
La representación perfecta del exceso y la excentricidad de los años 90. La pieza máxima en el camino de superación de una marca exquisita. El heredero de los trazos sofisticados y vanguardistas del Miura y el Countach. El deportivo de los sueños que se volvió terrenal en forma de póster para estar a la vista de todos. Eso fue el Lamborghini Diablo, arriesgado, deseado, memorable.

Aquella creación de Lamborghini, que empezó a tomar forma en 1985 y se cristalizó finalmente en 1990, fue también el superdeportivo dominante del planeta durante muchos años. El modelo que mejor inspiró el deseo. Incluso por sobre varios de los pura sangre salidos de Maranello. Ferrari había sacudido al mundo a fines de los 80 con su F40, el modelo aniversario por sus cuatro décadas de vida, pero Lamborghini abrió una nueva era con la irrupción de su Diablo. Nuevamente, y tal cual su objetivo desde la creación de la marca, Ferruccio le corría los límites a Don Enzo y obligaba a las máquinas rojas a revalidar su supremacía.
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Extravagante y rupturista, el Diablo fue diseñado por Marcelo Gandini, el mismo autor de obras supremas como el Miura y el Countach, quien tenía como misión darle forma al deportivo más rápido del mundo. Los 315 km/h eran la meta que marcaba la obsesión de la firma: la F40 andaba a 316 km/h y era el auto más veloz del planeta. El Diablo fue más allá y orilló una máxima de 325 km/h. Fue el rey de la década.

Tras años de desarrollo y una inversión gigantesca para la época, cercana a los 7 millones de dólares, el Diablo apareció en 1990, en Monte Carlo, durante la celebración del Lamborghini Day. Aquel primer modelo estaba equipado con un V12 de 5.7 litros, de cuatro válvulas por cilindro capaz de entregar 485 caballos: además de los 315 km/h de máxima, declaraba una aceleración de 0 a 100 km/h en 4,5 segundos.
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Luego, durante sus 11 años de producción, distintas variantes introducidas en el Diablo fueron perfeccionando sus atributos. Todas versiones radicales y extremas que lo hicieron inalcanzable.

En 1993 apareció el Diablo VT, que ofrecía un sistema de tracción mejorada y, por lo tanto, mayor ductilidad para manejarlo. Tenía también mejoras estéticas en su interior, y fue el primero en el que se empezó a incorporar la fibra de carbono para mejorar el peso. Entre 1993 y 1994, la marca creada en 1963 también lanzó el Diablo SE30, una edición limitada de 150 ejemplares por su aniversario, todos seriados, y con mayor potencia: 525 caballos. Además, mejoró la refrigeración del motor, incorporó nuevas llantas de hasta 18 pulgadas, alerón trasero, y discos de freno perforados y de mayor diámetro, entre otros detalles.
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Entre el 95 y el 99, se sumaron tres nuevas variantes de diseño: SV, VT Roadster y el más radical, el Diablo GT. De este último sólo se fabricaron 83 unidades, y prácticamente era un auto de competición adaptado para conducir en la calle. El peso se siguió disminuyendo y la potencia, por otra parte, aumentaba: alcanzó los 575 caballos y superaba los 340 km/h.

En 2001, ya con el control de Audi sobre la compañía (perteneció al Grupo Volkswagen entre 1998 y 2001), El Diablo corona su dominio con la versión más espectacular jamás creada: el Lamborghini SE Diablo 6.0, del que sólo se fabricaron 40 unidades. Aunque la potencia se disminuyó a 550 CV, su evolución le permitía superar los 330 km/h. Como sello distintivo, todos los ejemplares fueron fabricados sólo con dos opciones de color: Oro Elios y el tono Marrone Eklipsis, hoy el deseo máximo de cualquier coleccionista.
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