
Detenerse a percibir un aroma durante 30 segundos puede producir beneficios físicos y emocionales, según una investigación recopilada por TIME. Especialistas señalan que este hábito cotidiano cuenta con respaldo científico y activa mecanismos neuronales que inciden en el bienestar.
Dedicarse medio minuto a oler una flor, una planta o cualquier aroma placentero contribuye a reducir la frecuencia cardíaca y estimula el sistema nervioso parasimpático. Este efecto calmante está respaldado por estudios citados por la revista TIME, que explican que el sentido del olfato conecta de forma directa con áreas cerebrales responsables de las emociones y la memoria. Así, la acción intencionada de oler puede mejorar el estado de ánimo y la respuesta física al estrés, según los expertos consultados.
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El impacto del olfato en las emociones y la memoria
El olfato es uno de los sentidos más antiguos y posee una conexión directa con la emoción. Pamela Dalton, psicóloga cognitiva del Monell Chemical Senses Center, afirma que “el cambio de ánimo es uno de los efectos más habituales al oler algo”. Además, destaca que “el olfato incide de manera más directa sobre la emoción que cualquier otro sentido”, como recoge TIME.
Al inhalar, las moléculas aromáticas alcanzan los receptores nasales y avanzan hacia el bulbo olfatorio, ubicado al frente del cerebro. Este circuito, a diferencia de otros sentidos, evita el tálamo y conecta directamente con el sistema límbico, la región cerebral asociada con las emociones y los recuerdos.
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Esta estructura cerebral explica por qué los aromas pueden evocar recuerdos y emociones con tanta intensidad. Dalton detalla que, al asociar un olor con una experiencia pasada, ese aroma queda ligado a la emoción original y puede reactivar la vivencia completa en la memoria.
Por ejemplo, el perfume de una persona cercana o el olor de un plato de la infancia pueden desencadenar reacciones emocionales intensas. Además, frente a un aroma agradable, la respiración se profundiza de forma instintiva, lo que contribuye a disminuir el pulso. Valentina Parma, directora en Monell, describe este proceso como la versión sensorial de una meditación impulsada desde el cuerpo.
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El sistema olfativo se desarrolló antes que el córtex cerebral y su función primitiva era orientar, advertir peligros y atraer hacia lo que beneficiaba la supervivencia. Como resume Dalton, esta evolución explica el impacto emocional inmediato del olfato.
Aromas, recuerdos y percepciones individuales
La percepción de cada aroma es única y está determinada tanto por la genética como por la experiencia y la cultura. Dalton explica en TIME que ciertos compuestos en la leche materna se asemejan a la vainilla, lo que facilita que ese aroma resulte agradable para muchas personas. “Estas asociaciones pueden establecerse a edades muy tempranas y persisten con fuerza a lo largo de los años”, apunta Dalton.
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El entorno y las rutinas personales también influyen de forma decisiva. Las personas que crecen rodeadas de determinados olores, como una especia típica o la flor de una estación, generan vínculos emocionales que pueden mantenerse toda la vida.
Sin embargo, incluso los aromas considerados relajantes, como la lavanda, no afectan a todos de igual manera. Parma menciona que, pese a las investigaciones, ella experimenta estrés ante ese olor. Para la especialista, “las afirmaciones generales sobre la lavanda rara vez son ciertas cuando se trata del olfato”, subrayando la variabilidad individual.
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En cuanto a la genética, Parma cita la androstenona, un esteroide de origen animal. Aproximadamente el 30% de las personas lo identifican con olor a orina, otro 30% lo percibe como dulce y vainillado, y el resto no lo detecta. Así, la experiencia olfativa puede variar completamente entre individuos expuestos a un mismo aroma.
Caminatas olfativas y exploración sensorial
La investigadora Kate McLean-MacKenzie, de la Universidad de Kent, ha organizado “caminatas olfativas” en decenas de ciudades para analizar las diferencias en la percepción de los aromas. En estas experiencias grupales, los participantes recorren una ruta concentrándose exclusivamente en los olores del entorno, según recoge la revista TIME.
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El recorrido se estructura en tres fases. Primero, la “caza de aromas”, donde los participantes buscan captar fragancias espontáneas y nombran lo que huelen, lo que suele activar recuerdos personales inesperados.
Luego, la “exploración olfativa” invita a acercarse al suelo o manipular objetos para percibir aromas más intensos. Surgen descripciones como “el cálido olor a madera en un banco de parque bajo el sol primaveral”.
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Un fenómeno recurrente es la “flor sin fragancia”: la decepción al comprobar que algunas flores carecen de olor. McLean-MacKenzie explica que la industria floral prioriza la longevidad y la apariencia visual sobre el aroma, lo que reduce el poder restaurador de ciertas especies. Según la investigadora, “privilegiamos lo visual y perdemos la mitad de su capacidad positiva”.
En la última fase, el grupo selecciona una categoría de objetos cotidianos, como bancos o tachos de basura, y describe los aromas detectados sin mencionar su origen, lo que revela matices inesperados. “Los cubos de basura no huelen todos igual, y la mitad ni siquiera resulta desagradable”, comenta la investigadora.
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Al finalizar, los participantes coinciden en que, pese a recorrer el mismo espacio, cada uno percibe los aromas de manera diferente. McLean-MacKenzie ha registrado notas de olor en entre 50 y 70 ciudades. De forma casi universal, los aromas florales reciben valoraciones de 6 o 7 puntos sobre 7 en su escala de agrado.

No obstante, siempre surgen excepciones, como un participante en Montreal que ubicó el olor del jacinto a la mitad de la escala, o quien describió el aroma perfecto como “huele a infancia y a cazar mariposas”.
Incorporar el olfato al bienestar diario
No es necesario sumarse a una caminata grupal para aprovechar los beneficios del olfato. Basta con 30 segundos: en un parque, una maceta o cerca de cualquier planta, inhalar de forma profunda e intencionada permite que las moléculas aromáticas lleguen a los receptores olfativos, activando el sistema nervioso parasimpático, ralentizando el pulso y aportando calma mental.
La diferencia entre una aspiración superficial y una inhalación profunda es notable. McLean-MacKenzie recomienda “dedicar al menos 30 segundos a respirar conscientemente y enfocarse en ese proceso”, según TIME. Un lapso breve puede generar más bienestar que un olfateo fugaz al pasar junto a un rosal, porque el mecanismo fisiológico es distinto.
Para aprovechar estos efectos, basta con un paseo tranquilo y prestar atención a los olores del entorno. Al percibir un aroma, conviene inhalar despacio y pensar en cómo lo describiría uno mismo. La especialista sugiere adaptar los aromas al estado de ánimo: dulces y florales favorecen la relajación, mientras cítricos, pino o menta estimulan y refrescan, activando el nervio trigémino y sumando una dimensión sensorial.

No se trata de racionalizar, sino de asociar los aromas con emociones propias, lo que favorece la conciencia del bienestar. Así lo señala McLean-MacKenzie, quien subraya lo integral de la vivencia.
El olfato también es un indicador de salud. Cambios repentinos en la percepción o la pérdida súbita de este sentido pueden ser señales de alerta y ameritan consultar a un médico. “La falta de olfato impide disfrutar muchos aspectos de la vida”, recuerda Parma, confirmando la importancia de no subestimar este sentido.
La singularidad del olfato reside en que solo puede experimentarse en contacto directo con el entorno. La riqueza de los aromas no se transmite digitalmente; exige presencia y disposición a explorar el mundo exterior, como recogen los testimonios reunidos por TIME.
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