
Por Ana Durán
De chica quería ser actriz, como Norma Aleandro. No de esas de los teléfonos blancos. Más bien una Tita Merello en Los isleros, así, bien de sufrir en el cine. Vivíamos en Ituzaingó y lo más a mano era el Cine Gran Ituzaingó. Tanto hinché con el temita de la actuación que un día nos tomamos el tren a "la capi" y fuimos al teatro. No recuerdo la
sala, pero sí la obra: Rosas amarillas, rosas rojas, con Alberto Closas y Mirtha Legrand.
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Doce cambios de vestuario, doce veces en las que se acercó a proscenio a dar "la vueltita" para que la gente la aplaudiera. Muy Mar del Plata. Horrible. No era eso lo que quería ser. No sabía que había otro tipo de teatro. Y no sabía bien qué iba a ser. Nos fuimos con la familia a vivir a Flores y me convertí en la "nerd" del teatro cuando de casualidad llegó a mi escuela pública una promotora que vendía abonos para ver obras en el Teatro San Martín. Digo "de casualidad" pero más tarde descubrí que detrás había un plan de gestión de públicos orientado a la educación.

Pasaron muchos años, fui profesora de Lengua y Literatura, periodista (entre medio secretaria, camarera, telemarketer) y llegué al teatro independiente desde la crítica teatral cuando me di cuenta de que el pánico escénico jamás me habría permitido pisar las tablas.
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En 1997 publiqué y dirigí Funámbulos, una revista especializada en teatro independiente que dejó registro de un momento de particular euforia: un teatro para pocos, elitista, preciosista, complejo y muy disfrutable. Iba al teatro entre 3 y 5 veces por semana y podría decir que por esos años prácticamente formaba parte de una tribu en la que todos nos conocíamos: artistas, público, periodistas. Pocos pero buenos, ponéle.
Pero llegó el 2001 y con la crisis algo pasó en todos, supongo. Estaba en la revista 3puntos y por primera vez sentí que formar parte de esa elite era algo bastante bobo y conservador, algo como la sensación del vacío, de la falta de respuestas al "por qué" y "para qué" de las cosas.
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Se empezaron a crear casi espontáneamente grupos de teatro comunitario a imagen y semejanza del Grupo Catalinas Sur y el Circuito Cultural Barracas. Me acerqué a la Matemurga de Villa Crespo que se estaba formando. Como mis fobias a pisar las tablas como actriz continuaban, aprendí a tocar el zurdo, el bombo con platillo, sumé mis magros conocimientos de guitarra y castañuelas y me refugié allí durante un año de ensayos hasta el estreno. Habré hecho 5 ó 6 funciones a puro sufrimiento y me volví atrás de la compu, a lo mío. Ni para acompañante de actores en el escenario sirvo, en fin. Pero ese año me cambió la cabeza. ¿Qué es el arte popular? ¿A qué "pueblo" está dirigido? ¿Es berreta? ¿Es de izquierda? ¿Es progre? ¿Es demagogo? ¿Qué hace la gente con eso? ¿Qué es salir "modificado"?.
La revista para la que trabajaba cerró (ahora se llamaba TXT) y me quedé sin trabajo. Supongo que por eso refloté un proyecto añejo pero muy deseado que ya había probado cuando era profesora de Lengua: acercar a los pibes de escuela media al teatro independiente.
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Giré con esto por montones de despachos durante 10 años y no le interesó a nadie, excepto a Rubén Szuchmacher, que no pudo llevarlo a la práctica pero me daba el visto bueno. Así, en 2005, junto a Sonia Jaroslavsky armamos el primer Programa de Formación de Espectadores alojado directamente en el Ministerio de Educación de la Ciudad. La cosa para nosotras no era "resignar la estética", es decir, no se trató de buscar obras "fáciles" para que los chicos vivieran la experiencia, sino todo lo contrario: trabajar con las actuales estéticas independientes, sus salas, su circuito, su idiosincrasia e incluso, su ritual. ¿Puede un arte de minorías y elitista (por formas de producción, básicamente porque se hace en salas chicas y con pocos recursos) ser una vía de acceso para los pibes que ven por primera vez una obra de teatro? Una locura ¿no? Pero hace 12 años que hacemos esa locura y la investigamos,encima.

En 2012 (otra época, otra vida) me presenté para una beca de PROFOR del Ministerio de Educación de Nación, para hacer una Maestría en Ciencias Sociales con orientación en Educación en FLACSO. Imposible de pagar para mi sueldo docente, además de libros, viáticos, etc. Me la dieron. Pensé en probar "científicamente" que un joven que nunca fue a ver teatro en su vida, puede convertirse en espectador entusiasta con el marco adecuado, una mediación amorosa, y sobre todo, la repetición de la experiencia. No hicimos trampa. Las obras no fueron sencillas pero sí conmovedoramente arrasadoras. Cuatro escuelas públicas diferentes (un comercial, un normal, una técnica y un bachiller de Capital Federal) fueron a ver tres obras seguidas en un año. Hicimos entrevistas antes y después de cada función con los pibes y sí: el resultado fue mejor de lo esperado. Pero también aprendimos otras cosas acerca de lo que piensan del teatro, de los adultos, de los prejuicios a la hora de ver arte, de la dificultad para expresar las emociones en el marco de la escuela, de lo importante que es el rol del docente como "motivador" aunque sea de Lengua o de Matemáticas. Convertirse en espectador es un proceso que lleva amor y dedicación, como una relación familiar o amistosa, como el cuidado de la naturaleza, como todo lo que vale la pena.
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En lo personal, es el cuarto libro que escribo pero el primero de mi total autoría. Y no, no me creo escritora para nada. Me gusta escribir y pelearme con las palabras a las que pocas veces siento que apenas controlo. Y si me hubieran dicho, allá lejos y hace tiempo, cuando íbamos con mi hermana los 21 de septiembre a pasar el día en el San Martín en lugar de ir al picnic, que iba a publicar algún libro, y más sobre la experiencia de ser espectador de teatro, hubiera dicho que era imposible. Aparentemente, la vida le da más al neurótico con obsesiones que al inteligente con expectativas de reconocimiento… ¿Será así?.
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