En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, la socióloga y especialista en longevidad positiva Mercedes Jones reflexionó sobre cómo se transformó la manera de pensar la vejez y explicó por qué el gran desafío de esta época no es solo vivir más años, sino aprender a llegar mejor a esa etapa. Además, analizó el impacto del edadismo en la sociedad argentina y cuestionó la mirada que asocia el envejecimiento únicamente con el deterioro.
La experta también habló sobre el concepto japonés de ikigai y cómo el propósito puede transformarse a lo largo de la vida. A su vez, compartió las enseñanzas de estudios sobre personas superlongevas, donde los vínculos, la alegría y el sentido de comunidad aparecen como factores clave para una vida plena. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube.
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Mercedes es socióloga y doctora en ciencias sociales, reconocida por su trabajo sobre longevidad positiva, envejecimiento y economía silver. Actualmente se desempeña como directora de programas del Centro de Innovación Social de la Universidad de San Andrés, donde impulsa investigaciones, seminarios y proyectos vinculados a los desafíos sociales y culturales de las vidas largas. Además, es conferencista, investigadora y consultora en temas de innovación social, liderazgo intergeneracional y redes de colaboración. A lo largo de los últimos años promovió iniciativas como “Viva la Longevidad” y distintos espacios orientados a repensar la madurez, el bienestar y el propósito en una sociedad cada vez más longeva.

—Sos socióloga, directora de una de las instituciones de la universidad más importante de Buenos Aires, que es San Andrés; y sos especialista en longevidad positiva. Contame que es.
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—Tardé mucho en llegar ahí, ¿eh? Empecé por vejez, empecé por este proceso de cómo las pirámides poblacionales mutaron de una manera extraordinaria, rápido en todo el mundo y qué significaba eso. En realidad, las pirámides poblacionales son como triángulos, los típicos triángulos donde nace mucha gente y muere mucha gente. Y las pirámides actuales es casi la inversa: nace poca gente y muere poca gente. Y eso tiene una implicancia muy fuerte en la vida de cada uno de nosotros. Significa que vamos a vivir mucho. Entonces, uno en el modelo de la vejez se fija en la última parte de la vida, la parte silver, la de las canas, ¿no? Ahora, si vos pensás longevidad, es desde el momento de la concepción hasta el momento de la muerte de la persona. Es decir, es todo el trayecto de la persona que se alarga. En estas pirámides lo que sucede es que uno tiene vidas largas. Y ahí me cayó la ficha de la diferencia entre el modelo de vejez, inclusive vejez activa, vejez exitosa.
Pero estás mirando la vejez, es el último tramo de la vida. Mientras que longevidad estás mirando toda la vida. Y acá está el desafío y lo maravilloso: cómo hacer para vivir mucho, esto de la nueva longevidad, que estamos viviendo un montón y llegamos a los cien años. Pero es como si me dijeras que la segunda revolución es cómo vivir mucho y cómo vivir bien. Y eso es longevidad positiva. Lo otro es la nueva longevidad. De golpe la humanidad empezó a vivir mucho, no sabemos muy bien la ciencia, esto, lo de más allá, estamos viviendo mucho. Esa es la primera revolución y fue un desafío que ya logramos.
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Yo ya fui a tres cumpleaños de cien años. Tres. Yo decía: “Medio que es la fiesta de 15”, ¿viste? De golpe empezás a tener cumpleaños de 100. La gente te dice: “¿Qué es lo opuesto a la longevidad?” Y la respuesta rápida es la muerte. O sea, vivís o morís. Pero no. Lo que yo descubrí es que lo que sucede es que vos podés vivir mucho y vivir mal, y eso es un drama. El desafío es: “Okey. Vivamos mucho, pero vivamos bien”. Y ese “vivamos bien” hay que empezar a entender de qué estamos hablando, porque para vos por ahí vivir bien es una cosa, para mí es otra, para una señora en Japón es otra... Es muy diverso. Cuando uno habla de una persona mayor, ¿de qué estamos hablando? Por eso digo que cuando yo llegué primero a la longevidad y después a la longevidad positiva, es cuando me di cuenta que primero, hablar de vejez, sobre todo en nuestro país, Argentina, pero a nivel Iberoamérica es casi bastante parecido, es dramático.
Hablar de vejez es terrible. No pasa en otras culturas, como las orientales, no pasa en las culturas africanas, donde hay una aspiración a vivir mucho, es aspiracional llegar a ser viejo. Pero acá hablar de viejo es catastrófico. Te genera rechazo, miedo, dolor. Yo he hablado con personas de 20 años que sufrían por cumplir años. ¿Vos te imaginás si van a llegar a los 100 sufriendo cada año que cumple? Es horrible. Entonces, lo que me di cuenta es que primero, cuando yo llegué a longevidad positiva es porque transité y me di cuenta, okey, desde los griegos venimos con estos modelos, desde los griegos está que la vejez es horrible, que la vejez es una maravilla. Y no es ni lo uno ni lo otro, es esto y lo otro.
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Es decir, podés tener una vejez fantástica y podés tener una vejez horrible. Y si vos vivís en nuestros países, ¿no?, me refiero a Latinoamérica, donde hay una inequidad enorme, ser viejo y no tener recursos es un escenario realmente crítico. Entonces, ¿cómo logramos eso? No es un tema individual. Que yo, Mercedes Jones, tenga la convicción de que quiero vivir mucho y quiero vivir bien y quiero llegar a los 100 años, está muy lindo y es un sueño como cualquier otro.
Ahora, si estás en una sociedad donde te inhabilita para eso, donde el edadismo es dramático, donde si vos tenés canas o mostrás que sos una persona grande, te tratan como si tuvieras una debilidad mental. Realmente no es tan fácil conseguir este sueño de llegar a una longevidad positiva. Necesitás toda una sociedad que te apoye y que se convenza de que es posible.
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—Hay una generación, una cantidad de gente que llega a los 110 años que se les llama superlongevos, ¿no?
—Sí, superagers, superseniors, superlongevos.
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—¿Es mucha la diferencia entre la expectativa de vida de hoy y estas personas?
—Depende. Es de setenta y pico las mujeres, los varones un poco menos. La expectativa de vida en Japón es de 88.
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—Pero si alguien muere a los setenta y pico, pienso que es una muerte joven…
—Ahora sí. En la época de mamá te morías a los 70 y era “normal”.
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—¿Se podría estudiar los genes de esas personas que llegan a los 110 años? Porque algo distinto tiene que haber para que haya veinte años de diferencia con la expectativa de vida.
—Es genial lo que me preguntás. Si hace cinco años me lo preguntabas, te contestaba una cosa, ahora hay otras respuestas. Pero lo que, lo que se empezó a achicar es esta expectativa de que lo genético tiene tanta influencia. No tiene tanta influencia. ¿Qué es lo que tienen estos superagers o esta gente superlongeva respecto de los demás? Lo genético descartémoslo. Es importante, pero no tan importante. ¿Comen verduritas, hacen deporte? Sí, pero no todos. Y llega un momento que te empezás a dar cuenta que hay otras dimensiones. Harvard lo planteó hace bastante tiempo con un longitudinal que están siguiendo gente hace como ochenta años, donde de golpe decían: “Esta persona juega a las cartas”, no sé, por ejemplo, al póquer, fuma cigarrillos, toma alcohol, todos los viernes se junta con los amigos y es una catástrofe para los médicos todo lo que hace.
Y sin embargo, son re longevos. ¿Qué pasa? Jeanne Calment, que es la mujer más longeva hasta ahora del planeta, vivió 122 años. Tomaba coñac, fumaba puros, comía chocolate como un kilo por semana. Nada que ver con lo que sería lo típico de un estilo de vida saludable. ¿Qué es lo que encontraron? Gente feliz, muy vinculada y con mucho vínculo de cariño, de amistad. A Jeanne Calment le encantaba hacer fiestas en su casa y bailar. Anduvo en bicicleta creo que hasta los 110 años y vivió hasta los 122. A los 118 un periodista le preguntó: “¿Cómo imagina el futuro?” Imaginate el periodista podría haber hecho otra pregunta, pero ella al toque le contestó con sentido del humor. Entonces, empiezan a haber otras variables que tienen que ver con el propósito, con el sentido de la vida, con los afectos, con lo que es humano profundo, ¿no? Que no pasa por comer la verdurita. También si comés la verdurita, a mí por ahí me cae horrible y a vos te cae bárbaro. Depende. Entonces, esta cuestión de la diversidad es muy importante. Y esta vocación por vivir bien, ¿no? Hay una frase que le atribuyen a Buda, que a mí me encanta. Yo he estado con mucha gente grande, de 100 años, y lo tienen incorporado: “El dolor existe. El sufrimiento es opcional”.
Hay gente que le ha pasado de todo. No es que tuvieron una vida simple, fácil, les pasó de todo. Esta Jeanne Calment se le murió la hija, se le murió el yerno, se le murió el nieto en un accidente y quedó sola porque tenía una familia chica. O sea, no es que no le pasaron cosas, pero es como que ese dolor no lo puedes evitar, pero sí el sufrimiento, sí el hacerte víctima, sí el decir: “Ah, bueno, se me acabó la vida”. Ella a los 110 creo que estaba cocinando y medio hizo un incendio, algo así, y directamente decidió y se metió lo que llamamos, acá geriátricos, en el resto del mundo residencias de larga estadía, y ahí empezó a fumar, ponele.
O sea, personaje. Vos lo que te das cuenta es que hay como una dimensión del bienestar en la vida de todos nosotros, que sí pasa por estar bien, que sí pasa por sentirte con buena salud. Pero que podés tener enfermedades, las típicas, ¿no? Yo tuve cáncer, ponele, ¿no? Podés tener cáncer, podés tener diabetes, tenés problemas cardíacos, podés tener problemas de oído, de vista, para movilizarte, para lo que sea. Pero eso no te tiene que impedir. No te tiene que generar un sufrimiento que te impida vivir bien.
Y para mí ese es el desafío de nuestra cultura y de cómo vivir estos años que se agregaron a la vida. Vas a vivir con las mismas estrecheces y trampas que venías teniendo de lo físico, de lo externo, porque al final te das cuenta que lo que vale son los vínculos, es que te sentís que estás generando y agregando valor a otros que no son solo vos, y que te sentís que si bien es importante para todos los seres humanos el mirar lo que hacen los otros y el copiar lo que hacen los otros y el compararte con los otros, porque la herramienta que nuestra humanidad nos trae, como diciendo: “Bueno, aprendo más rápido si miro lo que hace el otro, si me doy cuenta dónde va”, si copio lo que hace, porque lo hace bien.
Pero ahora con las redes eso se fue a cualquier lado y lo que antes era una herramienta útil para tu supervivencia se transforma en un dolor permanente. “No estoy donde tengo que estar, mirá todo lo que está pasando y yo no estoy”. El FOMO, todas estas cuestiones. Vos decís: “¡Wow!” ¿Cómo le agregamos tanto dolor innecesario a nuestra vida cotidiana con las redes? Paremos un poco, ¿no?

—Pienso que muchas veces el propósito, sobre todo a los 30 o a los 40 años, está muy ligado al trabajo o a los hijos, a sentirte útil en algún lugar. Y me pregunto cómo se encuentra ese propósito cuando esas obligaciones ya no están. Cuando ya no trabajás 10 horas por día o tus hijos son grandes. ¿Cómo se reconstruye ahí el sentido?
—Yo tuve una etapa donde mi propósito era estudiar y recibirme. Mi madre había enviudado y yo tenía 18 años, papá murió y me tuve que hacer cargo con mi hermano mayor de un montón de varias cosas. Mi propósito era estudiar, recibirme y salir a trabajar para ayudarla a mamá y a mis tres hermanos. Después, el propósito tuvo que ver más con tener una familia, casarme, enamorarme. A los 30 me dio un viejazo total, como diciendo: “Ya hice todo. Ya me recibí, conseguí el trabajo que quería, tuve hijos. ¿Y ahora qué? ¿Qué hago?” Y en 2015 descubrí algo que ahora está bastante comunicado.
No sé si entendido, pero por lo menos difundido, que tiene que ver con un concepto de la isla de Okinawa, que es una de las zonas azules donde vive la gente que tiene más de 100 años en el mundo, que se llama ikigai. Cuando fueron a estudiar por qué era que la gente vivía tanto ahí. Y se metieron con lo del bienestar, la comida, los ejercicios, estar al aire libre y todo esto que ya sabemos. De golpe se dieron cuenta que no pasaba tanto por ahí. No encontraban elementos que verificaran que efectivamente, si vos comías más pescado que carne, no sé qué, tenías más longevidad. No pasaba por ahí. Y escucharon esta palabra, ikigai. Y como buenos occidentales, no tenían muy claro qué significaba. De hecho, creo que todavía no sabemos muy bien qué significa, pero voy a tratar de explicarlo porque a mí me resolvió mucho esto de estas etapas de la vida, ¿no? El ikigai une cuatro conceptos que en general en Occidente están separados, ¿no? La pasión, lo que me gusta hacer, lo que amo hacer.
La vocación, lo que me sale bien, aquello que para lo que tengo habilidad. La profesión, aquello que me pagan por hacer. Y la misión, lo que el mundo necesita. Entonces, ellos unen en el concepto de ikigai estas cuatro cuestiones. Lo que amo, lo que me sale bien, lo que me pagan para hacer y lo que el mundo necesita. Y entonces yo me di cuenta que claro, cuando empecé a estudiar, me di cuenta que la sociología, cosa que mantengo y que me alegro de haber estudiado, me podía dar elementos científicos reales, datos concretos, leyes, para mejorar la realidad de las personas. Estoy en la academia hace, como te dije, un montón de años, pero es como decir, a mí nunca me interesó la vida académica. Me interesa profundamente lo que pasa en las academias. Es decir, se produce conocimiento que yo tengo aplicaciones en la realidad concreta, en empresas, en comunidades, en municipios, de cosas que me enseñaron profesores en la universidad. Yo decía: “¡Ah! Pero esto es lo que decía Kurt Lewin”. La gente que se une, tiene como dos energías. Una, cumplir con el objetivo para lo que se reúnen.
Dos, mantener la relación. Si no juntas las dos cosas, no funciona. Entonces, me empecé a dar cuenta de cómo aplicar los conocimientos para mejorar la realidad. Y el ikigai te ayuda a entender que podés tener un propósito en la vida cuando tenés 30, que ya no te va a resultar útil ni te va a interesar cuando tenés 50. Y tampoco lo que querías vos cuando tenías, no sé, 60, es lo mismo, ni tus habilidades son las mismas que cuando tenías 20. Entonces, esta idea, primero de que uno va cambiando de propósito. Y segundo, que a veces tenés que agregar herramientas, habilidades para poder cumplir con tu propósito, es muy importante.
Y lo que la longevidad te da como herramienta, es decir, no importa la edad, importa tu deseo, importa que tengas claro qué querés hacer. Ponele, si a mí se me ocurriera aprender ballet clásico, ¿por qué no? Puedo, pero tengo que incorporar herramientas que nunca tuve. Y ahí está el punto, ¿no? ¿Qué te impide eso? Bueno, en mi caso personal, muchas veces me veo a mí misma, ponele, tengo estos borcegos que tengo puestos. Cuando me los regaló Agustina, una de mis hijas, me dijo: “Mamá, me encanta cómo te van a quedar”. Le digo: “Agustina, ¿te parece a mi edad?” Y ahí misma me dio un ataque de risa porque digo: “Yo, que estoy con el tema del edadismo, me digo a mí misma ‘a tu edad’”.

—También el propósito necesariamente está atado a hacer, a ponerte en acción.
—Absolutamente. No hay manera de cumplir un propósito sin acción. En un momento dado llegué a la conclusión de que cuando uno quiere gestionar la longevidad para que sea positiva, no solo lo podés hacer, sino que hay que hacerlo. Primero tenés que tener claro que es un territorio inexplorado. Nadie sabe cómo es vivir 100 años, salvo los que están viviendo 100 años. Entonces, hay que ver qué pasa con eso. Hace poco invitamos un profesor español en el Centro de Innovación Social para que hablara de estas entrevistas que hizo a personas superlongevas. Pero lo que me di cuenta es que hay, por un lado, un territorio inexplorado, pero los cartógrafos antiguos que diseñaban y miraban los mapas y establecían una relación entre el territorio y el mapa, tenían brújulas, tenían herramientas.
Entonces, yo digo: “A ver, ¿cuál es la herramienta para gestionar la longevidad? Simple, clarita, fácil. No me la complique. No soy un cartógrafo, ¿viste?, nada”. Pero los de Stanford, que hace mucho que están estudiando la longevidad, dijeron: “Okey, estamos en un nuevo territorio y para eso hay que diseñar nuevos mapas de la vida”. Entonces, ellos hablan que me encanta, ¿no? Esto de diseñar nuevos mapas de la vida, todos, las personas, las organizaciones, las empresas, las comunidades, todos. Me encanta la imagen, es una metáfora poética, inclusive.
Estamos cartografiando el nuevo mapa de la vida. Bárbaro. Ahora, ¿cómo lo hago? Ahí me puse a pensar en algo que un francés muy genial, Jacques Delors, el siglo pasado le dijeron algo como: vos que estás ocupándote de los temas de la educación, ¿cuáles serían aquellos ejes de la educación para el siglo XXI? Estamos pensando siglo XX, siglo XXI. Y Jacques Delors generó una comisión que se puso a trabajar sobre ese tema y me dio a mí los elementos para ahora todo lo que pienso lo pienso con el rombo este, que me lo imagino, lo dibujo y lo muestro, ¿no?, como un rombo de la gestión de la longevidad, en este caso. Él dijo: “Para el siglo XXI tenemos que aprender cuatro cosas: aprender a ser, a convivir, a hacer y aprender a aprender o aprender a conocer". Ser, convivir, hacer y conocer. Ahí tenés cuál es el territorio y un poco cuál es la brújula. Si vos me preguntás a mí: “Para gestionar la longevidad, ¿qué tengo que hacer?” Bueno, aprender a ser implica que vas a tener que aprender a ser longeva. Te guste o no, eso lo tenés que aprender.
En mi caso, ¿qué significa eso? Bueno, significa que a mí no me gusta recibir. Yo toda la vida he dado y mi madre sufrió un montón cuando necesitó que nosotros la ayudáramos en distintos momentos de la vida. Lo pasó mal. Y yo dije: “Yo tengo que aprender a recibir, tengo tiempo”. Porque no sabía pedir y no sabía recibir. Y la cultura de la reciprocidad que se necesita para convivir, para ser y para convivir en esta época, lo intergeneracional y lo individual de aprender a ser longevo o lo que sea que tengas que aprender, pasa por la cultura de la reciprocidad, que es aprender a dar primero, a recibir y a devolver. Y ese es el ciclo un poco de la vida.

—Desde que empezaste a meterte en profundidad en el tema, ¿qué fue lo que más te sorprendió, lo que no esperabas encontrar?
—Yo misma soy edadista conmigo, el autoedadismo. Pero lo que más me sorprendió, me shockeó mucho, es el edadismo argentino. No conozco tanto otros países para decirte si es igual o no, pero mi madre, que además era muy inteligente, muy sarcástica y muy graciosa. Me hacía gracia su manera de reaccionar. Subíamos a un auto, un taxi y entonces decía: “Mamá, subí adelante, vas a estar más cómoda”. Y el chofer, re amable, le decía: “Abuela, ¿se sienta?” “Yo no soy su abuela”, le decía. Se ponía frenética. Entonces, me empecé a dar cuenta que lo que para mí era gracioso, para ella era una falta de respeto.
Íbamos al banco, ella doctora en Ciencias Económicas, yo la acompañaba, porque pues de ahí por ahí íbamos a almorzar y ¿el gerente la miraba a ella? No, me hablaba a mí y a ella, como era una mujer mayor, no le hablaba. Ese tipo de falta de respeto absoluto, yo lo empecé a vivir con ella y me di cuenta que el edadismo era extensivo a todas las clases sociales, a todos los géneros. Había una actitud primero de rechazo fuerte de la gente mayor y segundo, como un temor de qué me va a pasar a mí cuando llegue a esa edad. Y esta cuestión como un sufrimiento anticipatorio, porque si no quiero llegar, tampoco me quiero morir y, no sé, es como una trampa. ¿Qué hago? Y ahí es donde digo que hay que destrabar. Ya pasé un periodo fuerte de los 60 hasta ahora. Yo tuve cáncer de riñón, trabajé también en la prevención del cáncer de mama y me doy cuenta que cada vez uno puede estar mejor consigo misma, porque te conocés, conocés tus limitaciones… Si me preguntan a mí, bueno, la segunda mitad de la vida para los japoneses a partir de los 60.
Kanreki se llama la ceremonia que hacen los japoneses cuando las personas cumplen 60 años, porque es como otro ciclo que empieza y me parece maravilloso. Entonces, cuando vos decís: “Bueno, estoy en el segundo periodo”, ponele que vaya a vivir hasta los 100. Bueno, es como que la felicidad aumenta desde un lugar de reconocimiento y de expectativa. Puedo mejorar. Hablando académicamente, cuando me enojo, tengo miedo, estoy con incertidumbre, tengo lo que académicamente mi hermana y yo llamamos “tonito de mierd*”. Entonces, hablo con mal tono.
Entonces, ahora una de las cosas que quiero mejorar tiene que ver con esto de tratarme mejor a mí misma, tratar mejor a los demás. Cuando me doy cuenta que estoy sacada o que me estoy por sacar, bajar. Porque ya sabés cómo sos y sabés que podés mejorar. Eso es muy importante para la felicidad y para la alegría. Y en un punto yo llegué a un acuerdo conmigo misma, como diciendo: “Bueno, de la felicidad te das cuenta un poquito después”, después que lo pasaste decís: “Mirá qué feliz”, ¿no? Ahora, lo que nadie te quita es si vos te disponés a vivir con alegría, que no es lo mismo que la felicidad, no es tan amplio, integral. Y ahí me di cuenta que la neurociencia te ayuda un montón, porque el cerebro no diferencia entre una risa genuina o una mueca.
Entonces, el yoga de la risa y todas estas cuestiones como herramientas, sirven. Trato de sonreír como mecanismo permanente. Trato de aprovechar la posibilidad de sonreír cada vez que puedo. El apostar por la alegría y, por consecuencia, a ser feliz, es una manera de decir: paren esta cuestión de que está todo mal, de que somos todos personas malas, de que el mundo es un desastre. Pará, es cierto. Ahora, no mires solo el lado oscuro de la luna, mirá el otro.
Y para poder mirar el otro tenés que empezar a practicarlo. A eso de mirar lo que se llama mirada apreciativa de la vida. En las empresas, ¿por qué vas a ver el problema? No es que no lo tengas. Mirá la buena práctica, mirá cuando tuviste éxito. Yo trabajo desde otro lugar con las empresas. Y esta cuestión de cómo convivir en las familias, en las empresas, en las instituciones, tantas generaciones, es un
tema fascinante porque miramos lo que nos diferencia y yo como baby boomer soy muy distinta generacionalmente en aspiraciones, en lo que sea, en teoría con el modelo de, por ejemplo, la generación X o los millennials. Pero después vos empezás a mirar los datos de la realidad y te das cuenta que no es así. Que es mucho más rica la realidad, mucho más compleja.

—Mercedes, te voy a hacer la última pregunta, que en realidad se la hago a todos los invitados que pasan por acá: dejarle algo a los oyentes. Puede ser una frase que te represente, algo que últimamente te sorprendió, te conmovió o te inspiró. También puede ser una herramienta que te sirva o cualquier reflexión que sientas que vale la pena compartir.
—Hay una frase que se la adjudican a Gandhi y para mí es la fórmula de la longevidad positiva: "Vivir como si fueras a morir mañana. Aprender como si fueras a vivir para siempre".
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