
La dificultad para decir “no” influye en decisiones cotidianas, como aceptar un café mal preparado, pero también determina cómo las personas se relacionan con la autoridad y la presión social en distintos ámbitos de la vida.
Desde la infancia, la obediencia suele asociarse con ser “bueno”, un aprendizaje que, según la profesora Sunita Sah, puede limitar la capacidad de actuar conforme a los propios valores cuando más importa.
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En una entrevista con Scientific American, Sah, experta en gestión y organizaciones en la Universidad de Cornell y autora de Defy: The Power of No in a World that Demands Yes, analiza por qué resulta tan complicado enfrentar la presión social y cómo se puede entrenar la capacidad de “desafiar” (o la “defiancia”, como detalla la experta).

Sah relata que su interés por el tema surgió de su propia experiencia como hija y estudiante obediente. Desde pequeña, recibió mensajes claros de padres, maestros y la comunidad: ser buena equivalía a cumplir órdenes y evitar el conflicto.
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Esta internalización de la obediencia, que ella considera común en la educación de muchos niños, la llevó a estudiar medicina por expectativas ajenas y, más tarde, a interesarse por los dilemas éticos en la interacción entre la industria y la medicina.
Su investigación, que abarca desde el sector sanitario hasta la justicia penal, le permitió identificar patrones de conformidad en todo tipo de relaciones interpersonales, según explicó a Scientific American.
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El experimento de Milgram y el dilema de la obediencia

El fenómeno de la obediencia fue estudiado de manera emblemática por el psicólogo Stanley Milgram en los años 60. Sah recuerda que este científico diseñó un experimento para comprobar si la justificación nazi de “solo seguía órdenes” tenía fundamento psicológico.
En el estudio, los participantes, convencidos de que participaban en una prueba de memoria, debían administrar supuestas descargas eléctricas a un “alumno” (en realidad, un actor) cada vez que cometía un error. Los niveles de descarga iban desde 15 hasta 450 voltios, y los psiquiatras predecían que menos del 1% llegaría al máximo.
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Sin embargo, todos los participantes aplicaron al menos 150 voltios, y casi dos tercios alcanzaron los 450 voltios, a pesar de las protestas del “alumno”.

Sah destaca que, lejos de ser “imbéciles morales”, como los describió Milgram, los participantes mostraban signos de incomodidad y ansiedad, pero carecían de las herramientas para desafiar a la autoridad. “Intentaban decir no, pero nunca les enseñaron cómo hacerlo”, señaló en la entrevista con Scientific American.
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La tendencia a la conformidad no se limita a experimentos históricos. Sah ha observado en sus propias investigaciones que, incluso en decisiones triviales, la presión social puede llevar a las personas a actuar en contra de su propio juicio.
En un experimento, más del 95% de los participantes elegía la opción más ventajosa en una lotería, pero si un desconocido recomendaba la alternativa menos favorable, hasta el 85% cambiaba su elección, pese a sentirse menos satisfechos.
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En el ámbito sanitario, nueve de cada diez trabajadores reconocen sentirse incómodos para señalar errores de colegas o superiores. Según Sah, existen tres razones principales para esta dificultad: la presión social, la confusión entre consentimiento y conformidad, y la falta de habilidades para “desafiar”.

Las razones detrás de la dificultad de “desafiar”
La presión social, explica Sah, se ve reforzada por lo que denomina “ansiedad por insinuación”, una fuerza psicológica que hace temer que rechazar una orden o sugerencia transmita desconfianza. Este temor se manifiesta tanto al cuestionar a una figura de autoridad como en situaciones cotidianas con amigos, familiares o incluso desconocidos.
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Además, muchas personas no distinguen entre consentir y conformarse, y tienden a ver la capacidad de “desafiar” como algo negativo, mientras que la obediencia se asocia a valores positivos. Finalmente, la falta de entrenamiento en este comportamiento desde la infancia deja a muchos sin recursos para oponerse a la presión, ya que decir “no” se percibe como un acto demasiado confrontativo.
Para revertir esta tendencia, Sah propone un cambio de mentalidad sobre el significado de “desafiar”. Según su definición, “la capacidad de “desafiar” es simplemente actuar de acuerdo con tus verdaderos valores, especialmente cuando hay presión para hacer lo contrario”.
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Esta perspectiva, recogida por Scientific American, busca alejar la capacidad de “desafiar” de la imagen de rebeldía agresiva y convertirla en una herramienta positiva y accesible para todos. Sah recomienda empezar por pequeños actos, como corregir un pedido erróneo o expresar desacuerdo en situaciones de bajo riesgo, para desarrollar la habilidad de decir “no”.

Subraya la importancia de practicar la capacidad de “desafiar” antes de enfrentar situaciones críticas, anticipando escenarios y ensayando respuestas, ya que, como cita, “bajo presión no ascendemos al nivel de nuestras expectativas; caemos al nivel de nuestro entrenamiento”.
El rol de la familia y la sociedad en el desarrollo de la capacidad de “desafiar”
El papel de los padres y la sociedad resulta fundamental en este proceso. Sah sugiere que los adultos deben modelar la capacidad de “desafiar” positiva y fomentar ejercicios de valores en familia. Relata cómo, a pesar de ver a su madre como una persona sumisa, presenció un acto de “desafío” cuando enfrentó a un grupo de adolescentes que intentó intimidarlas.
Este ejemplo le enseñó la importancia de saber cuándo y cómo alzar la voz. Sah aspira a que, al educar en la capacidad de “desafiar”, se construyan comunidades donde las personas se atrevan a intervenir ante la injusticia y a actuar conforme a sus principios.
Cada decisión de consentir, conformarse o disentir contribuye a definir la sociedad en la que se vive. Sah confía en que su trabajo y su libro ayuden a que la capacidad de “desafiar” se convierta en una habilidad al alcance de quienes aún no saben cómo ejercerla, una meta que, según expresó en Scientific American, puede transformar tanto la vida individual como la colectiva.
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