Las razones de su fama mundial son variadas: las hay culturales, económicas y también ambientales. Junto al Obelisco, el Riachuelo forma parte de la postal que atrae a cualquier turista que visita la Argentina y busca un poco de tango. El gran Quinquela tuvo algo que ver en todo esto pero también el abanico de artistas y poetas que, desde Manzi y Cadícamo hasta Moris o la Bersuit, lo pintaron y expusieron.
El problema es que cuando el tango abandonó la costa ribereña y su epicentro se movió hacia la calle Corrientes, el Riachuelo se subió a otro podio: el de los ríos más contaminados del mundo. Hay motivos suficientes para ello: según datos oficiales, en sus aguas se descargan los efluentes de más de 20 mil industrias.
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No vaya a creerse, sin embargo, que esta situación se inició en el siglo XX y que la primera promesa de saneamiento fuera el célebre programa de los mil días anunciado por la ingeniera María Julia Alsogaray en los años 90.
Nada de eso: el primer compromiso histórico para sanearlo lo tomó el Directorio, es decir el segundo gobierno patriótico nacido de la Revolución de Mayo de 1810. Hace 200 años la industria saladeril de la época ya lo había adoptado como pozo ciego para sus desechos. Al igual que todas las propuestas que siguieron en los dos siglos posteriores, la de 1813 fracasó.
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De todas las iniciativas que se fueron sucediendo desde entonces, la que los argentinos miran hoy con atención es la que se puso en marcha en el año 2006, luego de que la Corte Suprema de Justicia conminara a las autoridades municipales, provinciales y nacionales a resolver el problema de una vez.

No hay tramo, en los 60 kilómetros que recorre la cuenca Matanza-Riachuelo, en los que no se superen en más de un 50% los niveles permitidos de presencia de mercurio, arsénico, zinc y plomo.
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Esta medición fue más que suficiente para que el Instituto Blacksmith y la Cruz Verde Suiza lo incorporaran a su lista de los diez lugares más contaminados del mundo.
Los cinco millones de personas que habitan hoy sus costas o sus cercanías están potencialmente expuestas a todo tipo de enfermedades de la piel o respiratorias. Una de las zonas más amenazadas es, sin dudas, Villa Inflamable, un barrio emplazado en el Polo Petroquímico Dock Sud, cuyas destilerías vuelcan allí sus desechos químicos y le han añadido, a los problemas de salud, un inconfundible olor a kerosene que marea y descompone a cientos de vecinos.
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El ente oficial intimado en su fallo por la Corte es la Autoridad de la Cuenca Matanza Riachuelo (ACUMAR), que nuclea a tres gobiernos: el nacional, el de la provincia de Buenos Aires y el de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Este organismo tiene la difícil tarea de sanear un río que carga con 200 años de contaminación. La tarea, claramente, es difícil. Ya se han extraído y removido más de 60 buques hundidos que estaban en su lecho y tomado medidas tendientes a bajar el nivel de pestilencia que lo caracteriza, remover desechos orgánicos, trasladar asentamientos a otros sitios y obligar a las industrias a controlar sus desperdicios.
Sin embargo la contaminación continúa. Pese a que se presume que la fuente de polución preponderante es de origen industrial, los basurales a cielo abierto y los efluentes cloacales -tanto de vuelco legal como ilegal- completan un cuadro de contaminación dantesco.
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Ha pasado más de una década desde la sentencia de la Corte y en el balance es necesario decir que la creación de ACUMAR ha sido un hito positivo. Pero en el tiempo transcurrido su funcionamiento fue deficitario: inicialmente se consolidó como un ministerio al cual los municipios iban a demandar financiación para obras locales; una vez llegadas las nuevas autoridades el compromiso del organismo fue recuperar su rol como autoridad de cuenca. En ambos períodos los logros han sido escasos.
Quizás falte mucho para que el Riachuelo abandone la lista de las cuencas más contaminadas del mundo. Quizás sea necesario avanzar definitivamente hacia una política de Estado que transforme la cuenca en un ámbito de relación entre la sociedad y la naturaleza.
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Quizás sea conveniente que la discusión deje de centrarse tanto en limpiar basura y medir valores permitidos de sustancias químicas en el río y comiencen a mirarse los valores sanitarios, urbanísticos, culturales y ecológicos que la población necesita.
Tan distinto a lo ocurrido en los últimos dos siglos.
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