
Todas las noches la pasmosa tranquilidad nocturna del pueblo sumergido en el bosque se corta como de un hachazo por un aullido que viene de la copa de los pinos y no se sabe bien qué es, pero sí a qué remite. Si esto fuera la selva misionera podría tratarse de dos jaguares en plena cópula. Ese sonido, en Cariló, está fuera de contexto. ¿Qué son esos maullidos feroces? ¿Dos felinos sacados por la sed del instinto, o -peor- un loco colgado de un árbol con intenciones de asustar a los niños veraneantes?
Nada que ver. Se trata de una comunidad de pavos reales que cada año crece y coloniza más y más este hábitat extraño para su naturaleza asiática. Podría funcionar como metáfora: en Cariló, un refugio donde se exhiben los turistas con sus camionetas de lujo y sus casas envidiables, el animal que sobresale es uno que ha hecho de la suntuosidad una distinción.
La simbiosis es tal que hay más de 50 ejemplares de pavos reales (reales) entre los árboles de este bosque atlántico durante todo el año. Posiblemente de abril a noviembre no haya muchos más humanos que eso.

¿Pero cómo llegaron? Fue la idea de un hombre solitario. Hace 20 años Cariló era un lugar casi deshabitado de seres humanos. Y Sergio Marquevich encontró en estas aves y otros animales una compañía ideal para atravesar los tres cuartos de año en los que casi no hay gente. Los pavos reales son originales de la selva de la India pero, aunque él ha viajado mucho a aquel país para traer ropa que luego vende, los compró dos décadas atrás (uno) en Tandil y (el otro) en Madariaga. Una vez acostumbrados a su nuevo medio ambiente, los pájaros se adaptaron al entorno y se hicieron parte del paisaje.
El pavo real, con su colorido tornasolado que va del azul al verde y -en el caso del macho- esa cola con forma de abanico psicodélico gigante, le quedó bien a Cariló. Eso fue lo que tal vez pensó Norberto Minuto, un médico dueño de una hostería clásica del pueblo. Al poco tiempo de observar las aves de Marquevich le dijo algo que pudo haber sido "Che, Sergio, yo también voy a comprar unos de estos pájaros". Y se fue a Sierra de los Padres y trajo diez. Hoy, rondando su hotel se calculan al menos unos 40, aunque nadie los tiene bien contados. Cada año nacen varios (¡esta primavera llegaron ocho!) y mueren pocos, normalmente atropellados por autos conducidos por humanos o comidos por los perros cimarrones.

Los pájaros que llegaron al hotel hace 15 años y sus descendientes son los que provocan el asombro de los turistas cuando se los cruzan pavoneándose por el centro comercial o en las calles céntricas, donde está emplazado el hotel que fue de Minuto hasta su muerte, en diciembre pasado. Los turistas y los trabajadores de temporada los cuidan, les dan de comer (se alimentan de insectos, hierbas maíz o alimento para perro) y ellos devuelven con el favor de pasearse sin hacer escándalos y aceptando selfies y otras tomas por celular.
Según explica Marquevich, los pájaros ocupan un territorio que más o menos equivale a 300 metros a la redonda del nido. Por eso los suyos, al estar a más de 600 de la zona de los pavos de Minuto, no llegan al centro pero andan por las casas vecinas. A veces se van por temporadas. Sergio recuerda una hembra que cuando regresó lo hizo con pichones. "Hay que cuidarlos de los chimangos, que se los morfan", señala y muestra en vivo cómo un pavo madre protege con su ala al pichón.

"Los pollitos son adorables", comenta la gerenta del hotel, Laura Marín. Algunos huéspedes o vecinos de la zona no dicen lo mismo de los machos, responsables del grito felino de cada noche. Al punto que algunos con exagerada intolerancia lo cuentan en Tripadvisor. "Los sonidos que produce el animal (pavo real) no son tan atractivos como su imagen: por lo general consisten en graznidos que pueden relacionarse con el maullido de un gato, y trompeteos asombrosamente graves. En ocasiones emite chillidos que parecen los de un niño pidiendo socorro. Si la mente brillante que tuvo la idea de tener una reserva de pavos reales en un spa en Cariló hubiera leído a menos lo que nos dice wikipedia al respecto, se habría evitado muchos disgustos".
"Hacen un ruido fuerte, sí", admite Marquievich, pero pide tolerancia y también "un poco de simbiosis con la naturaleza". Según la investigación de un equipo de biólogos, publicada en la revista especializada The American Naturalist, ese aullido es un truco que tiene el macho para llamar la atención de la hembra: emite el sonido de la cópula pero en realidad no lo está haciendo. "Es mucho más alto de lo que necesita para comunicarse solo con la hembra con la que está intentando aparearse", explicó Rosalyn Dakin, de la Universidad de British Columbia, en Canadá, coautora del estudio.
Marín se toma la queja de los turistas con simpatía y un poco de acidez.
Acá a veces uno se tiene que bancar cada pavo, -susurra la gerente, con media sonrisa.
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