Pocas veces me sentí tan mal en mi vida como esa temporada en la facultad. Cada vez que hablaba con ella, cada vez que ella se acercaba al final de la clase para dialogar sobre alguna tarea, algún trabajo que los alumnos se llevaban para hacer en casa o simplemente para hacerme un comentario sobre el tema que habíamos estado tratando, mi boca no dejaba de emitir esos verbos malditos. Eran verbos usados regularmente en la vida cotidiana pero hasta entonces nunca había advertido que estaban todos relacionados con la vista, con la visión, con los ojos como reaseguro de la verdad o, al menos, de lo que entendemos que es correcto. Una tras otra, yo le decía frases del tipo: "Hacelo y vemos", "Fijate qué onda", "Veamos si funciona" o soltaba un "Mirá…", como introducción a cualquier cosa. En una práctica de autoflagelación, me mortificaba de manera salvaje pero no podía frenarme. Mientras tanto, ella seguía hablándome con tranquilidad, sin prestarle atención a mi lengua bruta. Mi alumna era inteligente, amable. Mi alumna era ciega.

La culpa me estrujaba el corazón semana a semana y aunque apelaba a mi voluntad para frenar el impulso de marcarle sin parar la importancia de la vista a Marcela (creo que así se llamaba), todo el tiempo hacía referencias impropias. Sin embargo, pese a mi angustia culposa, ella nunca pareció perturbada por mi crueldad o por lo que yo entendía que era crueldad y que, tal vez, era para ella algo naturalizado. Si bien yo nunca había estado tan cerca de una persona no vidente, ella, Marcela, mi alumna, era ciega de nacimiento.

Me acordé de este episodio en estos días, primero a partir de la historia de Hilario, el nene de dos años con problemas de visión que usa anteojos especiales y que fueron robados del bolso de la mamá en un vuelo a Bariloche, durante la Navidad. Mientras la familia de Hilario intentaba una búsqueda desesperada por todos los medios posibles, no podía dejar de pensar en ese mundo de formas y colores que a Hilario se le iba apagando. Pero más volví a recordar a mi alumna ciega la tarde en que leí de un tirón y fascinada El trabajo de los ojos, de Mercedes Halfon (Buenos Aires, 1980), un libro breve e inclasificable, de esos que provocan unas tremendas ganas de leer (más), de escribir y de recomendarlo a cada paso.

Hilario, el nene de dos años al que le robaron los lentes especiales
Hilario, el nene de dos años al que le robaron los lentes especiales

"El año pasado murió mi oculista. Balzaretti era especialista en niños, una orientación que suelen tener los que tratan el estrabismo", así arranca el libro de Halfon y así consigue retener al lector, que en una misma frase ya sabe que en esa lectura encontrará duelo, melancolía, ensayo, autoficción y también ciencia, en una modalidad de divulgación de alto rango.

El trabajo de los ojos (publicado por Entropía) está compuesto por 48 breves fragmentos que se articulan en un tejido delicado y pulido y que narran una historia de vida a partir de una debilidad, el estrabismo, debilidad compartida por la protagonista con su madre y su hermano mayor, quienes fueron operados en su momento de esa desviación que para los mayas -nos enteramos- era el non plus ultra de la elegancia. Nuestra protagonista, en cambio, no pasó por la cirugía pero sí por consultorios, exámenes, padecimientos, rutina de controles y miedos, muchos miedos, tremendos miedos de heredar la debilidad de ese ojo rebelde a su hijo, el que lleva en la panza.

El libro de Halfon es también una reflexión sobre la luz
El libro de Halfon es también una reflexión sobre la luz

La muerte de Balzaretti, el oftalmólogo, la golpea fuerte porque se trata del médico que la atendió desde pequeña, el mismo que aconsejó a sus padres cuando era una niña no operarla ("ese bautismo de ojos sanguinolentos y vendados") porque el ojo desviado con los años iba a corregirse solo, algo que efectivamente ocurrió. Balzaretti no solo cuidaba su salud, él llevaba consigo el secreto de su ojo, el saber sobre su ojo, una historia clínica que ni siquiera quedó registrada como ficha médica ya que como dejó de ir a la consulta cierto tiempo, no se digitalizó. (Interrumpo el relato. No puedo evitarlo: cada vez que muere alguien que ha sido dueño de un gran saber me pregunto qué queda de todo ese conocimiento a la hora de su muerte. Alguien muere y se lleva consigo cataratas de información acumulada que nunca nadie ya podrá obtener, como cuando pensamos por qué no les preguntamos a nuestros padres o a nuestros abuelos ciertas cosas, o por qué no les pedimos precisiones sobre la historia familiar que alguna vez, seguramente, vamos a querer conocer en detalle…)

"En toda casa hay cosas que se pierden para siempre. Estuvieron con nosotros y después no. Lápices negros, una media, hebillas del pelo, encendedores, paraguas, llaves. A veces creo que la vista es un bien de ese tipo. Algo que existe de forma irrefutable, muchos lo poseen, pero hay un punto oscuro, un precipicio rocoso desde donde cae a un fondo de pantano inaccesible", escribe Halfon.

"La vida nos compensa dándonos la presbicia para no ver en qué nos vamos convirtiendo", decía a la vendedora con sonrisa pícara el otro día una mujer ya grande, mientras se probaba un vestido en un local de Belgrano. De pie frente al espejo, posiblemente veía bien los colores del vestido y las formas de su perfil acariciado por el género de la prenda. Seguramente prefería ni adivinar el coro de arrugas alrededor de los ojos y la boca, los pliegues voluptuosos del cuello o la laxitud de los músculos de sus brazos, huérfanos y desnudos en el diciembre porteño. Es ese punto oscuro del que habla Halfon, quien cuenta en su libro que tiene sueños recurrentes en los que pierde los anteojos, no la cartera como soñamos la mayoría de las mujeres. Y sin cartera siempre se puede volver pero sin anteojos… podemos perder el camino a casa, dice.

Mercedes Halfon
Mercedes Halfon

En su libro/ensayo, Mercedes Halfon describe su vínculo con la mirada, su relación con el ver y con el mirar y también su relación con su madre, quien como los que volvieron de la guerra, no logra recordar exactamente cómo fue la cirugía que enderezó su ojo. La autora, una conocida periodista cultural y crítica de teatro, repasa también con verdadera gracia anécdotas vinculadas con los ojos, cuenta cómo hasta el siglo XIX los ciegos "estaban destinados a ser adivinos, rapsodas, magos o -en la mayoría de los casos- mendigos" y narra historias como las de Braille, creador a los 14 años del sistema que lleva su nombre, la de Joseph-Antoine Ferdinand Plateau, un científico de la visión que hizo aportes revolucionarios y que terminó ciego por mirar fijamente al sol sin protección y la de de George Bartisch, el padre de la oftalmología moderna, durante el siglo XVI.

Jean Paul Sartre y su estrabismo
Jean Paul Sartre y su estrabismo

Jean Paul Sartre, Joyce y Néstor Kirchner también pasan por las páginas del libro: sus ojos errantes fueron características de sus personalidades y del modo en que eran vistos por los demás. Borges, un ciego con los ojos desviados, también tiene ganado su espacio, por supuesto. "Tengo la impresión de que la disminución visual, cuyo último eslabón es la ceguera, es una caída hacia adentro de la persona", arriesga Halfon. El estrabismo es diferente, explica: "Los ojos pueden ver, pero están extraviados, no saben hacia dónde dirigirse".

Jorge Luis Borges (Getty)
Jorge Luis Borges (Getty)

El trabajo sobre los ojos es un ejercicio reflexivo, una muestra exquisita de literatura del yo y de literatura de todos. Hay una larga lista de fuentes y relaciones con este libro singular que se podrían enumerar, desde Edipo y sus ojos arrancados hasta Oliver Sacks con sus ciegos al color, pasando por las preciosas reflexiones acerca de la vista y el acto de mirar de John Berger: una vez concluida la lectura, el lector puede jugar a buscar por dónde seguir. Pieza preciosa, lectura cálida, el libro de Halfon es, sobre todo, un maravilloso ensayo sobre la luz, esa que nos despierta cada mañana o que nos falta, hasta dejarnos sin aire, cada vez que decimos adiós.

 

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