El nuevo documental sobre Pulp propone una pregunta incómoda desde su propio título: ¿Qué hace una banda cuando ya lo hizo todo? Pulp: ¿Qué harías por una canción más? (Do You Do For An Encore? en su idioma original), dirigido por Garth Jennings, llega a América Latina el viernes 25 de septiembre a través de la plataforma MUBI. La película retrata la gira mundial de 2025 que la banda británica emprendió para presentar More, su primer álbum de estudio en 24 años. La novedad es que el documental elude el formato convencional más o menos establecido para bandas de rock (hay cientos, por cierto) y en realidad se constituye en un lúcido un ensayo sobre el envejecimiento, la clase trabajadora británica y la persistencia del arte pop.
Jennings, que ya había trabajado con la banda en los videos de “Help the Aged” (1997) y “A Little Soul” (1998), estructura el relato en torno a dos conciertos filmados en el O2 Arena de Londres los días 13 y 14 de junio de 2025, interrumpidos elegantemente por material de archivo. El montaje, a cargo de Barney Pilling (editor de El Gran Hotel Budapest, de Wes Anderson), rompe la lógica habitual de la película de concierto: en lugar de ofrecer el show como un bloque continuo, lo fragmenta en interludios que funcionan casi como cortes comerciales, un recurso que aleja al filme de cualquier registro promocional convencional y lo acerca más a un collage audiovisual que a un documental musical más.
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A diferencia de las películas musicales que usan el show final como clímax resolutivo, el recital opera aquí como marco activo desde el cual se examina la trayectoria completa del grupo. ¿Qué harías... explica de manera cronológica cómo Pulp llegó a colmar estadios en 2025; en cambio, contrapone la realidad triunfal del presente con la vulnerabilidad y la incomodidad social de sus orígenes. Esa estructura fragmentada resuena con la propia historia de la banda, marcada por salidas en falso y décadas de irrelevancia previas a su explosión comercial en los noventa, los años del britpop y la Cool Britannia del primer ministro laborista Tony Blair.
El relato recae casi por completo en la perspectiva subjetiva de Jarvis Cocker, inspirado narrador con ese tono pausado y un acentro inglés inevitablemente norteño. La película prescinde de entrevistas con otros miembros de la banda: el vocalista no aparece frente a cámara en formato de “cabeza parlante”, sino que su narración en off lee extractos de sus diarios adolescentes y pasajes de su libro de memorias Good Pop, Bad Pop (2022).
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Esta subjetividad extrema conlleva omisiones deliberadas, como la protesta de Cocker contra Michael Jackson en los premios BRIT de 1996 o el estatus del grupo en Glastonbury 1995. En cambio, el relato prioriza la intimidad: el documental detiene el concierto para ofrecer un segmento acústico en homenaje al bajista Steve Mackey, fallecido en 2023, que reconfigura la película hacia una meditación sobre el duelo.
El pop como acto de reciclaje
El discurso de Jarvis Cocker a lo largo del filme funciona como una tesis sobre la marginalidad y la identidad de clase. “Este filme será como ir a un mercado de pulgas. Rebuscar entre pilas de basura para encontrar el oro que necesitamos para contar una historia”, afirma el cantante, en una declaración que funciona como el manifiesto metodológico de la película. La analogía conecta con la estética histórica de la banda, desde la ropa de segunda mano que los caracteriza hasta los sintetizadores económicos que definieron su sonido.
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El cantante, letrista, compositor y cara visible de la banda (él es Pulp, qué duda cabe) también atribuye a la música un carácter casi fenomenológico: “Las canciones contienen bolsillos de energía de tu vida pasada que se liberan de nuevo cuando las interpretas. Son verdaderos viajes en el tiempo, mucho mejores que Doctor Who”. Con esa idea, despoja a la gira de reunión del cinismo financiero que suele acompañar los regresos de bandas veteranas a los grandes estadios (¿alguien dijo “Oasis”?). En paralelo, el documental exhibe un cuaderno escolar que Cocker escribió a los 15 años, con un “plan maestro” que detallaba el vestuario y la trayectoria de la banda mucho antes de que sus integrantes supieran tocar instrumentos, lo que sitúa la teatralidad del grupo como una ambición calculada desde la adolescencia y no como un producto del mercado pop de los noventa. “Para mí, el pop no tenía nada que ver con la realidad. Era una mejora de la realidad”, sostiene Cocker en otro pasaje, en referencia a su necesidad de escapar del declive industrial de la gris Sheffield a través de la televisión.

El registro del recital exhibe una puesta en escena que amplía significativamente la formación clásica de Jarvis Cocker, Candida Doyle, Nick Banks y Mark Webber. Se suman el bajista Andrew McKinney, músicos de percusión y sintetizadores, y una sección de cuerdas de diez integrantes llamada Elysian Collective. El escenario, con plataformas estratificadas y un fondo panorámico de motivos galácticos, transforma cada canción en una pieza escenográfica distinta: “Spike Island” arranca con siluetas proyectadas contra una “luna azul” antes de que el cantante emerja del subsuelo; la oscura “This Is Hardcore” recrea un ambiente gótico con Cocker recostado en un sillón bajo un candelabro; y “F.E.E.L.I.N.G.C.A.L.L.E.D.L.O.V.E.” convierte los arreglos originales de Barry White en un paisaje industrial disonante.
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La dirección de Jennings encuentra su momento más audaz en el super hit “Common People”, cuando cede el control de la cámara al propio Cocker. El cantante empuña un dispositivo portátil y filma directamente al público desde el borde del escenario; ese metraje crudo e inestable se proyecta en tiempo real sobre la pantalla del estadio. El gesto rompe deliberadamente la cuarta pared y convierte un recurso técnico modesto en la resolución visual de la canción: el público, antes objeto de la letra, pasa a ser sujeto de la imagen. Es en esa clase de decisiones, más que en la escala del espectáculo, donde el filme se despega del rockumentary tradicional y se acerca a un ejercicio de estilo.
Una infancia forjada por la televisión
Más allá del concierto, el tratamiento del material de archivo constituye el rasgo más singular de la película. El director intercala las interpretaciones en vivo con anuncios televisivos de los años setenta y ochenta, apariciones de la banda en programas infantiles como Live & Kicking y TFI Friday, y fragmentos de series de ciencia ficción como Star Trek y Doctor Who. Esa selección sostiene una idea central: a diferencia de bandas del Britpop como Blur, Suede u Oasis, que basaron su identidad en el linaje del rock británico de los sesenta, Pulp construyó su mitología a partir del consumismo televisivo de masas como vía de escape de la depresión económica de Sheffield.
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El archivo también incorpora material inédito, entre ellas fotografías polaroid de un joven Cocker (“me gastaban todo el tiempo diciendo ”ahí viene Elvis Costello”, confiesa él mismo) ensayando con las primeras formaciones del grupo y grabaciones caseras de su madre y su abuela, que documentan una crianza en un hogar matriarcal. Para acompañar la interpretación acústica de “Something Changed”, la película superpone un montaje retrospectivo de Cocker junto a Steve Mackey a lo largo de las décadas, en lo que constituye el centro emocional del filme. El resultado es una estructura que abandona la linealidad esperable del biopic musical y se organiza, en cambio, como una memoria asociativa: el pasado no se explica, aparece. Si se quiere aplicar el mismo razonamiento para el objeto central de esta obra audiovisual, se puede decir: Pulp no se explica, aparece.
[Fotos: prensa Mubi]
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