Nadie escapa de la naturaleza: poesía en tiempos de cambio climático

¿Cuál es la verdadera magnitud del calentamiento global?
¿Cuál es la verdadera magnitud del calentamiento global?

¿Qué puede tener en común una conferencia sobre cambio climático con el estreno de una película? ¿Qué relación puede haber entre el calentamiento global con la poesía o con cualquier expresión artística? De buenas a primeras, nada. Pero el 19 de octubre pasado se estrenó Geo-tormenta, una de las tantas películas que aborda el cambio climático a través de los desastres naturales tipo Apocalipsis. Situada en un futuro incierto, gracias a un completo sistema de satélites que controla el clima e impide los desastres naturales, de pronto todo se trastorna. Con una violencia inusitada, tornados, marejadas y granizadas atacan la Tierra. Es una geo-tormenta, controlada por el mismo complejo sistema que antes evitaba los desastres naturales y sus consecuencias deben impedirse a toda costa, antes que destruya el planeta. El escritor y el productor es el mismo que el del Día de la Independencia, así que se puede prever de cómo va el resto de la película: un par de héroes, el Presidente interpretado por un conocido actor como Andy García y el final feliz. Después de todo es Hollywood.

No será la última película que aborde la destrucción producto del cambio climático, pero curiosamente encuentra sustento en Un año sin primavera: apuntes sobre la poesía y el tiempo que hace, el último ensayo del escritor argentino Marcelo Cohen, en el que analiza la relación entre clima y sujeto, entre poesía y naturaleza. En una parte se refiere al dinero que el Departamento de Defensa de los Estados Unidos le ha estado dando al "arsenal de armas climáticas y, paralelamente, al High-Frequency Active Auroral Research Program (HAARP), radicado en Gakona, Alaska". El HAARP "se basa en una tecnología de emisión de ondas electromagnéticas que se concentran en haces, modifican áreas de la ionósfera y de hecho funcionan como un microondas gigantesco". Con esto se puede efectivamente "perturbar el clima en regiones enteras, con preferencia por países que amenacen la estabilidad, la seguridad o los negocios de sus propulsores". Es decir, el complejo sistema de Geo-tormenta ya existe y es parte de un arsenal de armas climáticas de los Estados Unidos.

Pero Cohen no pretende dar sustento a una película, sino analizar cómo el cambio climático puede afectar nuestra percepción de la naturaleza, y eso se verifica en los poemas que han sido escritos en diversas épocas tanto por poetas argentinos, como Arturo Carrera, Mirta Rosenberg y Daniel Durand, como por poetas de lengua inglesa, como Wallace Stevens, Philip Larkin, Ted Hughes, Charles Bernstein, Anne Carson y Louise Gluck. Sus poemas no hablan del "mundo que 'está allá' sino de la relación con el mundo, y lo que hace un poema es transformarla, la del que escribe, de la misma manera que transforma al que lee". También Cohen aborda otras disciplinas, porque la poesía excede al género, y por eso incluye a los narradores J.A. Baker y a artistas marginales como Henry Darger. Para Cohen la poesía está en la naturaleza y, para hallarla, a veces sólo tenemos que estar, sentir y observar. Esta relación con la naturaleza, que de por sí cambia al que escribe y al que lee, tiene desde hace unos años otro aditamento: el clima. No se trata de un desastre inminente, sino de cómo eso puede afectarnos más allá de lo que imaginamos.

El autor no pretende alarmarnos, aunque los datos que entrega sean de por sí alarmantes: "desde comienzos del siglo XX el nivel de los mares subió cerca de veintinueve centímetros", en los ríos hay concentraciones significativas de anfetaminas, paracetamol, cafeína y antibióticos y "en 2050 va a haber en los mares más toneladas de plástico que de peces", de ese plástico lanzado al mar los países que más contaminan son China, Indonesia y Filipinas. Datos que son suavizados por los medios de comunicación al reemplazar el término cambio climático por el de calentamiento global, entonces no se "profundiza en las causas de la sequía en California o el calor indecente que hizo en los últimos Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi" ni tampoco el por qué las estaciones ya no son tan marcadas como antes.

Desde este punto de vista no es raro que las películas sobre desastres naturales se hayan hecho recurrentes en los últimos veinte años en Hollywood, con directores incluso que se han vuelto especialistas en el tema: Tornado (1996), de Jan de Bont, Volcano (1997), de Mick Jackson, Tormenta perfecta (2000) y Poseidón (2006), de Wolfang Petersen, El día después de mañana (2004) y 2012, de Roland Emmerich. Más allá de sus calidades cinematográficas lo importante es que existe una preocupación que lleva a la industria a abordar el tema. En los 60 Susan Sontag hizo algo así al poner el ojo en Godzilla, la famosa película de Ishiro Honda, e interpretar al monstruo que destruía la ciudad como una metáfora de la amenaza nuclear que se cernía sobre el mundo. Más recientemente el filósofo Boris Groys, a propósito de las películas que destruyen el planeta, dijo: "No es casual que la cultura de masas contemporánea esté obsesionada por visiones de asteroides que llegan del espacio negro cósmico y destruyen la Tierra".

“Un año sin primavera: apuntes sobre la poesía y el tiempo que hace” de Marcelo Cohen
“Un año sin primavera: apuntes sobre la poesía y el tiempo que hace” de Marcelo Cohen

Cohen cita a Groys, pero pone el ojo en la historia de la literatura y observa cómo ha sido su relación con la naturaleza desde sus inicios, hace más de dos mil años. En las Geórgicas, Virgilio escribió: "¿Qué diré de las tempestades y de las constelaciones de otoño? ¿Qué de las cosas a que han de atender los labradores cuando ya acortan los días y son más llevaderos los calores, o cuando se desata en lluvias la primavera, y las mieses erizan los campos con espigas e hinchan las verdes cañas los trigos en leche?". Desde ese momento el hombre, el escritor, el poeta no ha parado de observar la naturaleza y sus cambios, por lo que, de acuerdo a esta lógica, no podría mantenerse indiferente al cambio climático. Pero incluso antes de ser poeta, escritor, hombre, antes de tener lenguaje siquiera, nuestra primera percepción del mundo es "ya una mala interpretación de lo que hace el cerebro con lo que entra por ojos, oídos, nariz, piel y boca". Pese a ello intentamos aprehender a través de la escritura esa relación. Sin embargo, contrario a lo que se cree no dominamos a la naturaleza, simplemente porque no podemos percibirla bien, de ahí que habría que erradicar, entre otras, esa creencia de que Dios puso a la naturaleza para satisfacer las necesidades del Hombre.

Esta relación entre sujeto y naturaleza que se establece principalmente en la poesía genera una interrogante sobre si lo descrito en un poema "sólo es real en relación con el lenguaje", es decir no estaría de más preguntarnos cuál es el lugar del viento o de las hojas, por ejemplo en Ritornelo de Malmö, el último libro de Arturo Carrera. Escribe Carrera: "Cada hoja es un beso acá, /cada hoja que cae como un copo de nieve". ¿A qué espacio pertenecen estas hojas? Los haikús, por ejemplo, son formas breves especiales para describir la naturaleza, como lo demostró Matsuo Basho: "Bajo un mismo techo /durmieron las cortesanas, /la luna y el trébol". Jack Kerouac, en su novela Los vagabundos del dharma, planteó el contacto con la naturaleza de dos amigos: mientras van subiendo una montaña recitan haikús. Parece ser que esta forma le hace a Cohen responder a la interrogante antes formulada: "Un poema también es un sonido que se integra a las improvisaciones del cielo y del viento". La poesía no sólo estaría íntimamente ligada a la naturaleza, sino que ciertos aspectos, cierta forma de su mecanismo, serían propias de ella. El poeta entonces sólo trataría de descubrir esas formas.

(iStock)
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Hay un ejemplo muy ilustrativo de esto en el ensayo de Marcelo Cohen, que si bien no corresponde estrictamente a la poesía resulta muy útil para ver cómo los vaivenes del clima pueden entrar en la obra y en la cabeza de un autor. Se trata de Henry Darger, un loco o un genio, que vivió por muchos años en una habitación sin baño ni cocina, y que inspiró a muchos escritores, entre ellos al poeta John Ashbery, muerto no hace mucho. Darger trabajaba de ordenanza en un hospital de Chicago y cuando murió en 1973 a los 81 años, los dueños de la casa encontraron en su habitación, además de basura, diarios, imágenes de nenas recortadas de revistas (que hacen recordar al artista Joseph Cornell y su admiración por el mundo infantil), libros de cuentos y un baúl donde había un manuscrito de una novela de más de quince mil páginas, mecanografiadas en distintos colores, y una secuela más breve de ocho mil quinientas páginas. Según sus vecinos, "Darger solía no hablar prácticamente de otra cosa que del parte meteorológico"; de hecho también dejó un diario de cinco mil páginas, titulado La historia de mi vida, "buena parte dedicadas a un solo huracán que lo había aterrorizado en la infancia" y a informes del tiempo sobre "temperaturas, cielos nubosos o despejados, nieve, lluvia, tormentas de verano y nevadas de invierno y grandes borrascas". Una cosa que le llamaba la atención a Cohen es que Darger evaluaba el desempeño del hombre del tiempo de la televisión: "Acertó en la predicción de rachas de nieve y en que hoy haría mucho viento, pero la nieve fue muy fina. Dijo que la temperatura iba a cambiar mucho pero en eso erró del todo". Darger es el hombre no sólo inserto en la naturaleza, sino que su obra retrata los pequeños cambios climáticos, como si esos cambios generaran también cambios de humor y se convirtieran en tema, y a veces objeto material, de su escritura.

Si bien el ejemplo de Henry Darger puede ser exagerado, sirve para consignar el descubrimiento más potente de Un año sin primavera, esto es, que el cambio climático al ser una alteración severa de la naturaleza implica una alteración de las formas que desde la poesía la perciben y también un cambio en la poesía misma. En el epílogo de Ornitomancia, del poeta chileno Juan Manuel Silva Barandica, el escritor costarricense Luis Chaves escribe: "Lo natural es una amenaza: ¿contaminamos todo lo que nos rodea o todo lo que nos rodea nos contamina a nosotros? La sombra de un pájaro que vuela no se despega del suelo, se arrastra sobre la tierra". Lo natural, en las ciudades, es una amenaza: insectos, animales, alimañas, roedores, todo eso que tratamos de aniquilar, y para ello, contratamos exterminadores o empresas fumigadoras que nos hagan sentir fuera de la naturaleza, pero pese a ello siempre estamos en ella.

“El peregrino” de J.A. Baker
“El peregrino” de J.A. Baker
 

"La sombra de un pájaro no se despega del suelo", repite Chaves, y Cohen responde rápido y cita El peregrino, la novela de J.A. Baker, que es el diario del seguimiento del halcón peregrino, durante el otoño y el invierno de un año en una comarca de Inglaterra. Al igual que Darger, Baker era un tipo silencioso: fue bibliotecario. Y en otra cosa coincidían: no hizo vida literaria, aunque, a diferencia de Darger, publicó en vida dos libros que implicaron el resurgimiento de "la literatura de la naturaleza y el paisaje, un género no muy visitado por las vanguardias". El halcón peregrino es el ave más rápido del mundo y, pese a ello y a la artrosis reumática de Baker, se las arregló para recorrer el campo a pie o en bicicleta para poder alcanzarlo y observarlo. Era un cazador cazando a uno de los mejores predadores.

Un año sin primavera es iluminador en muchos aspectos. Hacia el final introduce el aspecto político, cuando recuerda que mientras en su encíclica Alabado seas el Papa Francisco proponía un giro radical de estilo de vida para evitar que el planeta se siga convirtiendo en un "inmenso depósito de porquería", el Presidente Donald Trump durante su campaña presidencial calificó el cambio climático como "un fraude chino". Entre estos dos mensajes, el autor de este ensayo –exhaustivamente documentado e imprescindible para entender este fenómeno desde otro lugar– consideraba que la Convención de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC), que en 2015 se realizó en París, era decisiva. Sin embargo, han pasado dos años y nuevamente se anuncia otra convención, esta vez en la ciudad alemana de Bonn. El Secretario de Estado de esa nación, Walter Lindner, ya señaló su preocupación por la incidencia que está teniendo este fenómeno en las crisis migratorias: "El cambio climático está provocando escasez de alimentos y, en consecuencia, conflictos por el control de la tierra y de los recursos y un aumento de las crisis migratorias y de refugiados". La convención comienza el lunes 6 de noviembre. Esperemos que las expectativas sean esta vez cumplidas, para bien de Marcelo Cohen y de todos.

 

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