
Ayunar antes de ejercitarte puede reducir la cantidad de alimento que ingieres durante el resto del día, de acuerdo con un interesante estudio en pequeña escala de hombres jóvenes en forma.
El estudio reveló que la decisión de desayunar o no antes de ejercitarte por la mañana puede influir en tu relación con la comida durante el resto del día, de formas complejas y en ocasiones inesperadas.
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Por supuesto, el control de peso es una de las principales preocupaciones públicas (y privadas) de nuestra época; sin embargo, el papel del ejercicio para ayudar a las personas a bajar de peso, mantenerlo o, en algunos casos, subir algunos kilos es problemático. El ejercicio quema calorías, pero en muchos estudios previos se ha descubierto que las personas que comienzan un nuevo programa de ejercicios no bajan tanto de peso como esperaban porque a menudo compensan la energía utilizada durante el ejercicio comiendo más después o moviéndose menos.
Estas compensaciones, por lo general sutiles e involuntarias, indican que nuestro cerebro recibe comunicados internos que detallan cuánta energía utilizamos durante nuestro entrenamiento más reciente y, en respuesta, envía señales biológicas que aumentan nuestro apetito o reducen nuestras ganas de estar en actividad. Nuestro servicial cerebro no quiere que padezcamos un déficit de energía ni que muramos de inanición.
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Estudios anteriores demuestran que muchos aspectos de la alimentación y el ejercicio pueden afectar la medida en que cada persona compensa las calorías quemadas durante el entrenamiento, incluyendo el tipo de ejercicio, su duración, la condición física y el peso.
Ayunar o desayunar también puede tener relevancia. Cuando hacemos una comida, nuestro cuerpo recurre a los carbohidratos de dicha comida como fuente primaria de energía. Parte de esos carbohidratos se almacena en nuestro cuerpo, pero ese almacenamiento interno de carbohidratos es minúsculo en comparación con el almacenamiento de grasas. Algunos investigadores creen que nuestro cerebro presta particular atención a cualquier reducción en los niveles de carbohidratos y se apresura a remplazarlos.
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Aquí es donde el desayuno hace su entrada. Si no desayunamos por la mañana, no tendremos calorías derivadas de esa comida disponibles para producir energía durante el ejercicio y, en su lugar, el cuerpo usará (y reducirá) nuestras reservas internas de carbohidratos, además de parte de nuestra grasa.
Algunos investigadores han especulado que entonces podríamos terminar compensando esa pérdida más tarde al ingerir más calorías de las que quemamos durante el ejercicio y así estaríamos socavando nuestros esfuerzos por bajar de peso o mantenerlo.
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No obstante, esa posibilidad no se había investigado. Entonces, para el estudio nuevo, que se publicó en abril en The Journal of Nutrition, científicos de la Universidad de Bath, en Inglaterra, y otras instituciones decidieron analizar con mayor detalle cómo interactúan el desayuno y el ejercicio.
Primero reunieron a doce hombres jóvenes, saludables y activos, y les pidieron que se presentaran en el laboratorio de ejercicio de la universidad tres días distintos por la mañana.
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Un día, los hombres comieron un sustancioso tazón de avena de 430 calorías y descansaron durante varias horas. Otra mañana, ingirieron el mismo tazón de avena antes de pedalear en bicicleta a velocidad moderada durante una hora. En la tercera visita, no consumieron avena y pedalearon sin comer nada en absoluto hasta la hora del almuerzo.
En cada ocasión, los hombres permanecieron en el laboratorio hasta después del almuerzo y comieron tanto o tan poco como lo desearan en esa comida. Los científicos también les entregaron a los participantes canastas de comida para que se llevaran a casa y les pidieron que solo comieran durante el resto del día de los alimentos incluidos en ella y devolvieran lo que no se hubieran comido, a fin de que los investigadores pudieran calcular su consumo de calorías diario. También utilizaron máscaras de respiración y fórmulas matemáticas para calcular su consumo de energía en veinticuatro horas.
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Luego, los investigadores compararon las cifras y obtuvieron algunos resultados que no habían previsto.
Lo que menos les extrañó fue que, cuando los hombres desayunaron y se quedaron sentados, terminaron teniendo un excedente de energía, pues habían ingerido aproximadamente 490 calorías más de las que quemaron ese día.
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No obstante, cuando se comieron el tazón de avena y luego se ejercitaron, mantuvieron el equilibrio de energía con gran precisión, pues quemaron y consumieron casi la misma cantidad de calorías ese día.
Lo más interesante sucedió cuando ayunaron antes de la sesión de ejercicio. Al haber consumido la mayoría de las reservas de carbohidratos de su cuerpo durante la sesión de bicicleta ese día, los hombres mostraron un apetito voraz durante el almuerzo y consumieron muchas más calorías que durante las otras visitas al laboratorio.
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Pero después de que dejaron de comer y al final del día, mantuvieron un déficit de energía de casi 400 calorías, lo que significa que recuperaron muy pocas de las calorías que quemaron durante la sesión de bicicleta.
Estos descubrimientos tienen implicaciones para quienes desean usar el ejercicio como una forma de control de peso, comentó Javier González, catedrático sénior en la Universidad de Bath, quien supervisó el estudio. Sugieren que ejercitarse con el estómago vacío por la mañana podría no provocar comer de más después sino, más bien, terminar con un déficit de calorías.
Agregó que, si esa situación se prolongara, es decir, si durante cierto tiempo una persona siguiera realizando sesiones diarias de ejercicio en ayunas, sería probable que bajara de peso.
Aun así, este estudio fue pequeño, a corto plazo y solo participaron hombres jóvenes y en forma que comieron avena en el desayuno. Se desconoce si estos resultados serían similares a los de quienes somos más viejos, tenemos sobrepeso, no estamos en forma, somos mujeres o comemos huevo con tocino por la mañana.
El estudio tampoco explica por qué los hombres que ayunaron antes de ejercitarse no continuaron ingiriendo comida todo el día; sin embargo, es probable que los mensajes del cerebro acerca de remplazar los carbohidratos perdidos hayan sido urgentes pero también pasajeros.
González y sus colaboradores esperan analizar esas interrogantes en estudios futuros.
Copyright: c.2019 New York Times News Service
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