
Una multitud en un estadio de Buenos Aires, miles de voces cantando a los gritos una canción de Los Piojos. El bombo vibra en el pecho, el estribillo se transforma en un grito compartido, los brazos se levantan buscando pertenecer a algo más grande que sí mismos. Unos kilómetros más allá, adolescentes con el corazón roto se pasan auriculares, escuchando a Taylor Swift en la vereda del colegio. Cada letra parece hablar de una historia propia, de amores que duelen o de sueños que vuelven cuando se apaga la luz del cuarto.
Entre estos dos mundos, hay una certeza simple: la música atraviesa y une. Actúa como refugio, compañía y lenguaje secreto. No importa el género, la época o el idioma: cada uno encuentra en la música algo que lo nombra y lo acompaña.
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La música como refugio cotidiano
“Una canción puede hacernos llorar en soledad, un himno puede hacernos sentir invencibles entre miles”, ejemplifica Jorge Catelli, psicoanalista y miembro titular en función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), en diálogo con Infobae. “La diferencia no reside solamente en la melodía, sino también en las identificaciones, ideales y emociones colectivas que la música es capaz de convocar”, explica.

La música no es solo fondo: se vuelve protagonista de los recuerdos. Catelli señaló que “las canciones que una persona elige escuchar o conserva a lo largo del tiempo pueden decir algo de su recorrido vital, aunque nunca de manera unívoca”. El sonido de una guitarra o el eco de una voz pueden funcionar como marcas biográficas e hilos invisibles que unen distintas etapas de la vida.
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Identidad y pertenencia: melodías que nos cuentan
En la adolescencia, elegir una banda favorita puede ser tan importante como decidir con quién sentarse a almorzar en la escuela. Una remera de AC/DC o el sticker de Bad Bunny en la carpeta se convierten en pasaportes para pertenecer o en señales para encontrar a otros que sienten parecido. La música crea tribus y comunidades invisibles que reconocen un territorio propio en una letra o en un ritmo.

“La música suele ocupar un lugar central en ese proceso de subjetivación, acompañando las vicisitudes de la vida”, señala la Dra. Estela Allam, médica psiquiatra y psicoanalista. En ese sentido, pone foco especialmente en la adolescencia: “Los gustos musicales pueden convertirse en una herramienta para diferenciarse de los padres, desarrollar vínculos de pertenencia entre pares y construir una narrativa propia. Las canciones favoritas, los artistas admirados o incluso ciertos géneros musicales pueden transformarse en marcas simbólicas”.
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Lo que la música dice de nosotros (y lo que no)

A veces, una melodía logra poner en palabras lo que cuesta expresar. “La música no define la estructura subjetiva ni permite establecer perfiles psicológicos a partir de determinados géneros musicales. Sin embargo, las elecciones musicales suelen estar ligadas a experiencias significativas, identificaciones y recuerdos que fueron configurando la historia de cada sujeto”, aclara Allam. Así, una canción puede recordar un amor, una pérdida, una alegría o un miedo que permanecen vivos más allá de los años.
La Dra. Mirta Noemí Cohen, tesorera de la APA y autora de varios libros sobre el poder curativo, remarca que los gustos musicales de una persona “pueden reflejar emociones, estados de ánimo y también ideas con las que se identifica.
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“Dan pertenencia a determinados grupos o comunidades. Por ejemplo, alguien que escucha mucho rock puede sentirse atraído por ciertas actitudes o estéticas asociadas a ese género, mientras que alguien que prefiere música clásica puede valorar otros aspectos”, detalla.

Cohen advirtió que la música que una persona elige “es un reflejo parcial de su identidad, como puede ser el tipo de comida que ingiere, pero no la define ni la determina por completo”. E insistió: “No hay que confundir identidad con identificación. Puedo identificarme con cierta música que me recuerda un momento de mi vida, grato o no, y sin embargo preferir otro género en lo cotidiano”.
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El eco de lo que no se dice
Hay días en que una conversación se repite en la cabeza, una frase no dicha insiste en aparecer, o el miedo a decir “no” se aloja en la garganta. En esos momentos, una canción puede poner en palabras lo que cuesta expresar. La música permite dar forma a emociones difíciles y actúa como puente entre el mundo interno y el exterior. Al respecto, Catelli analiza: “Freud nunca desarrolló una teoría sistemática de la música, pero dejó planteada una idea fundamental: los seres humanos no siempre conocen las razones de aquello que los conmueve, los motivos son inconscientes”.

“En muchos casos, la emoción musical antecede a la comprensión consciente”, agregó Catelli, quien, además de su labor como psicoanalista, también encuentra en la música un lenguaje propio.
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Más que sonidos: la memoria afectiva
Una melodía puede transportar a la infancia, a la casa de los abuelos, al primer amor o a una despedida. La música se convierte así en un archivo afectivo, un espacio donde los recuerdos se organizan y las emociones encuentran refugio. “Las canciones terminan formando parte de la narrativa con la que una persona cuenta su historia y los caminos recorridos”, explicó Allam.
La musicalidad aparece incluso antes de que el ser humano aprenda a hablar. “Los intercambios rítmicos, tonales y afectivos entre el bebé y quienes lo cuidan constituyen algunas de las primeras experiencias de comunicación humana. Investigaciones contemporáneas sobre la ‘musicalidad comunicativa’ sugieren que esta dimensión rítmica y emocional continúa operando durante toda la vida y también dentro de los procesos psicoterapéuticos”, detalló Catelli.
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Cohen, por su parte, señaló: “La música funciona como una herramienta de construcción y expresión de la identidad. Las personas no suelen elegir música al azar: tendemos a preferir aquella que conecta con nuestra personalidad, nuestras emociones, nuestros valores, nuestros recuerdos y los grupos con los que nos identificamos”.
La música y los otros: un idioma común
En un colectivo lleno, alguien tararea el estribillo de “We Didn’t Start the Fire” de Billy Joel y otra persona sonríe. En una fiesta, un tema de moda logra que desconocidos se abracen o salten al compás. La música tiene el poder de unir, de borrar diferencias y de construir momentos compartidos sin necesidad de palabras. Es un idioma que todos hablamos, aunque cada uno lo traduzca a su manera.
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Quizá cada uno lleva adentro una banda sonora secreta, canciones que acompañan los días buenos y los difíciles, acordes que nombran lo innombrable. No hay respuestas cerradas ni verdades únicas, solo la posibilidad de escucharse a través de la música y de descubrir, en cada compás, algo propio y a la vez compartido.
La identidad, entonces, no se reduce a un género musical ni a una lista de reproducción. Se construye en el vaivén entre lo que elegimos escuchar y lo que la música despierta en nosotros. “Cuando cambiamos como personas, muchas veces cambian también nuestros gustos musicales”, concluye Cohen.
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