
Más allá del Mundial 2026 en curso, el argentino no suele destacarse por su patriotismo, quizás porque la inmigración aún se percibe como un fenómeno reciente. Sin embargo, ciertos aspectos vinculados a la cultura y las tradiciones locales, como la gastronomía y las bebidas, cobran cada vez mayor valor. En este nuevo Día de la Bandera —fecha establecida en honor a su creador, el general Manuel Belgrano, en el aniversario de su fallecimiento el 20 de junio de 1820— surge la oportunidad de pensar en vinos que representen al país de la mejor manera.
Si bien el vino argentino se mueve al ritmo del país, hay que destacar que las bodegas han hecho su propio camino. Gracias a ellas se pasó de un vino correcto y masivo, con pocos vinos destacados, a una propuesta diversa, donde la calidad se refleja en cada segmento y empieza a mostrarse el carácter de los diferentes lugares.
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Esto hizo posible que existan viñedos en 18 provincias, aunque no todos los lugares son igual de especiales. Los hacedores son conscientes de esta realidad y, más allá de la competencia, se enfocan en crear el mejor vino posible en cada región, convencidos de que la identidad es el verdadero factor diferencial.

Gracias a ello, se está forjando una nueva identidad argentina de vinos en el mundo. Por un lado, los profesionales y los consumidores más interesados tienen claro que Argentina es uno de los productores más importantes del mundo y que el Malbec es la variedad estrella. Si bien su origen es francés, en el mundo del vino, Malbec es sinónimo de Argentina.
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Por eso, en el siglo XXI, el Malbec es el vino de bandera y tiene un significado muy importante para el desarrollo del resto de vinos nacionales a nivel global. Claro que se trata de una vitis vinífera (especie de uva europea), como la mayoría de las uvas que se utilizan en la Argentina para vinificar, que introdujeron los colonos, primero, y los inmigrantes, después. Hoy, con 44.387 hectáreas, el Malbec es sinónimo de Argentina en el mundo, y mucho más protagonista que los vinos franceses de Cahors.

El Malbec no es el único que puede considerarse un “vino de bandera”, ya que existen otras variedades que solo se producen en Argentina y también la representan de manera destacada.
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El Torrontés, resultado de un cruce natural entre Moscatel de Alejandría y Criolla Chica —ambas introducidas por los colonizadores españoles en los siglos XVII y XVIII—, encontró su mejor expresión en el Valle de Cafayate.
Otra cepa emblemática es la Bonarda, de origen francés (Corbeau Noir, procedente de Saboya) y no italiano, como sugiere su nombre. Su adaptación al suelo argentino fue tal que llegó a ser la variedad más cultivada y recibió el nombre de Bonarda Argentina, consolidándose como la principal uva de la Zona Este de Mendoza.
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Por su parte, la uva Criolla, tanto grande como chica, fue la primera en llegar al país durante la colonización y se expandió por todas las regiones vitivinícolas. Tradicionalmente destinada a vinos comunes por su alta productividad, enólogos actuales apuestan por reducir los rendimientos y adelantar la cosecha, logrando tintos ligeros, refrescantes y con marcada personalidad.
Pero a este grupo se pueden sumar otros vinos que a esta altura han demostrado adaptarse tan bien a diferentes terruños, adquiriendo características propias, que son reconocidos por consumidores de todo el mundo.
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Entre los nuevos “abanderados vínicos nacionales” hay que destacar al Cabernet Franc, no por su volumen de producción —con una superficie plantada que apenas supera las 1.250 hectáreas—, sino por el impacto que ha logrado.
Este varietal ha captado la atención de la prensa especializada internacional, que ha otorgado la máxima calificación de 100 puntos a algunos de sus exponentes, un reconocimiento que hasta ahora solo compartían el Malbec y algunos Chardonnay.
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Esta distinción demuestra que el Cabernet Franc no solo posee un carácter propio, sino que también expresa con claridad la diversidad de los terruños argentinos, a pesar de ocupar menos del 3% de la superficie destinada al Malbec. Puede “leer los paisajes” tan bien como lo hace el Malbec y es evidente que con “pocas nueces, hizo mucho ruido”. Aunque originario de Francia —donde solo cuenta con reconocimiento en la pequeña denominación de Chinon—, en Argentina se utilizaba principalmente en cortes, siguiendo el modelo de Burdeos. En la actualidad, sorprende cada vez más con ejemplares que resaltan su potencial y aportan una nueva identidad al vino nacional, sobre todo en la zona de Gualtallary.

Para seguir pensando en vinos que representen de manera diferenciada al país, tal que se los pueda considerar de bandera, hay que hablar de los blends tintos, pero no de todos, sino de los Malbec Blends. Es decir, vinos elaborados con más de una variedad donde el cepaje emblema es predominante. En este caso, ese sería el Malbec. Cabe destacar que los tintos más tradicionales y pretenciosos, nacidos a fines del siglo pasado, combinaban Cabernet Sauvignon, Malbec y Merlot, porque estaban concebidos a imagen y semejanza como los vinos de Burdeos, pero con el “toque argentino” del Malbec.
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Con el comienzo del nuevo milenio, explotó el auge del Malbec y con él llegaron estos vinos que, aprovechando la fama del varietal, dieron origen a combinaciones de todo tipo, incluso combinado con uvas blancas. Si bien en su momento se apostó mucho, principalmente en el segmento de alta gama, por los Cabernet (Sauvignon) – Malbec, en la actualidad, la dupla más exitosa resulta ser Malbec con Cabernet Franc. Esta combinación es propia de vinos modernos, donde la frescura y las texturas están para darle más vivacidad a cada trago y resaltar el carácter de la fruta de ambas uvas.
Pero esto no termina acá, porque los enólogos siempre están pensando en cómo mejorar y evolucionar. Si bien hoy no hay otra variedad o tipo de vino que se asocie tanto al país como los enumerados, todo indica que en breve surgirá un “nuevo vino argentino”, a manos de una variedad que está plantada y con la cual muchas bodegas están haciendo tanto grandes vinos blancos como espumosos de alto nivel.
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Sí, la Chardonnay es la próxima apuesta fuerte del vino argentino: una categoría internacional y con jugadores importantes, pero en la cual la Argentina tiene chances de empezar a competir con sus vinos y, quizás, algún día lograr que muchos consumidores alrededor del mundo lo prefieran.
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