Así como en la última quincena del año reflorecen películas navideñas en la oferta de televisión, cable y plataformas online, bien podría ser que le dediquemos el 10 de diciembre y sus días posteriores a ver películas que nos hagan reflexionar sobre la transición a la democracia, en aquel 1983 que vio a Argentina pasar de una dictadura militar al gobierno de Raúl Alfonsín.
Uno podría ser el documental de Sergio Wolf, Esto no es un golpe, que ya recomendamos aquí y que fue emitido en esa fecha por la televisión pública. Otra gran candidata es, naturalmente, La república perdida.
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La república perdida es el documental más exitoso de la historia de la Argentina. Se estrenó en septiembre de 1983, un mes y medio antes de la elección que consagraría como presidente a Alfonsín. Su enorme éxito –dos millones de espectadores a lo largo de cuatro meses en cartel- anticipaba de alguna manera lo que en ese momento parecía muy dudoso: que el candidato radical era quien mejor expresaba las ansias de normalización republicana del país.

El contenido ideológico de la película representa cabalmente las ideas del momento de la Unión Cívica Radical acerca de la historia de la Argentina en el siglo XX. Lo más sorprendente de la película era que su héroe principal no era el renovador del partido y futuro presidente Alfonsín sino el legendario Ricardo Balbín, un político tradicional democrático, pero de verba barroca y poco directa.
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La película es un notable trabajo de montaje de imágenes de archivo que arrancan en 1910 y llegan hasta el golpe de estado del 24 de marzo de 1976. Es también una voz en off, escrita por el intelectual radical Luis Gregorich, que explica de manera didáctica (aunque utilizando a menudo la sorna) la historia de más de medio siglo del país como un enfrentamiento entre las fuerzas populares, como el yrigoyenismo y el peronismo, contra la oligarquía que está al servicio de intereses extranjeros. Lo que diferencia a esos dos movimientos populares y nacionales, según la película, es la idea de república, que es justamente lo que se recuperará a partir de diciembre de 1983.

El trabajo de recopilación, cuidado y montaje de imágenes de archivo es sencillamente excepcional. Desde un cartel con letras rojas sobre fondo negro, la película se reivindica como una obra de recuperación: "La Argentina se está convirtiendo en un país sin memoria. La destrucción de documentos y archivos continúa consumándose, a veces por motivos políticos, a veces por simple desidia y abandono. Esta película quiere contribuir a la recuperación de nuestro pasado y de nuestra historia".
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Las imágenes van pasando del sepia al blanco y negro y de este al color, sucediendo dictadores, líderes populares, asonadas militares, concentraciones en las plazas, represiones y desfiles. Un experimento maravilloso es quitar el audio de la película, reemplazarlo con música instrumental (que bien puede ser la de la película, compuesta con eficacia emotiva por Luis María Serra, el más popular autor de bandas de acompañamiento musical del cine argentino de las décadas del 70 y 80) y seguir el flujo de imágenes, acompañado por el conocimiento que el espectador tenga previamente sobre historia argentina.

El efecto es impactante, como un viaje en el tiempo por un país alborotado y revoltoso, incapaz de encontrar un lugar de equilibrio, mientras cambian los peinados, la ropa, los autos y la nitidez de las imágenes.
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Lo cierto es que, más allá de las críticas que uno pueda hacerle hoy, el éxito de La república perdida se explica por el texto que acompaña esas imágenes. La voz en off es un recurso que ha ido perdiendo prestigio en la historia del documental: actualmente se la considera autoritaria y didáctica, televisiva y poco cinematográfica.

En 1983 todavía tenía su prestigio y el texto de Gregorich fluye ininterrumpidamente durante toda la película, apelando varias veces al humor y al sarcasmo pero mayoritariamente exponiendo los hechos, intermezclando sin pausa información y opinión.
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Vista (escuchada) con ojos (oídos) contemporáneos, el texto llama la atención por su repudio a Arturo Frondizi, quien es visto como el radical traidor, y un notable rechazo a todo tipo de violencia, sin justificativos ni idealizaciones. Buena parte no desentonaría en La hora de los hornos, especialmente en su mirada binaria sobre la sociedad y por un populismo desenfrenado, que lo lleva a usar la expresión "señora de barrio norte" como categoría sociológica válida.
Más allá de eso, el resultado final, imágenes y sonidos, conforman un documento fuera de lo ordinario y un registro de época notable.
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*La república perdida, de Miguel Pérez, 1983, 140′, está disponible en YouTube.
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