
El triple femicidio de Deisy Granados, Karen Juliana Penagos y Chantal Daniela Penagos, registrado entre el 20 y el 24 de marzo de 2026 en Bogotá, dejó ver con crudeza las falencias del sistema de prevención y protección en casos de violencia intrafamiliar.
El relato de Eisson Ferney Penagos, padre de las dos jóvenes y expareja de Deisy, revela el vacío de intervención institucional pese a las denuncias previas contra el acusado, Cristian Camilo Valencia, y expone una dinámica prolongada de control y maltrato invisible.
El padre, que mantenía contacto frecuente con sus hijas, tras el asesinato se enteró de que entre 2024 y 2025 Deisy Granados (madre) había realizado dos denuncias por violencia intrafamiliar y amenazas. “Nunca tuve conocimiento. Me vine a enterar fue cuando me resumieron el expediente”, dijo Penagos en diálogo con Más allá del silencio.
El documento oficial agrega que en la última demanda de 2025 se consignaban amenazas directas a las hijas en caso de separación.
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A pesar de los antecedentes, ningún organismo notificó a Ferney ni a familiares cercanos, ni se implementó seguimiento o intervención de bienestar familiar. “No me llamaron a mí y me involucraron en el tema... Nunca lo hicieron”, precisó el padre, que además cuestionó el aparente protocolo automático: “Las personas que trabajan en estas instituciones vamos por cumplir un horario y por solamente cumplir, recibir, allá, al archivo”.
Ferney Penagos reconstruyó la secuencia de los días entre la desconexión total de sus hijas y el hallazgo de los cuerpos en la vivienda de Bosa. “El lunes me entró como la alarma porque ya conseguí el celular de este tipo y los cuatro celulares, ninguno”.
El martes, bomberos y policía ingresaron al inmueble luego de tres días de ausencia de noticias, encontrando la escena del crimen con el presunto autor presente y en estado tranquilo.
Más de dos años de violencia documentada sin respuesta efectiva
La acción del agresor fue definida por el psicólogo forense Roberto Sicard como propia de un “aniquilador familiar”, es decir, alguien que busca el control absoluto sobre la pareja y la familia, incluso a través de la violencia extrema. “No fue algo espontáneo que ocurrió, sino que ya venía una violencia sostenida en el tiempo, por lo menos de dos años antes”, explicó Sicard en el pódcast.
La constancia de dos denuncias formales —en 2024 y 2025— no produjo ninguna alerta para el entorno inmediato de las víctimas. “Quizás lo que más me llama la atención es que previamente habría dos reportes de violencia por parte de este sujeto”, destacó Sicard. Añadió que la personalidad del acusado no mostró síntomas de desequilibrio, sino “absoluto control”: “Era una persona que todo el mundo la veía como una persona controlada, como una persona estable”.
Durante las 72 horas posteriores al crimen, Valencia permaneció en la vivienda junto a los cuerpos. Un vecino lo vio salir a comprar cigarrillos el domingo, sin actitud alterada. Sicard interpreta este comportamiento como una demostración de la misma necesidad de dominio: “Tres días para que este sujeto estuviera meditando sobre cuál debería ser su proceder, tres días encerrados cavilando cómo poder seguir controlando las situaciones”.

Denuncias ignoradas y advertencias no escuchadas
El relato de Ferney Penagos hace hincapié en la total ausencia de información sobre la convivencia con un hombre denunciante por violencia judicializada. “No tenía conocimiento, mis hijas... nunca hubo ni la más mínima sospecha, ni con la abuela”. El acusado demostró gran habilidad para “manejar su imagen”, lo que resultó en una percepción externa de normalidad incluso en el entorno familiar más próximo.
Respecto del proceder institucional, Penagos exigió a los “estructuradores de las leyes” una respuesta desde la empatía real: “Cuando hagan una ley, no lo hagan como una tarea más de su día a día... Que lo hagan como dolientes”. Además, denunció la falta de trazabilidad tras las denuncias: “Me da a entender que... recibimos, allá queda. O sea, allá, al archivo”.
Las advertencias tampoco llegaron a través de las propias víctimas. “Ellas nunca le dijeron nada de esta persona” y las referencias a las discusiones se enmarcaban como “peleas normales”. Una posible explicación, según Penagos, es que la madre era “muy reservada”: “Quizás... la mamá les decía: ‘Nadie se debe enterar de la vida nuestra como vivimos en nuestra casa’”.
Conclusiones de especialistas y mensajes a la sociedad
Sicard subrayó que el perfil de estos agresores responde a lo que la psicología denomina “narcisismo maligno”, consolidado en la transición hacia la adultez. “No es que nazcan así, sino que se hacen”, y advirtió que suelen mostrar dificultades laborales y buscar control total de la vida sentimental, a menudo usando armas blancas como herramienta de intimidación.
“Las mujeres no son propiedad de nadie, no son esclavas de nadie, son mujeres libres. Y háganse valer y al más mínimo detalle de violencia contra ustedes, tomen decisiones y retírense de estas personas”, apeló Ferney Penagos, remarcando el carácter prevenible de la tragedia. “Esto es una tragedia que se hubiera podido prevenir“.
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