
Apenas 4 años atrás, después de trabajar durante mucho tiempo, Fiat había dejado archivado el proyecto del Fiat Turbina, ese auto deportivo que se impulsaba como un avión a reacción, que había maravillado a los más altos ejecutivos de la casa italiana, pero que era inviable por razones técnicas, pero sobretodo económicas.
La posguerra había alimentado todo tipo de locuras de la ingeniería, pero la Guerra del Sinaí de 1956 también las había frenado. Las grandes potencias por primera vez habían comprendido cuánto se dependía del petróleo y cuan graves eran las consecuencias económicas del bloqueo del Canal de Suez que había desabastecido a los países de occidente.
Paralelamente, eran tiempos dominados por la incipiente carrera espacial, pero todavía el mundo estaba impactado y horrorizado por esa poderosa energía que había aniquilado las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en el epílogo de la Segunda Guerra Mundial: la energía nuclear.

En ese entonces, se creía que la energía nuclear era la puerta de acceso a una electricidad barata e infinita. Parece mentira que hoy, 70 años después, todavía se discute en la Unión Europea si se puede etiquetar como renovable la generación de electricidad en centrales atómicas, y así contribuir a borrar la huella de carbono del hombre en los próximos 25 años.
La U.R.S.S. había estrenado la primera central nuclear. La Guerra Fría llevaba a que ambas potencias, conducidas desde Moscú y Washington, iniciaran todo tipo de exploraciones y proyectos nucleares. Además de cohetes, se proponía aplicar en trenes, aviones, barcos, submarinos y, naturalmente, autos.

Ford fue la que tomó el guante y en 1958 mostró al mundo el primer auto a energía atómica al que llamaron Ford Nucleon. El auto tenía un diseño completamente extraño, con dos secciones muy bien diferenciadas entre sí. Adelante la cabina o habitáculo tenía líneas modernas con grandes superficies vidriadas, en cambio, una extensa parte posterior era la que estaba dedicada a la propulsión.
Allí debía ir un reactor de fisión de uranio enriquecido cuyo calor se aprovecharía para calentar agua hasta convertirla en vapor. Con ese vapor se daría impulso a dos turbinas, una sería la encargada de proporcionar el torque al automóvil, y la otra sería utilizada como generador eléctrico. Dos convertidores de torque gestionarían esta energía mientras el vapor volvía a su estado líquido tras pasar por un sistema enfriador. Ese era el principio de funcionamiento del auto nuclear.

Pero además de su silueta tan futurista, lo que más impactaba del Ford Nucleon era su autonomía, ya que Ford estimaba que el vehículo podría funcionar por unos 8.000 kilómetros antes de tener que detenerse por un nuevo núcleo. Esa era la cuenta que los ingenieros, físicos y químicos que trabajaban en el proyecto. El auto podría ser un vehículo capaz de funcionar con energía limpia y segura, al menos esa era la idea entonces, pero además, tampoco generaría ruido en comparación con los motores de combustión interna de grandes cilindradas que reinaban por aquellos años en EE.UU.
Lo único que hacía falta para que el Nucleon pasara de una maqueta a la realidad era que la tecnología nuclear se siguiera desarrollando a la velocidad que había llegado hasta finales de la década del 50. Era primordial que se pudieran fabricar reactores nucleares de reducidas dimensiones e iguales prestaciones de energía, pero era un paso que había que dar, que jamás se concretó.

Casi con inocencia, se creía que el mundo podría funcionar con pequeños reactores circulando por las calles y rutas de todas las ciudades. El factor seguridad no se tenía en cuenta en un primer momento, hasta que se empezó a comprender el peligro de las fugas radioactivas.
Quién ha podido visitar o ver un reactor nuclear, sabe de las gruesas paredes de plomo, una enorme camisa de agua y otras paredes de concreto para evitarlas en un reactor estático de energía eléctrica actual. Y es un reactor pasivo. Los autos se mueven, porque es su esencia, y frecuentemente tienen accidentes y choques de distinta envergadura. Tener millones de pequeños reactores nucleares sobre ruedas, además de muy costoso, era sumamente peligroso para la salud de la población.
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