de las acciones militares y de propaganda que se hicieron en fechas próximas a ese acontecimiento. Y la segunda razón es que la Operación Estrella sucedió en un tiempo en el que las mujeres eran vistas, incluso en los movimientos de izquierda, con un prisma que las llevaba al redil de las «pequeñas cosas»; a un lugar devaluado, inofensivo y alejado de las marcas discursivas que hoy permiten hablar de igualdad de género.
El virtual olvido que cayó sobre la Operación Estrella era, por lo tanto, el fruto cultural de una época que usaba distintas varas para construir su memoria. Y que, salvo por una excepción, sigilosamente había extendido sus modos de nombrar y callar hasta el presente.
Solo existe un libro que le dedica a la fuga de la cárcel de Cabildo —de ahí se fueron— un lugar central. Se llama Historia de 13 palomas y 38 estrellas y fue escrito por Graciela Jorge, periodista y militante tupamara que participó del escape y que décadas después reunió una buena cantidad de testimonios anónimos que dan cuenta de esa huida y de un suceso anterior, menos numeroso, que involucró a trece presas del mismo penal. Pero por afuera de ese título —descatalogado y publicado en 1994 por TAE, una editorial tupamara, lo que le dio un marco de circulación reducido— no hay mayores referencias a un episodio que, además de ser una acción política, tiene la materia prima necesaria para transformarse en un relato policial extraordinario.
La Operación Estrella (una acción de título difuso: nadie recuerda por qué se llamó así, aunque se cree que el nombre aludía al símbolo tupamaro, una estrella de cinco puntas) es la mayor fuga planificada de una cárcel de mujeres del mundo. El único evento que le gana en número sucedió en abril de 2014, en Chile, cuando un terremoto de 8.2 grados destruyó buena parte del país y permitió que trescientas reclusas de un penal en Iquique aprovecharan el caos para escapar (aunque después la mayoría sería recapturada). Pero ese acontecimiento fortuito queda afuera de las coordenadas que hacen de la fuga uruguaya un evento único en su especie. Acá hubo una estrategia libre de complicidad penitenciaria —en Cabildo no hubo guardias sobornados, a diferencia del escape de Punta Carretas— y hubo treinta y ocho militantes que se fueron por las cloacas y que en muchos casos están vivas y dispuestas a contar cómo lo hicieron.

De todos los pormenores que hacen a la huida, hay uno que me conmovió en especial. Habla de las herramientas que usaron las tupamaras para calcular dónde hacer el boquete dentro del penal. Para tomar las medidas, las presas se valieron de hilos y metros de costura: los insumos que les daban en la cárcel para cumplir con el rol que se consideraba apropiado para una mujer de esos tiempos.
Que las treinta y ocho "estrellas" —así se las llamaba— reinventaran los mandatos con esa ferocidad poética me dio el nervio necesario para creer que esta historia tenía varias capas de sentido. Y para confiar en que esas capas, una vez corridas, dejarían al descubierto un núcleo: un centro de fuego y oscuridad que muchas mujeres —no solo las fugadas— podían sentir propio.
Todo lo demás, por afuera de esta búsqueda, es periodismo y es —espero— literatura. Es este libro. Y está hecho de versiones.
Cada entrevistada tiene una. Por eso este trabajo encarna, también, una inmensa pregunta sobre cómo se construye la memoria. Las mujeres que dieron su testimonio están unidas por la trama argumental —todas hablan de la misma historia—, pero tienen modos intransferibles, a veces contradictorios entre sí, de evocar los detalles.
No hubo forma, por ejemplo, de rearmar el orden completo de la fila de cara al boquete que daba inicio a la fuga. Salvo por los primeros puestos, ocupados por los cuadros femeninos más importantes del MLN, el resto de los lugares es un entrevero que da cuenta de la condición resbaladiza y personal de los recuerdos, y que echa luz sobre uno de los mayores capitales narrativos de esta historia: las voces de las «estrellas» todavía están frescas, libres de las imposturas que se van tramando, incluso de modo involuntario, cuando se reitera un relato. Y, justamente por eso, son exponentes genuinos del movimiento que las alojó. "No existe una historia oficial del MLN —escribió en la década del 80 Eleuterio Fernández Huidobro, uno de los fundadores de la organización y un escritor que ayudó, con su inteligencia y sus destrezas retóricas, a construir buena parte de la épica de la organización—. El MLN no la tiene, ni tiene tiempo para tenerla".
38 estrellas es, en consecuencia, el resultado de las certezas, las trampas y la condición boscosa y dinámica de la memoria. Y es el intento respetuoso por construir desde afuera, sin haber estado ahí más que con el pensamiento insistente a lo largo de varios años, un relato imperfecto y al mismo tiempo posible en torno al único dato que jamás va a cambiar: el 30 de julio de 1971, treinta y ocho mujeres se escaparon por las cloacas de Montevideo. Y con esa acción dejaron tras de sí la huella silenciosa de un hecho que hoy puede interpretarse como alegoría de muchas cosas —de la libertad del cuerpo y del pensamiento, de la prepotencia de la juventud— pero que se alza, principalmente, sobre una necesidad intransferible y a la vez colectiva de supervivencia.
Es en esa urgencia que hombres y mujeres, antes y ahora, estamos unidos. Porque todos hemos sobrevivido a más de una cosa y todos hemos huido de más de un lugar. Pero por afuera de esa desesperación atávica y común hay una historia, y es fascinante. Y puede reconstruirse porque hubo fugadas que quisieron hablar. A todas ellas, una por una, como en una fila antojadiza y de combinaciones infinitas, les doy las gracias.
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