En 2012, entonces con más de 15 años de experiencia como periodista de guerra, Hernán Zin suponía que pocas cosas podrían sorprenderlo, y en particular sobre sí mismo: se había acostumbrado a administrar el miedo que todo el mundo siente en zonas de conflicto y podía trabajar rutinariamente. Sin embargo, un ataque de pánico lo hizo salir desesperado de un blindado en Afganistán y le cambió la perspectiva de eso que él hacía.
"Sentí que no podía respirar, sentí que me moría. Tiré las cámaras, me quité el chaleco antibalas y el casco y salí caminando, en medio de la guerra. La cabeza me jugó una muy mala pasada", recordó el punto de partida de Morir para contar, su último documental, que se exhibió en salas y en prestigiosos festivales (recibió el premio DOC. España, entre otros) y se estrena el viernes 17 de mayo en más de 100 países mediante la plataforma de streaming Netflix.

Al volver a España, donde vive, ya no pudo estar en espacios cerrados, ni dormir sin tener pesadillas, ni pasar un día sin ansiedad o ideas suicidas. "Me empecé a preguntar si a otros reporteros de guerra les había pasado lo mismo", dijo a Infobae, y descubrió que sí. Algunos habían tenido sufrimiento mental una década antes; otros seguían medicados.
Durante cuatro años juntó distintas voces y armó esta película que expone la realidad del trabajo periodístico en situaciones extremas: "Uno piensa que lo pueden matar, lo pueden secuestrar o lo pueden herir, pero no tiene en cuenta el precio psicológico que se paga". Y que, a la vez, es una historia de los conflictos armados de los últimos 30 años: Sierra Leona, Somalia, Bosnia, Ruanda, Irak, Afganistán, Libia, Siria.

Morir para contar muestra a los periodistas Ángel Sastre, Manu Brabo, Roberto Fraile, Maysun, David Beriain, Fran Sevilla, Gervasio Sánchez, José Antonio Guardiola, Mónica Prieto, Javier Espinosa, Rosa Meneses, Ramón Lobo, Carlos Hernández, Carmen Sarmiento, Eric Frattini, Mónica Bernabé y Javier Bauluz. De sus relatos surge también el recuerdo de periodistas que murieron cubriendo estos conflictos: Miguel Gil (Sierra Leona, 2000), Julio Fuentes (Afganistán, 2001) y José Couso (Irak, 2003), entre ellos.
"Comencé la filmación muy confundido. Después de haber investigado mucho, cuatro años más tarde, la productora Nerea Barros me señaló que, al igual que les había pedido a mis compañeros que abrieran el corazón (algo que es muy difícil para los reporteros de guerra), yo también tenía que ser generoso", recordó Zin el modo en que, a la hora de darle forma final a la película (realizada por su productora, Contramedia, y Quexito Films, más el apoyo de RTVE), él también se convirtió en protagonista.
En algún momento del rodaje supo, además, que iba a dejar de ser periodista. Primero su mente había "creado anticuerpos": observó que seguía sintiendo claustrofobia, "y estar en espacios pequeños es algo constante en una guerra". Luego, en 2017, atravesó una depresión. Así Morir para contar se convirtió —junto a su libro-contracara: una ficción humorística, Querida guerra mía, escrita ese año— en su despedida de la reportería. "Fue terapéutico", evaluó. "Reflexionar sobre esto me ha ayudado más que cualquier terapia".
Sin proponérselo conscientemente, Zin mostró "la parte humana del trabajo", un oficio al que se le ha sobreimpreso un falso glamour. "Odio el cliché del reportero de guerra pura testosterona y adrenalina, yo nunca lo he sido", explicó. "Fui a la guerra por las víctimas, por tratar de que las cosas cambien. Lo que se suele mostrar del corresponsal de guerra es un retrato muy injusto: este trabajo es más un compromiso ético, una vocación, un oficio muy mal pagado, con muy poco reconocimiento, y que hacemos porque lo amamos".

A diferencia del corresponsal mítico, el real inclusive duda sobre su desempeño. "A veces uno se pregunta si vale la pena seguir viviendo así", contó Zin. "Más allá del compromiso ético, hay un momento en que uno dice que ya ha cumplido. Y también se duda sobre si se están haciendo las cosas bien o mal, porque se carga con la responsabilidad de ser los portavoces de gente que está en el último peldaño del mundo".
"Ojalá -agregó- que Morir para contar sirva para mostrar a las personas que estamos detrás de las noticias, sobre todo en este momento de noticias falsas". De relatos como, por ejemplo, lo que es ser secuestrado por al-Qaida, temer que a uno lo maten o lo vendan, porque eso le dicen sus captores, surge una observación para los tiempos de noticias falsas: a la manipulación de redes y de algunos medios Zin opone el costo real de la información, que son vidas traumatizadas y en ocasiones, perdidas.

"Vivimos en un momento muy complicado, en el que las sociedades occidentales nos estamos jugando todo lo que conseguimos en materia de libertad y democracia", dijo sobre las fake news. "Ya los países no se invaden unos a otros sino que se intoxican, para confundir a la gente y destruir las sociedades desde dentro". Es importante educar a los nativos digitales, agregó, "en que tienen que informarse no a través de las redes sociales sino de los periódicos, los libros, los documentales".
Como documentalista, Zin (Buenos Aires, 1971) recorrió por su trabajo más de 50 países de África, Asia, América Latina y Asia. Actualmente se halla en Fort Lauderdale, Estados Unidos, para realizar una serie de seis capítulos sobre Pablo Ibar, un español condenado a muerte por un triple homicidio de 1994. Las pruebas del juicio de 2000 se consideraron "escasas y endebles", por lo que hubo un nuevo proceso, pero en enero de 2019 el jurado emitió otro veredicto de culpabilidad.

Además de haber colaborado con importantes medios de España (como TVE, Canal Plus, El País, El Mundo y Cadena Ser) y de haber escrito durante una década el blog "Viaje a la guerra", Zin recibió premios —Platino, Forqué, Iris, además de nominaciones a los Goya y los Grammy Latinos— por su tarea como cineasta. Entre sus películas se destacan, antes de Morir para contar, Nacido en Siria, 10 años con Bebe, Matadoras, Nacido en Gaza, Quiero ser Messi y Villas miseria.
"Hoy es un momento creativo muy importante en el mundo audiovisual, gracias a plataformas como Netflix, que ponen al mismo nivel la última película de Hollywood y el último documental que hago yo, solo con una cámara. Eso es una revolución, sobre todo para el documental, que era un género muy maltratado", opinó. "Tenemos mucha libertad: podemos usar las cámaras digitales con herramientas como un drone, podemos agregarle complejidad al lenguaje para que el documental se acerque a la ficción. Y puedes llegar a millones de personas con un canal de YouTube".
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