
Augusto San Miguel Reese fue un misterioso y excéntrico cineasta guayaquileño, nacido el 2 de diciembre de 1905 y fallecido el 7 de noviembre de 1937. Dirigió la primera película ecuatoriana denominada como El tesoro de Atahualpa, que fuera estrenada en los teatros Edén y Colón de Guayaquil el 7 de agosto de 1924. San Miguel fue el hijo único de una familia adinerada que colaboró en la producción de películas nacionales, así como en revistas y periódicos de su época. Para realizar El Tesoro de Atahualpa, San Miguel fundó la empresa Ecuador Film Company, con el dinero heredado por su padre tras su inesperado fallecimiento.
El Tesoro de Atahualpa es la primera película argumental de cine ecuatoriano rodada en el formato de película muda. Su realización convirtió a San Miguel en el iniciador del arte cinematográfico en Ecuador. La película se rodó en Guayaquil, Durán y varias poblaciones a lo largo del recorrido del Ferrocarril Transandino.
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La trama gira alrededor de la búsqueda del misterioso tesoro del inca Atahualpa. Un estudiante de medicina emprende la búsqueda del legendario tesoro de Atahualpa, último rey inca, luego de salvar la vida de Ramanchen, un indígena anciano que le revela el secreto para hallar el tesoro escondido en algún lugar de los escarpados Andes. Durante su aventura se enfrenta a Erie Van den Enden, un extranjero ambicioso que también va tras el tesoro de Atahualpa. La película estuvo protagonizada por Evalina Orellana, nombre artístico de Julia Evelina Macías Lopera, la primera actriz ecuatoriana y por el mismo San Miguel. Macías Lopera nació en 1908 en Balzar, una pequeña ciudad del litoral ecuatoriano, y tenía 16 años cuando se estrenó la película. Augusto San Miguel tenía 18. A sus 19 años había estrenado tres películas argumentales y tres documentales.
La película –como todas las producciones de San Miguel– se perdió con el tiempo. El único testimonio existente de su rodaje y exhibición al público son los recortes de periódicos de la época. Este misterio ha alimentado durante décadas los mitos en la cultura popular y la hipótesis más extendida sobre el asunto asegura que los rollos reposan junto a los restos mortales del dramaturgo.
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El mito asegura que San Miguel pidió llevarse a la eternidad sus películas, lo que coincide con la cosmogonía indigenista del filme y de las evidencias antropológicas existentes sobre la costumbre indígena de enterrar a sus muertos con sus más valiosas pertenencias. El actor chileno Roberto Saá Silva, conocido por sus actuaciones en El presidio (1930), Allá en el trapiche (1943) o Anarkos (1944), fue el director artístico de la película y se cree que sus descendientes podrían tener parte del material filmográfico de San Miguel y de Ecuador Film Company, según recoge el documental “Augusto San Miguel ha muerto ayer”, de Javier Izquierdo.
Para su principal biógrafa, Wilma Granda Noboa, en su libro “La cinematografía de Augusto San Miguel: Guayaquil 1924-1925: los años del aire”, el anónimo San Miguel estuvo entre los intelectuales más importantes de América y España con quienes mantuvo un intenso intercambio epistolar. Incluso el escritor y político peruano Ricardo Palma prologó su única novela, Los ojos de una mujer, publicada en Madrid.
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En los archivos hemerográficos y epistolares de 1920 a 1937, levantados por Granda, varias fotografías y periódicos de algunas ciudades de América Latina, Estados Unidos y Europa anuncian encuentros literarios protagonizados por San Miguel. En 1930 una carta de los líderes de la Revolución Mexicana agradece a San Miguel por apoyar su causa. En otra carta, José Carlos Mariátegui publica una crónica en agradecimiento al apoyo recibido por San Miguel. César Augusto Sandino, líder del ejército nicaragüense que libró una guerra contra la armada estadounidense, elogió públicamente a San Miguel por defender su causa y por los aportes enviados para financiar su exilio en México en 1930.

Wilma Granda se pregunta ¿por qué, entonces, Augusto San Miguel sigue siendo un desconocido? A los 15, San Miguel, recupera la memoria del liberal Eloy Alfaro en la revista Juventud Estudiosa de 1921, pero denuncia, al mismo tiempo, a los viejos liberales; acusa a los hacendados serranos desde 1924, con apenas 19 y lo hace en un formato novedoso: el cine.
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San Miguel denuncia al imperialismo en el Ecuador y en América Central, apoyando la gesta de Sandino. San Miguel es un anarquista convencido que se niega a copiar ideas extranjeras. En 1932, luego de regresar de España, donde participó como actor en el grupo La Barraca, fundado por Federico García Lorca en apoyo a la inaugurada república española, San Miguel dijo “el socialismo debe ser nacional”.
La leyenda mágica que rodea la memoria de Augusto San Miguel y su cuestionamiento a las élites conservadoras ecuatorianas a través del cine se refleja en sus películas, aunque quienes las hayan difrutado ya no vivan y de las que sólo se sabe por los archivos de la prensa. El Tesoro de Atahualpa (1924) es considerado un western invertido pues los indígenas son los héroes de la trama. Se necesita una Guagua –como se dice a los bebés en Ecuador– (1924) se burla de la persecución del partido conservador contra los revolucionarios de la época, y Un abismo y dos almas (1925), que cuenta la represión de los patronos feudales en contra de los indígenas, lo convirtieron en un incomprendido y en una mente adelantada a su época.
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Su madre, Rebeca Reese, que siempre apoyó a su incomprendido hijo, cuentan algunos parientes que aún viven y cuyos testimonios recogió Izquierdo, se habría llevado a la tumba algunos escritos de San Miguel. Sin embargo, ese relato también alimenta el recuerdo mágico del primer director de cine ecuatoriano que se habría enterrado con sus películas.
San Miguel fue un polemista, intelectual, creativo, bohemio, director, actor, guionista, camarógrafo, mecenas, un iluminado que interpeló a todos los convencionalismos que luego se encargaron de anularlo en un país donde gobiernan los resentimientos y las polaridades. Los conservadores lo anularon por socialista, los socialistas por nacionalista, los comunistas por burgués, los burgueses por comunista.
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Entonces, insiste Granda, ¿cómo se va a pretender que Augusto San Miguel no sea un desconocido?: “Augusto San Miguel no existe, vive en el aire”.
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