El comediante José Mifkad parece algo corrido de la época en la que le toca vivir. Ocurre que el protagonista de El rescate del Mesías pareciera poner una lupa a los años 1973 y 1974 –allí donde se concentra la acción que narra el libro– y mirarlos, pese a que sus días transcurren en esos tiempos y en una Buenos Aires de tinte zombie, desde un futuro incierto. Del mismo modo, el escritor y guionista Marcelo Birmajer, en diálogo con Infobae Cultura, analiza aquella época que eligió para situar su reciente novela, que acaba de editar Sudamericana.
-¿Por qué decidiste arrancar tu novela en 1973, qué posibilidades narrativas te dio ese año tan particular para la historia de la Argentina y también para otros hechos de la novela que tienen que ver con la historia del mundo?
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-Se conjugan dos momentos históricos definitorios para dos naciones. El regreso de (Juan Domingo) Perón a la Argentina, en el '73, y la Guerra de Yom Kippur, en Israel, en octubre de ese mismo año. El protagonista, un judío argentino, José Mifkad, vive las dos circunstancias con una intensidad desmesurada. Tanto porque los hechos lo ameritan como por su composición personal hípersensible, en muchos sentidos distintos. Es un momento, ni siquiera una época, un año muy fértil para inventar una historia donde haya acción, suspenso, violencia y amor.

-También hay, y eso se ve cuando uno lee la novela, mucho humor. Y él se dedica a ser humorista y comediante. ¿Cómo trabajaste por un lado la idea de recorrer episodios muy violentos, que llegan hasta la muerte, con este mundo de una persona que se tiene que dedicar a contar chistes o a amenizar fiestas?
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-Se me planteó como un desafío ponerme en la piel de un standupero cuando en la Argentina no se llamaba así el oficio de contar chistes desde un escenario, algo que ejercían con mucho éxito y con mucho talento Juan Verdaguer, Norman Erlich y otros. Este standupero, José Mifkad, por ahí tiene más elementos del stand-up norteamericano de Lenny Bruce o lo que iba a hacer mucho tiempo después (Jerry) Seinfeld. ¿Cómo hacer reír en el medio de la ley de la selva? ¿Cómo hacer reír en una Argentina destrozada por la violencia política? Porque el retorno de Perón, paradójicamente, desencadenó la mayor matanza de peronistas que se había vivido hasta ese momento. Nunca en democracia ni en las dictaduras previas al retorno de Perón se habían matado a tantos peronistas como entre el '73 y el 76. Luego vino la dictadura de (Jorge Rafael) Videla, que superó cualquier marca conocida en cuanto a siniestro y criminal. Pero entre el '73 y el '76 se mataron más peronistas, a manos de la Triple A y de la ultraderecha peronista, que durante la dictadura de (Alejandro Agustín) Lanusse o de (Juan Carlos) Onganía. Y los peronistas son la mayoría del país, es decir que era un país desangrándose. Había cinco o seis muertos por razones políticas por día. ¿Cómo hacer reír en ese contexto? Ese es el desafío que se le plantea a José Mifkad. Y lo cierto es que las personas siguen viviendo. Siguen viviendo en el medio de la catástrofe política. Creo que hay tragedias que tienen un costado ridículo, que son innecesarias. Yo creo que en la tragedia del '73 al '76, la violencia política en la Argentina tuvo un costado mucho mayor de insensatez que de disputa entre poderes. Hay más elementos de locura que de disputa por la distribución de la riqueza. Los jóvenes de Montoneros o del ERP intentando proletarizarse o renegando de los esfuerzos de sus padres por estudiar, por llegar a ser universitarios o por legarles a ellos el acceso a la universidad, que ellos consideraban algo pecaminoso. Si uno ve las minutas de la cotidianeidad del ERP o Montoneros veían como algo burgués los estudios terciarios. Una "liberalada" como se estilaba decir en aquella época. Ahí hay un elemento de insensatez que no puede ser explicado ni por el materialismo histórico ni por una lucha entre fuerzas con objetivos estratégicos. Cuando se comprende el elemento ridículo, pese a la tragedia, surge también el humor.

-Mifkad y también un poco el narrador de la novela casi que se burlan de palabras, de términos de la época. Hay una crítica muy dura a las clases medias y medias altas de aquel momento. ¿Esto fue buscado?
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-Hay una especial profundización en el interés de ver por qué buscan autodestruirse las clases medias y altas. El militante que va a una villa miseria, donde es despreciado por los villeros o se burlan de él por su falta completa de conexión, por no conocer ni lo mínimo de cuáles son las necesidades en ese momento. La paradoja de que posiblemente muchos de esos supuestos oprimidos a los que el militante supuestamente iba a salvar, iban a seguir viviendo tranquilos mientras que el militante iba a ser secuestrado, violado y posteriormente apropiados sus hijos. Entonces, dar la vida por alguien que no te pide que se la des. Y el otro elemento muy paradójico es que en Ezeiza los Montoneros daban la vida por Perón, que los estaba matando por interpósita persona a través de (Jorge) Osinde y la ultraderecha peronista. Entonces, era dar la vida por aquel que no solo no te pide la vida sino que te la va a quitar. Todos esos elementos hoy suenan absurdos y entonces eran una vocación y casi una religión. Respecto del lenguaje, que es muy importante, se hace foco en cómo se desvalorizaba la vida banalizando la descripción de las herramientas para matar. Por ejemplo, "la metra", "hacer boleta" a alguien, o el cántico "con los huesos de Aramburu vamos a hacer una escalera". Ahí ese elemento casi caníbal, de burla ya no de encontrar el ridículo, sino de no respetar a los muertos. Eso de ser capaz de agarrar a un muerto y con él construir algo, que va más lejos que Frankenstein. Esto está también señalado en la novela. Porque el ridículo es encontrarlo sin despreciar la vida. Sin hacer apología de la muerte, que era lo que hacían los militantes montoneros y del ERP. Una verdadera devoción por la violencia y por la muerte, incluso independiente de lo que se pudiera lograr en el terreno. La falta de violencia era un demérito. La acción armada, independientemente de cuál fuera el objetivo, era de por sí algo a jerarquizar.

-Hablando de muerte, algo que atraviesa toda la novela, resulta casi insoslayable preguntarte algo sobre este libro que está dedicado a tu hermano y es el primero que publicás luego de su asesinato en Jerusalén (N. de la R. Eduardo Birmajer fue apuñalado por dos terroristas en 2015). ¿Empezaste a indagar personalmente sobre estas cuestiones a partir de esto, escribiste este libro motivado o movido por esa situación?
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-Para nada. Este libro yo lo vengo carburando hace por lo menos 15 años. Se lo he contado a mis amigos. A Pablo De Santis, con quien me reúno una vez por mes en un restaurante japonés, se lo fui contando una y otra vez. Y lo fui borroneando hasta que lo tuve en la cabeza. Del mismo modo en que me había dedicado a combatir al fundamentalismo islámico, con mis únicas herramientas que son la pluma, la escritura, la participaciones en los medios y la tragedia me cayó incidentalmente, justo a mí, que hablaba del tema. Me cayó el rayo de la tragedia. No soy el único. Dentro del pueblo judío hay muy pocos que se han salvado del azote del terrorismo o del nazismo. En el caso del terrorismo palestino es lo mismo; son los nazis contemporáneos. Y Argentina, menos aún. Porque hemos padecido dos atentados brutales. Pero eso no me motivó a reforzar mis posiciones ni a escribir nada de esta novela. Sí a recordar a mi hermano y dedicarle con todo mi amor esta historia.
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En la novela de Birmajer, Mifkad es el personaje central, una suerte de galán involuntario, que se podría vincular de alguna manera con algo del trabajo de Woody Allen. Pero en todas las peripecias que le toca atravesar a lo largo de las páginas del libro –desde calzoncillos que se pierden y se recuperan en un funeral, encuentros y desencuentros con espías, amoríos inesperados, entre otras cosas, quienes también están presentes en el relato son mujeres muy diversas.
-Entre aquellas mujeres que aparecen, algunas pertenecen a los grupos militantes y otras que no. Desde la narración hay una diferencia entre unas y otras, en el sentido de que las militantes aparecen en la historia quizá con menos capacidad de elección o sin tanta libertad. Y las otras no, tienen más libertad mientras que las militantes aparecen más atadas. ¿Cómo fue esa decisión?
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-Estoy completamente de acuerdo con vos, no lo decidí, surgió así en la escritura. Recién ahora lo veo y coincido cien por cien. La militancia de la izquierda marxista es una religión, con sus dogmas, sus limitaciones y sumisiones. La sumisión al líder es algo determinante. Hay un líder infalible al cual hay que seguir. Especialmente las mujeres, que eran oprimidas con la cobertura de una ideología liberadora.
-Hablando de mujeres, libertades y cuerpos femeninos quería preguntarte por el debate que está teniendo lugar en estas horas en el Congreso sobre la cuestión del aborto legal, seguro y gratuito. Vos te has manifestado a favor pero me gustaría preguntarte sobre cómo estás viviendo esto que ocurre en el Congreso Nacional.
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-Primero, repito mi posición: yo favorezco el aborto libre, legal y gratuito. Creo que cualquier mujer que necesite abortar –el término "querer" me parece que no aplica porque es un momento desesperante– tiene que tener la cobertura social suficiente como para atravesar ese momento tan angustioso, tan difícil desde todo punto de vista. No desmerezco para nada las opiniones en contra, creo que hay que escucharlas con mucha atención. Pero esta es mi posición. Ese es el punto uno. Y el punto dos: me parece muy meritorio del gobierno del presidente (Mauricio) Macri que haya abierto el debate, incluso oponiéndose a sus propias ideas al respecto. Lo tiene que decidir el pueblo, lo tiene que decidir el Parlamento. En tercer lugar es doblemente meritorio porque el gobierno anterior obturó el debate. La ex presidenta (Cristina) Kirchner dejó bien claro que ella se oponía terminantemente y que no iba a permitir ni siquiera debatir en el Congreso la posibilidad de un aborto libre, legal y gratuito. Así que espero que los congresistas terminen votando a favor de la despenalización del aborto.
-Dado que mencionabas a distintos gobiernos, quería consultarte por algo que estuvo circulando en estos días, por los medios y en el contexto de la Feria del Libro, que tiene que ver con el vínculo de los escritores y de los intelectuales en general con la autoridad. ¿Cuál es tu postura al respecto? ¿Hay tensiones? ¿Cómo lo vivís?
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-En mi caso es una relación paradójica. Porque por un lado siempre he tenido muchos problemas con el concepto de autoridad. Yo diría que mi autoridad son los diez mandamientos. No es una criatura, ni una entidad, sino aquello que nos ordena que la vida es más importante que la felicidad; que la justicia o el bien son más importantes que la felicidad. Y que no nos podemos subordinar a la felicidad. Esa es mi autoridad. No está encarnada en un hombre. Pero al mismo tiempo en este momento de la historia humana soy un defensor convencido de la democracia. Entonces hay que respetar a las autoridades democráticamente electas, que son seres humanos. Ellos merecen mi respeto y son autoridades. En esa paradoja es que voy planteando mis posiciones políticas y literarias.
*Marcelo Birmajer presentará El rescate del Mesías el 14 de mayo a las 18 en la librería Daín (Thames 1905, Buenos Aires) junto a Carlos Pagni y Rafael Bielsa.
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