La razón por la que imaginar una comida puede sentirse casi tan real como comerla

Un estudio de laboratorio en la Universidad de Otago, con 60 adultos, identificó que el cerebro reconstruye experiencias sensoriales completas a partir de recuerdos de comidas previas, y el hambre vuelve ese proceso más accesible y dominante

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Vista de perfil de una mujer joven concentrada en la pantalla de su teléfono móvil, que muestra dos apetitosos platos de comida en un entorno oscuro.
El artículo reproducido por NDTV Food sostiene que el hambre vuelve más vívida, rápida y fácil la imaginación sensorial de la comida - (Imagen Ilustrativa Infobae)

¿Te pasa que, antes de decidir la cena, ya sentís que “probaste” mentalmente el plato? Esa idea es el eje de una investigación reciente sobre hambre, antojos e imaginación sensorial. El fenómeno es conocido en la vida cotidiana: alcanza con ver una foto, oler algo que se cocina o pensar en una comida favorita para que aparezca una sensación anticipada que se parece, aunque sea en parte, a “estar comiendo” sin haber comido.

Según Maggie Hames, estudiante de doctorado, y Mei Peng, profesora asociada, ambas de la Universidad de Otago, en artículo publicado en The Conversation, el hallazgo central es que el hambre no solo aumenta el deseo de comer: también vuelve más vívida, más rápida y más fácil la “película mental” de la comida, en especial cuando se trata de imaginar sabores. En otras palabras, el antojo no se limita a “querer” un alimento; puede activar una representación interna en la que el cerebro reconstruye, con mayor intensidad, cómo sería la experiencia de comerlo.

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De acuerdo con el mismo texto, esa simulación previa no se reduce al gusto. Los antojos pueden disparar una escena multisensorial que combina sabor, olor, textura y la expectativa de placer asociada a la comida. El artículo describe que las experiencias de alimentación dejan “improntas” en el cerebro y que, luego, esas huellas pueden reactivarse en forma de imágenes mentales capaces de recrear detalles: desde una acidez “en la lengua” hasta el aroma de una bebida.

Hambre y antojos: cuando la mente “prueba” antes de comer

Silueta negra de una cabeza humana de perfil con un cerebro brillante y colorido. Un limón, café humeante, pan y nueces emergen del rostro.
En los experimentos de la Universidad de Otago, 60 participantes ayunaron y compararon una sesión con hambre con otra después de un desayuno completo - (Imagen Ilustrativa Infobae)

Según Hames y Peng, los antojos se alimentan de una experiencia que el cerebro trata como multisensorial: puede empezar con la vista de un alimento, seguir con el olor y continuar con el recuerdo del sabor y la textura de comidas previas. Esas experiencias “dejan huella” y después pueden reconstruirse como imágenes mentales con detalles sensoriales.

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Según el mismo texto, un punto clave es que no todas las personas tienen la misma capacidad de “revivir” esas sensaciones: algunas logran una representación mental muy detallada, mientras que otras apenas forman impresiones. Y, además, esa habilidad no sería fija: puede cambiar con el estado interno y la motivación, como estar con hambre o estar saciado.

En esa línea, según los experimentos descritos en el artículo, cuando las personas estaban hambrientas, les resultó más fácil imaginar el sabor de los alimentos que cuando estaban llenas. También reportaron que podían imaginarse mejor comiéndolos y que la experiencia mental les resultaba más placentera, lo que ayuda a entender por qué un antojo puede sentirse tan intenso incluso antes de comer.

Qué probaron en el laboratorio y qué implicaciones tiene para la dieta

Mano sosteniendo teléfono móvil con foto de plato de comida. En mesa de madera, plato servido, saleros y pimenteros. Luz de atardecer por ventana.
El artículo reproducido por NDTV Food sostiene que el hambre vuelve más vívida, rápida y fácil la imaginación sensorial de la comida - (Imagen Ilustrativa Infobae)

De acuerdo con lo informado por Hames y Peng, el equipo realizó una serie de experimentos en laboratorio en la Universidad de Otago, con 60 personas que habían ayunado desde la noche anterior. Hubo dos sesiones: una en la que se mantuvieron con hambre y otra después de recibir un desayuno completo.

Durante la prueba se les mostraron imágenes de distintos alimentos y se les pidió imaginar el sabor o la textura. Luego calificaron qué tan fácil fue crear esa imagen, qué tan rápido apareció y cuán vívida se sintió. El resultado principal fue que el hambre tuvo un efecto claro sobre la imaginación del sabor: con hambre, esa simulación del gusto resultó más accesible y más intensa.

Además, Hames y Peng describen un hallazgo llamativo: las personas, en general, pudieron imaginar la textura con más facilidad que los sabores, y esa parte de la imaginación no pareció depender del hambre. El texto lo vincula con una idea más amplia: imaginar olor y gusto suele considerarse más difícil que imaginar aspectos visuales o táctiles, pero aun así el hambre puede “empujar” esa simulación gustativa y volverla más dominante en el momento del antojo.

Según el artículo, en un estudio de seguimiento exploraron si repetir la imaginación de “comer” un alimento lo volvía más atractivo. Encontraron que, con la repetición, la versión imaginada de ese alimento tendía a volverse menos atractiva, pero cuando las personas lo comían de verdad, no lo disfrutaban menos.

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