
Nadie quería creer que Europa arrastraría una vez más al mundo a un conflicto global después de la matanza ocurrida entre 1914 y 1918. No podían verlo como una posibilidad, aunque lo temían, ni Francia ni el Reino Unido durante los años de apaciguamiento a Alemania, cuando permitieron las anexiones del Sarre, Austria y parte de Checoslovaquia. No lo había adelantado la Unión Soviética, cuando firmó el pacto Ribbentrop-Molotov con el régimen nazi.
Pero ocurrió hace exactamente 80 años. El 1 de septiembre de 1939, después de una larga crisis construida sobre el final de ese mismo apaciguamiento y que giró en torno a la ciudad libre de Danzig y al llamado "corredor polaco" que separaba a Alemania de Prusia Oriental, las tropas alemanas cruzaron la frontera con Polonia en diferentes puntos y atacaron la guarnición polaca en Westerplatte.
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Francia y el Reino Unido, enfrentadas a su propio fracaso diplomático, acabaron declarando la guerra a Alemania, pero no tuvieron tiempo, ni verdadera voluntad, de enviar ayuda a Polonia, su aliada, si no que se prepararon para su propio combate contra los alemanes, que llegaría casi un año despué.
Fue la antesala de la llamada “blitzkrieg”, la guerra relámpago combinada de tanques, infantería motorizada y aviones de apoyo que se desencadenaría poco después sobre Francia; de la conflagración total contra las ciudades y los civiles, desde tierra, aire y mar; y también del Holocausto.
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Los ciudadanos europeos tampoco quisieron creer que estaban entrando en otra guerra aún peor que la anterior, ni siquiera después del cruce de la frontera, y nadie mostró entusiasmo ante los primeros cañonazos. Hitler se calmaría tras anexar los territorios polacos habitados por alemanes, legado de la primera posguerra, pensaron, y el de Polonia sería un conflicto limitado. Incluso la URSS se habían unido a la campaña y había invadido el país desde el este.
No fue así. La invasión de Polonia no resultó en una campaña limitada surgida del irredentismo alemán, sino un primer paso militar en un gran plan que Hitler ya había delineado en Mein Kampf (Mi lucha), y que incluía anular a sus eternos rivales occidentales, precisamente Francia y el Reino Unido, antes de volverse hacia el este y atacar a la URSS.
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"Acabamos con el interminable empuje alemán hacia el sur y oeste de Europa, y dirigimos nuestra mirada hacia el este. Si hablamos de nueva tierra y territorio en Europa hoy, pensamos principalmente en Rusia y sus estados vasallos de frontera", escribía Hitler en su manifiesto autobiográfico de 1925.
Aunque muchos consideran que la Segunda Guerra Mundial habría comenzado en realidad en 1937, cuando Japón lanzó su colosal ataque contra China desde Manchuria, la invasión de Polonia sigue siendo considerada como el momento en el que el conflicto se convirtió en global y total en una escala que hoy sería inimaginable, dejando un saldo de muertos superior a los 50 millones y tanto más de heridos y refugiados, cambios en las fronteras de gran parte del mundo así como también el surgimiento de un nuevo orden mundial que se mantiene hasta nuestros días, a pesar de que podamos observar en la actualidad como parece finalmente resquebrajarse por su propio peso.
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Del pacto de no agresión a los vientos de guerra
Tras una larga historia de cortas autonomías y largas dominaciones por parte de diferentes imperios, Polonia surgió como un estado independiente en noviembre de 1918 y como consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Se trató de la llamada Segunda República y transitó sus primeros años entre guerras regionales y de conformación de fronteras en sus comienzos, y las tensiones geopolíticas por su posición en el centro de Europa.
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Para la naciente República de Weimar, surgida tras la derrota del Imperio Alemán en la Gran Guerra, la creación de la Segunda República polaca significó la pérdida de parte de sus tierras en el este y de la separación física de la región de Prusia Oriental del resto de su territorio. Justo entre estos dos bloques aparecían el llamado "corredor polaco", una franja que permitía el acceso de Polonia al Mar Báltico y que estaba poblada mayormente por polacos, y Danzig (hoy Gdansk, en Polonia), que se había convertido en una ciudad estado protegida por la Sociedad de Naciones, también una consecuencia del fin de la Primera Guerra Mundial.

En 1934 estas tensiones parecieron aplacarse con el pacto de no agresión firmado entre Alemania y Polonia.
Pero aunque el régimen de Adolf Hitler había promovido ese pacto, fueron también los nazis los que comenzaron a escalar la crisis a partir de 1937 aumentando sus demandas para recuperar Danzig, de mayoría alemana, y establecer una conexión terrestre a través del "corredor polaco".
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Como señala el historiador Ian Kershaw en su libro Descenso a los infiernos, "Los polacos no tardarían en comprobar que el pacto de no agresión de diez años de duración firmado con Alemania en enero de 1934, no significaba nada si se interponía en el camino de Hitler".
Polonia se negó a las demandas alemanas, y en marzo de 1939 firmó una alianza defensiva con el Reino Unido y Francia.
"Las garantías franco-británicas no llegarían nunca a amedrentar a Hitler. El efecto que tuvieron fue, en realidad, provocarlo", señala Kershaw.
En agosto, para sorpresa de muchos, Alemania y la URSS, enemigos ideológicos, firmaron su propio pacto de no agresión, que en sus cláusulas secretas, como se conocería poco después, incluía la partición de Polonia entre ambas potencias.
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Las cartas estaban echadas, pero Berlín necesitaba un desencadenante que pudiera, hasta cierto punto, ahorrarle la reputación de potencia agresora (que poco después no le importaría ostentar). Y lo conseguiría con una operación de "falsa bandera", es decir un ataque autoinflingido y encubierto que pudiera ser achacado al enemigo.
Mientras tanto, a pesar de la alianza con Polonia y la negativa a la anexión de Danzig, el Reino Unido y Francia siguieron intentando apaciguar a Hitler y mantener la paz a casi cualquier costo, y Berlín aceptó la recomendación de Londres de hacer una última oferta diplomática para el inicio de negociaciones sobre el futuro de Danzig con Varsovia, como reportó en ese momento el periódico The Telegraph.
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El telegrama fue enviado el 29 de agosto de 1939 y tenía el sabor de un ultimátum: Alemania pedía ahora no sólo la incorporación de Danzig, sino de todo el "corredor polaco" a través de un plebiscito.

Ese mismo día, temiendo lo peor, el gobierno polaco ordenó la movilización de sus tropas. Y el 31 de agosto Berlín lanzó la infame Operación Himmler para fabricar un Casus Belli.
Tropas especiales alemanas, vestidas con uniformes polacos, realizaron numerosos ataques contra puestos fronterizos alemanes, simulando una agresión de Polonia.
El más famoso fue el ocurrido en Gleiwitz (hoy Gilwice, en Polonia), cuando un grupo de estos comandos asaltaron y tomaron la estación de radio y la utilizaron para enviar un mensaje contra Alemania transmitido en polaco. Incluso dejaron un cadáver con varios disparos y vestido con uniforme polaco, pero que en realidad se trataba de un prisionero que había sido asesinado por la Gestapo, la policía secreta nazi. Su cuerpo fue mostrado como evidencia del ataque ante la prensa internacional.
Casi sin esperar para saber si la operación había tenido éxito en convencer al mundo, el 1 de septiembre las tropas alemanas cruzaron la frontera y atacaron en diferentes puntos, en una serie de combates que se ha dado por llamar la Batalla de la Frontera y que constituyeron los primeros de la Segunda Guerra Mundial. Un día después Francia y el Reino Unido lanzaron un ultimátum que Alemania no cumpliría y la capitulación de Varsovia llegaría el 6 de octubre.

Entre estos primeros combates destaca, especialmente, la lucha librada en Westerplatte, al otro lado de la bahía y frente al puerto de Danzig, cuando unidades de la Schutzstaffel (SS), de la marina de guerra alemana y de la policía de Danzig atacaron la guarnición militar polaca.
Los primeros disparos de la guerra partieron, justamente, del viejo acorazado alemán SMS Schleswig-Holstein, una reliquia de la Primera Guerra Mundial que se había salvado del desguace por falta de mejores unidades y que se encontraba visitando la ciudad de Danzig.
Los cerca de 200 polacos de a guarnición resistieron durante siete días, mucho más de lo que cualquiera hubiera esperado frente a la disparidad de fuerzas, en lo que se convirtió pronto en un símbolo de resistencia e inspiración para los años que vendrían, probablemente los más dramáticos en la historia de Polonia.
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