
El mediodía del 9 de octubre de 1967, el calor sofocante del sudeste boliviano contrastaba con la fría incertidumbre que se respiraba en la pequeña aldea de La Higuera. Dentro de una humilde aula de adobe y piso de tierra, el comandante guerrillero Ernesto “Che” Guevara pasaba sus últimas horas con vida.
Herido en la pierna izquierda tras el combate en la Quebrada del Yuro, custodiado por soldados y desprovisto de su arma, el médico argentino-cubano esperaba un desenlace que las altas esferas políticas y militares ya habían sellado en la capital.
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La decisión de no someter al líder insurgente a un juicio público, para evitar un tribunal internacional que sirviera de plataforma ideológica, se materializó en una orden clave transmitida desde La Paz hacia el puesto de mando en Vallegrande. La consigna era clara: poner fin a la vida del prisionero antes de que terminara la jornada.
Hacia las 13:10 horas, el suboficial del Ejército boliviano Mario Terán ingresó al recinto escolar armado con un fusil semiautomático. La escena, congelada por los testimonios de los testigos militares y los relatos históricos posteriores, mostró a un prisionero abatido físicamente por los meses de acoso en la selva, pero firme en su actitud frente a la muerte.
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Un ráfaga cortó de golpe el silencio de La Higuera. Múltiples disparos impactaron en el tórax y las extremidades del guerrillero para simular heridas de combate, evitando conscientemente tiros directos a la cabeza que evidenciaran una ejecución a quemarropa. Minutos después, el cuerpo sin vida de Guevara fue amarrado a los patines de un helicóptero militar y trasladado hacia el hospital Señor de Malta en la cercana localidad de Vallegrande.
Allí, sobre una lavandería de cemento y ante la mirada atónita de periodistas internacionales y pobladores locales, el cadáver fue expuesto públicamente. Las imágenes del cuerpo inerte con los ojos abiertos, tomadas por fotógrafos de prensa, dieron la vuelta al mundo y aceleraron la transformación del líder militar caído en un poderoso símbolo político de alcance global.
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El luto en La Habana y la construcción del símbolo
En La Habana, la noticia cayó como una onda de choque. Tras días de incertidumbre y de contrastar cables internacionales, el 15 de octubre de 1967 Fidel Castro confirmó oficialmente la muerte de su compañero de batallas ante los medios de comunicación cubanos.
Tres días después, la Plaza de la Revolución albergó a más de un millón de personas en una velada solemne donde el mandatario cubano pronunció su célebre discurso de homenaje, declarando el “deber de ser como él” y convirtiendo la figura del Che en la máxima encarnación del “hombre nuevo” socialista.
Para Cuba, la pérdida de Guevara significó la caída de su principal estratega internacionalista y un durísimo golpe al proyecto de extender la revolución por el continente americano. Sin embargo, su muerte operó en sentido contrario en el terreno ideológico: la imagen del guerrillero abatido alimentó la mística de los movimientos de izquierda, las protestas estudiantiles de 1968 y la iconografía política de las décadas siguientes.
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La fosa oculta y el hallazgo de los restos en Vallegrande
Para evitar que el lugar de sepultura se convirtiera en un punto de peregrinaje revolucionario, los mandos militares bolivianos ordenaron ocultar el cadáver. En la madrugada del 11 de octubre de 1967, los restos de Guevara y de seis de sus compañeros de guerrilla fueron sepultados de forma clandestina en una fosa común abierta en el borde de la pista de aterrizaje del aeródromo de Vallegrande, cubiertos de tierra y pavimento sin dejar marca alguna.
Durante tres décadas, el paradero exacto de sus restos permaneció guardado como uno de los secretos más herméticos de la Guerra Fría. No fue sino hasta finales de 1995 cuando un militar retirado reveló la ubicación general de la fosa, desencadenando una búsqueda multidisciplinaria de geólogos, antropólogos forenses y científicos cubanos y argentinos.
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Finalmente, el 28 de junio de 1997, el equipo de investigación localizó la osamenta sin manos, mutiladas en 1967 para su identificación dactilar, en la antigua pista de Vallegrande. Tras su confirmación científica, los restos fueron repatriados a Cuba y depositados con honores de Estado en un mausoleo construido en su memoria en la ciudad de Santa Clara, el escenario de su mayor victoria militar durante la Revolución Cubana, cerrando así el ciclo histórico del legendario comandante guerrillero.
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