En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, el psicólogo Leo Maiello reflexionó sobre los desafíos de los vínculos en la actualidad y explicó cómo la culpa, el miedo al qué dirán y la dificultad para poner límites siguen siendo algunas de las problemáticas más frecuentes en consulta.
El especialista habló sobre la importancia de la comunicación asertiva y la necesidad de preservar la individualidad dentro de la pareja.
Además, analizó el impacto de las redes sociales y la hiperconectividad en las relaciones, cuestionó frases populares como “si sucede, conviene” y defendió la importancia de atravesar los duelos y aceptar las pérdidas. El episodio completo puede escucharse en Spotify y YouTube.
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Leo Maiello es un psicólogo, comunicador y creador de contenido argentino especializado en vínculos y bienestar emocional. En los últimos años ganó gran popularidad en redes sociales, donde reúne una comunidad cercana al millón de seguidores, gracias a sus reflexiones sobre el amor, la culpa, los límites, la ansiedad y las relaciones humanas.

Además de su trabajo clínico, desarrolla propuestas de divulgación que combinan psicología, música y narración, como sus espectáculos en vivo “Yo, sin culpa” y “Te quiero hasta ahí”, con los que recorre distintas ciudades de Argentina y Uruguay.
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Su enfoque se caracteriza por acercar conceptos psicológicos al público general con un lenguaje simple, cotidiano y accesible, poniendo especial énfasis en la importancia de la comunicación, la responsabilidad afectiva y el desarrollo emocional.
—¿Por dónde te parece que es un buen punto de partida para esta conversación si empezamos con vínculos?
—Es amplio. Pero un poquito de la charla que estoy haciendo ahora en teatro, yo tomo la culpa como lo que llamamos el sentimiento de culpa, que es esto que es aprendido, que tiene que ver con lo cultural, lo religioso, lo ambiental, si se quiere, que después lo llevamos como mochila, como digo yo, toda la vida. Entonces, cada decisión que vamos a tomar, está la culpa ahí dando vueltas. Cuando tenemos que poner un límite, cuando tenemos que decir: “Esto no quiero, esto no me gusta.”
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Pensamos en que tal vez la confusión es pensar que cuando uno pone un límite le está haciendo un daño al otro y en realidad uno se está priorizando, sin llegar esto a, a ser un acto egoísta. Hoy se habla mucho de priorizar y digo que lo importante es entender cuál es el límite de cada uno. A veces todo aquello que aprendimos, después ya lo internalizamos y vamos por la vida. Yo siempre pongo el ejemplo de que estás sentado en el sillón, mirando una serie y decís: “Con toda la ropa que tengo para doblar”, “Con todas las cosas que tengo que hacer”. Como que el disfrute empieza a no ser saludable.
—Vos sos psicólogo y atendés gente todas las semanas. ¿Cuál es la problemática que últimamente sentís que estás escuchando más en consulta?
—Una es los límites. Cuesta muchísimo poner límites. Esto de decir que no. Parece que hay muchas cosas que evolucionaron, pero yo creo que no tanto. Por ejemplo, un vínculo que ya no da más y uno tal vez se quiere separar y no se anima por el qué dirán, porque yo juré que era para siempre, por los chicos. O decir: “Esto no me gusta, esto no quiero”.
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Ni hablar si me meto en el tema sexual, que pareciera que es lo mismo, está todo tan hablado. Y yo siempre digo que todavía el gran tema de un vínculo es la comunicación, porque hablamos, pero no nos comunicamos. Entonces, muchas veces el no quiero, no me gusta, todavía cuesta decirlo, exteriorizarlo. Y es un tema de consulta.
—Comentaste temas vinculados con la sexualidad, la necesidad de establecer límites y la diferencia entre hablar, comunicarse y sentir culpa. ¿Cómo se articulan esas dimensiones?
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—Sí, la culpa entra en todos ellos. Porque ¿por qué uno no pone un límite? ¿Por qué uno no se separa? Porque tiene toda una construcción, que es cultural, religiosa, que tiene que ver con el entorno. Muchas veces un vínculo ya caducó, como dicen, y uno no toma la decisión por lo que van a decir. Porque digo, somos seres sociales y buscamos la aprobación todo el tiempo. Esto es real. A mí me gusta hablar de equilibrio y la realidad es que uno tiene que tomar una determinación por lo que le pasa a uno.
Y si bien parece un cliché lo que estoy diciendo, todavía cuesta mucho porque pensamos en qué va a pensar el otro cuando tomamos una decisión. Y también muchas veces no discutimos o no decimos lo que nos pasa por temor a lo que el otro nos va a decir o porque el otro se va a enojar. Todo eso viene mucho a consulta. Me dicen: “No, y si le digo se va a re enojar.” Entonces empezamos a hacer silencio y empezamos a hacernos, como digo yo, cada vez más chiquitos y empezamos a despersonalizarnos.
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—Aun en un contexto en el que se sabe que, estadísticamente, muchos matrimonios terminan en divorcio —no sé si el 50 % o más— y en el que se habla cada vez más de vínculos flexibles, ¿cuánto incide hoy la opinión ajena al momento de separarse?
—Yo creo que hay varios motivos. Una es la opinión y no solo la opinión, sino la construcción cultural, que nosotros la tenemos internalizada ya. Pero también el ser humano tiende a polarizar. Pasamos de bancar absolutamente todo 20, 30 años atrás, 40, a no tolerar absolutamente nada. Y yo creo que hay que buscar un equilibrio, porque el tema no es no vincularse, el tema son las formas. Yo siempre digo que la gente dice: “No, yo estoy bien sola, yo no quiero nada”, o solo. Y yo creo que es más un discurso que un sentir eso. Es más una construcción, porque repito, somos seres sociales, hormonalmente nos suceden cosas cuando estamos con un otro, necesitamos compartir con otro. La riqueza del ser humano es compartir con un otro. Lo que sí es cuestionable son las formas. Por eso digo, no es no vincularse, es ver qué lugar yo ocupo en un vínculo, cómo es la reciprocidad.
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Por supuesto que no es 50 y 50, porque también estamos en una era muy mercantilista, como que el amor es mercantil. Vos me das, yo te doy. Entonces, enseguida ahí no es. Viste que aparecen todas esas frases. Y un vínculo es incertidumbre, es incomodidad, es frustración, es entender que hay una parte del otro que no voy a conocer, es permitir el espacio. Yo tenía un docente en la facultad que decía: “En el amor es tan importante la presencia como la ausencia”. Extrañarse, dejar que cada uno en su singularidad vaya evolucionando.
Y esto no significa ocultarle algo al otro, significa entender que un vínculo no tiene que ser un eclipse. Y yo creo que venimos de esa construcción anterior. De Disney, del príncipe azul, de una vez que te casás o tenés una pareja, se te acaba la vida fuera de eso. Y no funcionó eso, claramente. Ahora, yo no soy de los que dice: “Bueno, entonces no hay que tener un vínculo”. No, hay que revisar las formas.
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—¿Qué dinámicas o modalidades de vínculo considerás que se mantienen por inercia y terminan afectando a la pareja? ¿Qué prácticas, en cambio, observás que favorecen relaciones saludables y sostenidas en el tiempo?
—Arranco por el final. Yo creo que una pareja sana, no sé si duradera o no, una pareja sana tiene que ver primero con la admiración. Pero para que esa admiración no se termine o no se esfume, cada uno de nosotros tiene que tener su propia historia, singularidad, donde uno se va enamorando también del propio cambio del otro todo el tiempo. Entonces, hace que uno no termina de conocer al otro, pero para eso uno tiene que bancarse de forma adulta esa incertidumbre, ese no conocer bien qué pasa del otro lado. Porque la fantasía anterior era conocer todo del otro. ¿Y para qué quiere uno conocer todo del otro. Se termina la sorpresa. Entonces, la comunicación es otro tema.
La comunicación hace que un vínculo sea sólido o no, y la comunicación es la comunicación asertiva, las cosas que son incómodas también, poder hablarlas sin que se convierta en una pelea, porque también estamos en una era donde parece que discutir es pelear. Y ese no es el significado etimológico de la palabra. Discutir es esa otredad, es enriquecerme con lo que el otro tiene para decirme, para mostrarme, para enseñarme. Pero hoy pareciera que discutir es: bueno, chau, nos peleamos. Se descarta enseguida. Yo creo que ese extremo al que hemos llegado hace también que uno no pueda construir algo sano, porque estamos esperando algo del otro que no existe.
—Con el paso del tiempo en una relación, suele construirse un “lenguaje en común” y una integración de mundos. ¿Creés que, a veces, se exige esa adaptación de manera inmediata, sin dar lugar al proceso?
—Sí, está buenísimo lo que decís, porque también es verdad que nos enseñaron que el amor es esa primera etapa. Donde, repito, el príncipe azul, el ideal, esta cosa de Disney, esta situación neurohormonal de endorfinas, oxitocinas elevadas, donde uno ve al otro como una especie de ideal. Y yo creo que el amor se construye justamente cuando eso empieza a mermar, cuando me empiezo a amigar con esta idea real, no desde la fantasía, de que el otro va a tener puntos oscuros, así como tengo yo. Y eso es imposible saberlo en esta época tan ansiógena de querer saber enseguida cómo es el otro y entonces lo stalkeo y veo.
La realidad es que para que algo sea sólido, para construir una confianza con un otro, cualquier vínculo de amistad, de lo que sea, lleva tiempo. Y entender también que uno no va a llegar a conocer todo lo que en teoría pretende conocer del otro. Y está bien y amigarse con esa idea. Entonces, no es que uno se tiene que dar tiempo, uno tiene que ir siendo con el otro. Creo que esa es la definición, ir siendo con el otro. Por supuesto que éticamente, moralmente, hay que coincidir. Pero después todo lo demás se va construyendo a medida que pasa el tiempo.

—La obsesión por saber todo del otro. ¿En qué cosas exigimos saber del otro que tal vez terminan jugándonos en contra?
—Queremos saber todo del otro, su pasado. Somos muy tangueros. El ser humano necesita saber el pasado del otro, y no lo va a saber nunca aparte, porque es una fantasía creer que uno va a conocer el pasado. Y aparte, hoy con las redes sociales uno empieza a mirar y a analizar una posible personalidad en base a quiénes siguen, sus hijos, su expareja. Y la realidad es que un vínculo empieza cuando uno decide poner los dos pies en el mismo lugar que el otro, mirarse a los ojos, bancarse la incomodidad y entender que esta historia va a ser nueva. No puede ser una ficha técnica de lo que va a suceder. Y ese es el error, creer que uno está conociendo al otro por su pasado, por su historia o por lo que estoy mirando en las redes sociales. Y hacia el futuro sí, quiero conocer cómo es rápido, quiero saber si va a ser para toda la vida.
Por eso digo que mucho no evolucionó la cosa. Buscamos un vínculo para toda la vida. Y la realidad es que uno tiene que disfrutar el tiempo que dure. Y tal vez ese tiempo sea toda la vida, pero eso va a depender de cómo nosotros lo encaremos. Por eso digo, ir conociendo, respetando la singularidad del otro y la mía, entendiendo que cada uno tiene que construir desde su espacio. Yo siempre lo dibujo en alguna charla como un diagrama de Venn, que tenía una intersección en el medio. Yo creo que el nosotros es esa intersección que va a existir si y solo si existe cada circulito también, que tiene una parte donde el otro no entra y permite la propia evolución.
Entonces, yo puedo, como decía Darío Z la otra vez, puedo ir enamorándome de aquello que el otro va haciendo que yo no conozco. Nos enseñaron que el amor era un eclipse, que era una simbiosis total, que uno se perdía en el otro. Y todavía un poco se sigue buscando eso. Y uno se tiene que enamorar de lo que el otro tiene y tal vez yo no. Pasa que eso da miedo. La incertidumbre da miedo, porque cuando uno se enamora, y esto es muy de esta época también, ¿por qué nadie se quiere enamorar? Porque cuando uno se enamora, le da un poder al otro, se muestra vulnerable. Entonces, como que nadie quiere pasar por ese lugar. Eso también pasa mucho hoy.
Aparte, el otro te va a dejar saber lo que tiene ganas. No es que vos vas a saber por motus propio. El otro te va a mostrar lo que tenga ganas de mostrarte. Siempre va a ser así, porque repito, singularidades. Entonces, yo creo que ahí está la diferencia cuando hablamos de vínculos ansiosos, de vínculos donde uno quiere sacarle la ficha al otro. Una vez un paciente me dice: “Yo le quiero sacar la ficha”. Y digo, a veces uno está quince o veinte años con alguien y no le saca la ficha en veinte años, digo. ¿De qué manera uno le va a sacar la ficha de ese otro? Y aparte, ¿con qué necesidad? ¿Para qué? Si también lo lindo de un vínculo es ir conociéndose a medida que transcurre el tiempo.

—A veces uno no tiene respuestas claras sobre lo que está buscando o sobre lo que necesita de sí mismo o del otro. Incluso el desenamoramiento puede ocurrir sin una explicación: no siempre se entiende por qué pasó ni en qué momento, y menos aún el otro puede tener esas respuestas. ¿Considerás que hay experiencias —como el desenamoramiento— que, muchas veces, no admiten una explicación clara?
—Eso es lo fantástico y lo peligroso de enamorarse. El amor no se mide en números. Entonces, a veces uno cree que está con una mujer o con un hombre y que esto va a ser eterno. Y tal vez pasa el tiempo y uno evoluciona de una manera y el otro evoluciona de otra. Y nos miramos y ya no nos elegimos. Quiero decir, tal vez pasa el tiempo y ya aquello que era ya no es. Y hay que tomarlo así, con el duelo pertinente, sufriéndolo, porque es un proyecto que se cae, no deja de ser eso. Entonces uno tiene que llorarlo, procesarlo y hasta que uno lo acepta. Eso también es un tema muy de hoy. Nadie quiere procesar las pérdidas.
Hay estos discursos que yo me peleo mucho del “si sucede conviene” y todo aquello, que no estoy de acuerdo para nada, porque la adultez y la madurez emocional se trata de entender la pérdida y la falta, las cosas que no tenemos, las cosas que no nos pasan. Y una pérdida uno tiene que procesarla. El duelo tiene por lo menos cinco etapas, uno las tiene que procesar, llorar todo lo que tenga que llorar. De eso se trata la adultez.

—En relación con la idea de “si sucede, conviene”, ¿te parece que esa frase puede funcionar como un modo de aceptar una pérdida —en el sentido de reconocer que no puede modificarse lo ocurrido— e intentar mirarla desde una perspectiva lo más optimista posible?
—Yo creo que no. De la manera que se plantea, que viene creo de la psicología positiva o no sé bien de dónde, lo que invita es a no procesar la pérdida, a directamente decir: “Bueno, ya está”. Y a veces uno está mal, necesita un tiempo y aparte a veces suceden cosas que no convienen. Digo, cuando uno tiene un trabajo, tres hijos, te quedás sin trabajo y no sé para dónde agarrar y viene alguien y te dice: “Si sucede, conviene”. No, no me convenía. Y en ese no convenía yo me hago cargo de esa pérdida. Y lo mismo sucede cuando perdés un ser querido. Digo, hay cosas que no convenía que pasen. Y eso invita a procesar lo que hay que procesar.
Estamos en una era donde pareciera que hay que levantarse rápido y de hiperproductividad. Todo tiene que servir para algo. Y hay cosas que no sirven para demasiado. Y es así. Freud hablaba de la falta. La falta, Freud decía que era el motor que nos constituye. Viste esta zanahoria que en teoría uno busca y cuando llegás a esa hay otra. Y siempre nos va a faltar algo porque somos seres incompletos. Y habitar la falta yo creo que tiene que ver con la madurez emocional, entender que hay cosas que no podemos tener. Hay viajes que no podemos hacer, cuando uno elige una cosa, hay otras que deja de elegir, que pierde. En los vínculos ni hablar.
Hoy pareciera que uno elige, pero no se quiere perder toda la otra paleta de cosas que hay, en teoría, en las redes esperándome. Que no hay nadie, en realidad, son fotos, pero uno tiene la fantasía que todas aquellas o todos aquellos están para mí. Y un vínculo o cualquier cosa, uno lo tiene que habitar. Pone los dos pies y estás acá. Por supuesto que hay un montón de otras cosas que no elijo. Por eso hoy pasa esto de estamos en mil cosas, pero en ninguna. Como el scrolleo. También pasa por si las opciones son reales o no, y ahí voy al vínculo. Hay un montón de perfiles que están ahí dando vueltas, que no necesariamente son para mí, no están para mí. Y eso también entra una fantasía medio dopamínica de esta gratificación. Lo que pasa es que uno no pone el cuerpo.
Entonces, estás del otro lado, desde una aplicación, sin poner el cuerpo, sin mirar a los ojos, sin presencia. Entonces, no puedo llamar vínculo a eso. Yo creo que son herramientas que están buenísimas, poder conocer a un otro a través de una aplicación o el Instagram, lo que sea, pero todo va a empezar cuando uno decida mirar a los ojos al otro y bancarse la incomodidad. ¿Qué le pasa con eso? Si fui hasta allá y en realidad, “¡Ay! Para qué vine”, todo aquello tiene que suceder, porque es salir de la zona de confort también.
Pero bueno, no hay mucha responsabilidad de... afectiva, le llaman ahora, emocional, con ese otro que está del otro lado, porque en realidad no sabemos qué está sintiendo. Tal vez el otro tiene una expectativa que yo no. El tema es qué hace uno cuando no son responsables con uno, valga la redundancia. El trabajo está ahí. No esperar que el otro sea de una manera.

—¿Creés que existen problemáticas distintas para hombres y para mujeres, es decir, temas que observás con más frecuencia en los hombres y que aparecen menos en las mujeres, y viceversa?
—Yo creo que la mujer sigue siendo todavía la que más decide abrirse a un encuentro terapéutico, a hablar de emociones. Los hombres venimos con el chip este de no mostrarnos vulnerables, en general la masa. Al hombre todavía le cuesta abrirse a lo emocional. Y con respecto a lo vincular, sucede que hoy el hombre ocupa un lugar... ¿Viste que se habla mucho del princeso? Yo hasta hace poco no sabía lo que era.
—¿Qué es ser un “princeso”?
—El princeso es como el histérico en versión masculina. No hablo del significado psicoanalítico de la histeria, pero este hombre que te dice que no, este hombre que te dice: “Bueno, después hablamos”. Esto que pareciera que siempre fue de la mujer, el hombre hoy ocupa un poquito ese rol, elige. Tiene que ver también con la evolución de la mujer. Digo, la mujer hoy, si tiene ganas de decirte algo, te lo dice, si te quiere invitar a tomar algo, te invita. Y antes no ocurría, era un terreno más masculino.
Entonces, el hombre, creo yo, una de las cosas que sucede, que ocupa un poco ese lugar. Venimos de una cultura muy machista. A ver, a mí me ha pasado con mis amigos en este tiempo de soltero. Me ha pasado de tener una charla y decirles: “Me invitó tal mujer a tomar algo”. “No, pero no, no quiero, no, no me parece, no tengo ganas”. Y por ahí gente de cuarenta, cincuenta que me diga: “¿Cómo no vas a ir?”

—En la idea de que, ante la posibilidad de un encuentro sexual, si un hombre no lo “aprovechaba” algo estaba haciendo mal, ¿dirías que ese mandato cultural sigue vigente, aunque sea de manera residual?
—Es que antes era así.Entonces, uno puede decir: “No, no me gusta, no me parece, no tengo ganas”. Y te puse ese ejemplo porque muestra, grafica un poquito esto del cambio. Te decían: “¿Cómo? Tenés que ir”. Toda una charla varonil, machirula. Muy vieja. Pero siempre lo pongo como ejemplo. Hoy por ahí en los chicos más jóvenes no sucede. Y pasa esto que te digo del hombre eligiendo, así como elige la mujer. Y la mujer se queja mucho de eso. En consulta se queja muchísimo.
Entonces, cuando uno sube al ring, cuando uno entra a la cancha, recién ahí uno empieza a ver qué le pasa con el otro. Y después abandonar esta idea de, como dijiste antes vos, medio de ilusión, de ver si es para siempre o no. Eso hay que abandonarlo en cualquier época de la vida, hay que abandonarlo, porque puede ser hoy el amor de mi vida o como decía Cerati, eso es para siempre, pero siempre es hoy, decía Gustavo. Y la realidad es eso. Y con esto no quiero decir que uno no se va a involucrar y no va a tener un compromiso con ese otro. Ojo, porque son dos cosas distintas, porque a veces cuando dicen bueno, vivamos el hoy, suena a un vínculo liviano. No, siendo responsable, pero no hay más que lo que estamos construyendo hoy. Como dije antes, ir siendo con el otro, no hay otra forma.
Por eso yo cuestiono las formas de los vínculos. Ni la de antes, que me banco todo, me callo para que me amen, ni “no quiero nada”. “Yo estoy bien solo, sola, no quiero saber nada”, porque tampoco es medio real. Es más un discurso eso que un sentir.

—Leo, mencionaste que la sexualidad es uno de los temas que más aparece en consulta. En términos concretos, ¿qué aspectos suelen presentarse con mayor frecuencia cuando se habla de sexualidad?
—Mirá, yo no soy sexólogo, soy psicólogo, pero sí viene a consulta todos estos temas de también se viene de una cosa, de una cultura como muy machista todavía, donde la mujer le cuesta decir en la intimidad, comunicar aquello que no le gusta, aquello que no le pasa, aquello que le falta. Sin ser muy explícito con cosas. Todavía cuesta mucho. Por supuesto que evolucionó. No es como antes, que era un silencio absoluto, pero todavía cuesta decir por no herir susceptibilidades. Por eso yo siempre digo que la comunicación cuando es asertiva, cuando uno puede exteriorizar lo que le pasa con el otro, se arma como una capa sólida donde yo puedo decir sin que el otro se enoje, sin que esto signifique el fin. Poder hablar de las cosas que me pasan.
Y en lo sexual todavía hay cosas que son tabú, muchas cosas. Es más nuevo de lo que uno creería que la mujer busque su disfrute, su propio placer en el sexo. La mujer callaba y de a poquito eso va cambiando. Pero cuesta, cuesta mucho decir, poner en palabras aquello, repito, que no me pasa, que me gustaría que también me pase a mí. Y todas esas cosas. Cuesta, todavía cuesta mucho y vienen a consulta mucho con eso. No sé si es una cuestión de edad. Por supuesto, cuanto más grandes sean, más difícil por la construcción cultural, social, religiosa, sobre todo. Pero no te creas que los más chicos lo tienen muy resuelto. Cuesta, por supuesto. Si tengo que poner en estadísticas, que a mí no me gusta, tal vez sucede más en mujeres de más de 40.
—Cuando alguien llega hacia vos con ese tipo de problemática, ¿por lo general qué sugerís? ¿Tiene que ver con poder ponerlo en palabras? ¿Tiene que ver con qué?
—Si, con poder ponerlo en palabras, pero tiene que ver, como casi todo en psicología, en que hay un origen de por qué uno responde a diferentes situaciones de tal manera. Como dije al principio, también puede haber algo de culpa. Esto que vos decís de: la mujer fue criada de tal manera, donde callaba todas estas cosas. Bueno, entonces a veces hay que ir al origen y ver cómo se fue forjando su personalidad, cómo se aprendió en aquellos primeros vínculos a hablar, a decir. A veces uno aprendió a callar.
Entonces, después cuando uno es adulto, es un poco el reflejo de lo que aprendió de niño. Entonces, no es que uno da un consejo, porque el psicólogo no da consejos, simplemente se trata de trabajar en el aquí y ahora, pero también cuál es el origen de este no decir, de esto de no poder exteriorizar lo que me está pasando. ¿Por qué uno tiene temor de decirle al otro lo que no me pasa? ¿Qué puede suceder? Entonces planteamos escenarios posibles. Bueno, se trabaja un poco de todo.

—¿Y crees que el hombre enfrenta sus propios problemas con la sexualidad?
—El hombre también tiene muchos temas con la genitalidad, con la sexualidad. Le cuesta, le cuesta mucho afrontarlo porque, digo, repito, si vamos a generaciones anteriores, aún más. No, a ver, hay más apertura, pero siempre es importante trabajarlo de a dos.
Cuando sucede algo en la pareja está buenísimo que los dos se acompañen cuando algo sucede. Cuando el hombre tiene algún tema sexual o lo que sea, que por supuesto influye y repercute en el vínculo. Entonces está bueno que la comunicación sea sólida para poder ayudarse uno con el otro. Y no tomarlo como algo terrible. Por eso la confianza que se construye es importante.
De cara a lo que viene, pensando en lo que dije al principio, ¿cómo hacemos que un vínculo pueda durar? Bueno, todas estas cosas hay que hablarlas, porque después, si no, por algún lado sale y ya es tarde. Cualquier cosa que sea incómoda también es importante. Es mucho más importante hablar de la incomodidad que de lo otro, como cuando hablamos del no.
Yo siempre digo: “el no es más importante que el sí en un vínculo”. Cuando tenemos que decirle al otro lo que no nos gusta, lo que no queremos, los límites. Y que esto no signifique un tremendo caos.

—Hoy se repite que la gente tiene menos sexo y que a muchos jóvenes el sexo les interesa menos o les resulta menos deseable que antes. En función de lo que mencionabas sobre ciertos ideales románticos, ¿creés que esa percepción puede vincularse con que el sexo se volvió más accesible —y, por lo tanto, menos asociado a la escasez— y que eso impacta en el deseo?
—Mirá, habría que analizarlo sociológicamente. Yo creo que un motivo puede ser que está más al alcance de la mano, como decís. Puede ser, no lo había pensado en esos términos, pero está bueno lo que decís. Yo creo que otra cosa es que, como decía Freud, la energía es una. Hay muchos distractores hoy también. Y también se vive a un ritmo que antes no se vivía. Y yo creo que el cuerpo lo siente eso también. Va un poco por ahí, un poco los distractores, donde uno pone la energía, la velocidad con la que uno vive.
Llegar a tener un encuentro sexual está en un lugar que antes no estaba. Yo creo que es un poco de todas esas cosas. Yo me quedaría más con esto de los distractores. Los chicos jóvenes están en un montón de otras cosas y yo creo que antes medio que... el hombre, sobre todo, que puedo hablar de lo que me pasaba a mí cuando estaba con chicos jóvenes, era un poco salir, la mujer, el deporte y no mucho más. Yo creo que los distractores es un gran tema, todo lo que hay hoy para hacer. La energía es una, porque aparte uno llega, antes uno se desconectaba a cierto horario, se terminaba.
Hoy uno está todo el tiempo haciendo cosas y el ejercicio es desconectarse. Uno lo tiene que hacer, porque si no tenés mensajes hasta la una de la mañana seguís contestando, viendo un reel que por ahí no le importa a nadie. O sí, o te mandan algo del pódcast, a ver qué te parece, y vos lo estás revisando doce y media de la noche. Antes no existía eso. O sea, es distractores, que la energía es una, es que me canso. También es que todo el mundo yo creo que está más ocupado a nivel laboral que antes. Por esto que digo, uno a las doce de la noche está arreglando una entrevista, te llega un mensaje de alguien.
Entonces, no cortás. Más los hijos. Antes es como que en algún momento se terminaba el día. Yo lo pongo como una metáfora, por ahí. El día se terminaba, uno se tomaba el colectivo, el auto, lo que tenga, y era el silencio de la vuelta. Mirar para afuera, alguno que estaba en el colectivo o en la calle. Llegabas a tu casa, era el encuentro con tu familia o solo, tal vez mirabas un programa a tal hora y no mucho más que eso. Le contabas un cuento a tu hijo, te ibas a dormir. Y en eso hay riqueza, en eso había mucha riqueza. Por eso hoy se trata de volver ahí, porque no nos miramos a los ojos, porque no nos escuchamos.
Yo la otra vez en un reel decía: “Quedate con la gente que te dice cómo estás y le interesa la respuesta”, porque todo es medio mecánico, automático. Por eso tanta crisis vincular en general, no solo de parejas. Yo creo que hay algo de aquello que hay que rescatar. No se puede volver ahí porque estamos acá y porque todo esto que tenemos también está buenísimo.

—Cuando hablás de “crisis vincular”, más allá de la pareja, ¿en qué ámbitos o tipos de relaciones advertís con más claridad ese quiebre?
—Porque yo creo que estamos en una era muy egoísta en general, muy del yo. Lo que a mí me conviene, lo que vos me das. Y pasa en las amistades también. Y a veces uno tiene que hacer algo por el otro por amor. Yo lo veo también en vínculos de amistad y en familia también, que ahí también arrastramos mucho la culpa. A veces hay vínculos familiares que sostenemos y que tal vez no sé si habría que sostenerlo. Porque nos enseñaron que la familia... Todas las cosas que veo en consulta. Entonces, también pasan amistades de conveniencias. Siempre hubo, pero esto de: “No, yo eso no, porque pierdo el tiempo”. Y a veces hay que perder el tiempo, porque es ganancia, en realidad, es estar con un otro por el simple hecho de estar con un otro.
Es como cuando un amigo se enferma y vos vas y le hacés un té. Y sí, no gano nada haciendo un té, pero en realidad sí gano. Porque el ser humano gana dando también. Y ahí está la confusión a veces, creer que es pérdida. Uno gana cuando le da a otro.
Entonces, siempre me gusta aclarar eso y llevarlo a un plano más humano cada cosa que hacemos, sin romantizarlo. Por supuesto que uno a veces trabaja de lo que no quiere, tiene que tolerar a alguien, un compañero de trabajo y no le queda otra. Trato de no romantizar la idea. Por supuesto que lo más que se pueda. Cada cosa que digo yo es tratar de ir ahí lo más que se pueda.
—Leo, voy a hacerte la última pregunta que le hago a todos los invitados que pasan por acá, y es que si nos puedes dejar algo que te parezca que vale la pena compartir. Puede ser una recomendación, una idea, una frase, un mensaje que te gusta transmitir, puede ser un libro, una película, lo que te guste que quieras dejarlo acá.
—Mirá, hay una frase que yo uso últimamente mucho, que de hecho hice un reel: “Los sueños son para tenerlos y no para cumplirlos”. ¿Qué quiero decir con esto? Que el sueño, el proyecto, te mueve del lugar donde estás, de la zona de confort, de donde no pasa nada. Entonces, tener un sueño, un proyecto, ya te mueve. No importa que después no se cumpla.
Es salir de esta, lo que dije recién, de esta zona que no pasa nada, de esta zona de confort. Entonces, a veces uno elige o tiene un deseo o un sueño y en el camino van pasando otras cosas que te llevan a otro lugar. Pero te sacan del lugar, del camino, te sacan de la quietud. Entonces, siempre trato de usar esa frase muchas veces con personas que tal vez la ansiedad les gana y te dicen: “No, pero ¿dónde voy a ir? Este proyecto ya está todo inventado, no va a resultar”. Hay que moverse.

—Hay algo que tiene mucho que ver con lo que veníamos hablando, que es exponerse frente a la incertidumbre, ¿no? Pero para eso uno tiene que estar en movimiento.
—Y las cosas que suceden aparte, porque cuando uno se mueve pasan cosas positivas y otras que no tanto. Otras no tanto. La otra vez hablaba con un colega que quería subir contenido y me decía: “No, pero me van a hatear y qué sé yo”. Cuando uno se mueve pasan cosas y hay que trabajar internamente para ver qué hace uno con aquello. Si uno no se mueve, no te va a pasar eso, pero no te pasa nada tampoco. Pasa la vida. Si uno no intenta en un vínculo, sí, vas a estar a salvo de que te lastimen, pero tampoco pasa nada.
Entonces siempre la respuesta es el movimiento. Uno toma recaudos, todo lo que uno quiera hacer, pero siempre la respuesta es el movimiento. Por eso digo que los sueños son para tenerlos, no para cumplirlos. Después si se cumple, mejor, pero por ahí se cumplen otros que no son esos ni parecidos, pero el movimiento sirve para eso. Por eso me gusta mucho usar esa frase. Y la uso para mí también.
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